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Pala y arena (adelanto para degustación)


<<Me duele una mujer en todo el cuerpo>> citó mientras el sudor descendía por la piel pegajosa como una vertiente de ira que encontrara nido en su propia desesperación. Trabajando, trabajando en verano: clavando la pala en el montón de arena, esfuerzo y cansancio, levantándola para descargarla en la batea del camión.

Durante la siesta el sol cruzó el cielo tal cual un tajo furioso que partiera anhelos de ceniza; las hojas de los naranjos permanecían quietas, asfixiadas, hasta las sombras parecían estar agotadas y transpiradas.

Así, en ese silencio de fatiga y rencor, envuelto en mosquitos, detuvo los movimientos mecánicos para encender un cigarrillo. El chofer del camión lo miró mal o eso creyó Bruno. De todas formas continuó fumando en la quietud de la siesta, deprimido, odiando al conductor porque lo único que hacía era manejar y estar sentado mientras él reventaba su cuerpo por un par de billetes.

Recordó el pensamiento de esa plaza de pueblo, el aire fresco de montaña, el cuerpo de una mujer dibujándose en la oscura madrugada, aclarándose en el amanecer, los dos juntos bajo un cielo brumoso y silencioso. <<Tenía sus manos, tenía sus labios, tenía su piel. Hay evidencias de su piel en todo mi cuerpo. Pero en ese silencio de pueblo las horas castigan lo que no dije y debería haber dicho, dejé que las caricias me sedaran y olvidé lo más importante: diferenciar lo que fue de lo que ya no es>>.

A las seis de la tarde, en verano, el ocaso demora su participación en Puerto Heredia, en cualquier parte. Cortinas extensas de luz incinerando las calles de tierra de zona La Fonda, levantando el vapor como un aire nocivo que debía respirarse se quisiera o no. Sudado, hastiado, Bruno regresaba a su casa sabiendo que ya no creía en el descanso, las noches largas lo apretaban en el zumbido inútil del ventilador y la oscuridad caía sobre él como una persona que no podía abrazar, que estaba ahí, cerca, nunca tan lejana. <<Las horas pasan conmigo quieto sobre la cama, sin deseos de levantarme a buscar refugio en los libros, en el cigarrillo, en el mate; quieto y triste, añorando una antigua forma de la ternura, queriendo darle un nombre, un olor, un significado. Siempre llega el amanecer, el maldito amanecer con sus promesas y sus fracasos, otra vez el trabajo, otra vez la sensación de estar un velorio y verla ahí, ya sin ser quien era>>.

El comedor, ese idiota comedor, inútil y limpio, paredes celestes olvidadas de manchas de humedad, el piso de baldosas coloradas, sofocantes de tantas pisadas. Estuvo quieto, imperceptible, queriendo atrapar en el silencio los sonidos que tal vez estuvieran ahí, dando vueltas como mariposas negras que buscaran molestar, ensuciar. <<Y si yo llegara a tocar un sonido, una mariposa, seguramente morirían en mis manos callosas y vencidas como un saco de basura. Pero nada escucho, nada atrapo, nada invento en esta casa de jaula>> pensó y siguió camino a su habitación, sabiendo que la hermana debía estar trabajando, aguantando el llanto hasta regresar y entonces deshacerse en lágrimas. “Mamá, hija de puta, te fuiste y me dejaste a cargo de todo. Perdiste tu vida y me quitaste la mía sin siquiera pensar en mi futuro”. Bruno escucharía, como siempre, tales palabras y sentiría, como siempre, culpa y resignación ante lo inevitable. Pero él también tuvo que dejar cosas, sus lecturas infinitas, la protección de su habitación, ponerse a trabajar para terminar de tocar fondo o mejor dicho, ser consciente de que estaba en el fondo.

Se sentó sobre la cama, los brazos cortos y flacos asentados en el pantalón manchado de arena, un mosquito rodeaba su mejilla derecha, pero no había deseos de desaparecerlo. Prendió un cigarrillo, soltó el humo gris en línea recta, abatido, sin ilusiones de creer que algo podía mejorar. La fue amoldando, despacio, dolorosamente fue tallando su cabello rubio, la piel blanca, la nariz ancha, los ojitos de perro color miel; el cuerpo pequeño, flaco, frágil, el andar cansado de una persona que ha entendido que su ciclo está cumplido. “Mamá, ¿No vas a comer?” nunca había respuesta, tirada en la cama, agobiada, los ojos ocultos en la almohada para no ver todo aquello que le repugnaba. “Mamá, ¿No vas a dormir? A veces la noche no tiene respuestas, no vale la pena” pero ella continuaba mirando la pared, jorobada, seguramente sin voz para expresarse, seguramente diagramando su final, el final de todo, esa nada absolutamente inexplicable.

Entró en la ducha, tibia, las gotas empapando lo que quedaba de su cuerpo. Pasó el jabón por la piel como si quisiera arrancársela, exterminarla, está claro que el cuerpo humano por sí solo no tiene valor, imperfecto, siempre primitivo. Sin toalla, todavía mojado, parado frente al espejo ovalado de su habitación, contemplándose: el cabello castaño endurecido, los ojos decaídos, tristes, las costillas marcadas, el miembro colgante y chico, sin oportunidad de ofrecer placer. <<Me dolía la memoria, me dolían los ojos, me dolía el espejo en que me miré. Habían hecho harapos mi amor y mi cordura>> citó y fue a sentarse, desnudo, sobre la cama. Dejó que el calor secara su humanidad achicharrada, inservible, jugó con el cigarrillo en sus dedos hasta que decidió prenderlo sin mucha motivación. Buscando, entendiendo que en esa búsqueda no había consuelo posible, armó los diálogos de un recuerdo inventado (como todo recuerdo al fin y al cabo) hace tiempo; la escenografía que se amoldara a su tristeza, desesperación, los olores que lo depositaran en aquel pueblo de pinos y montañas, la sensación de una noche impensada.

—Yo te sueño, como mínimo, tres veces por semana—dijo ella—. Lo charlé con psicólogos, con amigos, y no puedo. Necesitaba hablarte esta noche, era ahora o nunca.

Comenzaba a hacer frío, el efecto del alcohol abandonaba los cuerpos consumidos por la música, el desconcierto, ese desastre que suele llamarse fiesta.

—Yo tampoco te olvidé—dijo Bruno mirándola, buscando los ojos oscuros, la mirada que salva y condena—. Lo que pasó hace diez años fue complejo, cosas no dichas, oportunidades perdidas… después me fui y en la distancia no encontré paz.

Suspiró, un crujir de vidrios rotos en su respiración, las sonrisas cruzadas en el viento, la comodidad amarga de creer en la eternidad.

—Yo estuve con otras chicas, sí—retomó Bruno, olvidado de mentiras y verdades, sedando una vida que venía bastante mal—. Pero duró poco, nada, jamás volví a sentir lo que sentí por vos. No pude, no quise tal vez.

—Estuve de novia—dijo ella, con pena, dolida—y estaba con ese chico y sentía culpa porque te seguía soñando. Soñaba que necesitaba decirte todo esto y justo en el momento de hablar despertaba y ya me sentía mal.

Bruno la abrazó, se abrazaron, ella se dejó abrazar, besar el cuello y sentir un perfume que jamás podría recuperar. Nuevamente buscó su mirada y la encontró brillosa, cerca de las lágrimas, como alguien que ha despertado después de un largo sueño.

—No llorés—dijo y la acarició despacio, tierno—… yo te amo, no llorés.

—Te voy a mostrar algo—sacó su billetera con dibujitos, la abrió y extrajo un papel de antaño, doblado, firme en la memoria—. Esto me escribiste vos hace diez años, no me lo diste vos, me lo dio otra persona.

Bruno tuvo en sus manos el papelito, sin poder creer, negándose a creer que una tarde antes de ir a gimnasia escribió todo eso y se lo entregó a Sol para que ella misma le entregara a Keila. Lo abrió, “Se t´ olvidó que sin ti el cielo no puedo mirar” ese mamarracho había escrito, con amor es cierto, pero después de todo mamarracho. La besó, con inseguridad, con temor de una negativa, pero ella lo dejó avanzar con los labios en una madrugada que rozaba el amanecer, fresco, impensado, no anhelado por ninguno de los dos.

Remerita negra, gastada de tantas lavadas, arrugada como el pantalón de jean y las zapatillas sucias. La luna ya era eco en la noche, chamuscada en el calor del cielo, abrasada en las estrellas titilantes pegadas al alquitrán despejado. Avanzó sin apuro, inseguro y cansado en sus pasos, deprimido al ver las casas mal construidas, los grupos de muchachos bebiendo y escuchando música fuerte, molesta, que no deja conversar con uno mismo a menos que se esté borracho. Pensó en la infancia, aquellas tardes en que regresaba de la escuela y la patota de niños abandonados lo insultaba, lo detenían sin permiso y a menudo lo golpeaban. Entonces, en algún entonces, lloraba frente a su mamá y su mamá (todavía con fuerzas) salía a regañar a los niños mendigos. Pero cada día era lo mismo, cada año, sin fuerzas para defenderse de los atropellos. <<Comencé a sentir que no había salida y, de hecho, no la había. Tuve que refugiarme en los libros, en la imaginación, pensar mientras recibía los golpes que en casa me esperaban Tomatis y Horacio Barco, sin rencores, consciente de que en la zona estaría mejor>>.

Dos postes custodiaban las rejas negras, apenas una luz tenue caía de sus focos, la suficiente como para proyectar la sombra desgarbada de Bruno en el pavimento de la calle Gerardo Aguirre. Golpeó las manos con fuerza exagerada, sabiendo que había posibilidades de no ver, que estaba desacomodado y lejano, que las visitas eran inútiles cuando se tenía odio y envidia. Pero ella, Keila Haroun, salió de su casa con remerita blanca, pantalón de cuero negro, zapatillas blancas. Sin embargo, Bruno no vio nada de eso, fulminó su mirada en el cabello negro, la piel blanca, los ojitos redondos y oscuros.

<<Nada se ha detenido, todo es imaginación, todo sigue su curso, todos estamos perdiendo algo. La veo, pero sigo perdiendo, nada está inmóvil>>.

—Holis—dijo Keila, mostrando una sonrisa atroz.

—Hola—dijo Bruno fingiendo una sonrisa, pero no estaba sonriendo, estaba estirando las comisuras. Bastaba fijarse en sus ojos brillosos, empañados de calor y pena, la inmundicia de ver lo que no se desea.

—Cómo estás, che?—Keila lo abrazó tenuemente, formal, tocando la piel sudada de una manera distinta a los recuerdos—Tanto tiempo, te desapareces vos.

<<No desaparezco, creeme que no desaparezco, simplemente me encierro intentando crear un poco de amor, de olor, de significado a mi ternura hecha añicos>>.

—Todo bien—dijo Bruno evitando los ojos de Keila, dos puntitos oscuros, separados por un sinfín de idealizaciones, de fantasías, de madrugadas sin respuestas, sin querer encontrarlas acaso— ¿Vos? ¿Todo bien?

—Sí, bien—dijo con su vocecita de pájaro enjaulado, chillona, aguda—… embolada porque hizo un calor terrible y no pude ir al río. Bah, en realidad me clavé, me acosté a dormir y supuestamente era dormir un ratito pero me desperté a las siete. Mis amigos me reventaron el celular a llamadas.

<<Ir al río, vencer con esa textura de la felicidad el calor insoportable que hizo durante el día. Ir al río, beber cerveza mientras cuentan chistes y ríen olvidados del absurdo que los rodea, o quizás siendo conscientes del absurdo y por eso contando chistes, para vencerlo, para sobreponerse. Y yo trabajando, soportando resignado al inmundo chofer del camión, pala y arena, pala y arena>> pensó y a su alrededor no pasaba nada, nunca pasa nada. El calor ciñéndose a los cuerpos, al aire imperceptible, de tanto en tanto un coche cruzaba veloz la calle sombría.

— ¿Qué contás?—dijo Keila para romper con un silencio de minutos, para decir algo en la noche triste y abandonada de enero—Sigue haciendo calor, che.

—Y nada—suspiró Bruno.

—Nada…—miró la vereda, sonrió, levantó la vista que nada significaba—Nunca tenés nada para contar, sin embargo, estoy segura de que pensás mucho.

<<Desorientado, escuchando lo que dice y mezclando su voz con otras frases, mías o del recuerdo. Quizás espera que diga algo en base a lo que dijo, pero qué voy a decir, nada para decir. Está esperando que me vaya para volver al alivio del aire acondicionado, a su vida sin mí, no me va a invitar a pasar para cebar mates>> sacó un cigarrillo, lo acarició un momento, luego lo encendió y soltó el humo en dirección contraria al cuerpo de Keila.

—Contame algo—dijo entristecido, avergonzado de sí mismo, rencoroso en sus ojos nublados, llevándose el cigarrillo a los labios para disimular el temblor de las manos, los nervios injustificados.

—Qué contarte, tantas cosas, me pasaron muchas cosas lindas en estos días. Conocí un chico, ya venimos hablando hace tiempo, me gusta, me gusta mucho. Estudia ingeniería en sistema, es agradable, buen conversador, seguro de sí mismo, me respeta y lo respeto. La otra vez estábamos en Confitería La Hora y bueno… me comentó todo lo que siente por mí, lo hizo de una manera dulce y tierna, sin exagerar emocionalmente, las palabras justas, los sentimientos justos. Y bueno eso, me gusta y en cualquier momento vamos a ser novios.

Pensó que podía sentir su respiración, como si fuera posible identificarla de esa manera, creyendo en el amor adoctrinado, confundido en su salvajismo y contradicción. El aire vino de golpe, inhalaba y exhalaba el vapor chocante, miró a Keila de lleno, sin titubeos… <<Me encuentro angustiado, irritable, con aires de violencia. La veo y es como si partiera una copa con mis propias manos; sangre, dolor, sin consuelos ni abrazos>> se dijo y de pronto forjó, sin esfuerzo, la noche de lluvia que tuvo lugar en Puerto Heredia la semana pasada: gotas cayendo furiosas sobre el patio, el viento las hacía danzar sin coreografía. Salió y se dejó mojar por completo, levantó las manos para lavarse e inventar la felicidad en un pueblo que no conoció nunca, que ahora formaba parte de sus recuerdos, que es un sueño recurrente y la piel absorbiendo la lluvia, estaba deprimido y solo bajo un cielo furioso, arrodillado y sin piedad, la noche de lluvia en que pudo llorar y hundirse en el agua.

—Bueno me voy—dijo repentinamente, bruto.

— ¿Qué pasó?—dijo Keila aparentemente preocupada.

—Nada, me voy—la besó en la mejilla, el perfume irrecuperable, la tristeza que habría de convertirse en recuerdo, en variables de un posible recuerdo.

Dejó la calle Gerardo Aguirre para adentrarse nuevamente en zona La Fonda, oscura, de tierra, caliente, desesperanzada. Miró el cielo, esa sábana sudada y negra que terminaba por tragarse la luna y las estrellas, no había nada, nada que pudiera explicarse. <<Novio, novia, definiciones de un pretexto llamado amor, que invento, abrazo, pierdo y nuevamente en la nada, no pasa nada. Pala y arena, mañana pala y arena. En el calor, en la siesta, en esa melancolía que justifico una y otra vez hasta estar quieto, inmóvil, inventando, consumido y vencido>> se sentó en el bar de Juárez, primero pidió una cerveza y después no, quería un vaso de vino tinto, negruzco como la noche, insufrible como el llanto de su hermana que resucitaba sin cesar a la madre muerta.

 

Este relato forma parte del libro Noche de Enero, Ediciones Frenéticos Danzantes, mayo 2020.

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Autor: Federico Gabriel Espinosa Moreno

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