Refranero en descomposición

Mordí la mano

del que me daba de comer.

Lo hice con la rabia del lobo

hambriento para que no quedaran

dudas de mi seguidismo traicionero.

Hipotequé con alevosía

mi porvenir gástrico para reivindicar

el lomo del que siempre

mira desde abajo.

 

Más vale pájaro

en mano que cien por ahí

recordándonos la libertad revoloteante.

Hay que apretarlo así, ¿ven?

con la saña del resentido.

Hay que recortarle las alas

para mimetizarlo con el

gregario que hay en uno.

Hay que enjaularlo en ese

puño hecho a la medida

de la mediocridad.

Conformismos del cazador furtivo

y su uno por ciento de efectividad.

 

El que no sabe

guardar es prole,

me decía mi abuela

la cínica, aunque trabaje.

Y yo echaba mis pitanzas

en el saco roto de su sabiduría

dele que dele el pobre pobre

mezquinando su emolumento

para salir de... pobretario.

No obstante la miseria seguía

ahí, calladita en un rincón.

 

Dios le dio pan

a mi abuelo el desdentado.

Esa masa apetitosa tenía cintura

de hembra y un hambre pecuniario

en sus ojos rientes de futura viuda

feliz que parecían advertirnos:

ya verán después del funeral por venir,

cuando al fin trueque

este infierno en paraíso.

 

Si echas margaritas

a los cerdos ya no habrá hecatombes sanmartinianas.

Porque pronto se quejarán de sus porquerizas insalubres

y reclamarán una mesa limpia con mantel y florero.

Alardearán de su dignidad incompatible con el lodo

y de ese bien-estar denegado por la ignominia de la basura.

Y en vísperas del once del once harán marchas porcinas con

margaritas adornando sus hocicos como símbolo de liberación

y desagravio sin dejar, claro de encomendarle compasión

al santo de Tours.

 

Estar en Babia

no es para cualquiera.

Hay peligros acechantes en aquella

región escarpada llena de pozos en

los que caer a la Tales de Mileto,

o rastrillos descuidados con los que

golpearse la nariz cual caricatura de la Warner.

Para los babiecas como yo,

recomiendan las agencias de turismo,

mejor vacacionar en la luna.

 

 

 

 

 

Autor: Maximiliano Sacristán

 

Maximiliano Sacristán nació en Luján, provincia de Buenos Aires, en 1974. Publicó El gotero de tinta, Tríptico postmoderno, y Diario liberto en ediciones independientes, más la novela Gayumbo empieza por gay (Madrid, 2016) como finalista del Premio Desfase. En 2016 ganó el XIV Concurso de cuento organizado por la Asoc. cultural “El Coloquio de los perros” de Montilla, España. 
En 2017 recibió el 1er premio del 5to Certamen de relato corto “Tabarca Cultural” de Murcia y el 2do premio de cuento del 3er concurso organizado por la Asoc. cultural Letras Cascabeleras (Cáceres, España) por el volumen “Tripalium”, publicado en 2019.
En 2018 ganó el 1er premio del concurso de poesía “Mujer y madre” organizado por la Asoc. de Escritores de Asturias.
En 2019 se adjudicó el 1er premio en la XIII edición del concurso de microrrelatos Saigón que organiza la Asoc. Cultural Naufragio de Córdoba (España).

 

 

Foto tomada de https://diario16.com/wp-content/uploads/2017/04/palabras.jpg

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266

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