Qué, quiénes, cómo

No logro recordar cómo llegué hasta acá. Me acuerdo eso sí que estábamos en una plaza llena de juegos infantiles, pero no era en una hora en que pudiera haber niños. De noche era. No sé si muy de madrugada o más bien temprano, o cerca de que amaneciera; había mucha luz, esos faroles de intensa luz blanca, y me daban en los ojos con mucha fuerza. Yo me trataba de tapar con la botella pero venía Eugenia y me la sacaba, y se echaba un fondo blanco que no terminaba nunca. Yo veía cómo se iba emborrachando lentamente, y creía que no había problema, que íbamos a estar bien porque yo aguantaría lo mío. Así que me quedaba sentado en la madera azul del subibaja, atrapando cada tanto una cajita, un vaso, algo de lo que circulaba de mano en mano.


La luna alumbraba bastante, a pesar de competir con todos esos faroles salía bien parada. Estaba llena y preciosa. Estaba muy luna Eugenia, o estaba muy Eugenia la luna. Bailaban las dos con la misma música que salía de un viejo renault 12 estacionado ahí nomás. Eugenia se movía menos que la otra, apenas giraba la cabeza como tratando de seguir una melodía, un ritmo, que en verdad yo no creo que estuviera escuchando. Pero a mí me gustaba igual. Las dos me agarraban igual de los huevos invitándome a pararme y a mover el esqueleto; aunque creo que era Eugenia la que lo estaba haciendo ciertamente. Yo escuchaba a los demás que aullaban y la arengaban a arrancarme los testículos de la madera fría.


Recuerdo que me paré. Ella logró hacerme poner de pie, pero no consiguió que llegara a la mitad de la pista, que era uno de esos cuadrados de color que le metían los del gobierno a todas las plazas. Rodé por el pasto y me di contra un cantero sin flores y con mucha tierra. No grité nada pero sentí un dolor agudo en el estómago. Vomité algo por primera vez en la noche sin que nadie se percatara de ello. Eugenia seguía bailando, trataba de seguir un plan con el cuerpo, intentaba no vomitar esta vez.


Yo me recosté un poco mejor contra la mole de piedra y me quedé esperando algo; que ella terminara, que los demás dijeran basta por hoy, que la luna se fuera, que el día y su resaca llegara.


Un televisor apagado mirando una mesa con basura, migas de algo comido, un papel higiénico. Una botella apagada mirando un televisor con polvo, manchas de hastío, un borracho tumbado en el sofá. Todos ellos, cada objeto, saben algo de la escena que amanece. Y yo no recuerdo cómo llegué hasta acá. Otra vez Eugenia no está cuando regreso, otra vez no me acuerdo de qué, quiénes, cómo.

 

Autor: Gabriel Rodríguez

 

Nació en Lomas de Zamora en 1974. Estudió historia en el Joaquín V. González y Ciencias de la Comunicación en la UBA. Publicó un poemario y el libro de historias y microcuentos “Buenos Aires, ciudad de Luces y sombras”. Se desempeñó como educador popular y colaboró en diversos medios alternativos. Actualmente cursa la carrera de Edición y coordina el Taller y Espacio Literario de la Casa Cultural y por los Derechos Humanos Luciano Arruga.

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266

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