Nos faltan 43

Allá nos despiertan los gallos como a eso de las cinco o cinco y media de la mañana. No hay otros ruidos más que los de nuestros animales. Vivimos alejados de la capital y a unas diez horas a pie de la cabecera municipal más cercana. Trabajamos la tierra desde temprano, ayudando a nuestros padres y hermanos mayores para luego irnos a estudiar, algunos a la escuela primaria, otros a la secundaria y en mi caso, a la Normal de Maestros, como lo han hecho en mi familia desde hace ya algunas generaciones. Me dicen que desde el abuelo de mi abuelo. Desde la fundación de la escuela en 1926. Que el primer normalista graduado de la familia fue mi bisabuelo y de allí para el real, todos somos maestros.

 

Aquí sabemos leer y escribir, pues la Normal es nuestro tesoro. Tenemos la obligación de seguir formando alumnos que después sean maestros y así completamos un círculo que no se acaba; aseguramos que nuestra ideología, nuestra visión del mundo continúe hasta que las cosas vayan para mejor, no sólo por acá donde la vida, desde hace ya muchos años, es miserable, la antesala del infierno.

 

No tenemos recursos y el gobierno federal no nos apoya sólo porque incorporamos, desde la época del General Lázaro Cárdenas, la educación socialista y aún la sostenemos.

 

La Escuela es nuestro modo de vida y subsistencia. Sabemos y entendemos de macroeconomía, pero eso no nos interesa, porque las grandes cifras no resuelven nada. Aquí nos interesan otras cosas como la igualdad, el trabajo, la justicia y, sobre todo, eliminar las grandes diferencias.

 

Vivimos aclamando justicia, pero la impunidad se posa sobre nosotros.

Allá el gobierno ya no sabe ni lo que esto significa.

 

Nosotros somos el olvido. Mostrencos.

 

A mi abuelo se lo llevaron un día, no lo volvimos a ver. Después supimos que, porque andaba con el profesor Cabañas el gobierno se lo llevó y se lo llevó vivo. Y a pesar de tantas luchas y protestas, nada.

 

La gente en la gran ciudad nos tilda de huevones, que nomás estamos para robar camiones y no hay sensibilidad para nuestra lucha, menos por la condición social en la que sobrevivimos:

 

Pobreza, delincuencia y lo que más nos arde, impunidad.

 

Nuestros gritos caen en la obscuridad del tiempo, chocamos con oídos sordos y nadie nos ve, nadie nos quiere oír.

 

Por eso, hoy nos levantamos más temprano:

 

No había cantado el gallo cuando ya varios de mis compañeros del segundo año nos juntamos en la puerta principal de la escuela. Nos habíamos organizado bien con la idea de ir primero para la cabecera municipal a una colecta y para después agenciarnos un medio de transporte y partir rumbo a la capital. Íbamos a marchar el 2 de octubre, desde la caseta de entrada a la ciudad de México hasta el zócalo. El nuestro es un contingente grande y justo en Ciudad Universitaria, nos íbamos a sumar a otro que marcharía por la tarde hasta el merito centro de nuestro país para hablar de las condiciones deplorables en las que sobrevivimos y de las injusticias de las que somos objeto, tanto por el gobierno, como por el narco, que aquí en nuestra tierra, es el mismo.

 

 

Les hablo así porque sólo conseguimos hacer la primera parte de nuestro viaje, el resto ya es hoy un deseo, pues cercenaron nuestro grito.

 

Les hablo como si estuviera presente, porque todavía estoy vivo.

 

Todos saben a dónde vamos.

 

Somos de la Normal Isidro Burgos y en el pueblo, de salida, vamos recogiendo varios itacates que nuestros hermanos nos dejan mientras hacemos el recorrido hasta las afueras de la comunidad. Con poco dinero y algo de comida para aguantar pues, unos siete u ocho días fuera.

 

Caminamos mucho y casi al caer la noche ya estábamos en la cabecera de nuestro municipio. “Somos de Río de Calabacitas”, contestamos cuando nos preguntan ¿de dónde son?

 

Así se llama nuestra tierra en lengua madre, en náhuatl, pero nuestros interlocutores nos ven sin fiarse.

 

—Llegamos en son de paz con el afán de agenciarnos medio de transporte —decimos.

 

Pedimos prestados dos autobuses con la firme intención de devolverlos en unos días, como siempre hacemos. Tomamos los camiones porque sí, porque no hay de otra. No somos vándalos ni huevones, pero si no, ¿cómo diantres nos movemos?

 

Apoderados de los transportes nos enfilamos de regreso a la plaza principal.

Nada más recorrimos pocos metros, cuando, ya de noche y en callejón obscuro, nos salieron al paso un enjambre de policías municipales. Plomazos y refriega, se armaron los catorrazos.

 

Ni nos avisaron ni los vimos venir. En ratonera nos cercaron.

 

 

Ahora ya les hablo así, pues es pasado, historia trunca…

 

Me asusté mucho y teniendo el teléfono de Sebastián en la mano llamé a casa. Mi viejo contestó. Oyó la balacera, me dijo sácate de allí. Se cortó la comunicación. Caí al piso del camión empujado por una fuerza que venía desde afuera. Empecé a sangrar. Me reventaron el cachete de un balazo y seguía vivo. Salté por la ventana contraria a donde estaba. Azoté en el pavimento y me arrastré para meterme por debajo del autobús. A Julio César lo estaban machacando. Sus gritos era lo único que yo oía. Se ensañaron con él, aunque suplicaba, los malditos lo hicieron sufrir. Lo pelaron vivo como una mandarina, mientras le gritaban que así de pinche feo no lo iba a reconocer ni su puta madre.

 

Pero él los miró. Desollado y con desprecio les clavó los ojos para que supieran que esa cara humana desangrándose, sin piel, los iba a mirar siempre, los seguiría a dónde fueran.

 

Por eso uno le dijo a otro, “quítale los ojos para que ya no nos mire”; y así sin ojos todavía tuvo la fuerza, Julio, para mandarlos al diablo, hasta que una bala le partió el cráneo en dos.

 

Nos agarraron a todos. Julio César y otros cinco quedaron tendidos en el pavimento en el lugar de la emboscada.

 

No podía sostenerme en pie, pero hablaba quedito con mis compañeros. Estábamos asustados y confundidos.

 

¿Por qué la policía se había ensañado así?

 

Nos echaron como basura a unos camiones. En dos por tres metros, así hacinados, no se podía respirar.

 

Aire nos faltaba.

 

Yo fui en el más grande y junto a mí, de pura asfixia, se quedaron cinco o seis.

 

Ya tendría que haber muerto, pero estaba vivo para atestiguar lo que hicieron con nosotros.

 

Nos entregaron a unos cabrones. Estaban pintados de verde y negro como la noche, feos, eran almas malas sin rostro.

 

Les dijeron a estos cabrones que “por regalo del presi”, que somos vándalos y huevones que amenazamos el negocio.

 

El intercambio fue afuera, supongo, a algunos kilómetros de donde nos emboscaron. Uno de estos cabrones abrió la compuerta de donde estábamos. Nos vio de frente y nos escupió un gargajo que me cayó en la frente. Adentro nadie decía nada, ni el ánimo hablaba. Con tanto miedo todos allí conteníamos la respiración para ahorrar el poquito aire que nos tocaba. Nos pasearon un rato más por una terracería hasta que llegamos a un lugar maloliente.

 

Bajaron primero a los de la camioneta más chica, pues oímos cómo chillaban y el balazo que los apagaba.

 

Se oía feo, a muerto, a destino corto.

 

Nos tocó el turno.

 

Antes de mi desfilaron unos diez o quince, no sé.

 

A los que ya estaban muertos, solo los hacían rodar.

 

Nos cambiaron el nombre a todos, ahora sólo éramos “hijos de su chingadamadre”.

 

A puntapiés y cachazos nos arrearon. Uno de estos cabrones, hasta con machete, tasajeó a dos de mis compañeros y sus gritos de dolor quedaron ahogados en la inmensidad de la noche.

 

A mí me jalaron de las greñas, “¡pinche putito, no te has muerto!”

 

Me pusieron de rodillas y me pegaron un tiro que entró y salió.

 

Vi cómo la bala rebotaba en el suelo.

 

Seguía vivo, porque tenía que atestiguar todo lo que hicieron.

 

No me preocupé por cerrar los ojos. Nadie me veía.

 

Inmóvil, apilado con mis compañeros nos fueron columpiando al vacío.

 

Caídos en un infierno inmerecido, nos rociaron de combustible y nos dieron fuego. Alimentaron tanto la hoguera, era tan insoportable el calor, que por fin me rendí.

 

Allí quedamos todos.

 

Ahora somos polvo esperando que la brisa nos levante y nos lleve a donde haya esperanza.

 

Ayotzinapa, “Río de Calabacitas”, a septiembre 2014

 

 

Autor: Diego Latorre López

 

Mexicano por nacimiento, mayor de edad, abogado de profesión, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México y con estudios de Doctorado en Derecho Privado por la Universidad Autónoma de Madrid, España. Ejerce la práctica del derecho desde hace 24 años. Es Socio Director de la firma, Latorre & Rojo, S.C. Ha participado en los talleres de narrativa que imparte la autora, Mónica Lavín, y con el escritor, Marcial Fernández. En la actualidad, es aprendiz de escritor, contador de historias truncas, novelista en ciernes, otrora reventador en plaza de toros y contumaz libelista en redes sociales; futbolista sin campeonatos. 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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