Billares, bar, billares

15/06/2020

Lucerna dice el cartel de enfrente. Ropa informal. Un jacarandá se empeña en recortar la vidriera con una rama ya más verde que violeta. Los viejos de siempre les dan a los tacos en el fondo del bar, al trago en la barra. La mugre de las paredes puerilmente se disimula con un par de cuadritos que muestran manos y fichas de dominó, manos y cartas; otros, algún postre suculento.

 

Las columnas, que sostienen un techo altísimo, pretenden allá arriba una gloria que la infame venecita de su base se apresura a desmentir. A veces pasa eso también con la gente, la pura gloria en el lugar más apartado; la pura infamia, asidua tarea de entrecasa. 

 

El café sabe sabroso. ¿Cómo imaginarlo? Toma el último sorbo y con la cucharita saborea el resto de la espuma. Se limpia los labios con la punta de la lengua. Mira la barra. Casi sin proponérselo envidia la ginebra apenas susurrada, la sonrisa desdentada de un viejo muy viejo, el guiño de otro menos viejos con boina vasca y bigotes cargados de otra espuma, los tacos teñidos de azul, la concentración, la puntería. Sin embargo, la ventana abierta, la roña del marco de madera sellándole el antebrazo con una delgada línea de polvo, logra una felicidad fuera de tiempo. Está increíblemente adentro. 

 

Un flaco y un petiso pelado transportan un carrito de venta de panchos. Se ven graciosos, uno tirando de un piolín y el otro tratando de mantener el equilibrio sobre un par de ruedas de bicicleta. El 24 frena con un chirrido que asusta, pura cháchara, el semáforo lo espera tranquilo. Una piba joven, hermosa, saluda desde la vereda de enfrente. Su sonrisa y sus tetas cruzan por el medio de la calle, sobrevive. El regocijo del tipo saludado se derrama en un beso, un abrazo, pero allí nomás se quedan las ganas de que suceda lo que no sucede. Una breve charla, palabras que no dicen nada, un beso rápido en la mejilla y el regreso a la barra, a la ginebra, al susurro. Con la rubia teñida de remera de leopardo, que acaba de entrar, parece haber mejor suerte. Los ojos del tipo se regodean saltando de una teta a la otra, aunque sean más pequeñas que las de la chica hermosa. Falsa alarma, toda la elaborada seducción derrapa ante la desesperada necesidad de monedas para el teléfono. Los números ciegos, el auricular, mugriento y oloroso, se llevan arrumacos y deseos. 

 

Una roja luminosidad recién nacida la obliga a volver la mirada hacia la ventana. La avenida Corrientes se va vistiendo de noche de sábado. El violeta de las flores ya no se distingue. El local de ropa informal articula su nombre entre neones. Deja de escribir. Apoya la birome sobre las servilletas de papel para que no se vuelen. Camina despacio, el baño en el fondo, le indica el tipo.

 

Un grupo de orientales, no sabe si chinos o coreanos, juega al billar con la seriedad de los que saben. Se descubre también envidiándolos. Un mármol símil lápida, en medio de una pared descascarada, escupe el nombre del bar, San Bernardo. Un tal Natalio Stanislawoski es o ha sido el dueño. Los metegoles, cuatro, desiertos, no la promesa del mar en el nombre elegido por el tal Natalio, le traen una estúpida nostalgia de campamento.  

 

El fondo está muy al fondo, a la altura de las mesas de ping pong, también desiertas. La luz está encendida, un alivio. La oferta de papel y jabón alientan. Entre el inundado y el defecado debe elegir el segundo, el vestido casi roza sus sandalias. Logra aligerarse sin salpicadura, sin suciedad. Se demora lavándose las manos, lo hace adrede, hasta que escucha los pasos. El tipo se acerca decidido, no va a permitirse una tercera desilusión, ella lo sabe. Lo supo cuando le indicó el camino. Esa sutil pero certera cuota de lascivia en sus ojos fue suficiente.

 

La puerta se cierra, ella apenas termina de secarse las manos. El vestido no ayuda, pero la pericia del tipo resuelve rápido. Lo deja hacer. Agradece la ausencia de espejo. Con una toalla de papel se limpia el rastro de semen que corre por sus piernas. 

 

Vuelve a la mesa. Una brisa prometedora de lluvia se cuela por la ventana. La birome ha rodado hasta toparse con el servilletero metálico, sigue en la mesa, pero las servilletas están desparramadas en el suelo. El mensaje que Sting guarda en una botella llega para acunar las curdas, como la noche, recién nacidas. Mira a los viejos, ahora más animados, ya conocedores de todos los secretos susurrados. Lo propio y lo ajeno, la hibridación, piensa, dándose aires de la intelectual que no es. El pensamiento no termina de redondearse, un chino -o coreano- con guayabera le pide fuego. Es agradable ver la brasa incandescente recortada en el marco de la puerta, al lado de su ventana. Se acuerda del ABC de Canning, ¿también tenía billares? No le importa, sacude la cabeza para borrar la imagen. No puede. El olor a ginebra le duele como si fuera nuevo. Ella está sentada en el umbral mientras su mamá vuelve una y otra vez al mismo intento. A veces sale acompañada por su papá que apenas la mira, y por el enojo, claro; a veces el maquillaje corrido y la garganta sin voz dan cuenta de su derrota. Siempre añoró ese vaso de vidrio grueso con el líquido transparente que seduce a su padre más que ella. La risa debajo de esos bigotes tan tupidos, tan de él, se le revela más feliz tras esa puerta prohibida para la niña que entonces es ella.  

 

El oriental le dice algo que no entiende mientras pisa con ahínco el pucho en el mármol blanco del umbral y lo patea a la vereda. Le sonríe y entra. El vaivén de la puerta al cerrarse hace bailotear a las servilletas bajo la mesa. Se agacha a juntarlas cuando escucha “el café corre por cuenta de la casa”. Entonces no lo duda, se acerca a la barra, y aferrándose a sus papeles arrugados, pide casi gritando “una ginebra”. El viejo desdentado la invita con alegría. El otro ya no es nadie. El aliento del amante furtivo todavía le abriga el alma. Se sienta en el taburete y se deja disfrutar el momento. Es recién cuando sus ojos se cruzan con los del viejo que empieza a temblar y casi en un susurro agrega “con soda, por favor, sola… sola no me atrevo”.        

 

 

Este cuento se ha publicado en la antología Cafés de Buenos Aires, imagen de un cuento. Patrimonio de Buenos Aires, 2019.

 

Autora: Claudia Vespa

 

Docente y escritora. Egresada de la carrera de Ciencias de la Comunicación, UBA publicó varios títulos en colaboración como La crónica: entre dos mundos. Ed. Académica Española, 2018. Narrarse-se: la autobiografía en el taller de escritura. Proyecto Editorial, 2009, Tras las huellas del aprendizaje. Del Zorzal, 2009, Encuentros -Lecturas para jóvenes y adultos-, Editorial Sudamericana, 2005, además de diversos relatos en antologías.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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