Beberse la vida

                                                                               

                                                                                Barcelona, verano de 2010

 

Si algo caracteriza mi vida son los días de juergas infinitas, risas y borracheras sin descanso en los bares barceloneses. La Ciudad Condal es un hervidero de discotecas, mucha marcha y entretenimiento. Puedo disfrutar de una noche en un piso viejo lleno de estudiantes en el Raval o pasear por las noches desde el barrio de Gracia hasta el puerto Olímpico bebiéndome la vida acompañada de algún amigo que siempre está dispuesto a escucharme. Me ha costado darme cuenta, pero tengo muchos chicos que revolotean siempre a mi alrededor, aunque esto no me importe demasiado. Dicen que tengo encanto, pero yo no lo creo. Vivo la vida al límite, como si no hubiera un día después. A mis veinticinco años parezco decidida, risueña y feliz. Y esta manera de actuar solo te la debo a ti, Sofía. 


Hace cinco años que no piso aquel lugar, hasta hoy. Trieste guarda para mí los recuerdos más bonitos y tiernos de esos primeros años en el que una deja de ser una niña. El primer cigarrillo, ese primer beso, las noches de confidencias hablando a oscuras de amores y desamores en el dormitorio o las horas en el cuarto de baño maquillándonos para parecer unas adultas frente a los chicos mayores pese a haber cumplido apenas trece años… 


Me he vuelto a montar en el autobús que lleva haciendo la misma línea Barcelona-Huesca con parada en Trieste desde tiempos inmemorables. Un hormigueo de emoción ha recorrido de nuevo mi cuerpo como cuando era adolescente y me disponía a viajar cada verano para pasar las mejores semanas del año. Otra vez me ha invadido ese desagradable olor a gasolina en los garajes donde el autobús para a dejar a gente en los pueblos principales. He escuchado también con melancolía, como aquel que revive una escena pasada hace muchos años, al malhumorado conductor soltando improperios a la gente que se queda rezagada porque tarda en bajar en las paradas de turno. Y he soportado estoicamente los vaivenes de una conducción torpe por las estrechas carreteras que se adentran en el Pirineo aragonés, pues yo siempre me he mareado en coche, ya lo sabes.


Hoy hace exactamente cinco años. 


Trieste nunca fue un pueblo grande, pero siempre tuvo encanto. Cuando me he bajado del autobús en seguida he vislumbrado la calle principal, ese paseo ancho y empedrado por donde salíamos vestidas toda la pandilla con el uniforme de las fiestas, riéndonos, bailando al compás de la charanga en un desfile lleno de ruido, calor y olor a vino. Gritábamos en coro a los vecinos eso de “No seas rata, que el agua va barata” y otras cosas que se decían en los veranos de los noventa. Fumábamos cigarrillos compartiendo un paquete entre cuatro o cinco, que comprábamos a escondidas en el estanco de la esquina. Bebíamos calimocho y hacíamos nuestros primeros cubatas en el local que nos dejaban los padres de la Loli, ese garaje que entre todas las amigas acondicionamos especialmente para la fiesta, y que se llenaba todas las noches de amigos de otros grupos, que a su vez nos invitaban a sus peñas. Y así pasábamos verbena tras verbena recorriendo lugares hasta el amanecer. 


Escuchábamos música tecno, pero también Offspring y música heavy, pues éramos muy modernas. Y en la discomóvil del último día de la fiesta nos poníamos a bailar en el escenario, acompañando a los pinchadiscos, como otras muchas chicas que se turnaban por ser las protagonistas de la fiesta durante unos minutos, con el pavo bien subido por haber robado a los mayores alguna mirada o piropo. 


Hoy hace exactamente cinco años. 


Cerca de la calle principal he podido ver el hostal de tus padres. Tiene un aspecto algo fantasmal, abandonado, pero todavía conserva bien su estructura. Tus padres ya no regentan el negocio desde hace un tiempo. ¿Cuántas veces estuvimos allí recibiendo a turistas que se alojaban, mostrándoles habitaciones e informándoles de lugares para visitar en las cercanías? Nos encantaba, aunque tú tuvieras que seguir trabajando el resto del año allí, compaginándolo con el instituto, eso me decías en las cartas que nos escribíamos a lo largo del año. Un negocio familiar exige mucho sacrificio, me comentabas. Y a mí me costaba entenderlo, pues no se me ocurría nada mejor que pasar todas las horas posibles allí en el hostal, contigo, en Trieste. Ninguna opción me atraía más que disfrutar de las fiestas, del verano, alejada de la soledad de una casa acomodada pero casi siempre vacía y de una ciudad que se me antojaba anónima y cruel. 


Hacíamos una extraña pareja. La hija de los del hostal y su amiga de Barcelona; la chica currante  y algo deslenguada de pueblo y la urbanita pija y algo introvertida de la Ciudad Condal. Tú siempre tenías las ideas más locas, y yo simplemente te seguía. Ni mi ropa cara y de marca eran un problema para ti ( apenas reparé en aquellas miradas furtivas cuando te enseñaba mis nuevos atuendos que no acerté a comprender hasta mucho tiempo después), ni tus comentarios ácidos hacia mi timidez y cierta dependencia hacia ti los tenía en cuenta (pero en el fondo sí me importaban, aunque solo me atreví a reconocerlo más tarde, como muchas otras cosas).

 
No sé cuándo empezamos a alejarnos la una de la otra. ¿Sería a eso de cumplidos los dieciocho años? ¿O fue algo más tarde? Fuimos creciendo y, a medida que lo hacíamos, parecía que una distancia nos iba separando y empujando a llevar caminos completamente distintos. O esas fueron las razones que tú ibas diciendo a unos y otros en Trieste y yo a mí misma en la Ciudad Condal. Aunque claro, que me dejaras de responder al teléfono y a mis cartas no ayudó. De tu repentina frialdad y tus evasivas, de ese momento exacto, sí que me acuerdo yo. Tú también.


Hoy hace exactamente cinco años.


Volví a Trieste con el coche una tarde intempestiva de invierno con la intención de pasar unas horas y volver. Solo quería que hablaras contigo. Ansiaba conseguir alguna explicación que dejara de atormentar mi cabeza durante aquellos meses de silencios desde aquella última noche que nos vimos, en la que te encerraste en ti misma para siempre. Me costaba dormir desde entonces. Y un nudo de dudas me ahogaba demasiado como para continuar en una Barcelona que ya de por sí siempre me había asfixiado. Como recibimiento solo recuerdo tu mirada dura y fría al encontrarte conmigo, que me atravesó por todos los lados y me hizo temblar aún más. 


Te quise explicar que solo había sido un beso, furtivo, rápido. Que se me escapó. Y mis ojos suplicaban por favor que desapareciera aquel desprecio en los tuyos, que tú tampoco lo habías rechazado por unos instantes. Ni lo que vino después. Y en ese momento comprendí que siempre habías sospechado que esa devoción que nos teníamos la una a la otra siempre había sido algo más, pero que aceptar eso no era fácil para ti. Para mí tampoco.


Hoy hace exactamente cinco años. 


No tuviste clemencia. La desaprobación y el miedo aparecían reflejados en tus ojos y te bajaron a la boca en forma de un frío y cortante “Por favor, no vengas a Trieste más”. Revelarse y mostrarse uno a sí mismo tal y como es, aunque al principio defraude; desnudar los propios sentimientos y dejarlos que afloren a la superficie, donde pueden ser vulnerados: todo eso exige coraje. Y a ti el pánico te paralizó. 


Entonces yo hice repentinamente ese giro brusco inconsciente que me hizo perder el control del volante.


Hoy hace exactamente cinco años. 


Finalmente me he dirigido hoy a aquel lugar que durante tanto tiempo he querido evitar. Con manos temblorosas he empujado la verja del cementerio y me he adentrado para contemplar tu tumba. Hay flores secas. Hace meses que no pasan a cambiarlas. El tiempo no siempre cura las heridas con las que la culpa nos castiga. 


Por eso me bebo la vida como puedo, saliendo al máximo, huyendo de ese dolor y esa carga de conciencia que me consumen por dentro desde entonces. 


La náusea y los vértigos me vuelven a invadir, como cada mañana cuando me levanto y pienso en ti, como cada noche antes de acostarme en la soledad de mi habitación y las imágenes del accidente vuelven a invadir involuntariamente mi mente, torturándome una vez más.  


Esta noche volveré a salir.                 

 

Autora: Lucía Oliván Santaliestra

 

Soy española. Me licencié en los estudios de Filosofía en la Universidad de Barcelona y en Traducción e Interpretación en la Universidad de Pau, Francia.  También cursé un Máster de Estudios Europeos en el Centro Universitario de Nancy, Francia.  Desde hace ocho años resido en Alemania, donde he trabajado como docente de Español en la Universidad de Essen. Actualmente soy docente en las materias de Filosofía, Plástica, Música, Francés y Español en una escuela de secundaria de reciente creación, de allí que imparta asignaturas tan variadas en este país. Me gusta mucho leer, viajar y escribir relatos. En general, me encanta toda actividad que ayude a desarrollar la creatividad. 

 

 

 

 

 

 

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