El Ángelus del silencio

   La pequeña Claudia mira al frente, las manos enlazadas por detrás, las jugosas trenzas recién dibujadas por sus dedos infantiles, los pies de calcetines blancos, juntos, sobre la baldosa. Conoce los sonidos del silencio, y sus labios sólo hablan sonrisas y besos lanzados en el idioma de las manos. El sol derrite los trenes del apartadero que lame las tapias recalentadas de olvido, y el Ángelus vuelve a colgar sus notas en la calima de agosto. Claudia mira las grandes agujas que se besan a la misma hora cada mañana, y luego pasea los ojos por los carriles brillantes que refulgen soledades en su camino hacia ese punto donde una curva los funde hasta hacerlos desaparecer. Aún recuerda la sensación bajo sus pies, el mundo trepidando en la partida, el vuelo silencioso del último beso, lanzado desde la escalerilla. Al fondo, una acuarela de vaharadas ha cosido cielo y mar con un pespunte difuminado; lejana e inquietante línea tras la que voces sin alma, nombres pronunciados sin palabras y gestos llenos de frases han quedado atrapados un mediodía más. 
    Hace un año que llegó, partiendo del punto fundido de raíles, un silencioso tren lleno de aspavientos, pero con la cita rota, con manos que saludaban palabras que no entendía, besos lanzados en idiomas que no la mentaban, sonrisas que no buscaban la suya. Desde entonces han recalado muchos trenes en el silencio de Claudia, y en ese tránsito el Ángelus acaricia con un Ave María los pálpitos de su corazón, el sordo traqueteo del Correo de las 12,05, las lágrimas que pierden la apuesta y abandonan el hogar de sus ojos negros. Pero todavía tiene un lago salado, y unas manos que recuerdan el idioma de los besos, y un corazón que se colapsa al ver aparecer los penachos de humo blanco. Sabe que algún día vendrá ese tren empujado por el viento, y entonces extenderá hacia él las manos mostrando todo su alfabeto de amor, combinando frases silenciosas con ruidosas miradas de júbilo, y a cada paso de alocada carrera una carcajada gutural irá robando distancia a la espera, volando los calcetines blancos y jugando con las notas del Ave María. Mientras tanto los recuerdos siguen amueblando su espera en la estación, todos regados de caricias y olor a menta, de pañales húmedos y ventana de hierbabuena asomada al patio. En su mundo de silencio siempre hubo un estruendo festivo que buscaba las oquedades de sus sentidos para manifestarse. Aprendió el lenguaje epidérmico de los labios que besaban un "tequiero", y el de la mano acariciando un "miniña"; aprendió el juego de miradas que arroparon toda su imaginería infantil sin sonidos ni palabras.     

Un día vio dibujadas en un papel las letras que nombraban un país lejano, y unos sellos con la tinta húmeda hablando de separación temporal, de trenes y barcos, de cédulas de inmigración. En el cine parroquial había visto ciudades inmensas, grandes torres presumiendo en la oscuridad del patio de butacas, y pies veloces que sorteaban a otros pies, gestos rápidos y miradas ininteligibles que partían de un mundo diferente al que llamaban América. Don Casimiro se lo había señalado en el mapamundi del Atlas Universal. Era un lugar lejano, y a veces sin retorno, al que se llegaba comprando un billete al precio de unos ojos arrasados de sal y unos labios temblorosos diciendo adiós en el andén. 
Chupando bolas de anís vio cómo la maleta se iba llenando de mudas limpias, zapatillas de diario y los zapatos nuevos para la entrevista, del traje con olor a naftalina y de fotografías con el alma familiar coagulado en un parpadeo de la historia, y un atardecer se encontró Claudia despidiendo a esa maleta que siempre estuvo guardada y pendiente de destino. Bajo las pobres luminarias de la estación, otras manos arrastraban equipajes similares, y otros ojos lloraban o disimulaban la misma tragedia; todas las voces gritando en el silencio de una partida que se llenaba de promesas y muecas de dolor.
    "Para Santiago estaré de vuelta", dijeron las manos de su padre, las mismas que le enseñaron a leer los ojos y los labios, las  mismas que guardaron su fotografía en la maleta. Ya se habían secado las ubres de la tierra y no quedaban hombres que pagasen el esfuerzo estéril de sus brazos. Alguien llamó a la puerta con unos cuestionarios volando entre las manos, unas palabras de esperanza que hicieron llorar a su madre, y luego la duda, la mirada disfrazada de fiesta, los besos entretenidos en la mejilla y el continuo liar de cigarrillos por el  patio. 
"Adiós  papá", le gritó su corazón desde el andén, con una sonrisa y un pañuelo de flores bordadas que se agitaron sin cesar hasta que el farol rojo trazó la curva del fondo y desapareció comido por la noche. La mano de su madre asía la suya, y los pequeños corrían por el andén entre novias y mujeres de luto.
    Partieron muchos trenes buscando el Atlántico de Don Casimiro, y comenzaron a arrancarse las hojas del calendario, a cruzarse los sentimientos que agarrados al papel surcaban las mismas aguas, y a telefonear a la centralita por Navidad y los cumpleaños.

Hace unos meses, quizá también por esos raíles fundidos cerca del horizonte, una enfermedad mentirosa engañó a su madre para que cruzara el  mar y fuera al encuentro de quien se hallaba entretenido al otro lado, y apretando la mano de la pequeña, respirando trabajosamente, abandonó la estancia. Claudia acunó el  dolor durante días en el interior de su océano de silencio hasta que el llanto dejó de morderle las entrañas: su madre nunca volvería desde el otro lado del mar. Sus 12 años lo sabían, que aquellos dedos partían para siempre de los suyos, que los labios cianóticos arrastraban un pecho ahogado por la senda que ahora transitaba el segundo Ave María. Nadie había dibujado los gestos de la muerte, pero Claudia los adivinó al leer los ojos de su madre, y entonces apretó a los dos pequeños contra sí y lloró por primera vez con lágrimas secas. 
    Muchas veces se había preguntado dónde viviría esa enfermedad que envió a su madre más allá del final de las vías, lejos del andén y de los pequeños, del patio encalado y la hierbabuena de los tiestos, porque si era de ley regresaría con el pasaje para ella y sus hermanos, pero el silencio no contestaba, y seguían llegando los trenes del Ángelus, cada vez con más retraso en la cita acordada.

El Correo de las 12,05 devolvió a muchos hombres al pueblo, pero otros quedaban atrapados en la ciudad, o se olvidaban de la cita pendiente, o quizá se perdían por el camino de regreso.     De vez en cuando veía cómo alguna maleta descendía hasta el suelo y los zapatos lustrados corrían al encuentro de aquéllas novias y mujeres de ojos trabajados por el llanto, y Claudia recordaba a su madre, que no correría ya por ese andén, y a sus hermanos amparados por caridades advenedizas. La niña no sabía de despedidas hasta aquel momento en que partió el Correo nocturno, ni era capaz de medir una separación, ni de adivinar qué era eso que hacía que los hombres se fueran lejos del pueblo; su padre dijo "para Santiago estaré de vuelta", y alguien aventuró que eso era al cabo de tres años, pero ya llevaba un Santiago de retraso. 

Las agujas del reloj cada vez se arrastraban más pesadamente por su mundo circular acristalado a dos aguas. Entre minuto y minuto extendían una alfombra interminable de sopores y presentimientos que la niña distraía comprobando las pequeñas mudanzas de un paisaje que parecía calcarse de uno a otro día. Con pasitos cortos recorría el andén hasta el apartadero, y allí se detenía a estudiar el lento avance de las sombras, o la tonalidad cambiante del mar lejano, y mientras tanto las campanas volteaban los silenciosos avemarías del Ángelus sobre los campos. 
La desbandada de la pajarería del tendido eléctrico anunciaba la llegada de la poderosa "Mikado" arrastrando el Correo hacia la curva que lindaba con el horizonte mágico de las vaharinas. Surgía como un punto crecido sobre los campos de espigas, y después varios espejeos de su ojo de cíclope antecedía al vaivén desordenado de los vagones de cola. Para el tercer Ave María el tren ya cabeceaba de lo lindo en el paisaje, y luego resoplaba al pasar junto a la tapia del apartadero y llegaba escupiendo vapores blancos hasta Claudia. Nada más detenerse volvían las carreras por el andén, los abrazos y las voces del silencio, pero ninguna mano dibujaba besos en el aire ni empuñaba la vieja maleta. 
    Tres golpes metálicos despertaban el bramido de la orgullosa “Mikado”, y el tren volvía a ponerse en movimiento, repleto de historias asomadas a la ventanilla, mientras un par de coletas cayendo sobre el vestido blanco se dibujaban en la chapa caliente registrando, palmo a palmo, el buche de una esperanza cada vez más rota. Don Casimiro meneaba la cabeza y la acompañaba hasta el interior del vestíbulo, fresco paraíso donde había un mapa grande que a diario recorría el dedo de la niña hasta llegar al mar, y para entonces todo eran brumas en la mirada y pulso perdido. “Quizá para este Santiago venga desde el mapamundi al pueblo”, se hacía entender el Jefe de Estación al tiempo que sonreía y le limpiaba los dos lagrimones, y la chiquilla salía a la calorina de julio chupando una bola de anís coloreada. Algún día, si tampoco venía para este Santiago, ella tomaría el tren y llegaría hasta el interior de ese mapa que separaba los dos círculos del mundo, y ya se imaginaba pasando junto al apartadero, trazando la curva del horizonte, el anís derretido en la boca y haciéndole llorar.
    
Y llegó Santiago, pero la niña hubo de conformarse con trazar el recorrido del tren con el dedo arrastrado sobre el mapa del vestíbulo de viajeros, y de allí al mar, al lago salado de sus lágrimas y la bola de anís de Don Casimiro.

    Cuentan que Claudia, una mañana poco antes del Ángelus, avanzó por el andén y llegó a la curva donde las dos vías parecían juntarse, y que sólo quería escuchar las palabras del tren sobre el carril, y acercó la cara al ardiente acero, y manchó de grasa sus dos coletas recién trazadas, pero como era sordomuda no oyó el aleteo de la pajarería anunciando la llegada del Correo de las 12,05, pero sí a este relatando historias de un lugar lejano, de un mar atrevido que rompía el pespunte del horizonte y llegaba al cielo, de unas manos que hablaban su lenguaje, y otra que deseaba tomar la de la niña para explorar la mágica ciudad donde fabricaban las notas musicales para el Ángelus mudo. La "Mikado" bramó de júbilo y resopló al verla inclinada sobre la vía, y dicen que la niña sintió el beso dulce del destino escrito, y que llegó a ese mapa, de Don Casimiro, que dividía el mundo en dos círculos de vida, y que compró el billete con una bolita de anís escapada de su boca. 

    Cuando el Correo de las 12,05 se detuvo, alguien descendió agarrado a una vieja maleta, y corrió hacia la niña.

 

 

 

Este texto fue publicado también en Revista “Palabras Diversas”,
Madrid, enero 2008


Autor: Alberto Fernández González

 

Madrileño, es Licenciado por la Universidad Complutense de Madrid, donde se tituló en Ciencias de la Información (Rama de Periodismo)

 


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