Cuando soplen los vientos de agosto

15/12/2019

   Hoy, hace diez años, empezó todo. 
  Justo hoy, que me llegó la noticia de la muerte de Charlotte y confirmé lo ya supuesto, que, por ella, desde hacía mucho tiempo atrás, no sentía nada, igual que con la vida misma. 
Para ese entonces, yo vivía en el ático de una librería, propiedad de una pareja de esposos amigos de mis padres, quienes me ofrecieron residencia en ese lugar, después del fallecimiento de mi madre, una mujer que, desahogando el despecho de haber perdido a su esposo en la guerra, se volcó sobre el alcohol y el cigarrillo hasta que ambos se la llevaron. 
  Durante ese tiempo, no conocí a nadie sin algún familiar perdido en la guerra que azotó nuestro territorio, y parecía como si el país entero fuese huérfano de padre. Desde esa primera pérdida, desde la muerte de mi padre, empecé a sentir un vacío en el alma que jamás he podido llenar y, por eso, desde ese momento, empecé a escribir. 
  Aún hoy lo hago, y vivo modestamente de ello, pero jamás me he atrevido a sincerarme a través de mis historias, no he puesto nombres a los lugares, o fechas en las cuales se desarrollan los acontecimientos. Es algo muy propio, el tratar de evadir la realidad lo máximo posible. 
  Lo que haya sido que sucedió entre Charlotte y yo, fue por mi amiga Moníc, a quien conozco desde el colegio, desde que teníamos más o menos doce años. No recuerdo cómo empezamos a hablar, no me acuerdo cómo empezó nuestra amistad ni qué fue lo primero que me dijo, supongo que fue la orfandad lo que nos unió, como a muchos en este país. 
  Los primeros recuerdos junto a ella, es dejándola en su casa por las tardes después de salir al colegio para continuar el camino hacia la mía. Aunque en realidad no era para allá que siempre me iba, pues a veces me desviaba a la biblioteca de la ciudad vieja a pasar las tardes leyendo o escribiendo. Aquellos escritos que ya están tan quemados o tan perdidos que ni siquiera en mi mente tengo presente, pero que durante ese tiempo me ayudaron a escapar. Y fue ahí en la biblioteca que vi por primera vez a Charlotte, pero lo sabría mucho tiempo después, en cierta ocasión que estuve en su casa y vi fotos de su niñez, y encontré la niña a quien siempre había visto en la biblioteca, pero a quien jamás me había atrevido a hablarle. En ese momento, de pie en la sala de la casa de Charlotte, con el marco de la foto en la mano, creí en el destino, y creí que el mío era estar junto a ella. Eso tampoco jamás se lo dije y, si ella sabía quién era yo, es algo que ya nunca podré saber. 
  La tarde del día de esa noche en la cual la conocí, Moníc estuvo en mi casa.  Quiero que me acompañes esta noche a una presentación de John, me dijo, y ahí entendí el porqué de su visita. John era un chico que Moníc conocía desde el año pasado y con el cual tenía una relación de ires y venires, de terminar y volver, algo que ni ella misma entendía, pero que ambos deseaban continuar. 
  Como el teatro quedaba cerca de la librería, llegamos tarde, porque Moníc, se devolvió hasta su casa para cambiarse y, confiada de la cercanía del teatro, volvió media hora después de lo prometido. 
  En la obra de esa noche vi a Charlotte por primera vez (ya grande), y, es más, poca atención le puse al desarrollo de la historia, pues sólo podía fijarme en ella cuando salía a escena, y luego no podía hacer más que esperar de nuevo su aparición. Su cabello era largo, castaño y algo desordenado, por el personaje claro, su frente era amplia, sus cejas delgadas y contaba con unos fuertes pómulos rojizos. 
  Desde donde estábamos ubicados, no alcanzaba a ver las pecas de su rostro. Más tarde las vería y, semanas después, al despertar junta ella en una helada madrugada, podría contarlas. ¿Qué haces? Me preguntó al despertarse de repente. Cuento tus pecas. Rió por lo absurdo, pero cerró los ojos para que yo pudiera continuar con ello. Pasado un rato, preguntó que si ya había terminado. Siempre termino perdiendo la cuenta, respondió. Volvió a reír para quitarse la sábana y, quedando totalmente desnuda, se acostó boca abajo. De pronto con las de la espalda te quede más fácil, me dijo. Pero en la treceava peca me perdí en ella por el resto de la madrugada. 
  Terminada la obra, salimos del teatro a esperar a que John dejase su personaje y volviese a ser él, aunque me gustan más sus personajes, me comentó Moníc, y sólo pude reír. Tal parecía, íbamos a ir a una fiesta de cumpleaños de alguno de los actores. Ahí, afuera, acostado en uno de los muros junto a mi amiga, fumando, me quedé mirando el edificio: el segundo piso contaba con cuatro ventanales rectangulares, en el tímpano formado entre éstos y el techo, se erguían las estatuas de unas mujeres, seres divinos recordados por pocos, quienes en sus manos sostenían instrumentos de arte, el blanco y el amarillo eran los únicos colores que vestían el teatro. 
  Minutos después, terminamos un grupo de gente caminando por las frías y solitarias calles hacia la casa en la cual se llevaría a cabo la fiesta. Lo único que podía hacer era mirar a Charlotte quien caminaba junto a una amiga y escuchar a Moníc hablando con John sin saber qué decían. 
  Por fuera, la casa azul mar a la cual llegamos era tan vetusta como las demás construcciones, pero en su interior estaba remodelada por completo. Poco a poco, la casa se fue llenando de invitados, y yo me empecé a sentir más solo, al igual que cada vez que estoy en un lugar concurrido. En cierto momento, entrada la noche, me dieron ganas de fumar, sin luchar contra ello, salí encendiendo el cigarrillo y vi a Charlotte en la acera de enfrente, sentada y sola, fui hacía allá. Desde la llegada a la casa no la había visto, buscándola disimuladamente, sin llamar atención sobre ello, llegué a pensar que tal vez se había ido. Terminado el saludo, le pregunté que si podía sentarme junto a ella y, ante su afirmación, así hice mientras le ofrecía un cigarrillo. No fumo, gracias. Pero segundos después aceptó. Traté de explicarle cómo se fuma, pero, cómo enseñas algo tan naturalizado en ti que no es tan sencillo que no encuentras palabras. El primer cigarrillo fue sólo toz, al tercero vino a tomarle algo de práctica. De haber sabido lo que se convertiría el cigarrillo en ella, jamás le hubiese ofrecido. Durante ese momento vi sus pecas por primera vez, y cómo sus pómulos se volvían más fuertes con cada sonrisa. A pesar de ello, entendí que no era genuina su alegría.
    - ¿Te pasa algo?
    - Por qué lo preguntas.
    - Porque así lo parece. ¿No quieres hablar de ello?
    - Creo que no estuve muy bien, se me olvidaron algunos diálogos y tuvimos que improvisar, además, no estuve muy concentrada.
    - No creo que se haya notado.
    - ¿En serio?
    - Sí.
    - Gracias.
    - Siempre me he preguntado si cuando alguien actúa es capaz de olvidarse, así sea por un instante, de quién es en realidad. 
    - ¿Siempre estás siendo consciente de quién eres?
    - Claro que no.
    - Ahí tienes la respuesta.
    - Está bien. 
    - ¿Tú sabes algo de actuación?
    - En realidad, no.
    - Y así, sin saberlo, cómo definirías a un buen actor.
    - Pensaría que es alguien capaz de no repetirse a través de sus personajes, que es una persona que no está intentando ser alguien más, sino que, en realidad, se convierte en ese otro. 
    - ¿Y si es el mismo llevando al extremo sus propias características y forma de ser?
    - ¿No se estaría repitiendo?
    - ¿Tú eres igual delante de todo mundo?
    - Claro que no.
    - ¿Eso hace que te repitas?
    - Creo que no.
    - Ahí tienes otra respuesta.
—Igual, cómo podríamos hacer para no repetirnos, si nuestra percepción del mundo y el conocimiento sobre él, es limitado y, por más que agreguemos nuevas cosas, éstas se fundamentan sobre aquello que ya sabemos. 
    - ¿Piensas que soy buena actriz?
    - Supongo que quieres total honestidad.
    - Sí.
    - Tendría que volverte a ver.
    - Está bien.
    - ¿Tú crees que eres buena actriz?
    - No. 
    - ¿Por qué?
    - Porque todavía no sé si ser como dices, convertirme en personajes totalmente distintos, o enfrentarme a mí misma con las situaciones de los personajes.
    - Y cuándo sabrás eso.
    - Pienso que se necesita toda una vida.
    - ¿Y mientras tanto?
    - Seguir interpretando.
    - ¿Quieres vivir de ello?
    - Sí.
    - ¿No te asusta?
    - ¿Qué?
    - ¿Que un día ese sueño te cumpla?
    - No. Pero sí me asusta poder llegar a lo más alto de mi carrera. ¿Qué seguiría después de eso? ¿Cómo vives después de conocer el éxito rotundo?
    - Jamás me lo he preguntado. 
Terminada la conversación, Charlotte volvió dentro con la excusa de tener que ir al baño. Al verla irse, no le dije nada, pues entendí que se alejaba por no querer mostrar más momentos de debilidad, pues su voz estaba quebrada y sus ojos como empañados. Porque la debilidad es sólo para mostrarle a las personas de confianza ¿no? De resto, se debe aparentar fortaleza e ignorar los sentimientos, sobre todo los buenos.  Ahí entendí lo dicho por ella, el hecho de explorarse así misma a través de sus personajes, pues es lo practicado por cualquiera siempre, mostrar algo que realmente no es. 
  Si en esa noche hubiese saliendo corriendo a abrazar a Charlotte, tal vez se hubiese sentido apoyada, tal vez lo sucedido entre nosotros hubiese sido distinto, pero no lo hice. Pues me quedé ahí, pensado, pensando en todo lo que me acababa de decir, pensando que, si iba tras ella, sabiendo la verdad, que no iba a al baño, sino que quería estar sola, entonces estaba mal, pues yo no estaría respetando su intimidad. Pensando en que tal vez dijo esa excusa porque quería que yo fuera tras ella para ver mi interés en lo que le sucedía. Pensando en si la volvería a ver. Pensando en sí alcanzaría su sueño. 
  Y fue por esa “sobre pensadera”, por lo sucedido con Charlotte esa noche, que decidí empezar volver a escribir durante la madrugada para botar toda la mierda que pensaba y me carcomía. 
  Un año después publicarían el libro, y aquel sería el mejor momento de mi vida. Después de haber estado en contacto en algunas ocasiones con un agente de la editorial, éste vino a la librería a buscarme para darme la noticia. Para ese entonces, por ser mayor de edad, la pensión de mi padre me la habían quitado y me encontraba ganándome la vida haciendo algunos turnos en la librería y el aseo diario de la misma. Sí, la vida, hay quienes la ven como un regalo y, aun así, toca ganársela. Terminada la entrevista con el agente, él se marchó y yo cerré la librería sin importarme que todavía faltaban tres horas para ello. La cerré sintiéndome un respetable congresista de mi país, ¡Esos hijueputas! Que se ganan en un mes lo que yo, para esa época, ganaba en 36 meses, sin terminar su horario laboral o sin ni siquiera ir a trabajar. Pero pues si están allá, es porque mi país no sólo era y es huérfano, sino ciego, porque en tierra de ciegos el tuerto es rey, y no sólo eso, también sordos y mudos, como esos pedazos de yeso que adoran en las iglesias, así es la gente de mi país; con ojos sin ver, con boca sin hablar y con oídos sin oír. 
  Cerrada la puerta, di cada paso y subí cada escalón hasta el ático contando cada vez que subía y bajaba los pies en ello. Era como estar en una especie de burbuja que me aislaba del mundo entero. Entré al ático, me acosté, y no pude hacer más que pensar en aquella madrugada en la cual empecé a escribir: “Y Cuando Soplen los Vientos de Agosto”. No sé cómo llegó el título, simplemente vino y se quedó instalado para siempre. 
  Siempre he pensado que esas historias son más mágicas y tienen más misterio que las que se buscan, si para escribir sólo hay que tener algo por decir y escribirlo, es mejor cuando una historia aterriza en tu mente como inspiración y la acoplas a aquello que quieres gritarle al mundo. 
  Esa tarde, acostado en la cama, recordé aquella madrugada, ahora rememoro ambas casi al mismo tiempo. Tenía miedo de estar frente a la hoja en blanco, aunque, ¿Qué tan en blanco puede estar una hoja cuando ya por dentro se está cargado de mil cosas por contar? Tenía miedo de empezar algo y jamás terminarlo, como las demás historias iniciadas sin concluir. Supongo que esas, las inconclusas, te ejercitan y alimentan aquella finalmente escrita. 
  Sólo algo tenía seguro, el protagónico sería de una mujer, y una mujer escritora, tal vez alguien quien estuviese viviendo mis mismas situaciones, y que no tuviese tiempo para escribir. Quería describirla, quería escribirla y dejarla ser libre, pero, ¿cómo haces para que tus personajes sean libres?  ¿Cómo haces para que el narrador de tu historia no esté contaminado de ti, y seas capaz de dejar en libertad a los personajes? Es algo que aún hoy me pregunto. Pensándolo bien, era casi la misma pregunta de Charlotte ante su profesión: ser un personaje, o ser ella interpretando un personaje. ¿Si yo no sirvo para mentir o engañar en mi día a día, ¿Puedo hacerlo al escribir? Eso me preguntaba mientras mis dedos construían la historia, y aún eso me pregunto hoy, mientras escribo. Hoy, que llegué a esta ciudad, a la capital, para asistir al entierro de Charlotte. 
Como era de suponer, a las afueras del cementerio esperaban decenas de personas a que llegase el cuerpo de la mujer idolatrada por ellos durante los últimos años. Jamás he logrado entender aquella locura de ciertas personas por los famosos, sí me parece algo bello el hecho de admirar a alguien, y cómo ese alguien, a pesar de no tener ninguna conexión contigo, se vuelve tan cercano a tu vida, sea por sus actuaciones, su música, sus libros, etc.      Pero de ahí a la obsesión, es algo inentendible para mí. 
   La tarde estuvo opaca, como si la línea entre vivos y muertos se hubiese desdibujado para que Charlotte pudiese atravesarla. Y ahí recordé una conversación sostenida junto a ella ocho años atrás, poco antes de su partida a esta, la capital, pues nuestra ciudad le parecía muy pequeña para sus sueños. 
   ¿Crees que hay algo?, le pregunté. Estábamos en el lado norte de las murallas viejas, sentados en lo más alto de ellas, mirando el mar. Por la oscuridad, la línea entre el cielo y el mar ni siquiera se dibujaba, era tan igual abajo como arriba. Espero que sí, no creo que todo termine aquí, no creo que en esta vida llegue a ser la persona que realmente puede ser, y necesito más oportunidades para ello. ¿Y si no hay nada?, inquirí. Pues espero que esta vida sea suficiente, respondió antes de preguntar, ¿Y tú? Espero que no haya nada, y necesito que no haya nada. ¿Por? La eternidad me aterra, desde pequeño lo ha hecho, ¿existir para siempre? A que clase de ser divino se le ocurriría eso, porque es un ser eterno, ¿nos tiene que arrastrar a todos a lo mismo? Pero seríamos sempiternos, no eternos. Tienes razón, pero da igual, quiero que, al morir, todo se acabe, que no haya nada más, la eternidad me aterra se pase donde se pueda pasar, y no quisiera volver a tener que vivir más vidas. ¿Así de poco estimas tu vida y este mundo? Dejé de mirar las estrellas del cielo para ver el firmamento en su rostro y, sin titubear, le respondí que sí, y lo seguido fue un llamado de atención de su parte por mi constante quejadera, mi insoportable tristeza y desilusión hacía todo, por no entender el hecho de que nada me llamaba la atención, ¡Que entonces por qué no me mataba! ¡Que entonces por qué no me tiraba de ahí mismo de las murallas! si lo que quería era dejar de existir, eso me dijo —aún cuando ya le había explicado que no había intentando ninguna forma de matarme porque me aterraba el dolor— para que por fin aliviara mi dolor y averiguara de una maldita vez si hay algo después o no. ¡Es que no sé cómo vives! Terminó diciendo. Por costumbre, le respondí.
   En su rostro pude ver mi propia negatividad reflejada y, ante tal desasosiego, sólo pudimos abrazarnos. 
   Al terminar la ceremonia, agradecí el hecho de que nadie me hubiese reconocido, pues no quería dar explicaciones de cómo, dónde y por qué conocía a Charlotte. 
   Sí, nadie lo hizo, nadie me reconoció, excepto alguien de quien jamás podría esconderme, alguien quien días después me buscaría para explicarme el porqué del haber hecho lo que hizo, Charlotte. 

 

 

Autor: Julián Ramirez

 

Imagen de Tamara de Lempicka

 

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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