Víctor

15/10/2019

 

Una luz y la frescura de la lluvia en mi cara, a mi edad estas cosas se disfrutan más y bajo mi posición es mi única alternativa porque de seguro en esas gotas se ahogarán las imágenes de mi vida. Porque soy un anciano, porque elegí serlo para ver crecer a mis nietos, me hice amigo de la muerte y como buena compañera me lo permitió. Porque ese último carro repleto de cajones de verduras frescas quebró la resistencia de las baldosas que dos horas y 47 minutos después provocaron mi caída. Pero la lluvia hizo una regresión. Era joven, corría junto a mi hijo, ambos nos recostamos en el pasto bajo un cielo gris. Fue una charla tan larga y había algo mágico en el aire que anunciaba algo más. Me preocupé por la lluvia e insistí en que era hora de irnos. Él respondió con una sonrisa: —¡Es solo agua papá! — Hizo de algo simple, algo especial. En ese preciso momento, ambos miramos el cielo y vimos caer las primeras gotas. Aquellas, como las que hartaron a mi padre en su trabajo de cartero. El frío y las lluvias habían golpeado su cuerpo con una pulmonía crónica. A causa de esto decidió cambiar de trabajo. Aprendió una nueva profesión, la de zapatero, que lo acompañaría el resto de su vida y parte de la mía; ya que su insistencia era constante hacia mi búsqueda de trabajo.


 Un tercer zapatero, en otra parte del mundo, y unos cuantos clavos defectuosos formaron una bomba de tiempo para cualquier señorita que espera conocer el amor en su primera cita. Aquel zapato tan refinado no resistió esas calles empedradas que rompieron su taco, la mujer nunca llegó a su cita y me pregunto qué hubiese pasado si ese taco no se rompía. Un joven y prometedor abogado la esperaba, pero ella no iba a llegar. Ese taco caprichoso simplemente la llevó a otro plano. En otra vida, ese zapatero haría el zapato perfecto y ellos estarían juntos, pero no en esta. En esta historia solo me queda reparar el zapato porque yo estaba ahí, como el zapatero del pueblo. En ese mismo instante supe de lugares indicados. Mágicamente, en esos días se le rompieron varios zapatos y después de varios encuentros ya nada se volvió a romper. Agarrados de la mano nos volvimos ligeros como una pluma y en el aire nos mantuvimos hasta el día de hoy en el que a mí me toco caer. Intento repetir su voz llamándome: —¡Víctor ven! ¡Víctor! —.


Me llamo Víctor porque mi padre después de varias rupturas con mi madre decidió irse del pueblo y, después de mucho caminar, se sentó en la estación a esperar el tren. A unos metros de él se encontraba un guitarrero chileno que estaba de pasada y que, por esas cosas del destino, no sabía por qué estaba ahí, ni hacia dónde iba. Mi padre se acercó a hablarle y, entre charlas, hablaron de desamores. Mi padre le habló de su decisión de irse y de lo difícil de volver.


 —Mira detenidamente ese tren—dijo el hombre— Ese tren no para en esta estación. Dime ¿qué ves en él? —preguntó.
Mi padre lo miró y respondió: —Caras…caras de desconocidos —  
—¡Exactamente! — exclamó el hombre —caras borrosas, como las que pasan por tu vida. Pero cada tanto nos reconocemos en algún rostro. Cuando miras a los ojos a tu mujer ¿qué ves? —


Mi padre pensó en todos los momentos vividos que lo fundían a piel con mi madre. Recordó sus ojos y así tomo la decisión de volver. Poco antes de irse, el hombre tocó una canción que le llegó hasta los huesos. La canción se llamaba “Romance del enamorado y la muerte”. La había escuchado cantar por Víctor Jara un día antes de su partida de Chile. Ese hombre fue fugaz como aquel tren, pero con las palabras precisas en el momento indicado. Simplemente siendo lo que era un hombre sin rumbo en su propio mundo, pudo vivir todos estos años en las historias de mi padre. Nunca supo su nombre pero lo recordó en el mío.


De adolescente decidí dejar la zapatería. Tenía una beca en el exterior como traductor de idiomas. Mi padre había pagado humildemente cada centavo de mi carrera y yo me iba con la idea de no volver por tiempo indeterminado. Tomé el coraje para decírselo. Simplemente sonrió, se emocionó, me abrazo y al oído me dijo: —¡Tomaste la decisión correcta! — Él había imaginado armar un local de zapatos solo para mí, para mi porvenir y crecimiento; pero mi decisión cambió su mundo. Me vio volar libremente como quien libera un ave. Ya no dependía de él. Cada decisión que tome sería una explosión nueva y determinante para mi mundo. Sin embargo, al tiempo decidí volver porque su enfermedad había empeorado y por un tiempo más fui el zapatero de turno. Con gusto, ya que al día siguiente una señorita con el taco de su zapato roto llegaba al local.


Entonces ¿existen decisiones correctas? La lluvia rebalsa los ríos y las aguas desembocan en otras vertientes, así fluyen las decisiones. Solo somos conscientes de la opción que tomamos. Me gusta pensar que cada decisión no tomada desemboca en otra vida paralela, en una historia diferente y así y todo cualquier decisión pudo haber sido la correcta .Lo importante no es elegir sino vivir dentro de esa decisión sabiendo que delante hay más opciones, que dentro, fuera y en el aire, el amor es la fuente de todo lo existente. Veo una luz que dilata mis ojos, la veo en simultáneo con el día de mi nacimiento y un grupo de voces alrededor de cuando no sabía de voces y hoy ya sin poder entenderlas. Detrás de esa luz estaba mi madre y, seguramente, estará detrás de esta luz que desde el cielo intento tocar con mis manos y en el medio de todo, la lluvia limpiándome el alma.


P.D. : En algún lugar de la ciudad, una joven mira por la ventana esperando una carta. La carta viene con un pasaje al sur del país en donde espera encontrarse con su familia. La carta nunca llegó. El cartero enfermó, cayó al asfalto mojado y la lluvia se encargó de todo lo demás.

 

Autor: Walter Hanun

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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