Amado

15/10/2019

Nunca me habían interesado los hombres. Me gustaba acompañar a las chicas del pueblo cuando iban a hojear las revistas que de vez en cuando llegaban los fines de semana al único kiosco que había y donde salían chicos. Pero nunca los deseaba como ellas. Me interesaba más ver sus reacciones y escucharlas cuando se ponían a hablar de quién sería la primera en hacerlo. Rebeca fue la primera. Se dejó hacer por un amigo de su padre a cambio del dinero que necesitaba para comprarle unas botas a un chico que le gustaba. Una tarde nos contó que el viejo babeaba e intentó besarla pero que ella no le dejó. Nos contó que cuando se bajó los pantalones una cosa inmensa asomó, y que era muy gorda y venosa y que cuando la frotó contra ella sintió que estaba muy caliente, casi ardiendo. Nos contó, mientras todas a mi alrededor temblaban de emoción, y yo la escuchaba con una mezcla de asco y fascinación, que cuando se la empezó a meter le dolió, pero que luego un calor le recorrió el cuerpo, sintió un hormigueo y empezó a jadear junto con el viejo. El viejo se corrió rápido dentro, con una mueca asquerosa en la cara, y ella se rio y el viejo le dio el dinero y la insultó. Nos decía también con los ojos abiertos, esos ojos grandes y cristalinos que siempre envidié y que eran la debilidad de todos los hombres del pueblo, que le había gustado mucho y que solo pensaba en que se la metieran otra vez. Después de aquello todas quisieron probarlo, claro. Y lo hicieron. Con unos, con otros, probaron muchas cosas horribles. Todas menos yo. Y dejaron de hablarme, aunque en realidad, ahora que lo pienso, creo que ninguna nunca habló realmente conmigo.

 

Al principio, cuando él se vino a vivir a casa no sentí nada. ¿Qué iba a sentir? Además, era bastante feo y estaba muy flaco. Había pedido comida a mi madre en la calle y mi madre, que por otra parte era una mujer terrible y violenta, era también una cristiana devota y no se le ocurrió otra cosa que traerlo a casa. Cuando mi padre lo vio pensó que quizá podría ayudarle en el campo a cambio de darle un sitio donde dormir y algo de comida. Al día siguiente ya se habían ido los dos de madrugada, así que fue uno más a partir de entonces.

 

La primera vez que sucedió estábamos solos. Mis padres habían ido a una fiesta en casa de unos amigos, cosa que era muy poco frecuente. Yo estaba en mi habitación, tumbada boca arriba, mirando el techo, pensando en lo de siempre, en escapar de allí, trazando planes en mi cabeza sobre una vida distinta fuera de aquellas paredes vacías y tristes. No noté que estaba cerca de mí hasta que me rozó un pie desnudo. Se sentó a mi lado en la cama y al notar su calor en mi piel un escalofrío me recorrió el cuerpo. No hizo nada más. Me observó un largo rato en silencio mientras yo no podía controlar aquel temblor, y luego se levantó y se fue. Al salir por la puerta me dirigió una mirada distinta, llena de lujuria y deseo. Yo me quedé allí sin moverme, asustada, y, cuando un hilo de algo húmedo resbaló por mis piernas, noté por primera vez en mi vida un placer intenso y profundo. Feliz, no pude moverme durante horas pensando en lo que había sucedido.

 

Me buscaba. Note que quería quedarse a solas conmigo. Y yo también lo deseaba. En los momentos en que mis padres no miraban nos rozábamos y notábamos el deseo del uno por el otro. Él me sorprendía y me acorralaba en ciertos momentos sabiendo que yo no podía luchar contra el ardor que me incendiaba por dentro y, en respuesta, yo lo torturaba también: lo pellizcaba suavemente por debajo de la mesa hasta que notaba cómo gemía, luego lo soltaba y disfrutaba de su dolor mezclado con su ansia de poseerme. Aquello duró una eternidad. Pero por primera vez en mi vida me sentía viva, sentía mi cuerpo despierto y con hambre. Desde que me levantaba hasta que me acostaba solo sentía esa hambre. Un hambre maravillosa que lo ocupaba todo, que llenaba aquellas paredes, aquellos muebles, aquel aire. Mis padres dejaron de existir, solo eran máscaras, les oía lejanos. Para mí solo existía él. Su cuerpo, su deseo. El mío.

 

Por fin un día mis padres salieron de casa no recuerdo para qué. No importaba. Sabía lo que iba a suceder cuando la puerta se cerró. No le vi por ningún sitio, pero notaba su presencia latiendo en toda la casa. Sabía que vendría a mí. Andando lentamente, mientras mi cuerpo y mi alma temblaban, me dirigí a la habitación de mis padres y me tumbé en aquella cama grande y blanca que siempre me había gustado. Al momento noté que estaba apoyado en la puerta observándome mientras oía sus jadeos. Todo sucedió muy rápido. Se abalanzó salvaje sobre mí rasgándome el camisón fino, rompiendo con sus dientes mi ropa interior… Recuerdo primero el dolor punzante y mi risa, recuerdo después el placer de sentirlo dentro una y otra vez, recuerdo los gemidos cada vez más intensos, los suyos y los míos, recuerdo el estallido incontrolable de placer, aquella liberación…

 

Ya nada fue lo mismo. Aquella casa ya no era una cárcel, era un nido. Nuestro nido. Y siempre venía a mí. Y yo siempre le esperaba. Pero no podíamos esperar como antes. Nos volvimos impacientes y nos veíamos en cualquier parte, a espaldas de nuestros opresores…

 

Mi padre nos descubrió. Jamás le había visto así. Su piel era del color de la cera, pero lo peor fueron sus ojos. Nos separó y creí que lo mataría a palos mientras gritaba como poseído. Yo observaba como si en realidad no estuviera allí. Sabía que terminaría de esta forma, ya lo había vivido en mi cabeza cientos de veces. Ahora ya no importaba… Finalmente lo agarró ensangrentado, hecho un ovillo de pelo y huesos, tiritando y aullando, y lo metió en su vieja furgoneta mientras cargaba su escopeta y se fueron. Supongo que lo mató y lo enterró en el campo. Nadie lo echaría de menos. ¿Qué importaba un perro menos? A mí me trajeron a este horrible lugar donde estas mujeres vestidas de negro me hacen rezar todas las noches porque he pecado, y he hecho cosas enfermas con un animal y alejadas del amor a Dios. ¿Alejadas del amor? Yo lo quería y él a mí. Jamás había sentido eso y era feliz. Lo echo mucho de menos. Mucho de menos.
 

Autor: Xurxo Avila

 

Soy un actor licenciado en la Resad (Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid), acabo de salir recientemente en 3 series españolas, Fariña, Vivir sin permiso y Tiempos de Guerra. He escrito para teatro, publicidad y televisión. Así mismo estoy terminando mi primer guión para cine. He dirigido publicidad y cortometrajes. Estoy terminando un libro de relatos de terror visceral de título "Carne".

 

 

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Imagen de Margaret Keane
 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266