El tiempo en mis manos

 

   Era el día de mi cumpleaños, y al levantarme advertí una hoja en el vestíbulo, que alguien había metido por debajo de la puerta de la calle. La cogí; era de Correos, notificándome la llegada a sus oficinas de un paquete para mí. Esa misma mañana me acerqué a por él, y corrí para abrirlo en casa. Era un paquete voluminoso, y cuando retiré los precintos encontré en su interior una máquina que nunca había visto en los escaparates ni anunciada en la televisión. "Para un ser que vive con dolor las ausencias del tiempo", había escrito alguien en la tarjeta colocada junto al panel de botones. Busqué el manual de instrucciones para saber qué era aquel regalo de cumpleaños, encontrándolo en un compartimento interior al que se accedía por una trampilla abatible.
    ¡Ese aparato era una máquina del tiempo!, y no me lo creía. Pensé en una broma de mis amigos, pero seguí leyendo y convenciéndome de que si aquello funcionaba tal y como se detallaba en el manual, no era ninguna broma. Mediante una ruleta se podía viajar hacia el pasado o hacia el futuro, y utilizando un pequeño mando a distancia que debía tener siempre en mis manos, podía acceder al tiempo seleccionado siendo yo mismo, o hacerlo como una identidad ajena a mí. Además, continuaba el manual, mediante el mando y a través de su pantalla, podía preguntar lo que quisiera, antes, durante y después de cada viaje.
    Era un regalo extraordinario, y estaba decidido a utilizarlo inmediatamente. Me dio miedo preguntar por el día de mi muerte, registrado en el interior de sus tripas, así que decidí limitarme a realizar mis primeros viajes hacia el pasado, hacia el recuerdo.

 

   Lo primero que se me ocurrió preguntarle al microordenador, fue cuándo había sido la última vez que había estado con mis padres y mi hermana en la Puerta del Sol, los cuatro juntos. Los números comenzaron a moverse escalando fechas hacia atrás, deteniéndose por fin en el día solicitado. Me quedé de piedra al comprobar lo perdido que vivía lejos de estos datos de aparente falta de importancia. Yo cruzo la Puerta del Sol varias veces a la semana, y si la hubiera atravesado con mis padres y hermana esa misma tarde de mi cumpleaños, no me habría resultado extraño. Miraría hacia la esfera que cada 31 de diciembre se descuelga para anunciar la entrada en el nuevo año, y lo haría mientras hablase con mi padre, o echaría un vistazo mecánico a "El Corte Inglés" de Preciados escuchando las palabras de mi madre. Tal vez caminaría hacia Arenal prestando atención a las docenas de negros que se dan cita en la plaza madrileña. Me parecería un paseo vulgar, cotidiano, y sin embargo, mirando la fecha que se había configurado en la pantallita del microordenador, la última vez que estuvimos juntos en la Puerta del Sol no había sido el año anterior, ni cinco años atrás, cuando estuve de vacaciones en Canarias, ni siquiera hacía veinte años, cuando comencé la relación con mi primera novia. La fecha que titilaba en la pantalla era la del 1 de enero de 1972. Habían pasado veintitrés años desde la última vez que estuve con mi familia en la Puerta del Sol, y yo, de no haber conocido este dato, no habría dado importancia al posible paseo de esa tarde por aquellas coordenadas temporoespaciales. Giré la ruleta para seleccionar la opción de regreso a ese punto, y utilicé la opción de ser una identidad ajena a mí mismo.
    Era la madrugada de Año Nuevo. El confeti, las tiras de colores y las botellas de sidra y cava estaban esparcidas por toda la plaza. Bajo el reloj de Gobernación, los neones abrazaban a la esfera con su mensaje de buena voluntad: "Feliz año 1972". Me quedé de pie en la isleta central, junto al gran árbol que colocaban por Navidad, y vi cómo se acercaba una furgoneta "4 L" desde la calle Mayor. La conducía mi difunto tío Manolo, con cara de velocidad y una sonrisa vanidosa por manejar aquel artefacto. A su lado reía mi tía Meli, mucho más joven, y atrás, en la zona de paquetería, mis padres también rejuvenecidos, y mi hermana hecha una quinceañera. De espaldas al conductor, enfrentado a la ventanilla de una de las puertas traseras, iba yo, con mi cara de 17 años recién cumplidos, con ojos ávidos de comerse el mundo, vigilando esa plaza devastada por la euforia del nuevo año. Tenía una vida por delante para participar de esa fiesta y de otras. De momento me conformaba con la alegría de mi familia, todo lo que tenía, y con mirar el mundo a través del cristal de la ventanilla.
    Desde la isleta de la plaza me vi pasar junto a mi familia, y vi cómo ese jovenzuelo se me quedaba mirando como si fuera otro producto de la devastación de fin de año. La “4 L” de mi tío desapareció camino de la Carrera de San Jerónimo. 
    Saqué el mando de mi bolsillo y solicité la fecha última en que estuvimos los cuatro solos sobre la plaza, caminando sobre sus baldosas. Los números comenzaron a girar con estrépito hasta detenerse en una fecha del año 1968. ¡Dios mío!, no daba crédito a mis ojos. Había veintisiete años de diferencia entre ese último paseo y el supuesto tránsito vulgar por esa plaza en la tarde de mi cumpleaños. Fue el 3 de marzo de 1968. Yo tenía 11 años, estudiaba segundo curso de bachillerato y aún era feliz en esa infancia larga que me iba internando en la edad del pavo. Ese mismo día, veintiún años más tarde, conocería a Soledad en una fiesta de disfraces, siendo mi bautismo en la bohemia y sustituyendo a mi primera novia.
   Viajé a esa tarde de 1968 con mis padres y mi hermana por la Puerta del Sol, y otra vez utilicé la opción de ocupar una identidad ajena a mí. Me conmoví al encontrarme con aquel chiquillo desgalichado de  facciones suaves. Iba del brazo de mi padre, entrando hacia la calle Carmen antes de que la hicieran peatonal. Ahora la recorrían los "Gordini", los "Seiscientos" y los "Cuatro Cuatro". Una inmensa tristeza me invadió y tuve ganas de llorar al ver la estampa de mi familia en esa tarde anochecida de invierno. Había llovido, y el suelo estaba aún brillante como un papel de celofán. No podía creer que fuese esa la última vez, que nunca más hubiéramos paseado juntos por allí. Yo cruzo la plaza dos o tres veces a la semana, mi madre se cita allí con mi tía Meli una vez al mes, mi hermana frecuenta "El Corte Inglés", y mi padre atraviesa la Puerta del Sol a su regreso del trabajo en la clínica. No podía admitir que el destino no nos hubiera juntado más a menudo en un sitio tan común. Veintiocho años de ausencia sobre las baldosas de la plaza, y hablábamos de la Puerta del Sol como del anillo que viaja en nuestro dedo y besamos todos los días al levantarnos.
    Pregunté por el último día que nos habíamos bañado juntos en el mar: Benidorm 1980; quince años. El microordenador me decía que al año siguiente volvería a bañarme en el mar con mis padres en Benalmádena, y sería la última, pero mi hermana no vino en esas vacaciones. Recordé lo bien que lo pasamos en Benidorm, cómo tirábamos a mi madre del colchón hinchable para asustarla, y parecía que todo hubiera sucedido el año anterior, pero ya habían pasado quince.
    Busqué la última vez que habíamos estado juntos en cualquier otro punto de la ciudad, y descubrí que salvo los entierros y funerales de gente querida, la última vez había sido el día de la boda de mi hermana, y yo tenía fotos de aquella tarde de julio de 1977. Pregunté por el último día con mi madre por cualquiera de las calles del centro, y luego hice lo mismo cambiándola por mi padre, y aquí salían fechas más recientes, pero cuando me trasladé a ellas me encontré viajando en el Metro; con mi madre para probarme un traje nuevo, y con mi padre para separarnos en la estación de Callao y cada cual tirar a sus cosas. Pregunté y viajé a nuestros encuentros casuales en la ciudad, en una parada de autobús, en el retorno a casa. Volví a meterme en el niño que curioseaba la ciudad de la mano de su madre, escuché a mi padre obligándome a taparme la boca con la bufanda cuando en invierno subíamos las escaleras del Metro hacia la superficie. Volvía a meterme con mi familia en las tiendas de vale, visitamos a mi abuela, y celebramos otra vez los cumpleaños de mis primos de Vallecas. Pero de esa comunión familiar con la ciudad, ya no quedaba nada en mis tiempos modernos; casi todo se había quedado tras la frontera del cambio de década a los ochenta. Nuestro contacto se había reducido a los cumpleaños y santos, siempre celebrados con comidas y cenas fuera de la ciudad, o a mis habituales visitas al domicilio paterno una vez a la semana tras mi independencia. 

 

    Cambié de tema y me interesé por la última vez que hice el amor con Tina: 28 de enero de 1993, tres días antes de dejar de salir con ella, y la vi sobre mi cuerpo, porque ahora había seleccionado la opción de habitar mi propia identidad para volver a sentir a aquella criatura. Ella jadeaba y saltaba sobre mí, y me miraba, y creía que mis ojos eran de amor, pero eran los de un estupefacto visitante del futuro que quería hacerse daño con el recuerdo. Busqué el desconocido día en que nos vimos por primera vez en la vida, y me trasladé a la calle Zaratán, junto al instituto donde ambos estudiábamos sexto de bachillerato. Tina cruzaba la verja mientras yo jugaba al frontón contra las paredes del edificio, y la vi sin reparar en ella; nunca habría podido recordar aquella tarde. De igual modo, viajé a las coordenadas del primer avistamiento de la que ahora era mi pareja sentimental, recalando en uno de los pasillos del hospital donde ambos trabajábamos. Mi compañera de servicio me la señaló como la mujer de otro trabajador de ese mismo hospital, y juro que nunca hubiera imaginado que terminaría durmiendo a mi lado.

 

  Entonces sentí necesidad de buscar el primer indicio de mi caos mental, ese dato con el que tropezó mi mente y logró quebrar su espejo para ir minando mi felicidad. Lo hallé justo donde toda mi vida había imaginado que sabía que estaba. Me había sentido mal, ridículo, delante de mis amigos y de unas chiquillas que acabábamos de conocer en los coches de choque, batiéndome en retirada hacia puerto seguro, mi casa. Tenía doce años, y también era marzo, dos días antes de mi último paseo con mi familia por la Puerta del Sol. Busqué el dato concreto, la piedra que hizo añicos el espejo mental, y descubrí mis ojos mirando a la Luna nocturna crecida sobre los tejados de mi calle, y la pregunta fatal: ¿hay vida en ti? Esas eran las palabras que aparecieron en la pantalla de microordenador: ¿hay vida en ti? ¿Hay vida allí arriba?
   Segundos más tarde se dibujaron nuevas frases en la pantalla, dando inicio a una especulación que medró venenosa por mi mente hasta destruirla: Los científicos pueden equivocarse y pensar que allí no hay vida porque no hay oxígeno; quizá no lo necesiten los seres que habiten la Luna.
Necesitaba saber si había vida en otros lugares y si la mía estaba legitimada en el planeta Tierra; luego todo se complicaría, llenándome de obsesiones que arruinarían mi vida. 

 

    Detuve el juego con la máquina del tiempo porque empezaba a sentirme angustiado. Ocurría siempre que tocaba los cilios envenenados de mis tierras mentales. Respiré profundamente unas cuantas veces y decidí hacer una escapada hacia el futuro. Yo era un soñador, y pensaba que ahora, con cuarenta años cumplidos, aún tenía oportunidad de conseguir parte de la metralla de mis sueños. Varios adivinos decían que mi triunfo estaba cerca. No quise arriesgarme mucho y descubrir que mi futuro seguía siendo tan vulgar como mi presente, así que decidí echar un vistazo tres años hacia adelante. Tecleé la fecha del 19 de diciembre de 1998, seleccioné la opción de ocupar mi propia identidad y apoyé mis dedos en la ruleta. Iba a encontrarme con mis merecidos triunfos.
Giré la ruleta y cerré los ojos. El corazón me bailaba dentro del pecho; algo me decía que ya sería un tipo importante, pero al abrirlos me encontré rodeado de una oscuridad sin límites. Seguro que era un fallo en la programación, por lo que manipulé el mando para ocupar una identidad ajena a la mía.

 

    La sangre se me congeló. Eran las 11.30 de la mañana y el sol refulgía sobre las tumbas que me rodeaban. El ordenador dirigió mis ojos a la lápida de un nicho. Horadada en negro por algún cantero de la Carretera de Vicálvaro, una leyenda corta hería la piedra: "Alberto, tu familia no te olvida. 1955-1997"
    Dos gruesos lagrimones resbalaron por mis mejillas mientras me sentaba sin fuerzas sobre una de las tumbas. Dos mujeres me miraron con cándida tristeza y al punto regresaron al hermoseo floral de la lápida que cubría los restos de sus padres. Un autobús rojo partía del cementerio camino de Manuel Becerra con despreocupados seres en su interior. Pensé dónde estarían en ese momento mis padres de la Puerta del Sol, Soledad y Tina, mi hermana quinceañera y luego casada, y la pareja sentimental que conocí un día en mi centro de trabajo. Podía preguntárselo al microordenador, incluso trasladarme a su lado con un simple giro de ruleta, pero preferí abandonarlo junto a una sepultura. Le pedí una rosa a las mujeres para ponerla en mi nicho, y empecé a caminar hacia la salida. Por el camino me crucé con un coche blanco de capota negra, el de mis padres, y en su interior espejeaban las gafas de mi madre por entre las flores que ornamentarían mi no-cumpleaños.

 

 

Autor: Alberto Fernandez

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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