Aquellos días

 

        Dante habla de un canal que hay que cruzar, que se mete en el Caos, si se quiere llegar al infierno, pero lo hace porque no conoce los diferentes días que tiene mi pareja, hoy toca el normal, se levanta y no cesa de limpiar, de ordenar todos los rincones, armarios y cajones de la casa para caer rendida en la cama y quedarse dormida hasta que amanece, y escucha  como me levanto, saca fuerzas y entonces no para de quejarse de mi apatía, de la escasa actividad sexual que tiene, ella que lo necesita tanto.
        Solo se puede definir aquello que no convence, dice Nietzsche y en esos instantes, me doy cuenta que soy un niño en cuerpo de hombre porque guardo silencio, lo hago hasta que salgo de casa en dirección al trabajo y entonces, en el coche, rompiendo la palabra del comentarista de turno, grito una y mil veces hasta que siento como la garganta se reseca, y dejo de respirar unos instantes para  sentir como la asfixia comienza a abordarme, me doy cuenta que el coraje que soporta la vida es valioso aunque puede hacerse brutal, mientras que la justicia es preciosa pero puede ser cruel.
        Es indiferente que ronde el medio centenar de años, y que haya estado hospitalizado algunas  veces por el estrés, causado, no por el trabajo, sino por ella, que diez años más joven que yo, volcada en aquello que le llega a importar en esos momentos más que nada: una creatividad exasperante, una actividad que no amortigua mi cansancio, mi deseo de sosiego, un entusiasmo por todo lo nuevo que la lleva a perder la noción de la realidad, la que preciso, la que necesito.
        Aunque los humanos nos proponemos estilos de vida y planes para poder hacerlo, hay que cambiar continuamente, dice, pues la rutina aburre y cansa, eso grita a los cuatro vientos y pide aquello que no puedo darle, una vida frenética coronada por noches de lujuria y sexo, olvidando que el tiempo avanza inexorable, que podemos aferrarnos a las vivencias, a los recuerdos que dejamos en el camino sin necesidad de voltear la situación, apartando la vida que corre por su imaginación, violenta, salvaje, sin sosiego.
        Es curioso que el miedo sea una situación que cuando se instala en nosotros, se queda para siempre, como una sanguijuela que no entiende de bellezas, de olas que se pierden en una pacífica puesta de sol, de esa bocanada de aire fresco que entra en nosotros y  aunque insuficiente, si que es el necesario para respirar y sentir que vivimos, que no importa donde estemos, en el tren, en un rincón del bar escuchando la miseria y soledades del que frente a nosotros hace lo mismo, vivos o muertos es la sal de la vida.
        Es la miseria económica y humana la que condiciona la forma de vivir y aquellos días que se encontraba crecida eran peores, parecidos a los normales pero con el ansia incrementada de poseer aquello que no tiene, días en los que añoro más que nunca el lugar en el que me críe, aquel por el que vagabundean los espíritus, los míos, diciéndome que olvide, que deje en paz el miedo y me reinvente, que me aferre a lo que tengo, que podrán quitarme todo, dinero, trabajo, pero que tanto el miedo como los recursos son patrimonios míos.
        Se acerca a mí, busca mi virilidad y me hago el dormido, no necesito que me diga lo que sé, ni tampoco puede exigirme lo que le entrego a su hermana, la pasión, el deseo y el amor, pero es así, su silencio, su entrega, hace que me sienta como un actor porno que no tiene días especiales, ni tan siquiera normales, si acaso no la voluntad de poder, ni de vivir, sino de un futuro que me llene.

 

Autor: Francisco Bautista Gutierrez 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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