Pálidas ninfómanas (Fragmento)

Helena e Isabel mantenían un noviazgo que llevaba más de seis meses. El padre de Helena era albañil y la madre ama de casa. Los dos eran chaqueños y residían en la provincia de Santa Fe desde hacía veinticinco años. La madre, además, percibía mensualmente una asignación por hija adolescente. Dicha asignación no superaba los mil pesos y se daría de baja doce meses después de que la chica (Helena) cumpliera los dieciocho años.

Helena era hija única y tenía la mayor parte de su familia en la ciudad de Resistencia. Sus padres solían viajar tres o cuatro veces al año pero Helena nunca los acompañaba porque Resistencia le parecía una ciudad de mierda. Prefería, en cambio, quedarse en casa viendo TV, leyendo, fumando porro o mirando películas; sola, con Isabel o junto a toda la pandilla. Sin embargo, era con Isabel (y solo con ella) cuando aquellos días sin sus padres se tornaban realmente gozosos. Helena e Isabel eran compinches y compañeras de curso desde el comienzo de la secundaria pero fue durante el verano previo a que comenzaran a cursar quinto año que empezaron a verse con otros ojos. Contribuyó a ello, quizá, que ambas se interesaran por actividades que el resto de sus compañeros de curso solían pasar por alto; actividades de índole artístico y recreativas centradas principalmente en el cine y la literatura. Las dos descubrieron su fascinación por la actriz Kate Winslet viendo a dúo las películas “El lector” primero, y “Little Children” después.

 

A la primera (“El lector”) la agarraron por casualidad una tarde en que se aburrían haciendo zapping en casa de Helena; las enamoró la temática del filme, las referencias literarias, el dramatismo que latía en cada uno de sus fotogramas, el erotismo impávido y rústico del personaje de Winslet y la apostura faraónica de Ralph Fiennes, a quién estaban acostumbradas a ver generalmente en papeles de villano. Enteradas de que estaba basada en una conocida novela (“El lector”, de Bernard Schlink) se procuraron sendos ejemplares de la misma que devoraron en un santiamén, entregándose luego a excitados debates que conllevaban partes iguales de entusiasmo y lubricidad y que sucedían en las habitaciones de cada una de ellas alternadamente. Muchas veces Helena e Isabel hacían el amor recreando mentalmente las escenas más tórridas del libro y de la película, y en la penumbra viscosa de sus habitaciones, en medio del aire saturado de cannabis, las desnudeces reales y ficticias se fundían en una sola corporeidad que parecía trascender toda temporalidad posible.

 

A la segunda (“Little Children”) la rastrearon por Internet una noche de sábado en que faltaron a una joda organizada por sus compañeros de curso. Esta vez todo sucedió en casa de Isabel mientras sus padres no estaban y Estefanía vegetaba viendo televisión en la sala de estar. La película les resultó entretenida, conmovedora y terriblemente excitante y las puso en conocimiento de otro libro que en el argumento del filme ocupaba un lugar de relevancia: “Madame Bovary”, de Gustave Flaubert. A las dos les pareció curioso que la mayoría de las películas que a ellas les gustaban estuvieran relacionadas con libros. Isabel tenía en la biblioteca familiar una vieja edición de bolsillo de “Madame Bovary” que se dispuso a leer junto a Helena mientras se sucedían las revisiones de “Little Children”. Como era el único ejemplar que poseían (y ante la imposibilidad de fotocopiarlo) se reunían todos los días para leerlo al unísono en una ceremonia muy similar a la que habían visto en “El lector”. Esto es: una de ellas leía en voz alta y la otra escuchaba atentamente, interrumpiendo la lectura para hacer alguna acotación llegado el caso. Pero estas interrupciones, hay que decirlo, eran muy esporádicas y no entorpecían sino que potenciaban la natural fluidez de la narración. Las dos cazaron al vuelo el paralelismo existente entre los argumentos de la novela y de la película, que iban y venían sobre el zarandeado tópico de la infidelidad femenina. De la misma manera que Emma Bovary metía los cuernos a su esposo Charles con dos hombres distintos (Rodolfo Boulagner y el joven León Dupuis) el personaje de la bella Kate Winslet no dudaba en acostarse con un vecino del barrio en su afán desesperado por sacudirse las amarras que la aprisionaban a un marido demasiado gris y a un ecosistema social demasiado conservador y asexuado. Los desenlaces de ambas obras presentaban diferentes grados de dramatismo: Emma Bovary terminaba suicidándose con arsénico mientras que las peripecias de “Little Children” encontraban una conclusión mucho menos truculenta. De todos modos (pensaban ellas), la esencia era básicamente la misma.

 

La lectura de la novela de Flaubert produjo un hondo pesar en el ánimo de las chicas, que no pudieron sustraerse al destino trágico de la protagonista y que se vieron arrastradas por una negra melancolía que solo las abandonó al cabo de un par de semanas.

 

 

Autora: Ariana Fontán (Reconquista, 1986).

 

Reside en la ciudad de Rosario desde los diecisiete años. Licenciada en Letras por la Universidad de Rosario, escritora, erotómana, pornógrafa, lesbiana, feminista. Escribió para Rosario/12 y las revistas Palabras Malditas y Aquelarre. Su cuento "Zoe" fue premiado en el concurso de literatura erótica convocado por revista Ojos, Colombia, en 2014.Participó en las antologías "Vaginario: Cuentos eróticos latinoamericanos escritos por mujeres" (Ediciones Hydra, Chile) y "Pensad en Lesbos: Literatura lésbica contemporánea" (Ediciones Del Rosario). "Pálidas ninfómanas" es su primera novela, todavía en proceso.

 

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