El sabio abandono

Llevaba a cuesta infinidad de caras inquisidoras repitiendo monótonamente las mismas preguntas: "¿Trabajos anteriores?". "¿Pretensiones?" "Esto que ha puesto aquí es más de lo que podemos pagarle por su trabajo, después, con el tiempo veríamos". "¿Experiencia?". "¿Disponibilidad horaria? ¿Como? ¿No puede dedicarse Full Time?... entonces lo lamentamos, pero necesitamos gente que nos responda siempre, en todo momento". En alguno de esos lugares requirieron "Dígame ¿como pasa usted sus fines de semana? ¿que actividades realiza?". En otro... "¿Está afiliado a algún partido político? ¿Cual? ¿Tiene actividad sindical?". Las colas son cada día más agotadoras. Siempre lo mismo, volver sin haber encontrado nada. Cuando se encuentra algo, aparentar delante de canes suspicaces con la vana ilusión de responder exactamente lo que ellos quieren. La dignidad, parece ser una pasta que se mezcla con el asfalto para que los autos no resbalen.

La ciudad entera se le venía desplomando encima cada mañana, lastimándolo desde todos sus ángulos, cortadas, gritos y golpes. Pero un día se cruzó en su camino el edificio de "La Mediterránea". El cartel era muy grande, hecho en letras de bronce. El lugar fue inaugurado en mil novecientos cincuenta. Tiene ese estilo horrible, elefantiásico típico de la época. La compañía que funciona adentro es "La Mediterránea S.A.". ¿A que se dedica esta compañía?. A cualquier cosa que de más dinero: Seguros, préstamos, importaciones, exportaciones, hipotecas, cualquier cosa.

Una vez adentro comenzó a sentirse diferente, muy bien, aunque tardó en darse cuenta. Estaba rodeado de tranquilidad.

Eran unos cuantos quienes esperaban por el aviso del diario: al principio, tensos, ansiosos y a la defensiva, sabiéndose muchos para muy poco. El ambiente interior era silencioso, susurrante y amortiguado, en abierto contraste con el nerviosismo dominante. Ese estado calmo fue contagiándolos a todos y al cabo de una media hora de espera, el se sentía cómodamente moldeado a la forma y el silencio cálido de "La Mediterránea". Primero les dieron a cada uno una tabla con la ficha a llenar junto a una birome. La ficha pedía unos cuantos datos: Fecha y hora de nacimiento, preferencias, hobbies, deportes, amigos, afectos. Lo importante, pensaba, era como se lo pedían. Eran amables.

Luego de unas dos horas de espera tuvo su entrevista laboral. Esta se desarrolló sin sobresaltos. Respondió con toda naturalidad a las aclaraciones que le pedía el obeso señor Rebagliatti, el jefe de personal. Gracias a él supo de las ventajas de trabajar en cualquiera de las áreas de "La Mediterránea". Le hizo saber que en poco tiempo llegaría a amar la empresa y no querría irse jamás. Al finalizar la entrevista tenía la seguridad de que ya era parte de la empresa y del edificio. Lo seleccionarían, estaba seguro.

A los tres días lo llamaron, había obtenido el puesto. Se sintió feliz. No iba a tener que seguir peregrinando por más caras inquisidoras, ni soportar el derrumbe de la ciudad.

El primer día fue muy agradable. No recordaba que hizo, sólo retenía la sensación de tranquilidad.

 

Han pasado ya seis u ocho meses desde su ingreso. El escritorio es similar a todos, circular. Todos se deslizan plácidamente, como rodando por el edificio. Ha engordado unos ocho kilos. En la empresa les dan de comer, los engordan. Los que entraron con él también denotan un brusco cambio de silueta y de ánimo.

Desean pacientemente que les toquen las horas extras. No por turbia ambición, sino porque es tan tranquilizador el arrullo de las lámparas, computadoras y el equipo de aire acondicionado que uno se pregunta: ¿A que insensato se le podría ocurrir ansiar el peloteo incesante del exterior? ¿Para qué volver al exterior?

Varias veces ha tenido la suerte de quedarse a dormir en la empresa. Lo confiesa con un pequeño resto de vergüenza, pero siente más cálida la oficina que la casa. En esas oportunidades el desayuno abre su día de manos del portero, el gordo Fernández, quien tranquilamente lo despierta con dos pequeños toques en un hombro, luego solo le queda esperar que lleguen sus compañeros. Se levanta tranquilamente de la banqueta donde duerme como un lirón. Las banquetas están muy bien diseñadas. Son perfectas para que ellos se puedan tirar a descansar, luego de un fructífero día laboral. ¿Que sería de ellos sin la compañía?.

Actualmente casi no sale de allí. Son varios los que se niegan a salir. No los une nada con el exterior. Por las noches se acomodan en sus respectivos escritorios, arriman una banqueta y se acuestan allí, junto al trabajo del día, para descansar. Sus cuerpos necesitan descanso, cada vez más descanso y comida. Esperan el ascenso a niveles superiores. Es el máximo logro que hay, "eso es triunfar". Ser llamado para subir en el ascensor central es la máxima aspiración de sus vidas. Cuando se llegó allí es la plenitud. El todavía no está preparado para terminar la adaptación. ¿O sí? Los pocos conocidos que tuvieron el honor de ascender, no pudieron llegar por sí mismos. No tanto por la gordura, sino por el estado de ¿como llamarlo? Se podría decir de Sabio Abandono; es una sensación o estado de gracia, ese punto en el cual ya nada les preocupa. Quienes llegan ante el ascensor central, están en otra órbita del ser, su visión de las cosas es despojada y pasiva "No luches inútilmente, la lucha en sí es inútil"; reza el reglamento o mejor dicho "EL LIBRO: La Mediterránea, Iluminaciones y praxis". A todos ellos; los Ascendidos; los trasladaron sobre carritos para luego perderse en los ascensores redondos y jamás volvieron a ser vistos.

 

Ahora él es invadido por el sueño. Las manos relajadas, blancas y rechonchas se rebelan pasivamente impidiéndole seguir escribiendo. El sabe que pronto llegará su turno. Se ha dormido unos minutos, cayendo con sus párpados en un tibio sopor. Entonces, tuvo un sueño, cuando ya casi no los tenía. En este se veía con treinta kilos menos, corriendo ansiosamente por una calle sucia, ruidosa y maloliente, escapaba de algo. Era curioso, pero ahora que lo iban a buscar y lo trasladan lentamente en el carrito, sintió algo de nostalgia por el exterior. Trató de desechar estas ideas pero volvían con toda su vital violencia cortante y estridente. Esta esperando el ascensor que lo llevará al último piso. ¿Que vendrá después?: No sabe. La transformación es muy lenta abajo, supone que arriba también. La ansiedad por el exterior lo está alterando, casi... podría decirse ¿desesperando? Ya no sabe en su estado de entrega. Pero ya no hay cabida para esos sentimientos. El ascensor esta allí, frente a él, solo le resta subir... y dejarse llevar... solo eso, dejarse llevar sin más lucha...

 

 

Autor: Alejandro Mariatti

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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