Medusa y Perseo

 Según la mayoría de las versiones MEDUSA era hija de Titanes, algunos dicen que era hija de la continua violación de Urano contra su hermana Gea. También dicen que era una hermosa doncella que fue violada por Poseidón en el templo de Atenea y la casta Diosa de la sabiduría furiosa por la ofensa a su castidad, se descargó con quien no tenía poder o sea con la víctima y la condenó a portar la cabellera de serpientes y la mirada fatal que convertía a todos en piedra.

Todos saben su final a manos de Perseo quien contando con la ayuda de Atenea (otra vez ella ensañándose con la víctima) y Mercurio llegó con toda temeridad hasta la cueva donde dormían las crueles Gorgonas y le cortó la cabeza ayudado por su escudo pulido como un espejo.

Pero hay otra versión contada por la ninfa Casiopea, quien era una de las doncellas de Medusa y su relato se encuentra muy escondido en archivos secretos. Esta historia permanece oculta gracias a las malas traducciones e interpretaciones interesadas de los pudibundos frailes copistas del Medioevo quienes así generaron más engaño.

Medusa era hija de Titanes y la primera sacerdotisa de la Diosa Madre, Gea, las serpientes eran su símbolo, no su cabellera. Como tal representaba a la sabiduría más profunda, aquella que descansa en la base de la columna vertebral y despierta mediante los rituales sexuales, la danza, las plantas divinas y el éxtasis en general. Atenea (quien nació de un dolor de cabeza de su padre Zeus, por lo cual podría decirse que Atenea era un tumor cerebral o también podría considerarse como el aspecto femenino de Zeus, o hasta tal vez Atenea fuera Zeus travestido pretendiendo ser el árbitro supremo de toda sabiduría y por eso siempre mostraba su carácter irascible y arbitrario), esta diosa como decíamos era celosa e irascible reclamaba para sí la exclusividad de la sabiduría. Por este motivo urdió el plan de azuzar a su tío Poseidón para que violase a Medusa en su templo, obteniendo así su justificación para la maldición que fue más perversa de lo que solía contarse pues Medusa era una Diosa de enorme belleza, de carácter grácil y voluble, su maldición consistía en que atraía a los hombres que la encontraban irresistible pero cuando ella llegaba al orgasmo su frondosa cabellera se transformaba en un nido de serpientes y sus ojos en un abismo terrible que convertía en piedra a sus amantes. Cuando volvía de su goce más profundo se encontraba que sus amantes se habían convertido en piedra. Ella era totalmente inconsciente e inocente de esto pues no conservaba memoria de la maldición por eso sin medir las consecuencias volvía a los brazos de otro infortunado amante, mientras sus doncellas se encargaban de esconder las estatuas en una hondonada próxima al palacio, donde se acumulaban más de dos mil horribles y espantadas estatuas.

 Perseo contó su propia versión de los hechos. Pero la realidad fue otra. Ingresó al palacio de Medusa sin ser invitado, algo muy descortés por cierto y encontró a la hermosa  diosa desnuda en todo su esplendor dándose un baño. Ella advirtió la presencia del bello y jovencísimo héroe, era como un niño de mirada asombrada, sonrojándose. En ese momento su pasión se encendió. Amablemente lo invitó a reparar los cansancios del viaje compartiendo el baño con ella. Perseo aceptó la invitación, dejó caer la gruesa túnica de lana que lo protegía de las inclemencias del viaje descubriendo su esbelto cuerpo a los ojos ávidos de Medusa. Perseo dejó sobre su túnica la filosa espada,  se introdujo en el agua cristalina y tibia de la tina. Medusa lo invitó a acercarse más, el corazón de Perseo palpitaba desbocado de deseo y miedo, el agua caliente encendía sus sentidos, se acercó a esa espléndida mujer de apariencia juvenil y grácil. Ella le tomó el rostro entre sus manos mirándolo con ternura, sonrió, se acercó más. La piel de Perseo se estremeció en el contacto con esa piel deliciosa, suave como la de su madre Dánae cuando lo estrechaba en sus brazos. Los senos grandes y firmes se apoyaron contra su pecho que parecía estallar de temor. Medusa susurró al oído del joven “Eres casi un niño, mi dulce niño de cuerpo bruñido y recio” luego solo sintió los besos y suspiros en su cuello mientras las manos de la diosa acariciaban su fuerte espalda  y bajaban más, ella fue enjabonando cada rincón del cuerpo de Perseo con caricias delicadas que iban enardeciendo y transformando en un torbellino de sensaciones el espíritu del futuro héroe. La diosa volcó un delicado aceite sobre la cabeza de Perseo y apenas rozando con la yema de los dedos lo hizo estremecer de placer provocando en el casi niño sensaciones que desconocía. Se encontró emitiendo suspiros y sonidos que solo había escuchado de boca de su padre Zeus y del rey Polídectes cuando su madre se entregaba en su alcoba. Odiaba ese momento, se sentía despreciable emulando los obscenos gruñidos de Zeus quien según la leyenda se había convertido en lluvia de oro para copular con Dánae; esto era una mentirosa metáfora de lo sucedido, Zeus había cubierto de oro el cuerpo de su madre para obtener sus favores. Lo mismo que hacía el rey Polídectes, al cual ella pagaba con su cuerpo el lujoso hospedaje en palacio.

Se escuchaba a sí gimiendo con los ojos cerrados asediado por los besos de Medusa y esas yemas tan suaves, tan sabias. Su memoria volvía a las sábanas agitadas del lecho materno mientras era poseída por el odioso y prepotente rey de Serifos. Su agitación y sus gruñidos aumentaron de intensidad, como si fuera a explotar, no podía quitar de su mente las sábanas sudorosas y retorcidas del lecho materno cuando Dánae  muy gustosa pagaba a Polídectes su hospitalidad y regalos. Y se escuchó a sí mismo como si fuera otra persona lanzando un bronco suspiro y derramándose. Medusa le hizo un dulce arrumaco al oído y le susurró: “Mi dulce muchacho no te avergüences, eres un toro impetuoso. Te sobra energía y derramas vitalidad” seguido a sus palabras ella siguió mimando con caricias el rostro y el cuerpo del héroe quien finalmente reaccionó respondiendo a las caricias, explorando con sus manos el delicioso cuerpo de la diosa  “niño audaz aprendes muy rápido” susurró para sí Medusa dejándose llevar por el calor de la situación. Perseo avanzó más arrodillándose para probar con sus labios la piel de la “terrible” mujer maldecida por su diosa protectora. Mientras surcaba imaginarios caminos con su lengua en los muslos estremecidos recordó que esto era lo mismo que le había visto a Polícdetes hacer con los muslos abiertos de su madre que suspiraba con deleite, lo mismo que Medusa que ya estaba lista para ser poseída. Esto fue como si Atenea hubiera gritado en su oído, recordándole su misión. Su respiración se agitó sin poder apartarse del goce, pero la imagen de su madre entregándose volvía a castigarlo una y otra vez, la voz de Atenea lo acicateaba obligándolo a frustrar su naciente deseo. Los gemidos de ella lo terminaron de decidir, reaccionando horrorizado ante la posibilidad de que Medusa tuviera su éxtasis convirtiendo sus ojos en el abismo atroz que petrifica sin darle tiempo a cumplir su misión. Todos sus flexibles músculos se pusieron en movimiento llevándolo hasta la fatal espada que cruelmente blandió hacia la indefensa Medusa quien aún tenía los ojos cerrados disfrutando su placer. Un solo golpe del fuerte brazo bastó para separar la hermosa cabeza de su cuello, lo que menos podía esperar ella era semejante atrocidad, era como si se hubiera entregado a la muerte. Y cuando la gran muerte entró en Medusa, tuvo su último orgasmo, así su cabellera se llenó de serpientes y sus ojos de abismo se abrieron proyectando su mortal mirada hacia la eternidad mientras su cabeza flotaba en el agua de la tina. Perseo ya había sido advertido por Atenea y permaneció de espaldas a su víctima viendo como la cristalina agua se iba tiñendo con la sangre. Rápido salió de allí y de entre sus ropas sacó una bolsa provista por Mercurio quien se la había encargado a Vulcano. Ayudado por el pulido escudo que le regaló la envidiosa hija de Zeus hizo entrar el cruel trofeo en la mágica bolsa, hecha para contener la temida cabeza.

Casiopea vio todo esto escondida tras una columna y lloro en silencio la cruel muerte de su amada ama quien durante muchos años fue su principal guía. Había visto los turbios pensamientos de Perseo, pues era su don y maldición el poder ver los pensamientos, había visto todo eso pero no llegó a descubrir lo más importante hasta que fue tarde pues todo ese tiempo Atenea había estado tras las acciones del muchacho bloqueando el verdadero motivo de su presencia. Así cuando ya se había cumplido el crimen Atenea se hizo presente mirando de soslayo hacia todos lados celosa de la presencia de cualquier testigo, no había intuido la presencia de la ninfa, eso la salvó. La hija de Zeus apuró a su medio hermano para salir de allí antes de ser descubierto por las hermanas de Medusa. Estaban abandonando el palacio cuando Atenea escuchó el multitudinario ruido de los amantes de Medusa, vueltos a la vida una vez muerta ella. Perseo preguntó “¿Qué es ese rumor de ejército que viene desde el valle?” A lo que Atenea respondió: “Son la multitud de amantes de la maldita ramera. Debemos detenerlos” “¿Cómo enfrentaré a miles de hombres aún contando con tu divina ayuda?” preguntó Perseo acobardándose. Atenea reflexionó un momento y entonces le señaló la bolsa que llevaba en sus manos “Pues mi joven hermano, tendrás oportunidad de probar el poder mortal de la maldita muerta”. El joven héroe comprendió y replicó “Pero todos ellos son inocentes y los condenaremos a una segunda muerte”. La irascible diosa tomó a Perseo del hombro y le susurró “Los héroes no titubean ante sus deberes aunque estos no sean cristalinos como agua de manantial”. Así la terrible pareja de medio hermanos esperó la llegada de los aún aturdidos amantes de Medusa contra los cuales sin mediar palabras o provocación Perseo con los ojos cerrados blandió la cabeza recién cortada. Los pobres hombres recién salidos de su trance, al verse expuestos a la mirada mortal recuperaron la memoria de lo ocurrido intensificando más su horror cuando sintieron una vez más sus cuerpos petrificándose. Así quedaron los más de dos mil infortunados hombres vueltos al eterno sueño de la piedra frente al palacio de Medusa.  

Entonces la conspiradora Atenea se acercó al héroe y le dijo mientras este volvía a guardar el cruel trofeo “Mantenla a tu alcance pues deberás y querrás usarla varias veces más, pero luego que cumpla su función, me la darás a mí para ornamentar mi escudo. Ella luego de muerta me servirá como arma”.

Cuando ya se habían alejado bastante del escenario del crimen, Atenea se volvió hacia Perseo antes de partir y lo obligó a juramentar con una siniestra oración que solo he vuelto a escuchar en una maravillosa película española, en boca de unos terribles niños.

“A nadie, nada, nunca, ni de esto, ni de mí, ni de ninguno de nosotros”

Y así fue la verdadera historia de mi amada señora Medusa y Perseo, héroe fundador de Micenas y su terrible media hermana Atenea a quien todos tienen por la protectora de las artes y la sabiduría. Si ella es la sabiduría, ya podemos comprender porque el mundo es lo que es, terminó de decirme Casiopea sentados en el reservado de un pub insospechado en la esquina de Perú y Av. Belgrano, frente a la farmacia de una cadena internacional.

La casualidad me había llevado a mi barrio de nacimiento. Fue una visión increíble,  desde la calle al pasar sin detenerme, el rabillo de mi ojo me advirtió que allí había algo maravilloso. Me detuve a mirar la vidriera del pub del cual no puedo recordar su nombre y allí estaba ella, Casiopea. Brillaba en medio de la penumbra de vieja madera oscura. No era el brillo dado por un vulgar foco de luz, era algo interno que solo me tocaba a mí ver. El público a su alrededor bebía y festejaba, muchos hombres y mujeres la miraban, algunos se acercaban para hablar y ella los recibía cordial, con una sonrisa cálida. Fumaba una pipa llena de marihuana sin que nadie se atreviera a llamarle la atención. Al fin, luego de un rato inquietantemente parado allí. mirando como un acosador, me animé a entrar sin tener idea cómo acercarme o qué decirle. Solo llegué hasta la mesa, donde ella me miraba como si me conociera y me esperase. Con la mirada me señaló el asiento frente a ella y sonrió haciendo que cualquier duda cayese. Entonces sin que pudiera atreverme a poner en duda sus dichos, ella se presentó diciéndome que me esperaba y tenía algo para contarme. Aunque fuera tan increíblemente fantástico lo que me contaba no había forma que pudiera poner en duda la veracidad de todo. Ella había entrado en mi cabeza, susurrándome la terrible y antiquísima historia de su amada ama, Medusa. Por un breve momento se me agolparon varias preguntas tontas sobre cómo había hecho para sobrevivir en tantos siglos, en tiempos tan diferentes, pero me las callé con temor a romper el hechizo del momento.

Cuando terminó su historia me dijo que me había elegido como cronista, porque era el único en esta estúpidamente escéptica ciudad quien podía llevarla al papel con convicción. Así ya no me quedó otra cosa más que obedecer y correr a mi cueva para escribir la historia. Aunque antes de partir, para mi fortuna o desgracia ella me despidió tomándome del mentón y acercando sus labios a los míos en breve beso o creo que fue breve, demasiado breve pero sentí que nunca jamás podría obtener un beso igual. Esos labios se abrieron con gusto a frutillas, con la suavidad de los pétalos ¿Cómo podría besar a otra mujer después de esto? En esos segundos que duró el beso, desapareció el mundo, desaparecí yo, pues era demasiado pequeño mi yo como para registrar esta maravilla. Era todos los hombres en unos pocos centímetros de epidermis, tocándose con la eternidad. Podría haberme desmayado por la intensidad, podría haber muerto, en cierto modo ya morí dulcemente. Ella me sostenía el mentón apenas rozándome con sus dedos y con la misma levedad alejó su rostro y me sonrió volviéndome a la vida.

“Tienes mucho que escribir, debes irte. Los dioses vayan contigo y Venus guíe tus manos”

Yo no pude responder nada, solo me levanté atontado y me alejé, antes de salir del mágico pub me di vuelta y prometí “Volveré”; ella solo respondió sonriendo enigmática. Corrí a mi casa para escribir todo tal cual me fue transmitido por la inolvidable Casiopea.

P.D: Una vez terminado y corregido el relato lo subí a la red, donde lo están leyendo.

No podía más de impaciencia, pasé casi toda una semana atroz soportando todas las minucias y miserias de la vida cotidiana y las idioteces que uno debe hacer sin ningún sentido para poder subsistir en nuestro mundo.

Volví al fin a la esquina de Perú y Av. Belgrano para encontrarme con una broma cruel, pues en esa esquina solo había una pequeñísima concesionaria de autos con un solo vehículo en exhibición en el reducido espacio, absolutamente, diametralmente diferente al maravilloso pub. Tal como el pianista enamoradizo de la canción de Sabina tuve el primer impulso de vengar la broma rompiendo la vidriera a pedradas. No pude hacerlo. Muy cerca había dos efectivos del la policía de la ciudad y lo más importante, una cálida oleada de euforia me atravesó, casi como si ella me hubiera vuelto a besar. Estallé en carcajadas que por su potencia podrían haber roto la odiosa vidriera.

Había comprendido, solo eso, había comprendido lo maravilloso del momento, cada momento.

 

 

Autor: Diello de Borovnia

 

La imagen ha sido capturada de la red y retocada digitalmente por el autor del texto

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266