La salamandra como testigo

Don Betino veía su vaho que se pegaba en los vidrios de la ventana. Afuera la nieve cubría el adoquinado de la calle y las huellas de quienes habían transitado durante el día. Se aproximaba la noche y el hombre sabía que esa noche la luna crearía sombras sobre la nieve. Una sombra en especial.

Bordeaba los setenta años, con tres lustros de viudo, dos parejas de hijos que ya se habían olvidado de él, excepto el menor de ellos, Méliton que vivía con su mujer en la misma ciudad y a quien lo veía de vez en cuando. Don Betino todavía administraba el negocio que había tenido desde joven, la botica «Amanecer», especializada en ungüentos y chochitos para acabar con los resfríos e inflamaciones de las articulaciones. En los altos de la botica se hallaba la vivienda con algunos recuerdos de su mujer. Recurría a los brebajes que los preparaba en tubos de ensayo para reforzar su alimentación manteniendo pocos gramos de grasa y dormir con facilidad. Las primeras horas del día caminaba para estirar los músculos y aliviar la mente. La luna llena le traía un sentimiento confuso: una emoción lasciva que se mezclaba con remordimientos que le perturbaban unos días. Cuando se aproximaba la noche de luna llena, entre espiraciones que humedecían el ambiente, repasaba las rutinas del encuentro que se avecinaba. «Ah, sus senos encajan perfectamente en mis manos», decía sin evitar que un leve temblor se deslizara desde sus manos hasta las rodillas; «cómo le gusta chupar mis pezoncillos. Sus gritos del orgasmo me glorifican», musitaba sintiendo que se humedecían sus manos y que se avecinaba una leve erección. «No lo puedo evitar —decía—, por mucho que lo intente, no lo puedo evitar. Tantas veces me he propuesto no continuar con este pecado que denigra mi moral, que me avergüenza; pero cuando veo que la luna se redondea, siento el olor de su cuerpo, de su aliento, el calor de sus mejillas y me desespero por que avancen las horas hasta escuchar sus pisadas en la nieve y, luego, el gong del timbre. Cuando la abrazo... Cuando ella me abraza, desaparece todo temor y temblor. Me olvido de todo y me pierdo en el fresco laberinto que esa criatura me crea».

La noche se posó sobre la ciudad, y don Betino encendió un cigarrillo, el único del mes, y fumaba casi sin despedir humo. Después de ver la sombra femenina por la ventana y escuchar los ruidos ya familiares, abrió la puerta.

—Hola —saludó Yolanda dejando caer una sonrisa juguetona, aromatizando de inmediato el ambiente con su cuerpo recién bañado y con su fogosidad que siempre sorprendía—. Esta vez quiero que explores mis fantasías, quiero que me conviertas en algo fantástico, en ave, en dragón, en agua…Quiero que me mandes al infierno.

No era una escena nueva, ya lo habían hecho antes. Entre la luz tenue que provenía de la llama de la salamandra de fierro fundido, una antigüedad que la conservaba como recuerdo de sus padres, y la temperatura ardiente de la muchacha, recorrió aquel cuerpo joven con las manos y la boca para saborear el salado de los flujos corporales. No pensaba en nada, solo se decía que era un gigante cuando la penetraba, cuando escuchaba los gemidos de la mujer. Que era un vencedor. Yolanda, enajenada por el placer que se desbordaba, se montó sobre el hombre y cabalgó hasta encontrar el esplendor que la naturaleza había reservado para ella. Luego, ante el soslayo de la salamandra y con la curiosidad de la neblina en la ventana, las agitaciones carnales de a poco fueron apaciguándose hasta encontrar su cauce normal. «No me toques», se escuchaba. «No me toques». Yolanda, ya vestida, frente al espejo del baño, dio el último toque a su belleza colocándose una diadema amarilla que dejaba erguir un penacho desalineado. Salió del baño y pidió al hombre que encendiera la luz; con el movimiento de sus dedos, le ordenó que se subiera sobre la cama. Así lo hizo y, con algo de esfuerzo, posó desnudo para su amante furtiva.

—Date la vuelta —dijo Yolanda—. ¡Mierda! ¡Qué horrible que eres, añoso de mierda! —Alzó su cartera y salió tirando la puerta—.  ¡Cómo te odio!

—Hasta la próxima superluna —musitó, sonriendo sin que ella notara.

No pasó más de quince minutos cuando sonó el timbre seguido de golpes fuertes en la puerta. Todavía abatido por el trajín, se levantó del sillón donde descansaba. «¿Qué pudo olvidarse?», pensó.

Abrió la puerta interrumpiendo los golpes. Era su hijo Méliton. Con una sonrisa sarcástica que resaltaba sus labios gruesos y tintos. Más bajo que su padre, barrigón y ojos rojos.

—¿Qué quieres? —rezongó el viejo—. Es tarde para que traigas tus toxinas.

—No estoy solo, traigo esta puta —dijo el hijo mostrando a Yolanda.

En ese momento don Betino escuchó un interludio que quiso que se prolongara, porque sintió que se avecinaba un conflicto. Sintió repulsión de su prole y se imaginó que éste no existía; pero experimentó algo de alivio al ver la cara de fastidio de Yolanda que insinuaba que el escándalo que quería armar Méliton era un simple ruido.

—La he seguido varias veces, he sospechado desde hace unos meses. Algo me decía que mi hijo se había casado con una perra. ¡Viene a cogerte! No puedes negarlo.

—Suelta a la muchacha, no le hagas daño.

Yolanda estaba casada con el nieto de don Betino.

—¿La proteges, verdad?

—¿Qué es lo que quieres?

Cuando escuchó a su hijo decir que se iba a coger a su nuera si no querían que contara a todo el mundo el ingrato suceso, estuvo a punto de abalanzarse sobre él, pero fue detenido por Yolanda que con la mirada le dijo que no interviniera, que ella resolvería el problema y que más bien se fuera dejándolos solos.

El hombre, sorprendido por lo ocurrido, sentado en un banco de la plaza blanca, a una cuadra de su casa, jalándose los cabellos, buscaba una explicación de la actitud oportunista y repugnante de su hijo. «Abusivo, majadero», decía. También sintió repugnancia por Yolanda. «Cómo pudo entregarse tan alegremente». Por él mismo, por su cobardía y se reprochaba por haber cedido al chantaje sin ninguna resistencia. «Abusivo, majadero».

Después de una hora decidió regresar a su vivienda. Abrió la puerta y vio la salamandra que parpadeaba haciendo mover las sombras en silencio. Sintió un olor extraño, a hierro, a excremento, a muerte; le pareció que estaba en un muladar. Prendió la luz y tardó unos segundos en comprender que estaba en su propia vivienda, trató de llamar a la muchacha, «Yolanda», pero no alcanzó a decir nada. «Yolanda». Entonces vio un flujo de sangre que se escabullía debajo de los sillones y que salía del dormitorio. «Cómo pudo ocurrir todo esto». Fueron eternos los segundos sin movimiento, casi sin respirar, nunca se había imaginado que el interior de su dormitorio le causaría tanto miedo. Vio los chochitos de su farmacia que pendían en el aire, de diferentes colores. Miró a la salamandra como queriendo encontrar en esa estufa una explicación de lo que había ocurrido en ese lugar. Abrió la puerta y vio que la sangre se desprendía del cuerpo desnudo y sin vida de Méliton. Después de escuchar los silencios de la casa, concluyó que Yolanda ya no estaba ahí, y soltó un aire de desahogo expulsando su arrebato. «Dios mío, cómo te dejó», susurró moviendo con el pie el cuerpo inerte, que provocó que se vaciaran las entrañas por la formidable abertura del estómago. «Después de todo no se borró la sorna de tu cara. Parece que disfrutaste de tu nuera».Recogió del piso el cuchillo. «Mi cuchillo de cocina», dijo y lo metió en el bolsillo de su abrigo. Luego de arropar a Méliton, con las manos manchadas de sangre, sacó su teléfono del bolsillo interior y llamó a la policía.

—¿Aló?... Acabo de cometer un crimen en la calle Ayacucho 950.

 

 

Autor: José Luis Pérez Ramírez

 

Nació en la ciudad de La Paz, Bolivia en 1954. Algunos de sus cuentos han sido difundidos en Argentina, México, España, Colombia y Estados Unidos.

 

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Correo electrónico: joseluisperezra@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

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