Hay sogas que deben romperse

10/04/2019

 

Un hombre asegura por dentro su casa cuando afuera de ella azota algún desastre climático o pandemia viral. No era el caso. El día detrás de la barricada estaba ideal; uno de esos días de primavera donde no hace frío ni calor, donde el sol calienta la piel pero no la hierve, donde una brisa de aire fresca corre a la proporción ideal. Hacía un día tan  perfecto como la temperatura justa en ese chorro de agua tibia cuando nos damos un baño de inmersión.

  Martillaba ambos extremos de las tablas a cada costado de la puerta. Eran siete tablas de madera color marrón claro atravesando la puerta. Tablas que por años dejó abandonas en el patio sin darles ningún uso. Con Feli siempre creímos que eran inútiles, y de vez en cuando le dábamos un propósito de existencia usándolas como red de nuestra cancha de fútbol tenis. Pero hoy observábamos con que finalidad papá las había apilado durante años en el patio. Puertas, ventanas, el ventilete del baño. Todo estaba herméticamente sellado por tablas y tornillos plateados, y algún que otro tornillo rojizo oxidado. Quedamos iluminados únicamente por la luz artificial que emitían los focos, televisores, y celulares. De afuera no entraba ni el más mínimo rayito de sol.

  Papá lo único que hacía era seguir sumándole clavos a las tablas. Ni siquiera escuchaba a mamá, que seguía preguntándole mediante gritos qué era lo que hacía. En realidad el viejo nunca la escuchaba, pero balbuceaba un; “sísísí, flaca” o “el nene va a llamar cuando lo tenga que ir a buscar”. Excepto hoy. Hoy solo clavaba en esos clavos la mirada y asentía con la cabeza para atrás y para delante como el martillo que sostenía en su mano. El viejo siempre tenía la solución ante cualquier problema del mundo. Por eso nosotros habíamos entrado las tablas a la casa y lo ayudábamos a martillarlas sin ningún reproche. Yo toda mi vida había imaginado este día. Aquel en que todas las casas se transformaban en bunkers y solo los más astutos sobrevivirían al peligro. Racionando la comida para aguantar. Diseñando armas para defendernos. Y trampas alrededor del perímetro de la casa para espantar a merodeadores curiosos.

  Rompiendo el silencio el viejo habló –Cuando terminen, pónganse su mejor ropa y a la cama- Esas fueron las palabras de papá. Quien nos mandaba a dormir a las doce del mediodía. Un baño me venía bien, tenía la piel brillosa de tanto sudor. Metí el parlante al baño y prendí la ducha. Dejaba que los finos chorros de agua caliente me golpearan la cabeza. Estaba demasiado caliente y por eso me picaba el cuero cabelludo cuando caía. Me enjabonaba los genitales mientras cantaba a la par de la música. Cuando por el ventilete de luz vi como penetraba un láser de luz amarilla. Asomé el ojo y pude ver el celeste sin nubes del cielo. También a un panadero que flotaba por el aire como un globo aerostático. Y oí un ladrido. Era India, mi perra. La que era un perro pero le faltaba hablar nada más…  Recordé que habíamos sellado la casa del exterior y no habíamos entrado a India. Se iba a literalmente morir de hambre si nadie le daba de comer. Corrí la cortina de un tirón y salí del baño salpicando agua, para contarle a papá sobre nuestro olvido. Atravesando desnudo el antebaño escuche una explosión. Di finalmente con la cocina y ahí estaba el viejo. Había martillado el extractor de la cocina. Este quedo destrozado, inservible.

  Hice caso a las órdenes de papá y me puse la camisa blanca de la comunión, el jean azul oscuro, y los brillosos zapatos negros que a la luz se les formaba un circulito blanco de tan relucientes que eran. Até mis cordones de cuero y me acosté…

   …Pagué las cuerdas de alpinista y le pregunté jocosamente al señor:     --¿Son de buena calidad? Este ríe y me dice –Nunca nadie se ha quejado, así que deben serlo- Las metió en una bolsa de plástico blanco y yo recién la saqué de ella instantes antes de escalar la montaña. Quedé preguntándome que era lógico que no hay reclamos por sogas rotas… Un alpinista que se le corta la cuerda no puede ir hacer nunca más el reclamo…  Estaba ya por el medio de ella, cuando divisé en la cima una bomba en cuenta regresiva. Números rojos que se movían a cada segundo. En la parte superior derecha de la máquina estaba el botón verde que seguramente la desactivaba. Al costado suyo había un bebé. Y yo estaba recién en la mitad de la montaña. Me apresuré a trepar con el objetivo de llegar antes de que la explosión me mate a mí, al bebé, y a la montaña. Pisaba las piedras por más flojas que estuviesen, y jugaba a que mis ojos ya estaban descansando en la cima. No quedaba mucho tiempo. Logré llegar a unos pocos metros de la bomba. La soga se deshilachó y terminé cayendo por el vacío…

  Todo sudoroso abrí los ojos y la casa estaba oscura. Había sido un sueño. La casa estaba oscura porque la habíamos sellado. Necesité fijarme la hora en el celular para darme cuenta de si era de noche, o de día.  Eran las 23:00. Feli no se movía, ni siquiera al respirar. Tampoco roncaba, como sí lo hacía cada noche desde que nació. Me acerqué a él y apoye mi oreja a su boca abierta. No escuchaba nada. No sentía el aire salir de su exhalación. No exhalaba.

  Intenté pararme pero no podía. Mis pies temblaban y se tumbaban en el piso haciéndome raspar las rodillas. Le presté atención al olor. Era olor a gas. Mucho olor a gas. Fui arrastrándome hasta la cocina e intente arrancar los clavos de las ventanas. Era imposible, estaban bien enterrados y yo no tenía fuerzas. Me arrastré hasta el horno y estiré mis dedos hacia la perilla del extractor. Ante la insistencia sin que se prendiera recordé que papá lo había roto hoy al mediodía. Yo odiaba esa campana metálica. El ruido que hacía era como un soplido constante que no me dejaba escuchar las series o las canciones de Perras on The Beach que ponía al palo en el living. Las perillas del horno, las llaves del gas, todas estaban abiertas al máximo. Usando la mesa como bastón logre pararme a duras penas y dirigirme a la pieza de papá. No veía nada. Iba a prender la luz…cuando me acorde que la vecina de enfrente murió por prender la luz en una fuga de gas. A oscuras, quise gritar pero solo emitía un gemido tenue. Tironeé las cobijas de la cama para alertarlos. Y me fui viboreando por las baldosas hasta la cama de mi hermano. Lo zamarreé de una pata tirándolo contra el piso. Lo desperté de unas cachetadas y juntos pateábamos las tablas de madera intentando despejar la ventana de la pieza. Logramos partir algunas y con las manos tirábamos de las últimas tablas que quedaban obstruyendo la salida. Saltaban los clavos por el aire, y Feli ya empezaba a desmayarse. Con las fuerzas que me quedaban iba subiendo la persiana y la luz de luna empezaba a iluminar la pieza. Saqué la nariz por el orificio y me volvió la vida al cuerpo. Atravesé el hoyo como pude. La perra ladraba. Manoteé a Feli de los pelos y lo empecé a pujar por el agujero que habíamos hecho. Cuando en un momento mi fuerza dejó de alcanzar. No podía sacar a Feli de aquella tumba de gas. Hacia fuerza hacia atrás pero algo lo frenaba. Se oyó una voz.

-Nos vamos a ir todos juntos- Era papá, hablaba en un tono resignado y con la calma de alguien que ya no tiene nada más que hacer. Este sujetaba a Feli de las piernas y lo tiraba para atrás. Con total frialdad y certeza de estar haciendo lo correcto, me dijo

– ¿Nos vas a dejar? ¿Vas a vivir sin familia?-

A lo que yo no supe cómo responder. En el momento. Y con aliento a gas. Solo atine a hacerle una ingenua pregunta.

-¿Qué estás haciendo?-

-Solamente queremos dormir en paz - me respondió. Cortó la soga de la persiana dejándola caer; con Feli, mamá, y él dentro.

 

 

Autor: Facundo Pinedo

 

 

Mi nombre es Facundo Pinedo, nací en Olavarría ciudad de Argentina un 19 de Diciembre de 1.999, a las 7:30 hs para ser más exacto. Gracias a mi madre puedo brindar un detalle superfluo pero llamativo, que es que, en el momento en que ella daba a luz y yo nacía, Olavarría se encontraba totalmente a oscuras debido a un apagón general de luz. Más tarde, unos quince años después, descubrí por casualidad la escritura, hasta se podría decir que ella me descubrió a mí. Anteriormente a esto nunca nos habíamos encontrado, ni siquiera por equivocación, éramos dos desconocidos. Pero el día en que finalmente nos entrecruzamos…fue para nunca más separarnos. Hoy en día, yo ya con diecinueve años, escribo por puro placer en mis ratos libres que me permite la facultad.

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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