Estudio de caso

De todos los casos de mi carrera algunos me han impresionado más que otros. He podido presenciar asesinatos de premeditación minuciosa, o bien bajo el dictamen de la pasión de un momento, suicidios bajo los efectos del pánico, violaciones, atentados contra la racionalidad. Pero solo un crimen en particular logró convocar mi asombro. Ocurrió meses atrás. Ya superé la edad en que comienza a hacerse fácil trazar una línea de acción para atrapar al culpable. Sin embargo este me sacó del paso, como suele decirse. Para empezar, las evidencias eran mínimas. Tan solo una captura de video en internet, y eso sí, la confesión de uno de los participantes. Sin embargo, qué confesión. No permitía, después de todo, entender el devenir de los sucesos. Desarrollé una suerte de obsesión con el tema. Consulté una parte considerable de la literatura sobre el asunto, entrevisté a un psicoanalista, divagué en bares junto a otros compañeros y aún así no pude arribar a conclusiones. La relación víctima-culpable era, a mi juicio, confusa. Tal era el meollo del asunto, el nudo de la cuestión. Ante ciertos crímenes hay que desprenderse de los prejuicios, disponerse a aceptar y eso no siempre es fácil. Uno, por la profesión que ejerce, tiene cierta adaptación a la violencia. No era este después de todo un material donde la sangre se antojara extrema. Se filmó sin artificios. La imagen dejaba ver a dos personas sentadas de un modo cotidiano como si estuvieran a punto de iniciar una conversación. Un exceso de sangre me habría impresionado menos. Es difícil entender que un asesinato, si es que esto lo era, transcurra en un plano proclive a las sutilezas. Y ahí estaban ellos, como si fueran a tomarse una taza de café o a degustar un vino. La víctima sonreía y daba su consentimiento para lo que iba a pasar, libraba de culpas a su contraparte. Cómo condenar, después de todo a un asesino, que aparece como vehículo, para facilitar a otro cumplir un destino de su elección. Luego se inyectó algo en el brazo y asintió. El otro entonces preparó sus instrumentos. Siempre se busca un motivo, lo que se dice el móvil. Aquí no existía más que un pacto. Se conocieron en internet y acordaron tal cita. Nada tenía razón de ser. Un trozo de carne se desprendió muy despacio. A lo mejor son los medios los que favorecen tales conductas. Apenas se pudo entrever un líquido, una viscosidad. El agresor, si así podía llamársele, lo limpió con unos paños que luego arrojó a un recipiente donde ardía un fuego. He visto el video infinitud de veces. Un exceso de sangre me habría resultado más cómodo. La tranquilidad de sus participantes me resultaba agresiva, repulsiva también. Luego ambos comieron con la serenidad de quien saborea un filete mignon sin hacer ascos. Era algo terrible, malsano. Tal vez el alma sea más proclive a lo perverso de lo que uno espera. Siempre he querido creer lo contrario, a pesar de mi trabajo, de la vida que llevo. Ahí estaba la víctima y su sonrisa se hizo risa, estruendo ante la cámara. Nunca fui un fanático de la tecnología. Sin embargo, como tantos, no he podido sustraerme a sus influjos. También he buscado falsear la soledad al marcar una cita en un chat. Si él hubiera dudado lo habría dejado ir, dijo en su confesión. Indiscutible es que el internet hace que todo se expanda más de prisa. Tenían vidas hasta entonces corrientes. Ya ocurrió otras veces, añadió. Me pregunto ¿qué significó él en esas vidas que fueron eximidas de la muerte, que transformó en ellas? Y el “culpable” limpió las comisuras de los labios sin inmutarse, el rostro en exhibición de una mueca de asombro, para arrojar después la servilleta al fuego. Cualquiera habría podido ser uno de ellos. Eso es lo que me encandila. No dejó de reír en el instante en que el otro se acercó despacio e hizo con precisión aquel gesto que lo dejó inerte. ¿Y si un día es el vecino de en frente? ¿Y si un día soy yo? Estudio variables para cada pregunta. He visitado la escena del crimen varias veces, en compañía de un equipo y también solo. Todavía este caso me obsesiona. Nada en ella delata los sucesos que allí acaecieran. Solo la cámara en una esquina conecta el espacio a los eventos, como si se tratara de un puente a un mundo otro. Un asesinato sin cuerpo; la historia registra otros casos pero ninguno se asemeja a este. Es un crimen acontecido en un espacio-tiempo pleno de singularidades, como la mente humana. De algún modo habría que incurrir en alabar la piedad del asesino. El cuerpo se descolgó un poco hacia la derecha, como si fuera a caer de la silla. No hubo motivos, ni sangre. Enciendo la cámara, una luz en rojo indica que graba ya. Hace minutos que tocan a la puerta. Se hace preciso fingir serenidad. Quizá esta vez reciba un sí como respuesta.

 

 

Este cuento obtuvo el Primer lugar en el Segundo Premio Letras de Hispanoamérica 2018 (Revista En sentido figurado, México).  Se publicó en Revista literaria En sentido figurado (México, D. F,) jul-ago 2018, año 11, no. 5

 

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Autora: Barbarella D´Acevedo

 

Escritora.Profesora auxiliar, y Redactora jefa de la Revista Cúpulas de la Universidad de las Artes, ISA.Licenciada en la carrera de Arte Teatral, perfil Teatrología. Máster en Educación por el Arte. Graduada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Mención Premio tablas 2006 (entrevista) y Premio de Escrituras Escénicas para la Calle 2011. Primer lugar en el Segundo Premio Letras de Hispanoamérica 2018. Primera Mención en el III Concurso Cuentos Fríos Cárdenas, Mención en el Concurso De Japón llevo conmigo 2018, Beca de Creación Caballo de Coral, 2018 del Centro de Onelio Jorge Cardoso, Premio de cuento infantil en el concurso Literario Carmen Rubio 2018, Mención en el concurso literario de CF Mabuya 2018.Ha publicado en diversas revistas especializadas. Publicó el libro: Breve historia del maquillaje. Cúpulas, 2015. Coautoría con: Erick Eimil Mederos.

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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