Defaulteada

 

        Recoge su ropa, callada. Siente que Marcos la sigue con la vista. Reacciona, no es una doméstica que arregla una habitación. Alza el mentón con esfuerzo, aunque le cueste más recoger el segundo zapato, cuya punta ha quedado bajo la cama. Dignidad, no desafío; acaba de reunir sus trapos sin dedicarle una mirada. Va hasta el baño a vestirse, basta de shows. Él continúa callado, no la detiene.

            Cierra la puerta, apoya la espalda. Llora, las prendas se desprenden de sus manos. Resbala hasta quedar en cuclillas, desnuda, esquivando el espejo de medio cuerpo. Ha creído en ese hombre, contra todos los pronósticos. Se dejó ganar por el optimismo, como si lo mereciera, como si fuera una mujer como las otras. Se dejó ganar por el optimismo y confesó. Así está, la mitad de su mente condenándola por tonta y la otra diciéndole que era lo que le correspondía, por su culpa, por su gran culpa.

            Razonar bajo las lágrimas es siempre una tarea difícil. Del otro lado de la puerta no se escuchan sonidos, supone que Marcos continúa tendido en la cama, incrédulo, atónito, casi absurdo. No  se lo esperaba. Quizá debió decirlo la primera vez que se metió en su cama —o callarlo para siempre—. ¿Cómo imaginar esa noche enturbiada por el whisky que terminarían enamorados? Trata de controlar las sacudidas de su pecho convulso. Le revienta que la oiga llorar. A dos palabras de proponerle matrimonio estaba, si hubiera callado estaría haciendo planes de boda. Fue más fuerte que ella, lo interrumpió sin planearlo, como si la hubiera asaltado de golpe la conciencia, estimulada por las monjas del internado —esa conciencia que no apareció cuando hizo lo que hizo, ocho años antes—. Se muerde el labio, se golpea las piernas. Es inútil. Es tarde. Lo dicho está dicho. Pude enojarse con él o con ella, o con la vida misma, o con los resabios de una culpa instalada de pequeña, esa culpa traidora que insiste en castigarla.

            Recoge las prendas, las separa. Espera un gesto, una despedida, el silencio es demasiado pesado para llevarlo consigo como recuerdo final. Lo espera mas no lo reconoce. Hace tiempo como si fuera una niña que se viste sola por vez primera. Seis meses. Esa primera trasnoche se convirtió en un sueño de seis meses. Y a punto estuvo de volverse perpetuo. Él no vendrá, no saldrá del cuarto hasta que no escuche que cierra la puerta de calle. Lo escribió en su semblante. Ella lo vio. Como ve la falda que se coloca con resignación.

            Marcos no es tan fuerte. Quizá ningún hombre lo sea, quizá ninguno crea en el amor de una mujer que pasó ocho años presa por asesinar a su marido. Subida a los tacos enfrenta por fin al espejo, se lava la cara, se da un toque de maquillaje, se peina.

            Erguida, camina rumbo a la puerta, ruega por una palabra que la haga regresar. Pensó que había pagado su deuda, pero por lo visto, la sociedad no le perdona los intereses.

 

Autor: Juan Pablo Goñi Capurro

 

Autor argentino. Publicó: “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Publicaciones en antologías y revistas de Hispanoamérica. Premio Novela Corta “La verónica Cartonera” (España), 2015.Colaborador en Solo novela negra (relatos).Estrenos: Por la Patria mi General; Vivir con miedo; Una de vampiros y salame (Argentina); Bajo la sotana (México) Caza de Plagas (Chile) Si no estuvieras tú, El cañón de la colina (España).

 

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Imagen tomada de 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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