Claridad

10/04/2019

 Los gritos enfangan la memoria. Las imágenes, metástasis de lo sufrido, enquistan el pensamiento, infectando cada rincón. Pero aparte del hedor de mis fluidos corporales (de persona entonces, de monstruo ahora), apenas recuerdo que por allí circulase ningún otro olor. Hasta en eso se habían esmerado los verdugos de aquel agujero terrible.

 

El lugar era aséptico, los suelos y los muros eran blancos como la mismísima espuma. El lugar, del que bien podría decirse que estuviera construido con ladrillos de hielo, estaba distribuido en pequeños cubículos delimitados con obsesión matemática y, en el centro de cada uno de esos compartimentos, un espejo se levantaba señorial y temible, perfectamente pulimentado.

 

Insisto otra vez: allí era difícil percibir algún olor, algún color. Los uniformes relucían igual que la nieve recién cuajada. Y es verdad lo que digo aunque lo repita y repita; por alguna razón inhumana nos habían privado de casi toda experiencia sensible. La comida era insípida: pescado hervido, macarrones con salsa de soja baja en calorías, pechugas de pollo al vapor… En resumen, todo ese tipo de cosas sin corazón y sin vida. Y, vaya,… ahora que lo pienso, es una ironía que aquel alimento nacarado se transformase en algo marrón y oloroso. Algo bonito, en definitiva: un oasis de sensaciones en un desierto de arena polar.

 

El recinto estaba gobernado por leyes precisas, sí. Al estar prohibido el contacto con sustancias fragantes, habíamos de lavarnos tan solamente con agua. No se debía articular palabra ni emitir ruido alguno. Y JAMÁS DEBERÍAMOS ALZAR NUESTRA VISTA MÁS ALLÁ DE LOS HOMBROS DE OTRA PERSONA. Sin embargo, por encima de las demás, pesaba sobre nosotros una norma que terminaría por convertirse en tortura. En mi crucifixión personal, ahora lo sé. A diario, entre las nueve de la noche y la una de la madrugada, teníamos que mirarnos a los ojos en los espejos desorbitados de nuestras celdas. Fijamente. Cuatro horas recibiendo preguntas, mudas todas ellas pero todas de un eco interior estridente, por parte de unos ojos que nos conocían muy bien, demasiado bien por dentro. Nuestra intención, nuestra alma, nuestro hilo más secreto de pensamientos desatado segundo a segundo a través de los globos oculares y, al mismo tiempo, acechado por ellos. Sin escapatoria posible. A lo largo de minutos. Que no terminaban.

 

Junto al espejo, había carceleros cuya función principal consistía en comprobar que no desviásemos la vista ni un solo milímetro de nuestras pupilas (obviamente, a los centinelas sí se les permitía mirar por encima de los hombros de los demás). Y si nuestras pupilas erraban en su dirección, el castigo era físico, brutal.

 

Yo engañaba a los vigilantes y, al principio, a unos diez centímetros de mi reflejo, jugaba a guardar el inventario de las venitas que, como crías de lombriz, se retorcían sanguinolentas hasta escapar agujereando la superficie perlada del ojo. En ocasiones, alguna de las larvas estallaba a escondidas, formando un diminuto charquito bermellón. De todo esto yo llevaba fielmente la cuenta mental, evitando clavar mi mirada en esa diana que es la pupila; como si quisiera evadirme del suplicio que implica encontrarse a uno mismo y no tener nada inteligente que decirse.

 

Sin embargo, ay, ahora recuerdo con nitidez lo que ocurrió cuando los gritos inundaron aquel silencio espantoso, cuando las risas salvajes lo preñaron con su histérica semilla viscosa. Una noche, mientras me esforzaba por concentrar mi atención en los contornos difuminados del iris, un alarido que provenía de alguna celda inferior me hizo dar un respingo y girar instintivamente la cabeza hacia fuera. Fue entonces cuando sentí un choque eléctrico demoledor que me recorrió todo el cuerpo, haciéndome caer a plomo sobre el inmaculado alicatado del suelo.

 

–¡No desvíes la mirada!–, atronó el agresor. Probablemente me había disparado con uno de esos artilugios táser que propinan descargas erizadas de voltios.

–Lo siento–, babeé, mientras luchaba contra la gravedad.

–¡NO HABLES!– A través del estupor y la bruma, creí escuchar los berridos encolerizados de mi guardián. Había recibido una segunda descarga.

 

Sorbiendo saliva, apresándola entre mis labios acorchados, logré con trabajo recomponer la figura y, erguido finalmente frente al espejo, atravesé mis ojos intoxicado de un odio profundo. Ya no se oían aullidos afuera; tan solo las carcajadas repugnantes de un par de verdugos atroces. Con ellas de fondo, se detuvieron los minutos. Estaba desorientado. Sentía que el tiempo era miel que se arrastraba por un interminable cordoncillo de lana.

 

–La risa es la medicina que alivia la culpa–, me pareció escuchar a mi lado.

Atónito, recité para mis adentros la regla que impone a los carceleros dirigirse a los presos ÚNICAMENTE para dar órdenes.

–Iván…–, embadurnó mi nombre con una enfermiza indulgencia.

 

¿Qué demonios estaba haciendo aquella bestia?, ¡estaba prohibido llamar a los reclusos por su nombre! Si seguía incumpliendo las normas, pronto se convertiría en uno de nosotros. Súbitamente me inundó una extraña familiaridad y, como por arte de magia, comencé a sentir algo extraño, como una especie de simpatía, hacia aquel carcelero desobediente; después de todo, ¡se estaba jugando el pellejo por dedicarme unas poquitas palabras! Sonreí confiado y me atreví a levantar la cabeza despacio. De pie junto a mí, escapando apenas a la proyección del espejo y encañonándome con su fulgente pistola táser, estaba mi hermano mayor.

 

–¡No desvíes la mirada!–, rugió furioso.

Petrificado, balbucí, –pero… ¡¿por qué… por qué todo esto?!

 

Mi hermano, parapetado tras el arma, utilizó la misma excusa que ya le había oído tantas veces en casa; una disculpa que emplean chiquillos, ancianos y políticos; una razón pura, que es remanente de nuestro intelecto infantil y que utilizamos por el tiempo que dura una vida.

 

–Tú empezaste primero.

 

Y volvió a disparar. Caí de bruces.

 

En la ensoñación apacible que existe entre la consciencia y la nada, presentí a mi hermano riendo compulsivamente; imaginé a otro verdugo acercarse hasta donde yo cubría, como si fuese un guiñapo, un pedacito de suelo bruñido. Y juraría haber entrevisto cómo los dos se transformaban en un par de gallinazas pazguatas, que cacareaban sin cesar y picoteaban atolondradas mi espalda.

 

Después, las tinieblas, y después, suavemente, la pérdida feliz del conocimiento.

 

–Usted ha violado una de las normas fundamentales del recinto y le ha sido asignado un nuevo guardián–, resonaron las sílabas mientras yo entreabría mis párpados.

 

Desperté con un dolor plomizo en el cuerpo, como si el puzle que conforman mis carnes hubiese sido montado por un niño dios impaciente, que se aburre con la tarea y se pone a encajar azarosamente las piezas a golpes. Sí, había violado una de las normas fundamentales de aquel endemoniado recinto, por eso tenía un nuevo guardián a mi lado. En pie ya y con la cabeza gacha, escuché con claridad las palabras “condenado mediocre, ser totalmente accesorio”. Sin replicar, examiné las pulcras baldosas del suelo antes de ascender por los pantalones relucientes del nuevo vigilante, que parecían dos mechas encendidas. En mi escalada visual, me fijé cómo su jersey de algodón amortiguaba la explosión de una tripa colosal. Y entonces me forzaron a girar la vista hacia el espejo. Allí seguía, todavía esperando, mi imagen.

 

Silencio.

 

Otra vez el silencio, los párpados, las pestañas, las legañas.

 

Mis párpados, mis pestañas, mis legañas. Me pregunté: ¿qué parte exacta de mi cuerpo es la propietaria del resto? ¿Mi cerebro, quizás? Tuve que reflexionar un buen rato para saber lo que yo mismo estaba intentando decirme.

 

Andaba absorto en mis cavilaciones cuando…

 

–Hijo…–, infringió las leyes el gordo recién llegado. Inmerso en un déjà vu repentino, conocía ya de antemano lo que sucedería inmediatamente después. Alcé tímidamente la cara.

–¡NO MIRES PA’CA!–, tronó mi padre.

Rechinando los dientes, agazapado y guiñando los ojos, ya me estaba acomodando para encajar la inevitable descarga de voltios. Pero tardaba en llegar… Nada ocurría…

–¿Cómo cojones funciona esta mierda?

 

Entre el resentimiento y una especie de penosa compasión, me di cuenta de que mi padre no sabía utilizar aquel artefacto moderno. Con mi nariz apuntando al centro de la Tierra le dije en un hilillo de voz, papá, primero has de preparar la carga con el botón “C”, luego has de esperar a que se encienda la luz “F”, y solo entonces puedes disparar.

 

Quizás a mi padre no le gustó que le dijera cómo debía hacer las cosas, o tal vez solo se quería cerciorar de estar haciéndolo correctamente. El caso es que recibí cinco descargas eléctricas antes de perder el sentido. Cinco, esta vez. Me estaba haciendo más fuerte.

 

Es fácil imaginar lo que ocurrió acto seguido: la siguiente centinela fue mi madre. Evoco ahora con orgullo su excelente capacidad para el aprendizaje, pues ella sí se había instruido en el hábil manejo del táser. Siempre fue muy ágil de mente. Sin embargo… Sin embargo, tan solo consiguió disparar una vez. Después, con las extremidades temblorosas y en compañía de un sordo quejido gutural, dejó rodar por su pálida mejilla una lágrima perlina de sal. Transformada en estatua de hielo sobre un centelleante fondo de escarcha… no logró hacer nada más.

 

“¿Por qué se habrá detenido?”, me pregunté, y pensé en lo extraño que resulta advertir cómo se conserva un vago recuerdo del lugar donde uno conoció a sus amigos, de la impresión que le causaron sus compañeros de trabajo la primera vez que los vio. Sin embargo, por más que busque y rebusque, uno no encuentra ni la más ligera memoria del instante en el que sus padres lo cogieron en brazos por primera vez. Tampoco se acuerda del sitio, ni de las circunstancias, ni siquiera de quiénes había a su lado cuando nació. En definitiva, uno no tiene ni la más mínima experiencia subjetiva de los momentos cruciales que hacen que dos individuos sean sus padres. ¿Y si no fueran quienes dicen ser? Como mucho, a uno tan solo le queda suponer y fiarse. Por lo que a mí respecta, mis padres podían ser dos secuestradores, dos extraterrestres o dos robots, daba igual.

 

–Usted ha violado una de las normas fundamentales del recinto y le ha sido asignado un nuevo guardián.

 

Aquella sería la última ocasión en que escucharía esta penosa letanía. A mi lado, una maza tremenda recubierta por densas cordilleras de pinchos crecía paralela a las piernas del verdugo final. Volví a preocuparme por mis lombrices oculares. Ellas eran más importantes que cualquier otra cosa en el mundo; eran más comprensivas, más calurosas. Eran, en fin, la distracción de una realidad que sencillamente podía conmigo.

 

–Mírate a las pupilas, mamón.

 

Después de haber engañado a todos los otros, aquel centinela de mierda se había percatado de dónde yo, exactamente, solía entretener la vista durante las interminables horas de tortura. Redirigí la mirada. Descubrí dos agujeros negros de los que nada puede salir y que casi todo lo engullen. Observé la negrura abisal de aquellos dos pozos redondos que reflejaban la estampa distorsionada de una persona observando dos pozos redondos. Y, súbitamente, entendí que aquellos entramados de materia sensitiva no eran otra cosa sino la máquina orgánica y diabólica en la que yo me encontraba encerrado. Notaba mi pulso acelerarse, mi corazón se sublevaba ansioso contra el pecho. Bruscamente, comencé a percibir mi cuerpo y mis órganos alborotados como los de un extraño, como los de un autómata ignorante que reacciona mecánicamente ante estímulos vacíos. Y, como en una revelación celestial, comprendí que era aberrante llamar míos a los órganos; era absurdo, pues yo no era más que la consecuencia accidental del funcionamiento orquestado de toda aquella estúpida carne. El pánico me poseía; también yo mismo era el pánico. Una ráfaga ardiente de bilis ascendió como un rayo por la garganta y se coaguló en las sienes como una costra palpitante. Las mejillas hervían. Era un recluso aterrado en una prisión compuesta por glándulas de fuego, ¡¿por qué me asustaba tanto?! Desvié la mirada un milímetro.

 

–¡ENSARTA TUS OJOS EN LAS PUPILAS, MAMÓN!

 

Lo hice con agitación. Allí, dos soles carbonizados refulgían acechantes. Yo era un ente dotado de juicio y razón, aunque ninguna de esas dos cosas quisiera. El aire a mi alrededor comenzó a congestionarse, sentía como si cada átomo de oxígeno fuese un espíritu que superpoblase la atmósfera. Era imposible; no lo conseguiría jamás. Las resplandecientes paredes de la celda se ondularon, se condensaron, me pareció que empezaban a sudar dientes macizos de leche. Con la respiración atragantada me giré. Me enfrenté a mi verdugo. Enarbolando la maza recubierta de pinchos, dispuesto para el asalto, estaba una copia exacta, idéntica, de mí mismo.

 

–¡¡MALDITOOO!!

 

Los primeros mazazos del leño supusieron el rescate brevísimo de las garras de una autoconsciencia infernal; la sangre bautizaba con ansias aquellas baldosas de nácar. Es posible que yo estuviese chillando pero tan solo tengo un recuerdo difuso de aquello. Horrorizado, no conseguía confrontar ninguna de mis dos imágenes sin la angustiosa sensación de estar volviéndome loco. El aliento se entrecortaba. Los clavos desgarrando la piel me acercaban progresivamente a un apacible planeta de bestias y, cuanto más próximo estaba, más desarraigado me encontraba ya de este universo espiral de pensamiento y de lógica. Logré contemplar fugazmente el espejo. Convertido en un monstruo recorrido por llagas sangrantes, vi cómo las comisuras labiales se iban retorciendo en una triunfante sonrisa animal. Entonces comprendí que la pérdida de todo lo humano suponía el comienzo de todo lo hermoso, de todo lo bello. Pero tan solo era dueño de una victoria parcial; mis heridas, por desgracia, sanarían; mis pupilas volverían como jueces severísimos de mi insignificante existencia. Había una sola forma de ganar aquella batalla y la guerra.

 

En ese lugar, en ese momento, decidí hacer lo que tantos otros hicieron mucho antes que yo. Lo que hizo Demócrito, lo que hizo Edipo con los broches del vestido de Yocasta. Hundí bien los pulgares en las órbitas y con un gesto rápido me arranqué los dos ojos de cuajo. Al contrario de lo que esperaba, encontré el tacto de aquellas bolitas compacto y suave, en lugar de viscoso y difícil de manejar. A decir verdad, fue muy sencillo hacer palanca y sacarlas. La última imagen que tendría de mí mismo sería la de una bestia inmunda. Y eso era precisamente lo que yo deseaba.

 

En la oscuridad los sueños relucen con un brillo infinito. El recuerdo de mi familia me provoca la visión alucinada de una plantación de desprecio en unas edades que son tiernas, fértiles… y la inevitable germinación de un maltrato adulto por parte de los que se tiene alrededor y, especialmente, por parte de uno hacia sí mismo. Es el epílogo apócrifo de la eterna historia sobre la semillita que papá siembra en la tripita de mamá.

 

En fin. El combate conmigo mismo puso fin al cautiverio.

 

Las hemorragias cesaron, las lesiones cicatrizaron.

 

Me acaban de echar de la institución, aunque no me han especificado el motivo; tampoco importa: soy libre. Estaba muerto, pero he resucitado.

 

Atravieso la salida de esta prisión desquiciante; las primeras gotas de lluvia resbalan por mi cogote y mi lomo. Me alejo del lugar como una hiena en estampida y después de trotar durante horas, el olor a tierra mojada me anuncia la llegada a campo abierto. A cuatro patas, el agua me bautiza sobre lo que debe de ser un marjal repleto de musgos fragantes. Con los dientes, intento apresar alguna criatura despistada que pase por allí en aquel preciso momento. Estallo en una carcajada violenta y me revuelco feliz, en unos charcos benditos. Allí lo encuentro a usted. Desde una ceguera interrumpida tan solo por pensamientos que son como cuerpos fugaces (los pensamientos no pueden ser otra cosa) le confieso con un sentimiento infantil: “me siento eufórico… lleno de vida”.

 

Y es que no soy más que la huida incansable de mi propia existencia

 

Autor del texto y la imagen: Iván Moratilla

 

Nacido en Madrid, pero criado en otros lugares de cuyo nombre no quiere acordarse, vivió unos años en Londres, donde volvió a nacer otra vez. Es autor y coautor de varios artículos y un par de libros de carácter socio-sanitario. Su email, por si alguien se quiere poner en contacto: sabuesosarnoso@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266