¿Has matado?

10/04/2019

 -¿Has matado? –finalmente tomé el coraje necesario y pregunté lo que llevaba meses rondando en mi cabeza.

Cuando esa pregunta partió de mis labios comprendí que terminaba el lento tiempo de edificar confianza, tan lento como la construcción de esa inmensa cruz, que ahora nos cobija. Pietro debe decidir si corre el velo de sus secretos, si muestra lo que oculta con tanto esmero en las profundidades de su ser. Comprenderán, no obstante, que para llegar a ese instante, a esa pregunta, primero debimos conocernos. Dos seres tan dispares, tan educados para ignorarse, que por caprichos del destino, se encuentran.

Sentados sobre el mármol blanco de una tumba, que los últimos fríos del invierno de 1938 congelan, Pietro es aún el italiano parco que conocí hace menos de un año, cuando ahí cerquita, a unos cincuenta metros de la entrada de este campo santo, comenzaron a acumular madera para levantar los andamios y encofrados de esa cruz que ahora, con su sombra, hace más helado -el de por si gélido- mármol de cualquier tumba.

En los cementerios se muere de amor, y de frío.

-Pronto estará lista –evade, mirando hacia lo alto de la cruz, como si la finalización de la obra respondiera la pregunta que acabo de formular.

Todos los santos miércoles, desde hace siete años, cambio mis minutos de siesta por una breve visita a la sepultura donde descansa mi prometido, Ovidio. El cáncer me lo llevó demasiado joven, él no llegaba a los 30 y yo recién cumplía los 21, teníamos tanta vida juntos por delante que no puedo olvidarlo. El coche de alquiler pasa puntual, apenas termino de ayudar a mi madre con la limpieza de los enseres domésticos, suena la bocina del vehículo. Un “De Dión Bouton” que alguna vez fue el lujoso primer automóvil de este pueblo, pero que hoy, luego de treinta años de fieles servicios, suele ser un incordio: no siempre logra recorrer los poco más de tres kilómetros que separan mi hogar, frente a la Plaza Pereyra, del Cementerio Municipal sin detenciones imprevistas. No hay demasiadas alternativas: caminar hasta allí insume demasiado tiempo y esfuerzo, y el sulky no protege ni del frío invernal ni de los solazos estivales, así que prefiero el “De Dión”.

Uno de esos miércoles, don Aizpuru, el conductor, detuvo el coche junto a la hilera de árboles, en el lugar de siempre, a pocos metros de la entrada. Un frontispicio humilde, de escasos seis metros de altura, presidido por una pequeña cruz y la inscripción “EPD” sobre la arcada de ingreso y dos habitaciones pequeñas, una a cada lado del portón negro, que hacen de oficina y depósito respectivamente son las únicas construcciones del cementerio, si se excluyen las tumbas y panteones, por supuesto. Esa antigua entrada ahora se siente demasiado pequeña, pobre, comparada con la monumental cruz que se yergue imponente a pocos pasos. Aizpuru, apenas bajó para ayudarme a descender del vehículo, se quedó mirando a los dos obreros que descargaban una buena cantidad de madera de una villalonga.

Como todos los miércoles, traspuse el portal, caminé por el pasillo central, tapizado de pedregullo, que al mover los pies genera ese murmullo que acompaña a la muerte, tras unos cincuenta metros doblé hacia la izquierda y un par de pasos más allá, encontré la sepultura de mi prometido. Retiré los pimpollos secos del florerito de hierro gris, renové el agua y, finalmente, acomodé las flores frescas que traía en un pequeño ramo. Luego, como casi siempre, me quedé con la mente en blanco, la mirada perdida en la lápida: “Ovidio Sánchez Pereyra. QEPD. 1904-1931”, las letras talladas con esmero sobre el mármol. Un recuerdo nimio, cotidiano, de nuestro noviazgo me sacó de ese letargo. Suele ocurrirme, cuando quedo en silencio frente a la tumba, que un recuerdo pequeño, poco trascendente, una ocurrencia de Ovidio en los buenos tiempos, me asalta.

Es bueno, me gusta, reaviva nuestro amor.

Don Aizpuru, apenas vio que me asomaba de regreso, encendió el “De Dión” que carraspeó antes de iniciar la marcha por el camino de tierra de regreso al pueblo. Los obreros continuaban con su faena de descarga. Curioso como es, Aizpuru, se las había ingeniado para averiguar el destino de esos materiales: “vienen a construir una nueva entrada, parece que será un portal enorme de treinta metros de altura, en forma de cruz”. Ignoré sus palabras con una respuesta amable pero fría, no porque me fuera indiferente que el cementerio se engalanara con un ingreso más importante, al fin de cuentas es el lugar que habita Ovidio y todo lo de allí me interesa, sino para evitar las habladurías a las que el chofer es tan afecto.

La semana siguiente recorrí el mismo camino, repetí idénticas acciones. La reproducción de esos movimientos me da la paz que el fallecimiento de Ovidio me quitó. Por eso cada miércoles sigo, sin proponérmelo, una rutina estricta, prácticamente calcada del anterior, y del otro, y del de la semana previa.

El pueblo no hablaba de otra cosa: el nuevo portal, la majestuosidad de la futura cruz que será el punto más alto de nuestra humilde población. Cada miércoles vi, sin detenerme demasiado en ello, como la obra prosperaba perezosamente. Lo obreros ya no eran los dos solitarios hombres que descargaban madera sino un batallón de albañiles que iban y venían, a veces con risas por demás estentóreas, que vejaban mi silencio frente a la tumba de Ovidio.

El cocoliche de los italianos se mezclaba con el castellano en lo alto de los andamios, mientras decenas, centenares, de baldes subían y bajaban, colgados de sogas, ganchos y roldanas, con el material que conformaría la nueva cruz.

El arquitecto es italiano. Pietro, aunque tal vez sea redundante decirlo, también lo es.

-Nací en Canicattì, Sicilia –comentó la primera vez que se atrevió a dirigirme la palabra.

Siciliano, pensé. A ustedes les ocurrió lo mismo, sin malas intenciones ni prejuicios tontos, pero aparejado al gentilicio “siciliano” instantáneamente nuestro inconsciente instala otro vocablo: mafia.

¿Me equivoqué? ¿No es así? ¿No les ocurrió al escucharme?

Mi rostro debió ser demasiado explícito, reconozco que transmito con excesiva transparencia mis emociones, porque Pietro se apuró a anunciar, como forma de limpiar su origen: “el arquitecto también lo es”.

Pero esa charla fue posterior, varios miércoles después.

En las primeras ocasiones no alcance siquiera a percibir su presencia. Era una sombra que rondaba, no le prestaba atención alguna no por deliberada decisión sino porque simplemente ignoraba totalmente su existencia, luego advertí que esa figura etérea correspondía a la misma persona: un tano flaco, desgarbado, bastante alto, que se atravesaba en mi camino cada vez que concurría a visitar el descanso de Ovidio.

Si iba en pos de agua fresca para renovar la del florero, aparecía a mi lado, saludaba con un correcto “buenas tardes” al que yo respondía, invariablemente, con una leve inclinación de cabeza. Si no coincidíamos junto a la bomba, de una manera u otra, asomaba frente a la tumba de Ovidio, pedía disculpas, “perdón”, y pasaba tímidamente en respetuoso silencio.

Recién el quinto o sexto miércoles, cuando ya me había percatado de su existencia, se atrevió a decir algo más que “perdón” o “buenas tardes”, fue allí cuando –movida por la curiosidad- también le formulé algunas preguntas sobre su origen, sobre la cruz que crecía a nuestras espaldas, o sobre el cansancio que un trabajo tan agotador generaría, en fin, apenas una charla de cortesía.

En la siguiente visita no necesitó simular casualidad, ni bien descubrió la llegada del vehículo descendió del andamio y, cuando llegué a la sepultura de mi buen Ovidio, estaba allí esperándome, con una sonrisa. Se comedió a buscar el agua para el florero y luego, respetuoso de mi intimidad, se alejó unos metros mientras yo hablaba, silenciosamente, con mi amado. Apenas percibió que había finalizado regresó, se ubicó sobre una tumba cercana y dialogamos durante lo que a mí me parecieron unos pocos minutos. Don Aizpuru no estuvo tan de acuerdo con la brevedad de la charla, ya que de regreso al “De Dión” lo hallé alborotado pensando que tal vez me hubiese ocurrido algo, por lo extenso de la visita.

-Con tanto obrero por ahí… -dijo Aizpuru, que dejó sin terminar la frase, insinuando vaya a saberse qué cosa. Simulé no escuchar.

Casi lo olvido. Fue en esa ocasión, al regresar con agua fresquita para las flores, que extendió su mano y se presentó:

-Pietro Giuffrida.

-Mucho gusto –respondí mientras la estrechaba: Petrona Zúñiga.

La coincidencia de los nombres le hizo gracia. Si bien Pietro era claramente de origen itálico y Petrona castizo, ambos comparten el mismo significado: firme como la piedra. Al escuchar la referencia le recordé las escrituras donde el evangelista hace decir a Jesucristo: “tú eres Pedro, piedra, y sobre ti edificaré mi iglesia”.

Pietro encontró inmediatamente otra coincidencia:

-¿Sabe cómo llama el arquitecto al material con que se construye la cruz? –señaló con su mano rústica los baldes que, a pocos metros de nosotros, subían sin descanso para volcar su contenido dentro de los encofrados.

Manifesté mi perfecta ignorancia, entonces dijo: “piedra líquida”.

Sonreí ante la referencia, ese italiano con su cocoliche derramaba simpatía. Pensarán ustedes que en mi relato se expresa en cuidado castellano, sí, ocurre que ante mi incapacidad de transcribir sus dichos en la media lengua con la que se expresaba opté por castellanizarlas. Pido disculpas, el relato sería más fiel si la verba de Pietro estuviera transcripta con precisión quirúrgica, pero… no soy capaz de reproducir sus palabras con la exactitud requerida.

Con cada visita al cementerio avanzábamos un poco más en el conocimiento del otro, las preguntas –lo descubrí con cierta sorpresa- surgían los días previos, como si estuviese esperando la charla del miércoles con aquél italiano. Cuando se lo confesé, con cierta vergüenza, reveló que le ocurría algo similar, fue grato escucharlo, una ventisca de mutua atracción nos hizo sonreír al unísono.

Uno de esos miércoles indagué sobre los motivos que lo trajeron a Argentina. No es que fuera infrecuente, todo lo contrario, incontables buques cruzaban el Atlántico con miles –más aún, decenas de miles- de italianos y españoles que venían a hacer la América. Los “gringos”, como algo despectivamente los llamábamos, eran una colonia amplia y poderosa en todo el territorio nacional. Incluso aquí, en Laprida, se habían congregado en instituciones prestigiosas, como la “Italia Unita”.

Sin rodeos, pregunté:

-¿Cuándo llegó a esta Patria, Pietro?

El recuerdo estaba fresco en su memoria, ni siquiera necesitó pensarlo: “el 14 de mayo del 30”, dijo. Y agregó otras precisiones: “recién había cumplido los 32 años cuando partí de Sicilia”. Hice el cálculo mental con rapidez: ya había cumplido los 40 años por estos días, once más que mis 29.

-¿Extraña su tierra? –pregunté mientras me sentaba en la tumba que encontré más cómoda de las cercanías. Los albañiles caminaban haciendo equilibrio por esos débiles andamios de madera hacia lo alto de la cruz, daba vértigo el sólo verlos.

-Por supuesto –respondió- no hay como la Patria de uno. Sueño con Sicilia cada vez que duermo…

Soy una joven sencilla de pueblo, que aún no llega a la tercera década de vida, tal vez más informada que mis amigas, pero no demasiado conocedora de las cosas del mundo. Pietro comentó, como al pasar, que su primer destino fue la ciudad de Rosario. Un siciliano que llega a Rosario en los primeros años de la década del ‘30… No es necesario contar con mucha información, ni ser mal pensada, pero dos más dos, siempre da cuatro. Cualquiera que leyera los diarios con cierta frecuencia llegaría a la misma conclusión.

¿Me dirán prejuiciosa? ¿Nunca escucharon hablar sobre la mafia rosarina? Por supuesto que lo saben, si hace pocos años atrás el Diario La Nación escribía casi a diario sobre el tema.

-¿No me estará diciendo que se vinculó con sus paisanos en la “Chicago argentina”? –avancé sin disimulo, la creciente atracción que nos profesábamos me permitía ser punzante en las preguntas, estaba segura de que Pietro no se molestaría con nada de lo que le dijera.

La referencia a la Chicago argentina era por demás transparente, una alusión directa a las mafias sicilianas. Pietro se sonrojó, pero no evadió la respuesta:

-Eran las únicas personas que conocía… –se justificó, prudente-. Espero que no sea motivo para perder nuestras charlas…

-Descuente que no… -le sonreí, mientras pensaba que ese italiano cada día me resultaba más atractivo, ese pensamiento me perturbó levemente pues estaba junto a la tumba de mi buen Ovidio. Él prosiguió:

-Trabajé con Juan Galiffi –mi rostro exageró su expresividad, Pietro lo advirtió, entonces preguntó: ¿lo conoce?

Lancé una risotada, impropia de una dama, y repregunté retóricamente: “¿Chicho Grande?”. Pietro, simpático a más no poder, devolvió otra carcajada:

-Ah, veo que sí.

La charla ganaba en interés, pero Aizpuru aguardaba en el “De Dion”, así que opté por concluirla. No obstante fue imposible evadirme en toda la semana de esa maraña de sicilianos que, en aparente simple coincidencia, se mezclaban en estos días: Pietro, el arquitecto de la cruz, Chicho Grande, y si se menciona al Grande casi que naturalmente aparece el otro siciliano, su rival: el Chicho Chico.

Los periódicos escribieron sobre el tema: Chicho Grande invitó a su paisano a la propiedad que poseía en la ciudad de Buenos Aires. Corría el año ‘32 y ambos rivalizaban por el control de la mafia rosarina. Chicho Grande fue el iniciador en la utilización de secuestros extorsivos, pero su homónimo exageraba en su uso: mantenía, por aquellos días, retenidos a otros dos italianos y hasta secuestró a gente ajena a la colectividad, familias bien de la Capital. Fue lo que leí en los diarios viejos que mi padre se encaprichaba en guardar, en pilas casi tan altas como la cruz de Salamone, amontonadas en la habitación de planchar.

Demasiado escándalo para el gusto de Chicho Grande.

Chicho Chico aceptó el convite, viajó hasta la casa de su enemigo en la Capital, debían lograr acuerdos de convivencia entre ambos grupos, pero nadie supo más de él... hasta casualmente este año, 1938, cuando otro detenido, hombre de Chicho Grande, contó que el Chico fue estrangulado con un alambre durante aquella visita. Envuelto en una lona, sacaron luego el cadáver en un automóvil para enterrarlo en una quinta por la zona de Castelar.

Lo leí en Caras y Caretas.

Un frío helado recorrió mi columna vertebral cuando percibí que “mi” Pietro, ese albañil afable, tuvo tratos con aquella gente. Más que tratos: fue uno de ellos. Comprender cabalmente esa situación me estremecía, pero no soy de las que se asusta fácilmente. El domingo siguiente, mientras cosía una falda larga que pensaba estrenar en los próximos días de primavera, descubrí que me atormentaba más la ansiedad que el temor. ¿A quién no le carcome la curiosidad cuando sabe que puede escuchar de boca de un protagonista una historia truculenta?

Continué revisando periódicos antiguos hasta el día de la visita, mi padre no comprendía mi nueva afición por los diarios viejos que tantas veces había deseado quemar.

-¿Viste que para algo servirían? –ironizó al verme metida entre sus pilas.

A veces comprendemos tarde las cosas. El entendimiento nos cae como un inesperado baldazo de agua fría. Olvidé conseguir flores para Ovidio, estuve a punto de cancelar mi visita, nunca me había ocurrido: no falté ningún miércoles, ni deje de llevarle flores, por humildes que fueran. Darme cuenta de que ese día visitaba el cementerio más interesada en el italiano que en mis deberes para con mi prometido, significó una profunda desazón.

¿Estaba enamorándome de Pietro? ¿Olvidaba a Ovidio poco a poco?

Me sobrepuse, por supuesto, una mujer siempre se sobrepone.

Ni bien llegó Aizpuru nos pusimos en camino. Al llegar, Pietro ya rondaba el descanso de Ovidio, pedí disculpas a mi difunto amado por el descuido en la ausencia de flores frescas.

Me sentía tan culpable… como si estuviera cometiendo un acto de infidelidad absurdo.

Luego abordé sin dubitaciones al siciliano:

-¿Es verdad que los familiares de los secuestrados recibían un papel donde se les exigía rescate firmado por una mano negra?

Miró la enorme cruz, casi totalmente construida, luego bajó su vista hacía el lugar en que algunos de sus colegas se dedicaban afanosamente a construir dos conos invertidos, también gigantes, con los vértices apuntando hacia el cielo, que acompañarían la escultura del Cristo, así como los ladrones lo escoltaron en el momento de su crucifixión, era evidente que Pietro prefería cambiar de tema:

-¿Vio que ya trajeron el Cristo? –pretendió distraerme.

Se refería a la escultura gigantesca que emplazarán sobre la cruz. Acababa de llegar pocos días antes en uno de los trenes del Ferrocarril del Sud. La imaginación afiebrada de los locales dio origen a una versión que don Aizpuru, apenas ver los grandes trozos en que se dividió la obra para facilitar su traslado, no se contuvo en referirme:

-¿Se enteró de lo que hizo don Benito? –se refiere a Benito Martínez, el caudillo de los conservadores locales.

-No, ¿cuál fue la última ocurrencia del Senador?

-Cuentan que al enterarse de que el Cristo iba hacia Bahía Blanca en tren se presentó en la Estación y, a punta de pistola, ordenó: “este cementerio se queda en Laprida”.

Lancé una carcajada, para dejar en claro que la anécdota era una ocurrencia sin sentido. Sólo una mente simple como la de Aizpuru podría creer que, luego de seis meses construyendo una enorme cruz de piedra líquida, la escultura de Chierico no estaría destinada a nuestro cementerio, pero no tuve deseos de iniciar un intercambio con mi chofer así que, como casi siempre, opté por seguirle la corriente:

-Don Benito acaba de anotarse un poroto para las próximas elecciones –ironicé, todo el mundo sabía que los conservadores no necesitaban de los votos para ganar los comicios, con cambiar las urnas, les era suficiente.

Aizpuru, como yo y el resto de mi familia, simpatizábamos con el yrigoyenismo, pero era estricto en evitar la charla política dentro de su vehículo: asintió en silencio y abandonó el tema.

Acababa de preguntarle a Pietro sobre la mano negra con la que los diarios dicen que la mafia rosarina firmaba sus notas de secuestro, no iba a permitir que ese siciliano se escapara por la tangente, así que insistí:

-Cuénteme de la mano negra…

Esta vez no se resistió: “Don Juan empezó con los secuestros de gente de la colectividad, luego les enviaba una nota con el pedido de rescate y la firma era, como Usted dice, una mano negra”.

-¿Y luego?

-Luego lo que ya conoce… –me miró como implorando piedad- las familias pagaban y les devolvíamos sano y salvo a su ser querido.

-Pero el pago podía no llegar…

-Siempre llegaba, todos sabían que Don Juan –se refiere a Chicho Grande- no era hombre de bromas. Las cosas se perturbaron cuando llegó Chicho Chico.

-¿Por qué? –quise saber, aunque ya conocía la historia a través de mis lecturas.

-Chicho Chico fue poco discreto, sus trabajos eran demasiado llamativos, tan visibles como esa mole –señaló la cruz-. Eso fue lo que molestó a don Juan, la publicidad no es buena en este rubro, solía decir. Tenía razón. El Chico empezó a secuestrar gente de la alta sociedad de Buenos Aires, eso no estuvo bien.

De pronto, Pietro se encierra en sus pensamientos, olvida que está frente a mí, sentado sobre el mármol blanco de una lápida. En estas horas de la siesta primaveral el color de las flores contrasta más que nunca frente al gris de las tumbas, pero él no lo advierte, piensa en Rosario.

-La policía –continúa, trato de no interrumpirlo con nuevos interrogantes, aunque me surgen a borbotones- era parte del arreglo, por supuesto, pero cuando secuestran a un artista famoso o a un señor bien de la Capital, ya no puede hacerse la distraída. Por eso don Juan terminó con Chicho Chico…

Me aprovecho de su imprevista disposición a la confidencia para ir a fondo con mis dudas. Le lanzo la pregunta más íntima, que lleva meses rondando en mi cabeza:

-¿Has matado? –lo tuteé por primera vez, pero él ni siquiera lo percibió.

-No es algo de lo que me enorgullezca… pero existen ocasiones en las que un hombre no tiene otras opciones.

Podría haber puesto en duda eso de la falta de “opciones” pero no era el momento adecuado.

Me estremeció escuchar que un hombre admita que arrancó por la fuerza la vida de otros semejantes. No obstante, no fue esa la revelación que más me sacudió. Las nuevas confesiones vinieron luego, en miércoles subsiguientes. Aquella tarde no agregó nada más. Lo invadió una mudez tan cerrada como la de las tumbas que nos rodeaban, Pietro calló y yo opté por no tratar de sonsacar nuevos detalles. Se lo notaba perturbado por vaya una a saber qué recuerdos terribles.

El Cristo de Chierico se elevaba, por partes, en un juego de poleas y roldanas hacia su ubicación definitiva. Los obreros, en lo alto, recibían los grandes trozos y los fijaban sobre la cruz de piedra líquida que comenzaba a vestirse con ese cuerpo sufriente. Aquellos hombres trabajaban sobre andamios de maderas demasiado débiles a la vista. Evitaba observar esos ascensos, especialmente cuando descubría a Pietro, yendo de madera en madera, a más de veinte metros de altura.

-La piedra líquida esconde sus secretos –dijo un miércoles de 1938, cuando los últimos fríos calaban los huesos, y era evidente que restaba poco tiempo para que finalice la obra, los albañiles ya avanzaban en los detalles: el friso exterior de piedras, las escaleritas de acceso, los mosaicos esmeralda del hall.

Quizás una nostalgia anticipada me iba ganando. Pronto se inauguraría la gran cruz. Mientras caminaba por el pasillo de pedregullo, que al paso de mis pies sonaba como un murmullo que no puedo dejar de vincular con la muerte, sentía que –con el nuevo y majestuoso portal- mis visitas perderían algo de sentido: ¿seguía visitando el cementerio por Ovidio o los motivos tenían que ver con mi súbito enamoramiento de ese italiano flaco y parco?

Los albañiles, dentro de pocos días, cargarían el sobrante de materiales, la madera de los andamios y encofrados, las herramientas y se marcharían.

Adiós a las charlas con el siciliano sentado en las lápidas frías de las tumbas.

Adiós a Pietro y nuestro amor platónico.

Él sentiría lo mismo, supongo. Lo notaba en su mirada, en algún gesto inesperado, en el tono dulce de su hablar cocoliche. Tal vez por eso estaba tan dado a las confesiones: que yo lo supiera, me explicó durante el que aún no sabíamos sería nuestro último encuentro, era una forma de que él continuara cerca de mí.

Pensé que no le faltaba razón, un secreto compartido enlaza vidas más allá de las distancias.

-¿Qué es lo que debo saber? –insistí, para animarlo a esa confesión última, a quitar de su boca ese secreto que, según él, enlazaría nuestras vidas.

-En la piedra líquida… -balbuceó- se esconden dos cuerpos.

No logré entender a qué se refería.

¿Cuerpos en la piedra líquida?

-¿De qué estás hablando, Pietro? –volví a tutearlo.

Inspiró una bocanada del aire helado de julio, trató de tranquilizarse, y prosiguió esta vez con mayores precisiones:

-Dos muertos. Unos paisanos míos, compañeros en los tiempos de Don Juan, trajeron dos cuerpos de secuestrados que no pagaron y los escondieron dentro de los encofrados.

-Pero Pietro –pensé que deliraba-, Chicho Grande fue deportado hace unos meses, su gente ya no comete ese tipo de tropelías, la banda fue desarmada, muchos están presos, por algo estás vos acá, escondido, huyendo.

-Sí lo sé, señorita Petrona, no piense que desvarío.

-¿Entonces?

-Algunos siguen trabajando –aclaró- huyeron a Córdoba, otros a Mendoza, hacen pequeños trabajos, así fue que ocurrió. Tuve que prestarles este último servicio.

Me senté sobre la loza de una tumba, miré a Pietro, la cruz de treinta metros se erguía a sus espaldas. Traté de imaginar los cuerpos lanzados al interior del encofrado de madera y luego la piedra líquida aprisionándolos para toda la eternidad, ocultos para siempre.

Aquella tarde tuvo sabor a despedida, si bien aún no lo sabíamos. Tal vez lo presentíamos: Pietro me miró como ni siquiera Ovidio lo hizo, sentí esa mirada, cargada de deseos que nunca serían satisfechos. Partí, como todos los miércoles, en el “De Dión” de Aizpuru, desandando el camino hacia mi hogar, al miércoles siguiente los constructores se habían marchado. Ni pistas de Pietro, ni del resto, el terreno estaba listo para inaugurar la cruz monumental.

Suelo extrañar a Pietro, con sus ropajes rústicos, manchados, y su cocoliche simpático. Cuando eso ocurre, se ensombrece mi alma, me atraviesa una tristeza profunda, por lo que pudo ser y no permitimos que fuera.

Lo que más me daña es ver la cruz, claro, es lógico, ella me remite directamente, como el relámpago que nos ilumina durante la noche de tormenta, a su figura, a nuestras charlas, a nuestro secreto…

Evito esas tristezas, tal vez por eso ya no visito la tumba de mi amado Ovidio.

 

Autor: Pablo Torres

 

Es autor de dos libros sobre clientelismo político: "Votos, chapas y fideos", Editorial de la Campana, 2002 y "De políticos, punteros y clientes", Espacio Editorial, 2007. Acaba de publicar el primer libro dedicado a un bisnieto (hijo de un nieto apropiado por la dictadura) que lleva por título "El mar vacío. Crónica apócrifa de un bisnieto", Ediciones Alpargatas Sí, 2018, y también publica en su blog Hel-echo Maldito (www.bloghelechomaldito.blogspot.com).

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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