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Otra vez caigo en la mala costumbre de callarme a mí mismo


Soy un pibe que siempre dice lo que piensa, pero con él es diferente. Siento miedo, no hay lugar a discusiones, pero lo peor es que tampoco hay lugar a una conversación seria. Este miedo en mi interior no me lo puedo sacar, después de 17 años de que él sea esa figura, la que grita, la que puede llegar a pegar, la que no reconoce logros en lo más mínimo. Y frustra que sea así, uno tratando siempre de mejorarse a uno mismo, y nunca le dicen un comentario de lo bien que lo está haciendo. Él está como un buitre, esperando atentamente a que dé un paso en falso, a que cometa un error, para remarcarlo, criticarlo y echármelo en cara. Tampoco voy a hacer el papel de niño que quiere que su papá lo mime, pero después de tanto tiempo de llevar esta carga de negativismo en la familia, ya cansa. Que hiciste mal esto, que hiciste mal lo otro, que podrías haber hecho otra cosa, que no me gusta lo que haces, y otros comentarios que me llenan, me llenan de frustración. No pienso cambiar las cosas que me gustan, mis ideologías, ni mi manera de ser por estos comentarios, pero cuesta mucho llevar esta carga, cada día. Yo vengo contento a casa, vengo de hacer algo bueno, corriendo para contárselo a ver si me puede reconocer en algo, y el primer comentario al llegar es “Podrías haber llegado antes”.

Este miedo tal vez sea frustración, frustración por sentir que todo lo que hago, para él es nada.

No hay nada peor que educar con el miedo. De su lado es la mejor opción para que no le pongan en duda todas sus bases y protegerse del asustante cambio, pero desde mi lado, se siente muy mal, me siento encerrado, aunque me digan que soy libre. Porque se presenta el doble discurso de que mi mama me diga que en lo que haga me van a apoyar, y después aparece el negándolo o simplemente, ninguneando mis actos. Me siento Sísifo, castigado, tratando de levantar una piedra con esperanzas de llegar a la cima y que me reconozcan por eso, aun sabiendo que en el fondo estoy destinado a que la piedra ruede hacia abajo con mis esperanzas, y a empujar otra vez. Estoy cansado, cansado de empujar, de querer impresionar a un público ciego y sordo, que solo sabe criticar cosas que ni se interesa en conocer. Tal vez algún día deje de callarme a mí mismo, o simplemente aprenda a dejar de empujar en vano, pero por ahora solo me queda esto, quedarme callado en mi habitación, dejando que otro día pase.

 

Autor: Lucas Benítez Rodríguez

Me llamo Lucas Benítez Rodríguez y tengo 17 años. Nací en Denia, Alicante, España, y vivo en Olavarría, Buenos aires, Argentina desde el 2011. Me gusta mucho la filosofía y la poesía, tanto leerla como escribirla. También toco guitarra y canto en mis tiempos libres. Soy ayudante voluntario en la biblioteca del otro lado del árbol, inspirada en Pilar, en Olavarría.

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