Ying-Yang Institucional

Tras surfear el oleaje de tránsito del mediodía cordobés, Marita bajó del apretujado transporte público que diariamente la llevaba hacia su trabajo. Sus piernas palpitaban cómo las de una laucha escapando de algún depredador, aunque no huía de un hambriento felino sino de una depredación organizacional del tiempo que sancionaba hasta la más minúscula impuntualidad. Pues la Fundación en donde se desempeñaba como auxiliar de personas adultas con discapacidad intelectual no le perdonaba ni unos minutos de retraso, lo cual, en una época en donde mes a mes intentaba resolver un cada vez más arduo crucigrama económico, perder su presentismo le significaba una tragedia. Ágilmente esquivó a quienes bajaban de sus transportes especiales; luego de aguardar su turno en la cola conformada por el gentío laburante colocó su pulgar sobre el sudado censor dactilar del reloj de asistencia laboral de la Fundación, cuyo software de control de horario la identificó haciéndoselo saber bajo un maquinal acento gallego: “Acceso correcto”. Después se acercó a saludar a Rodríguez, quién yacía desplegando su tarea de guardia orientando sus ojos sobre el portón de ingreso y el monitor de las cámaras de vigilancia situado en su cabina.

 

Seguidamente, caminó por un pasillo, cruzó una rampa y giró a la derecha para abrir la añosa puerta por la que diariamente ingresaba al sector en donde se ubicaba la sala en la que acompañaba a un grupo de concurrentes con discapacidad intelectual. Al llegar a ella se encontró con Carla y Javi, quienes miraban el Chavo del 8 en una vieja computadora; las carcajadas que les provocaba Don Ramón caminando sonámbulo y extraviando los platos de Doña Florinda se entremezclaban con el chamuyo que Ramiro le hacía a Laura, ya que se jactaba de que había viajado solo a Carlos Paz, algo dudoso para Marita, dado que sabía que su madre no le permitía salir ni a la esquina.

 

Pasados unos pocos minutos la puerta de la sala fue bruscamente abierta, aunque no por los espíritus chocarreros sugeridos por la Bruja del 71 al explicar la misteriosa desaparición de platos, sino por Tito, que inquieto y ajeno al humor de Roberto Gómez Bolaños expresó: “Marita necesito hablar en privado con vos”, Marita le contestó: “Sí, no hay problema, pero antes de las 3 porque tengo reunión”. Así, se reunieron en el patio de la Fundación, puntualmente, debajo de unos árboles que los resguardaban del sol y de las orejas de otras personas. Allí, Tito le contó que ese día había ingresado a la Fundación una hora antes de lo que su condición de concurrente del turno tarde tenía estipulada.

 

Marita: ¿Qué pasó?

Tito: Estábamos en la cocina meta manguera y papo hasta que llegó Regina y nos retó. Qué cobani, estaba enojadaza.

Marita: ¡Uh! Justo la Vicedirectora. Ahora, ustedes no tuvieron mejor lugar que la cocina, anda gente por ahí. (Sermonió).

Tito: Teníamos ganas, cerramos la puerta y me prendí, que boludo. Pasa que no se puede en ningún lado, ni en la casa, ni en la calle, ni en un hotel, por lo que sólo queda acá en la Fundación. Es siempre lo mismo, no tenemos ni lugar ni plata, encima a Gisela no la dejan salir a ningún lado. Tampoco puedo ir a su casa porque no me quieren ver ni en figuritas, menos la tía, me odia. ¡Ah! ¡Ya sé cómo voy hacer! me voy a poner un disfraz. Con lentes, sombrero, capucha y saco me van a dejar entrar a su casa.

Marita: ¿Che, no se van a dar cuenta, pensá bien?                     

Tito: No, por el disfraz. Eso tendría que haber hecho y no esta cagada; estoy muy preocupado, encima me filmaron clavando la tarántula. Hoy seguro me dan la nota y me echan de la Fundación.

Marita: ¿Cómo te filmaron?

Tito: Sí, hay cámaras. Te filman y te hacen un video o una foto y después lo imprimen en la computadora. Mi vieja me va a matar cuando vea eso.

Marita: ¡No hay cámaras en la cocina! Tratá de no preocuparte, en la reunión de hoy voy a tratar de suavizar el lío.

 

            Tras una hora y pico de conversación la alarma del celular de Marita le advirtió que eran las 3 de la tarde, por lo que se puso de pie para marchar hacia el consultorio en donde se hacía la reunión. Allí se encontró con Julia y Claudia, ambas trabajadoras sociales; Esther, la profesora de educación especial; Norma, la psicóloga; y Regina, la Vicedirectora del establecimiento.

 

Julia inició la reunión tomando el cuaderno de registro mientras Esther explicaba que pese a su bajo rendimiento cognitivo Lucas se había enganchado en algunas actividades. Por otra parte, Marita yacía sentada con las piernas cruzadas pensando en que nadie se animaba a hablar de lo sucedido entre Tito y Gisela. Pero Regina no tardó en tomar la palabra refiriéndose a que lo que vio en aquella cocina fue inmundo, resaltando que estaba todo el piso volcado. Indicando que un hecho así no podía pasar inadvertido, por esa razón, ella había tomado el cuaderno de comunicaciones de Gisela para abrocharle una nota que citaba a su familia, señalando que con Tito se debían tomar medidas más firmes.  

 

A Marita le parecía cruel la reacción de Regina; sentía que su modo de relatar lo sucedido animalizaba a Tito describiéndolo como una especie de equino semental que inundó la cocina con espermas. Así, consideró que debía expresar lo que Tito le había explicado sobre la razón que tuvieron para tener sexo allí: “Pasa que no se puede tener sexo en ningún lado, ni en la casa, ni en la calle, ni en un hotel, por lo que sólo queda acá en la Fundación”, lo cual no fue bien recibido por Regina quién le retrucó: “¡Acá claramente no se puede coger!”. Dicha declaración provocó que la reunión cayera en un silencio sepulcral, hasta Claudia que era hábil moderando tensiones quedó muda. En efecto, Marita sólo se relajó cuando la reunión culminó al cabo de una hora.

 

Tras pasar una noche en la que no podía parar de pensar en lo ocurrido, Marita se acercó a conversar con Ana, cuya función profesional en la Fundación implicaba acompañar a Gisela durante el turno mañana. Sin muchas vueltas, ella le confesó su disconformidad con Regina, dado que jamás le consultó sobre la nota que envió. No obstante, bajo una aliviadora sonrisa le explicó que ésta jamás llegó a su destino porque Gisela la despedazó mientras viajaba a su casa en el trasporte especial. Al instante, susurrándole le reveló: “Lo que pasa es que a ella no la quieren en la Fundación y esta situación es la oportunidad perfecta para una derivación”. Pasmada, Marita suspiró: “¿Por qué?”, Ana respondió: “Aunque pretenden que nosotras paremos las situaciones sexuales, está claro que acá no trabajan la sexualidad, menos con la familia, ni anticonceptivos toma Gisela”.

 

Ya estando Marita en la sala, Tito no tardó en preguntarle sobre lo sucedido en la reunión, ella se hizo la distraída para no preocuparlo de más. No obstante, Tito seguía temeroso, por esa razón sus colegas con discapacidad lo apoyaban diciéndole que todo saldría bien. En tanto que, entre mate y mate, Laura compartió algunos sucesos amargos, en concreto, que sus padres no querían que tenga novio y que pese a tener 38 años jamás había hecho el amor. De allí que con absoluta seriedad indagó: “¿Vos Marita sos de confiar? porque una vez una profe que creía de confianza me mandó al frente con mi familia”, “¡Culiada!”, manifestó Ramiro. Marita hizo un silencio, cerró su puño y enderezó su dedo índice sobre sus labios, enunciando: “Yo no mando al frente a nadie”.

 

A tan solo dos días de la reunión siguiente Marita se dio cuenta que lo que Laura le preguntó le había quedado picando. Es decir, si bien le expresó que no mandaba al frente a nadie no podía asegurarse a sí misma que eso era totalmente cierto debido a que en las reuniones se hablaba y se hacía hablar al personal de la Fundación sobre la intimidad de los concurrentes que allí asistían. Por ese motivo se sentía traicionando, jugándola en una zona de doble filo en el que por algún lado iba a cortar. En otras palabras, por un lado, aquel ambiente que apoyaba a Tito la había transformado en alguien no ajena a lo que significaba andar teniendo sexo en la clandestinidad, mientras que por otro, entendía la posición de Regina en torno a que en la Fundación no se debía tener sexo. Por esta razón, se le ocurrió que podía armonizar el Yin-Yang Institucional (si bien nada sabía de filosofía china, éste era el apelativo que usaba para describir aquella dualidad implícita en la Fundación) compartiendo en la reunión una fotocopia a la que había accedido antaño, cuyo rasgo distintivo radicaba en hablar sobre los derechos sexuales y reproductivos en la discapacidad, entre otras cosas.

 

Pero en vez de iluminar arrojó oscuridad, ya que al explicar durante la reunión de qué se trataba aquella fotocopia Regina desfiguró su rostro. Embarrándola aun más al decir que su contenido le resultaba interesante porque se alejaba del sentido común, pues enfurecida Regina le exclamó: “¿Te parece que acá hay sentido común?”, Marita, sin una ráfaga de lucidez le contestó que sí. No había vuelta atrás, ya no podía salvarse debido a que había cuestionado el modo de pensar de Regina o lo que la Fundación pretendía hacer valer.

 

La tripas de Marita se retorcían escoltadas por el cada vez más apresurado latido de su corazón; éstas no dejaban de chillar ni siquiera cuando Claudia y Julia cortaron su mutismo para expresar que había que rever el porqué no se acostumbraba a trabajar la sexualidad. Lo cual enfadó más a Regina: “Claramente está lleno de tesis que hablan de sexualidad y discapacidad, ¿pero qué hacés con eso? abrís el tema y después como paramos lo que se nos viene, no le corresponde a la Fundación hacerse cargo de todo”. Entretanto, el nivel de tensión que Marita estaba sintiendo era tal que sus oídos comenzaron a perder el sentido de lo que se conversaba. Sólo podía seguirle el hilo a los gestos de Regina, especialmente, a su modo de enrollar los labios haciéndolos cada vez más finos para sucesivamente dejar ver sus blancos dientes.

 

Concluida la reunión, Marita notó que Regina y ella intentaban no cruzarse por los pasillos de la Fundación, quizás para no tener que ni siquiera mirarse. En tanto, Tito le recordaba a un hereje que por poco se ponía de rodillas pidiendo clemencia ante un santo juez que lo podría sentenciar al castigo del fuego en la hoguera, evidenciando aquel popular refrán que dice que no todos pueden hacer el cielo que quieren aquí en la tierra. Y si bien Marita, Laura y algunas otras personas comprendían el por qué Tito tuvo sexo en la cocina, su destino de derivación/expulsión no estaba en sus manos. Al final de aquella jornada laboral Marita formó la cola y aguardó su turno para apoyar su pulgar sobre el transpirado censor dactilar del reloj de la Fundación, cuyo software de control de asistencia y salida la identificó expresándole el mismo “Acceso correcto” de siempre. Seguidamente, salió a toda prisa para que el transporte público no se le pasara.

 

Ya en su pequeño departamento, Marita no podía parar de pensar en la reunión, se sentía mal porque en vez de haber armonizado el Ying-Yang Institucional sólo había conseguido desafinarlo. Aquella noche se acostó en su cama envuelta de sensaciones. A muchas les podía hallar sentido, a otras no; sus sentimientos eran tan fuertes que parecían existir independientemente de su presencia. Antes de ingresar a su refugio onírico apagó la luz de su velador tapándose toda, incluso, cubrió su cabeza con su bella almohada violeta; al cabo de unos segundos comenzó a suspirar bajo una cadencia lenta pero insistentemente continúa. Sus cada vez más abundantes lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos humedeciendo las sábanas; llorar la aliviaba aunque de ninguna manera la liberaba de aquel Ying-Yang Institucional estampado punzantemente sobre su cuerpo.

 

 

Autor: Matías Bonavitta

 

 

 

 

 

 

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