Suiciudades

 ¿Cómo se recrea la perfecta ciudad de piedra que ha matado al tiempo? 

            En la ciudad, entre tantas cartas marcadas, siempre el cuatro de copas, siempre. La ruta no se deja robar un envido (Rúa sem saida). Junto al mar, las vías de un tren sobre las que una vez reposé la cabeza. Nunca pasó nada, ninguna locomotora me cercenó los vidrios de estrellas. 
            Sigo caminando. Un tatuaje, una marca de agua en la uña en la pupila, ordem e progresso, ¡qué pupila! Áureas bicicletas. Tanto joven caminando, con dos piernas y dos pies y dos manos y dos ojos ¡rojos! ¡Violenta luna roja, ausente de compañías, de vuelos de luciérnaga, de sirenas enfrascadas en conserva! 
            Qué clase de cosecha para esta alma que vagará desde hoy eternamente en la ausencia, en la soledad del fin de un mundo que se cierra para siempre.
            Calles vacías desde nuestro edificio, calles vacías hasta nuestro edificio. Calles vacías. El mediodía se asemeja a la medianoche en ciertos puntos. Somos los únicos que se mueven en estas latitudes, las únicas personas que caminan y viven en esta aberrante ciudad petrificada para siempre.

            Sí, en la ciudad. 
            La ciudad perceptible está configurada por aparatos. Se percibe, por ejemplo, habitando las vías del tren —de un tren que estuvo siempre—, en vías de hurgar en la búsqueda y nunca renunciar a la búsqueda. A pesar de sentir empatía hasta con la lombriz masacrada por las hormigas de Ireneo. Justamente por ello. 
            Por esto, por la búsqueda, amamos la ciudad, se “dicen”, para darse fuerzas, los buscadores de las llaves del Edén, por esa ciudad que desconocemos. Una ciudad no existe en sí misma. No es más que un fenómeno colectivo, un entramado, una fantasmagoría. Por esto calman el ansia la existencia de héroes —y heroínas—de pasajes y callejones, de miradores encorsetados, sesgados, deshilachados —realidades bukowskianas, dice un borracho—, seres capaces de hurtar una verdad a la vida, violentas cuatro letras, sin ganas de proclamarse nada. Nos enamora su inmensidad, su irreconciliable libertad.
            Hay épocas dentro de la ciudad donde hay elementos que se hacen perceptibles y otros invisibles, de acuerdo al “aparato” históricamente dominante. Hay épocas en que la poesía anda sin brújula y hay que buscarla en páginas policiales. La visión de una ciudad está limitada por los aparatos por los que se la percibe. Su arquitectura, su organigrama urbano, qué lugares se resaltan, cuáles se esconden. 
            Hoy las ciudades se perciben desde pequeños artilugios de bolsillo. El panorama, como han dicho, es el de una mónada leibniziana. Pero lo de mónadas sin ventanas es un término a medias, porque siempre algo está penetrando, aunque no se deje trasvasar en reciprocidad siempre algo está recibiendo el hombre, la máquina deseante. 
            Se puede mirar hacia dentro, pero no hacia afuera. El interés por el panorama es ver la verdadera ciudad. La ciudad en la casa. La experiencia que un hombre puede tener del mundo se limita a la esfera privada, disociada de la esfera colectiva. La experiencia del individuo no se puede integrar a la experiencia colectiva. 
            La dimensión social —urbana— ya no es constitutiva de una singularidad. El pueblo pasa a ser la gente, y la gente, el individuo multiplicado hasta el hartazgo. La psique individual sufre los acontecimientos, más que experimentarlos. Los encuentra enlatados, digeridos, metabolizados. El hombre camina sobre huellas prefabricadas, entre las paredes de los medios de comunicación y el contacto con una muchedumbre muerta.
La filosofía de la ciudad ausente, paranoica, detenida en el tiempo, reloj de arena sin arena, sin reloj. En la ciudad, en esta ciudad. Medianoche en el jardín de la nada, caminando, pateando la vida en un estacionamiento vacío, con paredes pintarrajeadas de aerosol, contando historias suburbanas. 
            El poeta es también un hombre de muchedumbres. La muchedumbre zombi del fin del mundo, que no se constituye en grupo salvo por pequeños choques de realidades, incidentes que a esta altura de la historia sólo parecen suceder en los laboratorios, en los claustros, en escenarios post-apocalípticos, en una ciudad donde pasa el tiempo, pero todo está como estuvo siempre, anclado, retratado por algún cavernario hombre. 
Hay un velo que a la vez esconde la realidad de la ciudad, su brutalidad, engullendo lo excéntrico, pero al mismo tiempo actúa exponiendo tal o cual singularidad, haciéndola comparecer como un fantasma desnudo. El mundo de los pasajes reniega del esquema geométrico por el que se explica el urbanismo, transformando las realidades en relatos, los relatos en fantasmagorías. La masa concentrada en los pasajes genera el fetiche, dijo uno de los hermanos Marx, creo que Karl. El fetiche de la mercancía redunda en la prostitución. 
            La ciudad no puede ser conocida, puesto que, sobre ella, en ella, deambulamos dormidos, en una ensoñación colectiva, una narración susurrada suavemente al oído que nos dice, hoy, que esto —y no esto— es la ciudad. Pero el poeta es también un conspirador, reconoce y no es reconocido, con su mirada fija en un objeto vagabundo, que fluye en el devenir.

Palas atenea, 
war goddess, 
art goddess, 
wisdom goddess! 
Come and save me!

            El cuerpo es un palacio industrial; la mente, una fábrica. Oh, diosa, sálvame de esta locura, de este laberinto donde todo es un eterno desentierro, arqueología barata. Sálvame de Dédalo, traicionero asesino de pájaros, esclavo de vicios, perversiones y putrefactos celos, sálvame. De este ser que tan merecidamente fue atrapado y condenado por los Jueces del Infierno, por favor querida diosa, sálvame. Guíame, muéstrame dónde, dónde hallar mi Ariadne por favor, sácame. Soy un pobre minotauro, una simple bestia. Mátame. Hazme nacer. 
            Espero, mientras tanto, aunque sé que de alguna forma tu respuesta no va a llegar por los canales acostumbrados y es algo que habrá que buscar de refilón, quizás entrelíneas. Por lo pronto, tal vez sea mejor salir de esta playa de cemento. Un paso a la vez, algo se aclara con el simple transcurrir, y aunque fuere una falsa pista es todo lo que hay. Caminar, vivir.

 

Autor: Ricardo Finochietto

 

La obra es inédita, fragmento de una novela también inédita, titulada "El paraíso de las delicias" (haciendo un juego de palabras entre el Bosco y Baudelaire).

 

 

http://elparaisodelasdelicias.blogspot.com/ (mi página personal)

https://www.facebook.com/ricardo.finochietto.39

 

 

Imagen tomada de

https://album.es/fotos/imagenes/noche-en-las-calles-de-erice/gmx-niv14-con10267.htm

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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