La nenúfar del bosque de la nada

 Que anduvo solo durante tanto tiempo que las voces empezaron a llegarle como sordas bocinas que no dicen: la mayor parte de esos años en los montes, comiendo de la caza ocasional, de los frutos o las raíces de las plantas; que no conoció dinero desde el mismo momento en que se fue, porque lo que tenía lo dejó todo en la casa, al hijo y a la mujer; que a veces, arrimándose a un poblado, quién sabe por qué extravío o necesidad, cobraba asco o espanto y se volvía, a guardarse a su nido en la espesura; que hacía lecho en el suelo o en los árboles, dependiendo del sitio y los animales y también de la vegetación y de las lluvias; que a nadie le dijo nada, pero un indio de ésos que dicen ver contó una vez que el hombre había partido, dijo el indio, en busca de la nenúfar del bosque de la nada, yo sé lo que me digo, murmuró; el nenúfar, le corrigieron enseguida, y qué era eso del bosque de la nada; y el indio que les negaba con la cabeza, porque era la nenúfar, y sonreía; y reía después, como de un chiste, y seguía negando con la cabeza, y nada hablaba sobre el bosque de la nada; que como nada más largaba el indio lo hicieron emborrachar a muerte y así y todo reía sin cesar, diciendo cada tanto la nenúfar; que él, empezó a contar, había tenido un hijo: un hijo como el otro hombre, con un hijo y una mujer; y con su rancho y sus cabras y su huerta, que nada podía desear; pero en sueños se le apareció un indio muy viejo, orejudo y petiso y como ciego, que lo había tomado de la mano y lo había hecho andar leguas y leguas; y habían llegado al fin a un bosque claro, y en un sitio secreto de manantiales, cuidado por espesuras imposibles, a un lecho verde donde dormía la nenúfar; y su hijo quedó mirándola, en silencio, como hechizado; y el viejo de un tirón lo arrancó de su sueño y lo fue llevando, hablándole sin parar, para marearlo, al rancho y a la cama, con su mujer; que a la noche siguiente su hijo ya no estaba, y que nunca más lo volvieron a ver; pero él sabía que su hijo había partido en busca de la nenúfar en el bosque de la nada, que así los había nombrado en sueños el orejudo; y esto dijo aquel indio tan borracho que todos creyeron en sus palabras, y supieron también que el otro hombre, el de ellos, el hombre blanco, andaba en busca del bosque y de la nenúfar; y pasó mucho, mucho tiempo, y no se sabía de él; pero cuando ocurrió lo de los montañistas alguien pensó enseguida en aquel hombre, porque tras mucho, mucho caminar habían llegado a un rincón secreto en un bosque muy escondido; para transcurrir la noche se ingeniaron un buen lecho, y él fue a buscar la leña a los alrededores, para el fuego que los cuidara y apartara a los animales; y ella quedó, blanca, como de otro mundo, entregada confiadamente sobre ese verde, bajo un cielo muy alto con rojos como de hoguera; y entonces fue que él llegó, enorme, barbudo, sucio, la vio a través de los matorrales y el deseo; vio con ojos alucinados cómo un indio ya no tan joven pero de cuerpo firme y animal se acercaba a ella como un fantasma, le tapaba la boca con una mano y con otra la levantaba como pluma, ahora ya estaban dentro de la espesura y la chica se había desvanecido; porque entendió que se trataba de una chica cuando enseguida apareció el muchacho y luego sacó el rifle y lo descubrió y llamó a alguien por su radiotransmisor; y ahora lo amenazan para que hable y nadie cree en su historia de aquel indio; casi nadie se acuerda ya del indio viejo, porque hace muchos años que murió, y si alguien se acuerda siempre dicen: pero estaba borracho, y estos indios, ya se sabe cómo inventan con el vino; y él sabe con toda su alma que aquel indio, el hijo del indio viejo, está con la nenúfar que le ganó, por un instante que él no puede comprender, y aguanta, y aguantará; sufrirá cárcel, hambre, penuria, lo que sea, pero un día -habrá tormenta- él va a salir; y andará por los bosques hasta encontrarlo, el lugar donde el cielo estaba rojo, y descubrirá la huella de los dos, el olor, el fantasma de los huidos, y en otro bosque, más oculto todavía, en el claro más secreto del universo, encontrará al indio y a la nenúfar, y el momento del fantasma será de él, degollará al indio con su cuchillo y habrá encontrado lo que buscó toda su vida, el lugar más secreto de la tierra, él, solo, con la nenúfar, solos los dos en el bosque de la nada.

 

Autor: Alejandro González Foerster

 

Ha publicado varias decenas de libros en Argentina y España. También obtuvo varios premios y actuó como jurado en concursos. Trabaja como coordinador de talleres de escritura y corrector de estilo.

 

Imagen tomada de https://artoncuba.com/articulo/10913/

 

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266