Estar del orto

10/12/2018

Él no quería salir. Ahora apenas puede entender lo que pasa, hace un par de horas  en la previa había ganado la competencia de fondo blanco con fernet y había roto un récord personal de chupitos de tequila: siete al seco. Todo ese “rally etílico” lo dejaron en una condición deplorable. La presión de sus amigos quiso que terminaran en uno de los pocos boliches de la ciudad, “LA CUEVA”.

Apenas pudo disimular el pedo cuando el de seguridad le pidió el documento y en su lugar le entregó el celular, casi cae al piso cuando lo tantean para ver si tenía algo escondido en la ropa. Pero logra entrar, las luces, la música y el calor del lugar empeoran los síntomas de borrachera: le tiemblan las piernas  y si antes apenas podía identificar a sus amigos ahora solo ve formas y colores difusos. Alguien le acerca un porro, y una cerveza, automáticamente le da una pitada y un trago largo a la botella. A su alrededor sus amigos (o las formas que identifica como sus amigos) se mueven al compás de una música que no llega a escuchar. Están mejor que él o al menos no tan mal. Sabe que si se mueve se cae, así que se mantiene en su lugar con la típica mueca de borracho que busca ser una  imitación de una sonrisa.  Una de las siluetas se acerca y le dice algo que no entiende pero automáticamente asiente con la cabeza.

El calor es sofocante y la cerveza no parece llevarse bien con el tequila y el fernet en su estómago. Siente cómo los líquidos que deberían quedarse en su barriga comienzan a moverse, inquietarse y subir, conoce demasiado bien esa sensación: las inconfundibles ganas de vomitar. Tiene un arrebato de lucidez y quiere evitar a toda costa hacerlo ahí, frente a sus amigos ya que seguramente grabarán con sus celulares toda la escena y la compartirán en grupos de Wathsap, quizás harán un directo en  Facebook o una historia en Instagram. Lo último que necesita es un video suyo vomitando preservado en los medios digitales. No, no les piensa dar la satisfacción.

Busca el baño con la mirada entre todo el montón de figuras danzantes, encuentra el cartel “CABALLEROS”, se dirige hacia allá y el moverse empeora todo, las piernas les responden apenas y no puede esquivar a ninguna persona de camino al baño, choca con todos que, como en todo momento de urgencia personal, parecen ir en dirección contrario, las mujeres lo insultan y los hombres lo empujan, dificultando aún más su odisea.

Por fin ingresa, no hay gente en los urinales, golpea la puerta del cubículo donde está el inodoro y no hay respuesta: desocupado. Un poco de suerte nunca viene mal. Entra empujando la puerta torpemente, el piso está decorado con pequeños charcos de orina y trozos de papel higiénico usados. Contempla el interior del retrete y  es  aún peor, hay tantas cosas ahí adentro que no se molesta en identificarlas. Tira la cadena para que el agua se lleve todo y como es normal en estos casos, esta averiada. Se resigna y piensa en que él tampoco va a lanzar flores y arcoíris.

 Decide hacerlo de pie, arrodillarse en la orina y pedazos de papel  no es una opción.  Apunta al centro del inodoro, cierra los ojos y por fin vomita, siente como su interior sale disparado hacia afuera quemándole la garganta. Termina, escupe  y abre los ojos. Mitad al inodoro y mitad al suelo, casi una obra de arte. Sale de allí apoyándose en las delgadas paredes que lo rodean, se balancea hacia el lavamanos, abre la canilla y sale un pequeño hilo de agua, lo aprovecha al máximo, humedece sus manos y  se moja la cara. Se mira al pequeño y sucio espejo que tiene enfrente, ve su pálido rostro empapado de agua, sus ojos están rojos y decaídos y su cabello desordenado. El agua y el vómito no mejoro su estado. 

Sale, se tambalea y siente que sus piernas tiemblan de nuevo aunque esta vez la sacudida parece venir de debajo de sus pies. Las voces de las personas ya no siguen el ritmo de la música sino que son gritos desesperados que la opacan. Ve como varias grietas comienzan a dibujarse en el suelo y de cada una brotan grandes  llamaradas de fuego, el olor a azufre invade su nariz, de cada grieta  emergen enormes demonios rojos de ojos amarillos que  con una velocidad inhumana se lanzan sobre todo aquel que este cerca y comienzan a devorarlo, es un festín, una masacre, un sanguinario frenesí  y una muy mala noche para estar del orto.

 

 

Autor: Mauro Lesieur 

 

Me desempeño como Profesor de Lengua y Literatura y tengo 30 años, nací en Buenos Aires pero actualmente resido en Río Gallegos,Santa Cruz soy fanático de Edgar Allan Poe, la literatura fantástica y leo todo lo que cae en mis manos , incluso tickets de supermercado ajenos. 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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