En el otro frente

10/12/2018

TIEMPO: Sábado, 22 hs; finales de noviembre del 2014.

 

LUGAR: Ciudad Evita, un bar en pleno centro.

 

ESCENA: Casi todas las mesas están ocupadas, juegan River y Boca. Hay dos televisores clavadísimos en TYC Sports. Sobre las pantallas, un periodista habla de algo que se pierde entre el murmullo de la gente y el ruido de los vasos. En la tercera mesa que está junto al ventanal, un vejete con pinta de skinhead y un negrito que parecía chorro levantan el tono, ríen pesadamente, mientras beben y se meten puñados de papas en la boca.

 

Daba no sé qué preguntarle,  qué mierda te pasó, sin que la cosa quedara como quien le señala el brazo a un manco.  Además, era obvio: para ser un ex poli y un tipo de seguridad, tenía más pinta de excombatiente que de otra cosa. Recién cuando terminó el partido y pedimos la cuarta cerveza, me animé a preguntarle. Le señalé el antebrazo, el tatuaje ochentoso y casi tumbero, de las Islas con un "volveremos".

 

-¿Estuviste, no?

 

-En la guerra contra los Ingleses, sí. En las islas, no - dijo y bebió rápido, me miró a los ojos - ¿alguna vez escuchaste sobre los ataques al continente? Río Grande, Río Gallegos. Todas las bases patagónicas fueron objetivos militares. La puta madre, loco: no peleamos contra los ingleses, nada más ¿viste? chilenos hijos de puta —Tomó la botella y llenó los vasos. -Claro que hubieron batallas en suelo patrio, loco. Por eso, prefiero llamarla guerra en vez de " conflicto o batalla en el atlántico sur" y como dije antes, no peleamos contra un solo ejército sino contra dos. Hijos de puta. Salú, Negro.

 

Bebimos. De  fondo, se escuchaba el partido que,  desde el televisor, se perdía entre el ruido de los vasos y el murmullo de la gente.

 

-Y de la operación Mikado ¿sabés algo? -El Tano se tapó la boca, eructó por lo bajo -¿Nada?

 

Negué con la cabeza -De todo lo que me hablaste, coincido en lo de los chilenos; y si sé de los conscriptos que reclaman ser reconocidos como veteranos, pero de enfrentamientos acá nunca en la puta vida. La verdad, chabón, hasta me cuesta imaginarlo ¿cómo se oculta algo así?

 

-De la misma manera que ocultaron a treinta mil desaparecidos. 

 

Buen punto -dije.

 

-Mirá, los británicos fueron nuestros contrincantes; pero nuestros enemigos posta, siempre serán los chilenos de mierda. Por eso, las mejores tropas quedaron en la frontera: la retaguardia, amigo ¿vio? Cubrirse el culo también era parte del plan, si los ingleses decidían atacarnos mientras se peleaba en las islas, los chilenitos iban a abrirles la puerta de atrás. Sin ellos, habríamos hundido toda la puta Royal Navy y las Malvinas serían argentinas. Hasta la mismísima vieja hija de puta de la Thatcher lo admitió, hasta el general de los milicos de Pinochet; menos nosotros, loco, todos lo admiten. Eso me enferma, la puta madre, me enferma. Mirá, te digo más: hay dos libros escritos por oficiales ingleses que participaron en dos de las operaciones contra Río Gallegos, y ahí te lo cuentan con lujo de detalle ¿viste?  Lo de los chilenos no fue sólo apoyo estratégico y político, nada más. Te lo aseguro. Deberíamos haberlos matarlos a todos cuando pudimos; los odio, del más grande al más chiquito, te lo juro.

 

Le creía. El chabón era medio gorila, peronista de derecha, odiaba a Cristina y al pro: massista a pleno, de los que  proponen sacar las fuerzas a la calle "y terminar con la joda"... Lo conocí en el hall del sanatorio porque, al igual que yo, él dormía ahí en los sillones. Uno no elige a un compañero de garrón, es algo así como un compañero de juego: al que se le moría la vieja primero, perdía.

 

 -¿Vos me dijiste que eras escritor?

 

-Que lo intentaba, todavía me falta un rato largo para ese título- dije y saqué el atado de puchos de la camisa,- creo que no me crucé con la puta historia, todavía. En fin -Nunca sería la mezcla perfecta entre King y Card, sólo era un montón de cuadernos y hojas mecanografiadas. A  duras penas llegaba a ser un maldito escribidor -¿Salimos a fumar? Muero por un cigarro.

 

—¿Y si nos mudamos a una mesa de ahí afuera?

 

Mi única condición fue pedir otra,  con la ilusión de que llegara fría, no como el meo que tomábamos. El Tano se paró y le hizo señas al mozo.

 

Salimos a las mesas de la calle, bajo el techo. Hacía calor. Cuando apareció el mozo pedimos dos cervezas (una ahora, le aclaramos) y una porción doble de papas. Encendimos un par de puchos y lo vi buscar algo en su celular, me lo pasó justo cuando el mozo volvía con la birra.

 

Eran dos fotos de su facebook. En una estaba solo, de colimba, con un  fondo de montaña nevada. En la  otra estaban todos los de su pelotón, él era el del casco en la mano.

 

-¿Dónde es esto?

 

-En el sur, en algún lugar en la zona de los siete lagos, no recuerdo el lugar exacto, todo es parecido. Dos meses estuve ahí. Después me mandé una cagada y me trasladaron a la base de Río Gallegos. Pero quiero contarte lo que pasó en Neuquén. Bebamos antes.

 

Mientras el Tano llenaba los vasos, otra vez, le dejé el celular a un costado, sobre la mesa, y encendí un pucho. No quería decir nada que lo sacara del relato, tomé mi vaso y brindamos por todos los caídos.

 

-Había un lugar en Lago Espejo, una iglesia salesiana, con un curita que siempre nos esperaba con algo para picar y mates, un capo. Cuando  andábamos de patrulla por esa zona, pasábamos. A veces él venía a nuestro campamento a confesarnos y esas cosas. Bostero, el hijo de puta y medio zurdo, creo, siempre andaba con una guitarra colgando y...

 

-Pará -interrumpí- antes de seguir, ¿cómo terminaste en la cordillera y no en las islas? Esa era la zona de la Patagonia más alejada del quilombo.

 

-El siete de abril, a primera hora, me presenté como voluntario en el regimiento de Tablada, me habían dado la baja en navidad del 81. Nunca imaginé que volvería cuatro meses después y por mi voluntad. La cosa es que, al otro día, nos subieron a un camión y terminamos en la base del Palomar, de ahí volamos a Neuquén, sin tener idea dónde mierda íbamos. Yo iba decidido a matar ingleses, a caer en paracaídas sobre las islas y a dar la vida, carajo...pero no. A patadas en el orto, nos metieron en varios camiones y así, terminé en un regimiento de montaña, que prefiero no nombrar: al final de mi relato, vas a entender el porqué. Así que no preguntes ¿dale?

 

-Dale.

 

-Volvamos a el curita salesiano ¿te acordás?

 

Volví a llenarme el vaso, fumé. Había llegado el momento de cerrar mi bocota y dejarlo hablar, mientras yo construía en mi cabeza la historia que necesitaba.

 

 

2

Cerca de las diez de la noche, los dos soldados que estaban de imaginaria vieron la luz de un farol acercarse por el único sendero hacia el campamento. Se acercaba demasiado rápido para tratarse de un hombre a pie y demasiado lento, para ser una moto. El Tano y el Sargento cruzaron miradas, el único civil que sabía dónde estaban y  podía llegar en una bici era el padre. Y, si se trataba de él, ¿qué mierda hacía a esas horas, en medio del otoño, después de un día que había amenazado partirse sobre sus cabezas?

 

Necesitaba hablar con Jiménez, tenía una información urgente o eso creía.

 

El subteniente estaba junto a la fogata cebándose unos mates cuando los vio llegar. Ni siquiera se levantó, solo alzó la mirada:

 

-Le juro que huelo los problemas, Padre.

 

-Y yo, hijo, por eso vine.

 

Los invitó a sentarse, el Tano volvió a la guardia.

 

-Lo escucho, hable nomás.

 

A eso de las ocho y media, el Padre había escuchado que alguien aplaudía afuera, frente a la ventana de la sacristía. Era uno de los pibes que iba los sábados, uno de sus tres alumnos de guitarra, y estaba con la novia; venían de pasar el rato en un bosquecito que termina en un afluente del Correntoso. Andaban franeleándose entre los arbustos cuándo, del lago, vieron  salir a cinco tipos en trajes de neopreno. Los chicos se quedaron sin respirar, mientras los buzos se movían como pingüinos sobre la playita hacia la maleza. Al minuto, aparecieron cinco más. Y, después, cinco más. Los pibes quedaron como estatuas  un buen rato, hasta que los tipos desaparecieron en el bosque, hacia el lado contrario:

 

-Según ellos, por el lugar donde habían encarado los buzos, se salía a la parte trasera del terreno del Mendocino.

 

-¿Y quién es ese Mendocino?

 

-El más odiado de la zona, le dicen "El Chileno", como insulto, por la tonada  parecida ¿vio?...pero, bueno—El Padre tomó el mate y lo pasó.— Yo lo conozco desde que llegó, lo confesé muchas veces...

 

El subteniente sabía que el curita estaba dándole vueltas al asunto:

 

-¿Y en el chico sí confía? bah, ¿responde por él padre?

 

-Por supuesto, lo conozco desde que nació. Me crié con sus padres, lo bauticé, le di su primera comunión y confirmación; hasta he llegado a pasar alguna que otra navidad en su casa. Y la pibita también, los dos son chicos de primera.

 

-Y por lo que veo, del Mendocino ese no piensa lo mismo.

 

-No dije eso.

 

-Se lo pregunto de otra forma. Si los buzos esos no hubieran encarado hacia lo del mendocino ese, ¿usted estaría acá, ahora?— Chupó hasta que el mate hizo ruido y se lo pasó a Albornoz.— Sabe que creo, Padre, que usté está tratando de no romper un secreto de confesión. Dios lo trajo por algo, ¿no? Hable, tranquilo hombre; lo escucho.

 

Y el curita habló; cuándo llegó al final del relato, el subteniente empezó a mover sus piezas.

 

Ante todo necesitaba ponerse en contacto con sus superiores. Jiménez se paró, le ordenó al sargento preparar el jeep con la bici del cura atrás y se fue directo a la casilla donde tenían todo lo que no se podía mojar, incluso, el equipo de radio. Del comando central le dijeron  No: no había ningún tipo de actividad táctica a cargo de ningún grupo de elite o unidad militar Argentina en la zona.

 

En la puerta del campamento, el jeep esperaba con el motor apagado, con Albornoz al volante y el salesiano y su bicicleta en la bandeja trasera. De pie, a un costado, el Tano chamuyaba con ellos.

 

El subteniente llegó apurado, traía binoculares y linternas. El guardia hizo la venia, Albornoz encendió el motor.

 

-Quedás a cargo, sargento. Voy yo, necesito verlo con mis propios ojos. Y me llevo a éste, —dijo por el Tano mientras rodeaba el vehículo— Padrecito ¿sabe leer un mapa? sólo necesito que me haga un círculo sobre la propiedad del chileno ese ¿puede?

 

-Después de doce años como explorador de Don Bosco, claro que sí.

 

El sargento se bajó del jeep, el Tano se puso al volante. Jiménez se sentó del lado del acompañante y arrancaron por el sendero hasta la ruta de los siete lagos. Durante el viaje, el cura se ofreció acompañarlos hasta el camino exacto que los dejaría cerca de "lo del Mendocino", después se volvería pedaleando al Espejo.

 

Media hora más tarde, se detuvieron a un costado de la ruta, de un lado había un vacío negro desde donde llegaba el ruido de un río que debía de ser el Correntoso. Al otro el lado, el bosque. Era una noche fría y sin estrellas, cuando Jiménez logró ver el sendero que el curita señalaba pensó en cuántos elefantes entraban en un Fíat 600: llegado el caso, descender por ahí con veinticinco pibes iba a ser bastante jodido.

 

-Gracias por todo, Padre —le dio la mano—hizo bien en avisar, no creo que Dios se enoje si ponemos, por una vez, primero a la patria. Después de todo, estamos en guerra, ¿no?

 

Le ordenó al Tano llevar de vuelta al curita a su iglesia y regresar a esperarlo en el mismo lugar donde se despedían hasta que volviese. Iba a tardar, dijo el subteniente Jiménez y se internó por el sendero en la espesura del bosque hasta donde creía encontrar la casa del traidor.

 

 

 

3

Dos horas estuvo frente a la cabaña, pegado a los binoculares. A las doce de la noche, se apagaron todas las luces del lugar al mismo tiempo, la de la casa y la del cobertizo. Fue cómo un apagón en la ciudad, Jiménez había quedado solo en medio de toda la oscuridad, era imposible ver el sendero sin encender su linterna. El silencio era total. No parecía vivir la familia sin hijos que le había descripto el padre. A menos que alguno de ellos hubiera dormido en un cobertizo y  fueran tan coordinados como para apagar las luces al mismo tiempo.

 

Estaba por presionar el botón de la linterna y comenzar la vuelta, cuando la luz que se encendió fue la del cobertizo. Era una luz baja en una de las ventanas. A través de los binoculares, Jiménez vio a dos tipos salir del lugar, encendieron un pucho y se quedaron fumando en la puerta del cobertizo, apenas si lograba distinguir las siluetas. Entonces, apareció otro más, los dos que fumaban se cuadraron y echaron una venia rápida.

 

Al subteniente, el corazón le golpeó el pecho, durante unos segundos sólo escuchó cómo la sangre le subía de a chorros a la cabeza. Argentinos no eran. Tenía que pensar tranquilo, se había preparado para ese momento toda su puta vida. Lo primero era alejarse de ahí, subir por el sendero hasta la ruta y volver al campamento cuánto antes para informar al comando central; tenía que apurarse: de seguro, "los de arriba", enviarían un grupo de asalto. Y el subteniente Jiménez, quería tener a su gente lista para cuando los refuerzos llegasen. Entonces, se echó a andar.

 

Una vez en la ruta, le pasó la radio al soldadito y le explicó como bajar entre la oscuridad del sendero hasta donde estaba la cabaña. Pobre pibe, pensó mientras giraba la llave del motor, era al pedo dejarlo ahí, pero debía hacerlo.

 

Durante esos veinte minutos de ruta, Jiménez pisó el acelerador, trazó en su cabeza como preparar a su pelotón de soldaditos para una operación de apoyo; sabía que iba a tener que ponerse a las órdenes de algún teniente enviado por los oficiales del comando.

 

Pero no.

 

La respuesta del comando central  fue tan corta como simple: si lo que se había infiltrado era un grupo de elite enemigo, sería con un objetivo específico y no para quedarse. Con seguridad, al amanecer seguirían camino. Tenían que actuar rápido y con total discreción. A esa hora,  sólo podía recibir cuatro tiradores que llegarían al campamento en dos horas. El grupo de asalto serían ellos: tres oficiales de bajo rango y veinticinco conscriptos, que apenas si sabían limpiarse el culo o disparar.

 

El subteniente salió de la casilla, se paró frente a todo el pelotón ; lo sabían, pensó, Albornoz los había preparado —Descansen —ordenó, y los veinticinco obedecieron. Jiménez los recorrió con la mirada. Eran un montón de pendejos, entre acomodados y voluntarios, que estaban a punto de enfrentarse a todo un comando de elite Inglés; quince profesionales, o más, que podrían jugar tiro al blanco con sus soldaditos -Sargento ¿cómo estamos?

 

-Listos y preparados, señor.

 

Eso esperaba, porque iban a tener que matar, a dejar de ser el manojo críos idiotas si querían salir bien parados de esa — Sargento ¿hasta dónde saben sus subordinados lo que está pasando?

 

-Hasta las dudas, señor.

 

Pero eso no fue lo que les dijo, no podía, no era ni justo ni conveniente romper la armonía que por primera vez flotaba sobre el campamento: los veinticinco estaban ahí, y esperaban todos la misma orden.

 

-Guerreros -dijo - si las sospechas son ciertas, estamos a punto de entrar en la historia de nuestra amada república, a punto de abrazarnos con nuestros hermanos que están dando la vida por una fracción del continente que se le ha robado a la patria -¡Viva la patria, carajo!

 

-¡ Viva!-  contestaron todos en un solo grito seco.

 

Entonces, les contó el plan, porque tenía uno: el único, si quería proteger la vida de sus veinticinco conscriptos.

 

Para llegar al objetivo, tenían que bajar por un sendero angosto y oscuro; una vez en el lugar, se dividirían en dos grupos; veinte frente a la cabaña, quince al establo. El primero estaría a cargo de la identificación y el posible asalto. El segundo, ante el primer disparo, debería hacer volar el lugar donde se creía debía estar el grueso.

 

A las seis y media de la mañana "o clock", Albornoz debería batir las palmas frente a la vivienda principal. Diez metros atrás, entre la maleza del bosque, Jiménez y quince más estarían listos para el asalto. Y, en tercera línea, atrás del subteniente, las dos Mags y dos de los francotiradores que había enviado del comando. El otro grupo,  bien alerta, ante el primer disparo, debía volar por los aires el cobertizo.

 

Un último "viva la patria" rebotó por toda la cordillera y empezaron a prepararse. Estaban dispuestos a matar o morir. Eran todos unos pendejos boludos, pensó Jiménez, pero con las pelotas bien puestas.

 

Cuando los refuerzos llegaron, se subieron a la F 100, a los dos jeeps y se pusieron en marcha.

 

En el objetivo, todo seguía en paz. El Tano encendió la luz de su reloj pulsera: tres y cuarto, hora de subir, al fin. Había pasado dos horas en completa oscuridad, sin fumar ni volverse loco; encendió la linterna y se echó a andar. Arriba, en la ruta, tenía que comunicarse con el subteniente y esperar, como desde hacía tres horas o más.

 

 

4

Cuatro menos diez de la mañana, los 29 bajaron de uno en uno hasta unos cincuenta metros antes del objetivo y se dividieron en los dos grupos, tal cual lo había ordenado Jiménez. Tenían que mantenerse por más de hora y media con la boca cerrada. A las seis, todos sabían qué pasaría. O `clock, el sargento Albornoz debería pararse a unos metros de la puerta y jugarse las pelotas. Y eso fue lo que pasó:

 

 -Buenas dijo en voz alta, al tiempo que aplaudía. Nada. Batió las palmas unas veces más y esperó. Nadie contestaba.

 

Cuando estaba por descolgarse el megáfono, se abrió una ventana del primer piso y se asomó una mujer con el pelo revuelto; saludó, dijo que el marido "ya bajaba". El sargento Albornoz y los dos comandos retrocedieron, quedaron a unos pasos de la puerta. Treinta metros atrás, entre la maleza del bosque, todos esperaban con el dedo en el gatillo y un ojo en la mira.

 

Ellos sabían que sabíamos. Entonces, el disparo; seguido, el bazookaso, una explosión y todo el cobertizo se vino abajo. Hubo un segundo de silencio, se escuchó un "viva la patria carajooo" y el fuego comenzó de ambos lados. En el momento que Albornoz y los comandos se dieron la vuelta para volver con la tropa, uno de ellos alcanzó a arrojar una granada contra la puerta principal. Y corrieron de vuelta.

 

Bajo el fuego de las Mags contra el frente de la cabaña, el subteniente Jiménez y veinte conscriptos se lanzaban a la toma del lugar. El Tano estaba entre ellos.  Atrás, en retaguardia, Albornoz avanzaba con diez hombres más. Corrieron  en eses y sin mirar. Diez metros antes de la puerta los recibió una lluvia de balazos, se sentía el calor del metal  alrededor. El Tano iba pegado a espaldas de Jiménez, quería estar en primera línea de fuego. Cuando el grupo de asalto entró en la cabaña, el cuerpo a cuerpo no duró mucho. Las balas de las Mags habían atravesado la madera de la cabaña y herido a la mayoría de los ocupantes, los cinco ingleses que seguían vivos, no pudieron resistir el fuego de un montón de pendejos que a los gritos vaciaron los cargadores de sus fusiles ante ellos.

 

Fueron dos minutos eternos, una bola de ruido y de puteadas hasta que, de golpe, todo volvió a quedar en una paz sepulcral.

 

De nuevo, un -viva la patria carajo- volvió a romper el silencio del lugar, flotó unos segundos en el ambiente, y todo se transformó en el final de una copa América...

 

 

-Dos minutos duró el festejo, después la mayoría empezó a abrazarse, a llorar. Algunos vomitaron, todo olía a sangre, a mierda, meo y pólvora. Nos llevó segundos dejar de ser guerreros para volver a ser los pendejos boludos que éramos. Pero ahí no termino todo, al menos, para mí. El subteniente me dejó con dos vagos más sacando los cadáveres de la cabaña mientras, afuera, el resto cavaba una fosa común para todos esos hijos de putas. Salud, loco.-De un trago, se bajó medio vaso.- La cosa es que teníamos que sacar siete fiambres de ahí, seis abajo y uno en el primer piso. Después de arrastrar hacia  afuera, de las patas, a los primeros cuatro; entramos por los tres que quedaban, cómo éramos uno por muerto íbamos a hacer el último viaje. Garrafa cazó al suyo y se lo llevó tirado de una pata; el cordobés culiao subió, y el muy hijo de puta ni se gastó: tiró el cuerpo por la ventana y al carajo. Cuando agarré de las piernas al mío, sentí un reflejo, como un leve pateo: estaba vivo, no sé si había hecho el muerto o qué. La cosa es que abrió los ojos. Nos miramos; me puteó en castellano, amigo.  No sé qué mierda me dijo de las islas, no le entendía una mierda, era el chileno hijo de puta ese, el Mendocino. Cuando me di cuenta, no pensé: di un paso, me descolgué el FAL y le pegué tantos culatazos que, de la cabeza, sólo quedó la mandíbula. Si no me paraba el cordobés, seguía.

 

-Salud -le dije, choqué vasos - y gracias.

 

 -¿Por?

 

Tenía material para una novela corta — ¿cómo por? — porque era el mejor relato que había escuchado en un bar en los últimos diez años

 

-Alta historia, chabón: salud, por todos los caídos.

 

Y los dos bebimos.

 

Eran las dos y media de la mañana, el público del bar había cambiado y nosotros vaciábamos la cuarta botella de Heineken; en las pantallas, alguien estaba por pelear en las Vegas.

 

 El Tano encendió un pucho—¿Te bancás otra birra?

 

Hasta las siete de la mañana , cuando habilitaban la primera visita del día a terapia intensiva, no teníamos nada que hacer más que esperar un milagro o la muerte.

 

-Poneme a prueba.

 

-Voy al biorsi y la traigo de la barra, aguantá.

 

El chabón se levantó, encendí otro pucho y me quedé mirándolo irse hacia el baño. ¿Y si sólo se  divertía conmigo? ¿Por qué mierda tenía que creerle? No me había dicho a qué unidad perteneció, de cuál regimiento dependía. No sabía qué pensar, pero tampoco importaba mucho: yo no soy periodista, y ya tenía lo que necesitaba para una buena ficción.

 

El Tano apareció con una Heineken helada. Y, mientras nos tomábamos la última, me contó el epílogo de su aventura. A la semana de los hechos, habían comenzado a desarmar la unidad, a él lo trasladaron a Río Gallegos hasta el final de la guerra. No volvió a ver a ninguno de ellos jamás, ni los encontró en facebook, nada de nada. Quedamos un segundo en silencio y de la guerra se no se habló más. En la pantalla de TYC empezaba una pelea de dos latinos en las vegas.

 

Llegamos re en pedo a la puerta del sanatorio, no había nadie en la calle, solo los perros que dormían en la puerta; debían ser mas de las tres...Nos detuvimos en la entrada, el Tano tenía un pucho entre los labios, le dio una última pitada y lo arrojó al viento:

 

-Todavía lo veo a ese hijo de puta, lo escucho gritar como un chancho herido hasta que siento en las manos el FAL, los culatazos y el crujido de cráneo: es igual al de una tabla, el ruido. Te juro que del cuello para arriba quedó sólo la quijada, el resto era un charco oscuro, lo más loco es que había un ojo flotando en toda esa pulpa. Un ojo, loquito, entero. Parecía esa mierda verde que se usaba en los ochentas para jugar, el Miki Moko, ¿te acordás? Pero, en vez de verde, negro mierda, porque eso tienen en la cabeza esos hijos de puta. Tiró el pucho, sonrió  ¿sabes una cosa? no me arrepiento, y si vuelvo a verlo en mis sueños mejor, siempre termino matándolo ¿viste? Y me gusta.

 

El Tano entró. Yo necesitaba estar solo, encendí otro pucho y me quedé con los perros que dormían en la puerta.

 

 

Autor: Néstor Grossi

 

 

 

 

Please reload

Todos los textos de está página pertenecen a sus autores, así como la mayoría de las imágenes. 

Si algún visitante siente vulnerados sus derechos de autor puede escribirnos a revistaextranasnoches@gmail.com  

que de inmediato retiraremos el material.

Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

logo1.jpg