Baulera

La trabajadora social pedalea entre un origami de pozos que exudan borbotones de agua y barro por fuera de su circunferencia. La avenida, a pesar de su extrema anchura, sólo se puede transitar por las huellas que más se destacan para evitar el lodo o la sequedad indómita que transforma a las irregularidades en inesperados lomos de burro. Se asemeja a un río ancho con escaso calado (¿será que debe llegar a una isla?). El viento, en contra. El sonido apneico de una moto con los amortiguadores tan comprimidos que parecía conducida por un enano, provoca una mecánica distracción.

 A lo lejos se divisa un cartel agujereado y con un óxido creciente que invita a concluir que el almacén está cerrado. Error: un puñado de pibitos sale conforme luego de terminar con una transacción que le permitió conseguir un naranjú que lo chupan hasta quitar todo el líquido posible de los trozos congelados.

 Dobla. Está a una cuadra del Centro Comunitario Nuevo Socorro. La calle, la acera, los parques junto a los pasillos de las casas tienen en común que no tienen nada en común: un pasto perpetuo separado de otro montículo de pasto perpetuo; fragmentos de bolsas que se inflan en los tejidos; grupo de pibes; grupo de pibes escuchando música fuerte. Las chimeneas escupen un humo negro y copioso. Esto indica que el sol de las dos de la tarde no pega y si no pega, el viento ya es polar aunque no se sepa qué significa “polar” si no se fue al polo. Apoya la bici en una pared. Entra y espera.

  El viene con la impulsividad que le genera el sonido musical que se emite desde el parlante del celular. Su mirada, tan viciosa como impertinente, esquiva los estiletes de luz que se fragmentaban por una cortina indecisa. El olor a humo impregnado en su ropa daba el pie para intentar un intercambio:

 

- ¿Fuiste al cole?

- No.

- ¿Por?

- Porque se me rompieron las zapatillas ayer en un partido.

- ¿No tenés otras?

- No. Para venir acá tuve que esperar que mi hermano vuelva de la escuela y me preste las de él.

 

 Pablito se asoma con el asombro del que no espera nada. Se alegra cuando te ve. Como si la rutina se rompiese en algunos pedazos que significan oportunidades…¿de qué? es lo que lo atrae. Sus moquitos crónicos que se deslizan por la comisura del labio preceden al tono de voz cuando se manifiesta: “Va a venir mañana”, apunta. En eso su hermano (dice que es su hermano) le arranca de la hoja en donde había dibujado un edificio rectangular plagado de ventanitas imperfectamente cuadradas que daba la impresión de un robot gigante. Aquel, ya acostumbrado a ésto, lo insulta para adentro y agarra otra hoja. Volverá a dibujar.

 Tartamudea con timidez acostumbrada cada vez que se dirigía hacia el mundo. Podía aparecer detrás de la pared o del lado ciego del parque; a veces, se anuncia a través de los pelotazos que tiraba sobretodo, después de los partidos del mundial. “¿Cuándo vas a escribir algo?”, se lo apura. “No, no se escri-ir shho”, contesta con el moco verde que sube y baja conforme vaya llegando a la comisura de sus labios.

 Vuelve y le indica a ella en donde vive- Ahí pasa su hermano mayor en bici con la tranquilidad del que va a hacer surf sabiendo que se dará una panzada de churros rellenos cuando salga del mar. Pero no. Le preguntó a Pablito y le aclara que no, que se va a la panadería de centro ¿Qué, labura allí? No (señora), va a pedir la factura del día anterior, le apunta con la naturalidad del que coloca la manguera de la nafta en su tanque mientras revisa con cuál de las tarjetas tendrá más descuento según las promos del día.

 ¿Qué esperás? Le pregunta “la seño” en otro día de frío extremo. Él, sentado y mordiendo un pasto y sin notar que la ropa que su madre había colgado en el alambrado que va de la pared del patio a la rama de un árbol se le había caído el palo que la sostenía provocando que las mangas rozaran el suelo, le recuerda que había traído un ejemplar de dinosaurios. “Quiero buscar huesos de esos”, soltó a cuentagotas. Paleontólogo, agregó ella mientras soltaba una bocanada de humo de un cigarrillo armado.

 El desconoce que la mayoría del mundo no enciende leños por placer ni mucho menos saboreará la ingesta de un añejo brandy sin los zapatos después de un día arduo de oficina.

 

- ¿Vos tenés otro hermano?- Se interesó la social.

- Sí. Lleva las pishas a las casas.

- ¿Es delivery?

- Es aquel que usa la visera bodó (de los Red Sox).

- Ah, sí, aquella bordó- reconoció aquella.

 

 El Milanga, con la visera ajustada y levemente hacia el costado, camina por la avenida con la prudencia lógica de aguantar un par de ampollas en los pies debido a que el ciclomotor no le arrancó una vez concluida la jornada de ayer en donde laburó de peón en una obra de una casa frente a la laguna en La Posada del Cielo allá, por la ruta, en donde aún se confunde Pacheco con Del Viso (se baja una hora después de haberse subido al 57 que cruza Córdoba); y debió “patear” un par de kilómetros hasta dar con un taller amable, con un mecánico sentado en la posición símil loto que te responde sin mirarte a los ojos. 

 Se presenta ante el pibe de seguridad que se le anticipa y le obliga a que se corra del andarivel porque debe levantar la barrera mientras manotea su Handy de la cintura enganchado en un cinturón extremadamente ajustado. Los sonidos metálicos que se generan imprevistamente, cada vez que aprieta el botón rojo, ofician la antesala de la habilitación del ingreso de él.

 Elías lo interpela de soslayo. Es que la autoridad lo motiva a dirigirle cualquier tipo de provocaciones como “¿sabés dónde está tu jermu ahora?, “Te voy a remachar” o “te vamo’ a meter siete cohetazos”. Esa altanería contrasta con la singularidad automatizada de cuando se le da por caminar por la peatonal del microcentro. Ahí, sin las fachadas amigables de los ranchos de sus amigos, ni los pibes del club en la parada de la placita emprolijando una bandera (entre cumbia, vino en botellas de plástico cortadas y algún principiante de redoblante) y la guachita del almacén que no sólo te fía sino que lo reconoce como “gato” y que añora salir de paseo en el 128 negro con luces fluorescentes del primo, lo terminan por tumbar en una fláccida caminata esquivando las miradas que lo estigmatizan, como la de un mozo que cierra la puerta circular de una confitería de culto, un diariero que se asoma desde su guarida plagada de revistas en el microcentro o, simplemente, un oficinista que decide esconder su iphone en el bolsillo interior de su saco.

 

 Los pibes están afuera. Hablan, escupen y putean. Pero hablan. Algunos se van pero siempre se mantienen los mismos. Otros llegan mostrando la nueva edición de la remera de su equipo (algunos la titular; otros, la suplente). La visera que nace desde dentro de la capucha los iguala. La calle esta agrietada por culpa de la sequía pero, en algunos sectores se ve una racha de agua jabonosa acumulada que viene de un lavarropas que la escupe desde el patio de la casa más cercana.

 El Milanga enciende un cigarro y le pregunta si había milicos en la plaza y él le contesta “a rolete” al tiempo que llega el más grande que anda rengo porque se esguinzó en el partido del sábado contra los parqueros y apura a un par para que lo ayuden a traer los caballos del monte. El saca un escarbadientes del bolsillo trasero de su pantalón y ensaya la acostumbrada maniobra para sacar los restos de mulita que cazó con sus hermanos más chicos y que se comió en escabeche. Una maestra le dijo hace algunos años (antes de abandonar la secundaria) que vaya a pedir turno en el hospital para que lo atienda un odontólogo. Pero él sabía que no iba a ir nunca; nunca a un sitio lleno de polis como cuando lo llevaron a que se practique un precario en la revuelta en que cayó el “Chuki” por ser mayor de edad.  Es la hora del atardecer, es la hora de ir a recoger, es la hora. 

 El hermano del Milanga se despierta con un sueño que le vence la columna.  “En un rato salimos. Es la hora de ir a recoger, es la hora”, repite desde la puerta de la casa el Panza recién despierto. Son las siete de la tarde y no llueve. Y, como no llueve, habrá cosecha de papas a la madrugada siguiente. Entonces, a recoger, a cartonear y a acostarse temprano. Cabeza de Nutria, su primo, ya fue a preparar el carro.

 Serán seiscientas o setecientas bolsas, tal vez, entre cuatro para ganar uno o dos pesos por cada una. Aprovechó que su viejo sale antes a manejar el camión municipal que recolecta la basura. Porque si no lo faja. Es que éste se pinzó un disco de la columna a los treinta y tres. Y no quiere que sus hijos les pase lo mismo.

 De repente una moto sin luces y con los amortiguadores bajos cruza a una velocidad que no se puede calcular del todo por culpa de que le sacó el  silenciador del caño de escape. El Panza le clava la mirada al conductor quien gira la cabeza hacia la posición de él, desentendiéndose de los vaivenes de la calle, y vuelve a mirar para adelante.            

 

- ¡Putoooo!- se animó el Peca, que estaba parado al costado, esmerándose más en la importancia del gesto que del tono del insulto.

 

 No pasaron tres minutos en que Miguel, el conductor del rodado, llegó a su casa con revoque a la vista y buscó dentro de un árbol rajado la carabina. Enfiló derecho hacia los pibes.

 “¡Hijo de puta te voy a remachar la concha de tu madre!”- avisó y le disparó tres un par de tiros al Panza.

 Creyó que había sido él el que le había robado la Tablet al hijo de Miguel para cambiarla por una bolsita de merca. Pero no: fue Peter, Peter “El Anguila”. El Panza logró esquivar las balas y ni bien terminó de caer por la medianera de atrás ya había pegado las zancadas necesarias para perderse por el monte.

 

- ¡Puto! ¡Puto, Cagón!- la siguió Miguel.

- ¡Paraa loco! ¡Calmate!- le insistió el Chuki.- No ves que hay nenes. Pará, tranquilizate.

 

  Y Miguel, como inmune a sus palabras, retrocedió de frente sobre sus pasos y amenazó: “Decile a ese puto que si vuelve lo quemo”.

 Miguel retoma la cotidianeidad con una simpleza perenne: abre la reja, se agacha para recoger el camión rengo de su hijo, entra a su casa esquivando el lateral derecho que da al futuro living, que se encuentra tapado con una cortina y se sienta en uno de los banquitos cuadrados con la goma espuma que sobresale por los costados, que están en el sector de la cocina, para decirle a su mujer, antes de saludarla: “a la noche vienen los pibes de la banda del pabellón”.

           

 Llega a la Terminal tras soportar cincuenta y tres minutos de viaje en un tren repleto en donde tuvo que soportar vendedores ambulantes (turrones, disyuntores o pelis truchas, soportar los empujones de oficinistas que se descendían de las estaciones con la mochila colgada en la panza o dejarle lugar a las madres que subían con el cochecito a medio doblar. Luego, sube las escaleras para salir, por fin a Miserere. Amaga con saludar a uno de los pibes de “La banda del caño”, pero recula porque ése es el que se la está curtiendo a “Romy callejera”, la piba que le gusta a él. La conoció en el verano, en uno de los ensayos de a murga del barrio. Y prefirió refugiarse en la indefinición de sus anteojos espejados.

 Cruza rápido por la avenida con el semáforo en verde. “Conchatumadre te remacho” le gritó a un motoquero que no lo esperaba tras esquivar a un taxista.

Se siente extraño. No está acostumbrado a que no le tengan miedo ni mucho menos que lo ignoren (el motoquero tiene que hacer 13 segundos de promedio por cuadra, incluidos los semáforos en rojo, si quiere cobrar la comisión por la entrega de una encomienda en el Faena de Puerto Madero).

 

 

 Milanga caminaba por el Once en búsqueda de la parada del 118 que lo va a llevar hasta el Bajo Belgrano. Desde allí tiene dos opciones: o se toma otro bondi que lo deja a 4 cuadras de Crámer o patea hasta Cabildo y se toma el subte. Elije una tercera: camina las veintipico de cuadras hasta su laburo. Aunque no piense en el ahorro –ayer no escatimó en comprar el fernet de marca para el asado previo al partido de la Selección-, porque para él la sucesión de los días casi siempre no tienen conexión, quiere juntar unos mangos para regalarle a la Mili unos auriculares de los grandes y redondos, y blancos y grandes y redondos y acolchados para que la oreja… así ella puede escuchar la música que baja de los del Ñato que aprovecha el wifi libre de la salita…y por fin aprenderse las letras del  ‘piola vago’ mientras limpia casas en los countries.

 Pero el Ñato no está. Como no llovió hubo trabajo en la cosecha de papas. Quince minutos después de las cinco pasó la combi que los lleva a la estancia. Le quedó tiempo para tomarse un té con un saquito duro y reseco. Avivó un rescoldo de la salamandra que se encendió con botellas de plástico de gaseosas porque las ramas siguen húmedas después del temporal para que su abuela no sufra el rocío de la mañana y haga que su epoc se intensifica. Es que el plástico agarra al toque al igual que el aceite recontra fritado de las milanesas.          

 Los vecinos nuevos cayeron en la madrugada como el turista poco previsor que sueña con encontrar una cama en la próxima hostería a principios de enero. Se instalaron en una de las casas municipales que aún permanecía deshabitada. La razón, no existía techo alguno en cualquiera de sus tres ambientes; se podía circular entre ellos sin tener que pasar por el rectángulo reservado a la puerta; en el cuarto del fondo había restos de fogones improvisados, botellas de plástico de “Chabona” fernet rebajado y alambres de púa oxidados.

 La nena lloraba. La única nena que tenían gemía como si el hambre, el pañal sin cambiar y el moquito crónico no hubieran agotado la misión de brindar indicios a la comadrona. Aunque Jessi, tatuada en el cuello con la fecha de nacimiento de Mili, lo sabía, había una prioridad más temerosa: afincarse, sin luz, en una casa abandonada rodeada de casas abandonadas, en un barrio que no conocía.

 El celu emite una melodía espesa, que te arrincona, y una letra que dice: “…el tesoro que no ves, la inocencia que no ves, los milagros que van a estar de tu lado…”

 En eso, el ruido de una compactadora anticipa la polvareda que se hace evidente. Un grupito de nenes y nenas corren hacia el remolino. Son los nietos que van al encuentro de su abuelo, el papá de Elías, que descenderá del camión de la basura luego de cumplir con el horario de verano (de 4 a 12 a.m.) con sus manos ocupadas por los regalos y restos de cirujeo v.i.p.: Un estación de servicio con los surtidores a medio desprender, una bolsa con ropa bordó y blanca, perteneciente a un colegio católico de la zona, y un par de sidras de vidrio.

 

 Milanaga por fin llega a la obra de la avenida Libertador. A pesar de la alta sensación térmica, él parece llevar el calor consigo gracias a las gotitas de sudor inamovibles  que lleva estampada en la frente. El trompa da la tarea del día: mover la montaña de escombros de la esquina y tirarlos en el volquete más cercano.

 “Quedate pillo”, “Quedate pillo”, le amenaza al paragua Benítez que siempre se le ríe en la cara cuando le designan tareas al pibe. “Un día de éstos te voy a remachar de un tiro”, balbucea con cierta mueca de sonrisa que espanta al miedo, mientras se coloca el casco de seguridad.

 Mira los escombros de mármol mientras los carga a la carretilla. Jamás había visto algo así ni sabe en dónde lo pondría si se los pudiera llevar a la casa de su madre. Justo su madre, que está contenta porque terminó de colocar en la pared que da al ferrocarril, el cardumen de cajitas de vino en tetra abiertos para aprovechar el metalizado de la parte de adentro para que haga de impermeabilizante y detenga la infiltración de las inclemencias externas.

 Milanga remueve escombros desde las siete de la mañana. Ya daban las diez y el sol, que se asoma tímido por las nubes intermitentes, curtía, igual, las mejillas y pómulos que no lucía al resguardo de la resolana. Ya él se había quitado el casco de Bob el Constructor, el mismo que se pone el trompa cada vez que se hace el amable, cercano y comprensivo, mientras evita el asado del mediodía para ir a practicar tee de salida en el golfito que da al río.

 A pesar de que pegó el ojo dos horitas porque hubo cumple en lo del rengo, no siente el cansancio. Necesita la guita como nunca. No importa si se le termina de cagar el ciático que está mal desde la cosecha de papa. Intentó ir al puerto a filetear anchoas pero no, es un embole. Encima te descuentan el almuerzo, se queja. No podés tomar ni nada. Está preocupado por la revancha del fútbol del domingo en el campito del sindicato. El da un par de años de ventaja pero sabe que si zafa de las patadas nadie lo para.

 En ese momento la pelu, su mamá, había terminado de vestir a la Maia, su hermanito de doce años, con el vestidito de lunares; la maquilló exaltándole el fucsia en las cejas y el bordó en los labios. La tenía que entregar, como todos los lunes, en el conventillo de los Medina.

 

- Vamo’ a tomar el mate cocido- lo invitó el panza Bermúdez, el más antiguo de los obreros.

- No pienso para’- le contestó ejecutando el movimiento pendular que requiere la maniobra de manipular los escombros a mayor velocidad- A las cuatro me tomo el palo- sentenció mientras el otro arqueaba las cejas induciendo los problemas que tendrá con los superiores.

 

 

Autor: Alejandro Rostagno

 

Psicopedagogo en la Dirección de Niñez y Adolescencia del Municipio de General Alvarado

 

 

 

 

 

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