Pastillero

Medio gramo. Me gusta quedarme mirando las cosas y sentir que me vuelvo parte de ellas y me capturan. Soy un bichito sin alas en búsqueda de una nueva identidad, arrebatada de forma limpia, sin armas a la vista. Un gramo. Me siento en una silla gris. Es cómoda, como acolchonada. Tengo el culo relajado y las piernas colgando. Al lado, arde el fuego de un hogar y una canción de cumbia me recuerda a mi hermano muerto. Un gramo y medio. Todos hemos perdido cosas y gente. Así es la vida, no tanto como el dicho de que te da y te quita. Esto se trata más bien de morir en cuotas. Soy una bestia domada por el látigo invisible de un monstruo. Dos gramos. Consumo todo compulsivamente: los puchos, las series, los juegos, el amor, la culpa, el miedo, el dolor. Dos gramos y medio. No sé quién soy. La boca se me empasta, tengo sed y no hay agua que calme este agujero en el medio del pecho. Miro alrededor como atontada. Por las persianas entran haces de luz y me abrasan. Tres gramos. Cuatro veces por día hago de cuenta de que puedo domar a la bestia yo sola. En realidad, la fórmula es de laboratorio y me doma a mí. Tres gramos y medio. Estoy muerta en vida y no me importa porque hay alguien en el mundo que no piensa en mí pero me trae pesadillas inmundas. Cuatro gramos. Quiero vomitar, acumulo diagnósticos como quien colecciona mariposas disecadas, casi todos empiezan con F y les sigue un número. Dice la psiquiatra que tiene que fijarse en su librito de no sé qué. Cuatro gramos y medio. Me mandaron a pintar mandalas, a mí, que los vendo y me cago de risa. Cinco gramos. En realidad, ya perdí la cuenta. Consumo más gramos de pasta que de comida, me estoy convirtiendo en una yonki anoréxica legal.

Autora: Gabriela Krause