Unos días en el exilio

10/10/2018

 

 I

 

A veces en las noches me dan ganas de estar solo,

con mi cigarro prendido y mi comezón en los pies.

A veces ando busca que busca la soledad entre todas estas

             cosas:

en la luz triste de tus ojos, en estas rodillas frías.

Es curioso cómo se busca la soledad y se termina

hecho un tonto. Con la cara larga. Durmiendo despacio.

Me pregunto si se puede estar solo. Pero de veras solo.

          Sentir eso

que dicen que sienten los que buscan y las mujeres

          embarazadas,

las plumas de los pájaros, las señoras quedadas.

Al final, puede ser que la soledad no exista, o que existo

           demasiado.

Puede ser que esté en algún cuarto,

 

sola,

 

         pobrecita,

 

                          esperando.

                                                                II

 

Por las tardes vienes,

me envuelves en el manto largo de tu aliento

y comienzo amar tus anchos ojos,

esos tus pies claros que siempre me cuentan algo,

ah, el mundo blanco de tus sueños,

ah, la flor del pubis descubierto.

 

Luego te vas como la hora del espanto,

como si no te importara, no demasiado,

trato de sobrevivirte como a un árbol quemado,

pero cae el mismo viento helado

que me arrebata de tus labios

y mis dedos náufragos en vano

te buscan en el aire solitario.

 

Ya sé, no sirve mi reclamo, nunca harías caso,

soy tu martirio, un bulto pesado.

Te busco como un niño perdido,

en un rincón encuentro tu recuerdo marchito

y me quedo solo, solo en el olvido.

 

 

III

 

Qué hago yo con mis manos frías,

con esta hora tan llena de ausencia,

con la noche cargando a cuestas.

 

Tu cuerpo, ahora, me parece extraño,

y como el tiempo a las rocas

me voy escurriendo en tu memoria.

 

Dime qué hago yo en estas calles desiertas,

con las manos en los bolsillos, con la frente marchita,

pateando este corazón tan lleno de sobras.

 

Tendría que acostumbrarme a este orden de cosas,

dejarme ir con el viento como lo hacen las hojas,

decirle a mis dedos mentiras,

cerrar los ojos y correr, correr…

 

              Total, al final, tu también estás sola.

 

IV

 

            Ya no me dueles.

 

Ya no me cabes en el hueco de mis hombros,

ya no me cala tu nombre en estos tristes huesos.

Ya no eres ni el mormullo de mis sueños,

ya no me traes madreselvas de tus besos.

 

          Ya no me dueles,

 

y sin embargo me dueles un poco,

me dueles por las tardes y en mi costado,

en mis ojos y en mis dientes.

 

         Ya no me dueles.

 

En serio te lo digo.

Debo celebrar que no dueles y que no te siento.

Festejar que ya no te tengo,

que tus recuerdos están todos secos,

 

que tu amor va muriendo lento,

o que lento voy muriendo yo.

 

 

V

 

Tenía los dedos vacíos de tanto buscar,

la boca seca de tantos sueños perdidos.

Estabas tan linda. Iluminada. Infinita.

 

Recuerdo la línea delgada de tu cuello,

tus manos de fuentes infinitas,

vuela la noche  y mis ojos van derramándose en los tuyos.

 

Parecías de mentira,

como sacada de los cuentos de fantasía,

de esos que mi madre me contaba todos los días.

 

Te recuerdo como si fuera ayer, sentada en la cocina

cortando atardeceres con tu sonrisa,

cantando historias, yo escondido en una esquina.

 

Si tan solo estuviera un poco cerca

iría a buscarte, no importa si te encuentro o no,

no importa si no dices nada o si yo digo algo.

 

           Ya inventaré el pretexto.

           Ya darás un paso en falso.

 

 

VI

 

Sucede que no te das cuenta,

no pones mucha atención, no te fijas bien.

 

No soy yo, eres tú quien dejó de creer,

eres tú, que no contestas,

que se ahorra todo el tiempo,

que no habla, que perdona a diestra y siniestra

improvisando noches para confundir tu impunidad,

frágil, temperamental.

 

En qué mentira dormirás.

En qué cuento te escondes ahora.

Nadie está aquí, no hay nadie, nada hay aquí.

 

Qué se supone que haga yo,

ir a buscarte al lugar de siempre,

sentarme en tu mesa, arrebatarme,

apostar a la casa y reír de mi pobre suerte.

 

 

VII

 

Mis sueños se ahogan en el hueco

hondo de tu silencio,

en el río seco de tu recuerdo.

 

           Confieso que te esperé.

 

Cuando miras al cielo por las noches

todo parece estar bien.

Pero cuando miras dos veces

todo parece mentira.

 

Lanzaré a la calle toda tu historia,

los silencios profundos,

la llama fértil de tu vientre,

las cosas que decías

cuando en cachitos te partías

bajo la almohada.

 

          Ah, el suave licor de tus dedos

          sobre mi espalda.

 

Todo está resuelto.

Recogeré mis ojos del suelo

y me tragaré estos labios secos.

Partiré con la mañana.

No creas que me arrepiento,

sólo porque hoy lloro y muero

 

 

VIII

 

Es el cielo estrellado de tus ojos,

son mis manos oxidadas por el sol,

son los pasos de tu voz

que sacuden las paredes

de esta noche sin los dos.

 

           Afuera llueve sin embargo.

 

Es tu aliento flotando sobre mi vientre,

el sudor tibio de tus piernas

donde mis labios surgen y se pierden.

Es tu boca enredada en mi cuello.

Es este cuarto solo.

 

Son estos dedos tercos y sordos.

Son las banquetas vacías de ti,

de mí, de nosotros.

Es el humo espeso de tu rostro,

es la promesa perdida,

 

el camino torcido. Interrumpido…

                 …si todo termina siendo una mentira

                           es lógico comenzar así.

 

 

Autor: César Pável Juárez 

 

Soy Pável Juárez. Nací en ciudad Juárez en la frontera entre México y Estados Unidos. En realidad comencé a escribir hace muy poco tiempo, por lo que sigo aprendiendo el oficio.

 

Imagen tomada de 

http://picssr.com/photos/ba_mbolina/interesting?nsid=10308908@N00

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266