Ojos de Miel

 

        Miraba su cara en la pantalla del teléfono móvil, entretenido en los mínimos detalles de su gesto, la noción del tiempo perdida. El mundo había desaparecido a mi alrededor mientras mis ojos navegaban por su piel, por sus labios, todos mis sentidos resbalando por su pelo. Aquella noche no podía despegarme de su imagen, un tablón al que me asía en medio del océano oscuro. Era todo lo que me quedaba de Elisa: sus fotografías en la memoria del teléfono, sobre la mesa, en las paredes, y arrugada en un bolsillo de los pantalones, la nota que me había entregado al despedirse en la estación, provocando mi naufragio.

Había llegado a mi vida meses atrás, un premio a mi errar continuo por los renglones de los sueños, y mi alma ya se había acostumbrado a respirar a través de su sonrisa. Por eso no dejaba de mirarla, para no perecer.

        La madrugada rastreaba las calles del barrio y las sometía a un silencio hermético que sólo rompía la rodada del camión de la basura sobre el asfalto mojado. Yo seguía perdido en el cuartito de estar, extranjero en esas coordenadas que no sabía leer tras la partida de Elisa. En su equipaje viajaba el mapa de mi vida, y yo aún buscaba su voz entrando por la puerta, el rastro de su perfume pegado a mis manos, a mi jersey, pero sólo me quedaba su imagen. Necesitaba tocarla, sentirla, pero ya estaba a años luz de mi silla de tijera. Eran las fotografías del último fin de semana, cuando todo mi orbe estaba asentado en una realidad antípoda, ahora inexpugnable. Algunas ya estaban distribuidas por las paredes del cuarto. Bastaba con levantar la vista para encontrarme con ella: aquí tomando una copa de vino, allí mirándome de espaldas al espejeo del lago, más abajo con la rosa sobre el puente de San Martín.

            Tras la ventana abierta la lluvia hacía brillar todo lo que tocaba: asfalto, tierra, las hojas de los árboles, las barras de los balcones del edificio de enfrente. Las luces de la noche se alargaban difusamente como en los perfiles de acuarela, y yo seguía pendiente de la mirada de Elisa en tanto la fragancia de la tierra húmeda iba anegando la estancia y mezclándose con la fiebre de mis últimos recuerdos. El tiempo pasaba en los relojes, pero no existía para mí, asido al último bastión de mi felicidad. Sólo quería mirarla, sentir su belleza en cada latido de mi acompasado corazón, que penetrara en mi pecho con las bocanadas de humo robado al cigarrillo que rompía mi promesa de abandonar el tabaco.

            Era consciente de que no podía dejarme arrastrar por el dolor y correr el riesgo de que se desbocasen los caballos de la ansiedad; romperían el frágil equilibrio en que me hallaba y se desataría el pánico. Respiraba profundamente, llenaba los pulmones de tormenta y humo, y luego lo dejaba escapar con lentitud, dibujando fantasmas que huían por la ventana después de besar sus fotografías.

        Escapar, huir. Yo también tenía que hacerlo, pero era incapaz de soltarme de la mirada de Elisa. Tal vez si rompiera el equilibrio que me mantenía preso de la inacción, si arremetiera contra la cordura. Debía tomar la espada de los locos y retar a las leyes del destino. ¿Acaso el deseo no era fuerza suficiente para doblegar el curso del devenir? Tenía esa espada: humo en los pulmones, alcohol rasgándome las entrañas para vencer al ejército que mantenía cautiva a Elisa en las fotografías. Debía arremeter contra el destino y proclamar la dictadura de mis sentidos, desnudarme del pudor y de la dignidad. Una vez alcanzado el estadio de la locura no hay dolor que sobreviva.

            Y Elisa me miraba desde la pantallita del teléfono móvil, desde las fotografías de las paredes, desde el interior de mi mente. Su voz sonaba en el cuarto de estar, su risa me pedía que alcanzara la dimensión donde vencen los deseos, pero eso era soñar, y si no era sueño era locura. ¡Pero yo quería estar loco! Sin embargo, hasta la tramoya de mi cordura llegaba la voz del apuntador advirtiéndome de que soñadores y locos se rompen el corazón persiguiendo imposibles, y heridos de muerte caen sobre el escenario con el pago de un aplauso, pero con la frustración dibujando su excelsa agonía.

            Elisa me sonreía desde la pared, y yo buscaba en sus ojos las palabras que callaba en el instante que congelé sus gestos, si yo era alguien en esa latitud temporal o sólo un ornamento en el margen de su existencia. Cerraba los ojos para acariciar mis pasiones y poder deletrear su contenido. Acaso la pasión no fuera más que deseo, o quizá ilusión pasajera, o puede que nada más un atisbo de locura, una extravagancia inoculada por su belleza. Y volvía a abrirlos sintiendo siempre el mismo vacío en el pecho, la agitación que provoca la fuga del aliento. Elisa se había ido y yo seguía allí, mirándola, mientras en la calle arreciaba la tormenta y la madrugada se encendía de brillos cortantes.

        Busqué excusas en los sótanos de mi alma bohemia, justificación en la belleza literaria que yo perseguía. Ausculté los picos febriles de los genios emancipados de la dependencia emocional, y en todos ellos adivinaba una Elisa inalcanzable mirándoles desde el otro lado.

            La luz del flexo caía sobre las últimas fotografías de Elisa, las que ya nunca llegaría a clasificar, sobre sus últimos mensajes asomados a la pantalla del teléfono móvil, todos escritos con palabras de asepsia para que mis ejércitos de pasión no se arriesgaran a desembarcar en sus costas. Volví a leerlos por si acaso descubriera un motivo de esperanza, pero sólo era un iluso en medio de la noche, un compartimento estanco cabalgando la madrugada a lomos de un caballo de nicotina y alcohol sin conexión neuronal con el placebo de la locura.

 

            Dejé la puerta abierta y salí a la calle en estampida por las aceras de la ciudad mientras la lluvia borraba lágrimas y gritos, manos crispadas buscando el abismo de la frontera de la cordura. Allí estaba el éxtasis literario del dolor, la espada dulce que atravesaría mi esternón para regalarme una gota de ambrosía. Elisa sería mía si me despojaba de mí mismo y accedía a la explosión de los sentidos.

       El aguacero murmuraba su nombre con los jadeos de mi pecho, y luego mi voz no dejó de gritarlo mientras me quedaron fuerzas. La ciudad me miraba con sus ojos de farol, las ramas ensoberbecidas de la alameda de la estación comentaban entre sí el asunto de mi presencia, si era un loco a quien temer o sólo un hombre sin alma buscando acomodo en los designios del cosmos. Las agujas del reloj del edificio de viajeros reían con sus labios de metal, y bajo éste, un perro vagabundo exploraba mis intenciones, los dos temerosos de nuestros movimientos, los dos perdidos y empapados.

            Lo llamé, me agaché en la distancia y moví la mano: perrito, ven, perrito; vamos, ven.

            Sus ojos de miel se llenaron de miedo al ver que me estaba dirigiendo a él, pero también atisbaron una mínima esperanza a su mala suerte, y lejos de salir corriendo lanzó dos ladridos levantando el morro para preguntarme qué motivos tenía para reclamar su compañía. Escondió el rabo entre las patas y se quedó mirando la aparición, los dos aquietados en el orbe detenido de la madrugada, él esperando mi respuesta, yo buscando el pulso de la vida.

            Ven, perrito; toma. Le tiendo la mano y vuelve a ladrar, avanzando despacio. Seguramente recuerda voces que lo llamaron y escondían traición.

            Vamos, tonto. Llega hasta mis cuclillas y olisquea mis dedos con las patas en tensión, prestas para la carrera, los ojos bien abiertos, los dientes dispuestos para la mordida incitada por el miedo.

            ¿Vienes? Le sonrío, me levanto y echa a correr, y luego a ladrar, y regresa, y salta, y creo que a su alma se asoma la duda de la felicidad. Entiende que esta madrugada puede ser distinta si se arriesga a admitir mi compañía. La lluvia no importa esta noche, y sus patas me empujan en el inicio de un juego aún temeroso, y vuelvo a sonreír mientras corremos la tapia exterior de la playa de vías de la estación hasta llegar al boquete por el que se cuelan los menesterosos, los ladrones, los desahuciados.

            Una cortinilla nebulosa sigue empapando la ciudad, lamiendo ingrávida la luz de las farolas alineadas al otro lado de nuestro mundo. Los carriles son costuras refulgentes que pierden su brillo buscando la salida de la ciudad. El perro de los ojos de miel salta a mi alrededor, ya convencido de que soy otro huérfano de suerte al haber atravesado la tapia por el boquete de iniciación de los desventurados. De vez en cuando me paro a acariciar sus lanas empapadas, y él lo agradece con lloriqueos y lametones de cara, plantándome las pezuñas embarradas en el jersey.

            A nuestra izquierda, al fondo, duerme la estación acunada por cuatro fluorescentes mortecinos que iluminan los andenes y la cabecera de un par de trenes desdibujados en la sombra. La soledad acentúa el clamor de la lluvia, exagerando de vez en cuando su beso contra las chapas de los tejadillos. Busco la hora en el reloj de la marquesina. La luz del exterior cruza su esfera con una estocada naranja filtrada por los cristales, mientras el pertinaz segundero intenta barrerla una y otra vez, como todas las madrugadas, en su afán protector de los sueños de todo cuanto vive preso de su tiranía.

Bajo el jersey estaban los cigarrillos, y ya no había promesas ni miedos; el humo era lo único que podía llenar el vacío que sentía en el pecho. Siempre había sido así. Yo era un fumador emocional que buscaba en la nicotina el elemento demandado por mi alma para el paladeo de las pasiones.

            Y Elisa era humo mientras el perro de los ojos de miel olisqueaba los carriles al alejarnos de la estación siguiendo instintivamente al tren que se la había llevado; Elisa penetraba en mis pulmones recreándose en los alveolos y sonriendo como en las fotografías. Acaricié el teléfono móvil y oprimí las teclas hasta que apareció su número en la pantalla. Sólo tenía que apretar una vez más para que surgiera su voz al otro lado. Miré al perro, que se había detenido preguntándose si esa decisión tendría consecuencias para su nuevo abandono. Nuestra mirada se cruzó, brillantes sus ojos con el reflejo lejano de las farolas. Era una petición de auxilio a su soledad, que él estaba dispuesto a saltar a mi alrededor durante toda la madrugada. Eran sus ojos de miel, como los de Elisa, su desamparo tan grande como el mío, pero ahora ambas soledades eran socorridas por nuestra mutua compañía, y ambas compañías seguían la estela del tren en el que había partido Elisa esa misma tarde.

            Al corazón no se le puede obligar, me había dicho muchas veces para que comprendiera que no debía enjaular al pajarillo que agitaba las alas tras una pausa en mis manos, y escondí el teléfono en el bolsillo de los pantalones, junto a la nota arrugada de su despedida.

 

            Pasada la protección de las tapias empezó a soplar el viento lanzándonos el aguacero a la cara. Ojos de Miel saltaba y ladraba porque esta vez tenía con quién compartir el frío de la noche, y yo me giré, agachándome para contemplar la espectral marquesina de la estación en la distancia. Elisa ya estaría allí para siempre, junto a la cafetería, con su mochila a la espalda, y junto a ella Montserrat arrastrando el maletín de ruedas, y algo más atrasada Macarena con su gorra de pana ladeada a lo francés. En el otro andén agitaba la mano Chelo, decía adiós al tren militar que nos separaba por vez primera, y para siempre, cuando me incorporaba al servicio militar.

Esa estación guardaba pasajes cruciales de mi vida, todos de despedida, y siempre había recalado en sus andenes para repetir cíclicamente la tragedia del abandono, como si nunca me hubiera podido desprender de mi destino. Ahora era Elisa la que había partido de mi lado dejándome una nota en la despedida,  y ya corría por vías distantes de mi vida mientras Ojos de Miel lamía mis lágrimas mezcladas con el azote de la llovizna.

            Las nubes también querían escapar de la ciudad, y corrían hacia la sierra dejando las primeras aberturas por las que asomaba una luna blanca que trazaba nuevas sombras. Mi dolor terminaría escapando también; había sucedido en las veces anteriores, como las nubes, como la luna al llegar el alba. Los ojos de Elisa mirándome desde el andén, eran los ojos de Montserrat, los de Macarena, de Chelo, Pilar… En esa estación se gestaba la transacción con un dios que se cobraba mis mejores frutos a cambio de un dolor que transformaba mi vulgaridad en belleza poética. Me había acostumbrado a ese diezmo que periódicamente me vaciaba el alma y me sumía en una lacerante soledad que iba rompiéndome la cordura hasta conducirme al éxtasis dulce de la ficción donde otros personajes como yo, expulsados del amor, vagabundos, titiriteros y locos, iban y venían por los renglones literarios. ¿Sería cierto que rehuía el compromiso con la realidad, que ese fuera el motivo para que los pajarillos terminaran escapando de mis manos? Elisa había sido el último, pero llegarían más pajarillos a los andenes de mi vida, revolotearían a mi alrededor y me acariciarían con sus plumas mientras, una vez más, prepararían las alas para la partida. Luego llegaría una mano al viento, lágrimas de afecto, palabras cayéndose del pescante, una nota entregada con el tren en marcha. Eran puñales que rasgaban la cordura, que mataban sin quitar la vida, heridas sangrantes que el tiempo convertía en cicatrices.

            Ojos de Miel se había sentado a mi lado en la traviesa mojada, mirándome, quizá diciéndome que él había nacido en el arrabal que cercaba la estación, que había sido abandonado a los pocos meses y buscó refugio al abrigo de los andenes, donde siempre había desperdicios que llevarse a la boca, que también había visto partir muchos trenes, viajeros que le regalaban una caricia y le lanzaban pan desde las ventanillas, pero que no se lo llevaban a casa. Sí, también lloraba la partida, y les perseguía hasta quedar exhausto, con la mala digestión de la limosna en el estómago. Y allí se quedaba mirando cómo se alejaba su espejismo, cómo saltaba sobre los empalmes y cobraba velocidad para entrar entre los farallones de piedra que se lo tragaban… Y nunca más volvía a encontrarse con esa caricia. Entonces regresaba a los andenes y buscaba nuevas manos con el rabo entre las patas, cada vez más temeroso de que las caricias le hicieran daño en su alma de perro. ¿Tendría un dios que le ofreciera la contrapartida de la ficción, apaleamiento y hambruna clavándose en su pecho como bella daga dulcemente poética?

            Abracé a Ojos de Miel, que saltó hacia atrás y empezó a ladrarme a varios metros de distancia, el margen de seguridad preciso para no sentir la nueva traición de ese viajero tan raro de la madrugada. Ven, perrito, no tengas miedo; no voy a hacerte daño. Sólo quiero acariciarte. Seguramente era lo que le habían dicho todos antes de dejarlo abandonado.

 

            La luna marcaba sus dominios en el cielo casi despejado. Ya no llovía, pero el viento frío seguía azotando la madrugada. Ojos de Miel me seguía de vuelta a la estación, desandando sus cabriolas, pendientes sus sentidos de mis pasos lentos. Chelo agitaba la mano al otro lado de las vías, junto a la salida al patio de coches, y la gorra de Macarena seguía apostada frente a la librería de ferrocarriles, y Montserrat inventaba una excusa que asomaba a sus ojos, que eran los de Elisa tras las gafas de sol de la despedida de esa tarde.

       Crucé sin acercarme a las miradas de esos trenes que habían partido, y les grité mi margen de seguridad, que se extendió bajo la marquesina, se golpeó contra las paredes de la estación y aleteó junto al segundero del reloj que, ajeno a mi presencia, siguió con su periplo hacia la amanecida, que sólo era un loco seguido por un perro sucio.

            Sentado frente a la ciudad abierta más allá de la cubierta de hierro y cristal, me quedé mirando las señales de la playa de vías, todas en rojo, todas cerrando el paso a la fuga de más trenes. Ojos de Miel se había tumbado junto a mí, mirándome con esa alegría miedosa de los que han experimentado la frustración de muchos sueños. Le toqué una pata y agitó el rabo, que empezó a golpear frenéticamente el pavimento. Empezaba a amanecer, pero él estaba pendiente de mí, la novedad sentada a su lado, y en esta ocasión sin el engaño del trozo de pan. ¿Por qué no había de mirarme si era todo lo que tenía?

            Los edificios empezaban a delimitarse con el alba, y del espacio negro surgían las tramas del cableado, las líneas de fuga de las tapias que encerraban la playa de vías. Fuera se detuvo un coche y sonó un portazo, luego pasos, tintineo de llaves, el destello de las luces rompiendo la penumbra y nuestro anonimato. Pronto se poblarían los andenes y cambiaría el color de las señales del fondo  para seguir perpetuando el periplo de las despedidas, sangre corriendo por las venas de acero, heridas abiertas. Ojos de Miel se puso nervioso. Seguramente era el momento de correr a esconderse, tal vez la manta donde él dormía junto a la salida de humos de la cafetería. Pero yo seguía pendiente de la ciudad que iba haciéndose más nítida con cada giro del segundero del reloj principal. Elisa había atravesado aquellas señales ahora cerradas, los edificios del fondo, las ventanas que le habrían robado parte de su alma para retenerlo eternamente en el espejeo que yo quería respirar para sobrevivir al nuevo día.

            Volví a acariciar la frialdad del teléfono móvil, a sacarlo para mirar su fotografía en la pantalla. Ojos de Miel se incorporó y empezó a ladrar, a correr, girando sobre las cuatro patas a los pocos metros para redoblar su queja. Pero yo volvía a navegar por el rostro de esa mujer que se había fugado de mis manos. Quizá esta vez no superase mi soledad, pero ese perro que ahora corría por los andenes, cruzaba las vías, subía y bajaba de las toperas sin dejar de ladrarme, se olvidaría de mí en cuanto dejara de verme. Regresaría a su manta, al cubo de desperdicios, a la caridad de los viajeros; no era más que un perro.

            Oprimí las teclas hasta que apareció el número de Elisa. Ya sólo tenía que apretar una vez más para cruzar la distancia de nuestros mundos. Su voz sonaría nuevamente en mi oído y yo me agarraría a ella para seguir viviendo. Ojos de Miel mordisqueaba mis zapatos, tiraba de los cordones, que me levantara, que nos fuéramos más allá de la marquesina a descubrir mundos, que el día había comenzado y a los andenes empezaban a llegar los viajeros, las manos engañosas que nos habían hecho tanto daño.

            Apreté la tecla del salto al precipicio y el mundo se detuvo en la espera de la llegada de Elisa como si fuera el soplo de vida a mis pulmones tras la apnea por su partida, la vida detenida, la bella espada del dolor apuntando a mi esternón con su cargamento dulce, el segundero del reloj atrapado en un tiempo infinito que congelaba la amanecida fuera de la estación. El corazón golpeaba el pecho, ajeno a su suicidio: pomp, pomp, pomp.

            -Esteban, ¿eres tú?

            La voz de Elisa llena mi tímpano, se expande por la estación, entra como un cuchillo en el alba y se queda gravitando sobre mi ser. Entreabro los labios para contestar, para besar nuevamente sus costas, para que regrese el bombeo de la sangre. Ojos de Miel está frente a mí, quieto como una estatua, las orejas tiesas, el rabo enhiesto, la mirada pendiente de ese paso definitivo del cosmos.

            -Esteban, ¿dónde estás?

            Miro su fotografía por última vez… y corto la comunicación.

 

            Fuera continuaba amaneciendo, y Ojos de Miel estranguló un ladrido sin moverse del sitio. La sangre se puso en circulación y cerré los ojos para saborear el dulzor de la estocada. La tromba del llanto crecía desde las tripas como una tsunami que arrasaría mi cerebro, y entonces grité su nombre, me puse en pie y eché a correr por la estación. ¡Elisa!, continué gritando, y por megafonía anunciaron la vía de estacionamiento del primer tren que partiría esa mañana. ¡Elisa!, gritaba una y otra vez mientras tropezaba con los pasajeros que poblaban mi locura. Ojos de Miel ladraba saltando detrás de mí, la mirada atenta, la esperanza intacta. ¡Elisa!, ¡Elisa!, ¡Elisa!, y desde los altavoces se descolgó la voz sintética que informaba de la llegada del Talgo de Barcelona por la vía 4, y Ojos de Miel ladraba a todo lo que se nos ponía por delante, y el sol primerizo doraba los tejados del fondo de la ciudad multiplicando el nombre de esa mujer en el espejeo de las ventanas. ¡Elisa, Elisa!, gritó la voz de ese perro crispado por la dicha, y ambos besamos la maleta de Montserrat, los ojos de Pilar tras el cristal de la cafetería, el pelo rubio de Elisa, recogido para la partida. ¡Elisa!, y crucé las vías gritando al pasar junto a la mano de Chelo despidiéndose de mi traje de recluta.

            El corazón se me salía por la boca, la locura por los ojos, los pulmones estallando, la llamada de Elisa vibrando en el bolsillo de los pantalones.

            -¡Taxi!

            Me agaché volviéndome hacia Ojos de Miel, que vino corriendo a mis manos. Aún estaba húmedo, sucio. El taxista esperaba, los pasajeros corrían hacia el tren a punto de partir, y al fondo cabeceaba el Talgo de Barcelona seleccionando la vía de entrada.

            -Vamos, perrito, tienes que quedarte aquí. Es mejor que nos digamos adiós ahora. No puedo cuidar de ti, no sabría. Estoy seguro de que pronto encontrarás la felicidad.

            Ojos de Miel apoyó su pata sucia sobre mi jersey y ladró, desconcertado, pero aún feliz porque el día no había hecho más que comenzar y ahora gozaría de la compañía del vagabundo llegado en la madrugada, de los juegos que no le regaló su orfandad. Pero el vagabundo había saltado al interior del taxi, que ya abandonaba el patio de coches.

 

Ojos de Miel nos persiguió durante varias manzanas, cada vez más retrasado y exhausto. Escuchaba sus ladridos pegados a la rueda, y cuando dejé de oírle miré por la ventanilla trasera. Se había detenido sobre el asfalto, con la lengua fuera, y me lanzaba su última mirada. Doblamos por Lope de Vega y emprendimos una carrera veloz hacia mi barrio.

            Los ojos del taxista, pegados al retrovisor interno, buscaban los míos, pero yo estaba llorando una doble muerte. Busqué la nota arrugada de Elisa en el bolsillo de los pantalones y volví a leerla: mi querido Esteban, es mejor que nos digamos adiós ahora. No puedo hacerte feliz, no sabría. Estoy segura de que pronto encontrarás la felicidad.

            Metí la cara entre las manos y me eché a llorar, desconcertado por esa estocada que atravesaba mi esternón y llenaba de belleza literaria el escenario de mi vida. El taxi corría por la ciudad mientras yo escuchaba los aplausos del público puesto en pie.

 

Autor: Alberto Fernández González

 

Correo electrónico: afergon77@yahoo.es

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266