Libélula-Luciérnaga

10/10/2018

SINOPSIS: El deterioro que los años araña en  las personas, no perdona a nadie.

 

Toni admiraba la naturaleza y claramente veía que las libélulas eran los animales más hermosos que ella había producido, pero… no dejaba de admirar a las luciérnagas porque su luz lo llenaba de preguntas que no tenían respuestas.

 

Cayó, se metió dentro de su inútil vida desde el primer instante de la caída, tomando el camino del pasado, hacia atrás, hasta el momento mismo en que su madre lo echó al mundo… y regresó en el tiempo; oyó claramente como su madre lo nombraba: “Toni, Toni, te llamarás Antonio, como tu padre muerto” y de ese instante de emerger partió nuevamente, recorriendo en camino ascendente sus múltiples ilusiones sin realizar; sus vivencias destrozadas por la mala suerte y… murió.

Meses después hubiera cumplido cuarenta y tres años de fracasos en cadena porque Toni Loresca era un perdedor: Dipsómano desde hacía veinticuatro años; estudiante retirado de Segundo de Medicina, desde hacía veintidós; huérfano de madre desde el momento de nacer y de padre hacía tres años; sucio por odiar el baño desde hacía muchísimos días; mal contador sin título en la rama hotelera desde veinte años atrás y sublime enamorado de la libélula que nunca le correspondió, desde hacía veinticinco años.

Su libélula, cuando Tony la conoció, era una belleza de quince años, vacía de sexo y entendederas, con los ojos azul-verdes de cielo con mar; la cintura demasiado reducida; los senos altos y altaneros; las piernas largas, flexibles y la cadera de pera colgante del árbol moviéndose al viento. Se llamaba Eulalia.

La conoció en el balneario, cuando un artista de la cámara iba de familia en familia tomando fotografías. A Eulalia sus padres no le compraron tal imagen pero Toni sí la compró; en ella Eulalia era una niña de quince años, ya no un huevo a punto de eclosionar en ninfa, era una hermosa larva de libélula acuática que jugando en el agua se divertía en captar la atención de todos con su belleza inaudita; con su traje de baño amarillo que se le pegaba al cuerpo más hermoso que el planeta Tierra había visto jamás.

Eulalia, esa preciosidad, sólo estaba en la espera de que le crecieran las alas, para convertirse en hada.

Todos los días Tony, la miraba salir de la fría vecindad céntrica, con la blusa azul que le apretujaba los senos y con el pantalón de mezclilla demasiado viejo; con los libros de la Preparatoria bajo el brazo y la sonrisa de irresponsable pegada en toda su reluciente carita.

Se le emparejó una mañana y comenzó por hablarle de tú, hasta que Eulalia desapareció bajo el portón del viejo edificio escolar, donde un anciano profesor de matemáticas perdonaría todos sus errores y la aprobaría en el curso, al pensar que poco a poco, la convencería para que fuera su esposa.

Mas cuando Eulalia tuvo su metamorfosis, el viejo profesor acató la certeza de que nunca  correspondería a sus seniles pretensiones y con sus pasos arrastrados, fue a colgarse del pirul del llano polvoriento.

Porque la metamorfosis de Eulalia fue instantánea, en la mañana era la ninfa dulce y por la tarde la libélula revoloteadora con alas rojizas; hembra impetuosa, llena de sensuales ansias que nunca correspondería a los requerimientos de ningún lugareño.

Fue entonces cuando Toni Loresca se prendó aún más de la ilusión sin escrúpulos y al igual les ocurrió al cincuenta por ciento de los varones del lugar, porque al comprobar la razón de la muerte del viejo matemático, fueron tocados por el espíritu macabro de la conquista. Pero Toni acaparó el tiempo de la libelúlica ilusión y se convirtió en su sombra diurno-nocturna que valiente y temeraria retaba a los pretendientes al brillo del cuchillo que cargaba a la cintura y de la fama de buen tirador, con cualquier clase de arma de fuego, que de todas tenía en casa, como colección, como amigas huéspedes a las que reservaba un especial lugar en el muro del salón. Pero nadie dio lugar al duelo y poco a poco, fue descendiendo el número de pretendientes, hasta que de noche, Eulalia… se fue del lugar.

Fue entonces cuando Tony Loresca comenzó a embadurnar libretas y más libretas, con poemas y más poemas…

SARCASMO

Me regalo el paladar

bebiendo hiel ¡oh delicia!

y a mi cuerpo lo acarician

las heces de un muladar.

 

Una zarza del camino

engalana mi destino.

 

 

Mis plantas pisan guijarros

las creo envueltas en mink

y los trinos del verdín

son los cláxons de los carros.

 

Con corona de nopales

mis sienes quitan sus males.

 

Esta deliciosa vida

es placentera rutina…

me llena de luz brillante

como goteando constante.

 

Si no fuera porque el ánimo

quiere estar a tu lado.

 

Me encuentro ansioso de ti

el edén tendría constante

si el deseo que vive en mí

ya lo tuviera yo aquí.

 

Te extraño linda libélula

quiero explotar cual centella.

 

Hay tales ansias de ti

que cuando tú estés aquí

el cielo estará en mi mundo

y tú, envolviéndome a mí.

 

Al año siguiente Eulalia regresó, transformada en madre lactante, junto con su esposo y arriba de un maldito Cadillac  que dejó a Toni mudo ante la belleza y sumido en la cuenca de su aguda mediocridad.

Dejó la Universidad y se puso a trabajar en el hotel más lujoso, lleno de americanos tejanos, donde a la vuelta de los años se convenció de su impotencia para los números de cuentas y más cuentas, de “debes y haberes” sin sentido, de dólares, euros y libras fríos que sólo en cifras llegaban y llegaban… para azotarle el rostro de fracasado pasivo.

Y comenzó la monótona vivencia, entre partidos de fútbol televisados, peleas boxísticas televisadas, cuartos de dominó con los gordos amigos comedores de tortas, hamburguesas y pizzas, cuyos hijos e hijas llevaban los nombres de los distintos personajes de telenovelas y cuyas esposas se complacían en charlas sobre temas tan complicados como sirvientas, costos de los comestibles y vidas sexuales de sus vecinas y conocidas.

El primer día que Toni no se bañó, fue porque se enteró, el día anterior, que Eulalia se había ido a vivir a otro lugar, con sus hijos… con el marido. Toni amaneció llorando, con la cara inflamada por el alcohol; se desmadejó en su revuelta cama y buscó la media cerveza que se había traído con él la noche anterior y que estaba en el piso, al lado de la bacinica… la bebió de un trago, con los ojos cerrados por la hinchazón y con los cabellos grasientos y en desorden sobre su cara. Después se puso a orinar abundantemente salpicando el redondo tapetito tejido con sobras de medias de señora y volvió a meterse en su terrible presente, en medio de las sábanas mugrientas, en el centro mismo del olor a cerveza y orines, a llorar nuevamente porque le dolía la saturada humanidad por falta de humana.

Las féminas que Toni conocía eran como fantasmas de mito, tan vulgares como una carcajada, con las orquídeas secas por lavarlas seis o siete veces en cada noche de vestidos de lentejuelas cuyos escotes dejaban ver los tirantes de corpiños que casi no contenían nada. Pero Tony, no podía volver con ellas porque se le habían acumulado las cuentas en los diferentes mariposeros llenos de perfumes, de luces coloridas y de palabras ordinarias.

Tuvo la idea de abrir el baúl, lo abrió: fue hasta la cocina para destapar otra cerveza, la destapó; regresó a rebuscar en el baúl el retrato de Eulalia, de Eulalia su ninfa, aquella de quince años y no la libélula, aquella madre con los ojos fulgurantes que daba de mamar dentro de un Cadillac; lo encontró, estaba amarillento y rodeado de listones decolorados, sí, era Eulalia antes de la metamorfosis que provocara la muerte del viejo profesor y, antes de ser guardado nuevamente, el retrato recibió muchas lágrimas.

Allí mismo, en ese arcón, Tony guardaba sus múltiples libretas, garabateadas con lápiz, llenas de poemas.

TU AUSENCIA

Una llave que gotea.

Talladas en vidrios las yemas.

Perros aullándole a la Luna Llena.

Insultos a la inocencia.

Gatos maullando en las azoteas…

así, es tu ausencia.

 

Lo mismo hizo los siguientes viernes, se quedó en la cama hasta que el tiempo se transformaba en sábado nocturno. Se mojaba las axilas y el cabello, se vestía y salía a la calle, con el gabán bajo el brazo y las manos metidas en los bolsillos de los flojos pantalones. Salía sólo para hacerse el encontradizo con cualquiera que le invitara un tequila o dos cervezas o tres copas de cualquier aguardiente que le revolviera los miasmas permanentes del cerebro.

Por esos entonces comenzó a oír que su madre lo llamaba: “Toni… Toni” y se extasiaba en la voz y se dormía en el piso de enfrente de la carnicería, porque ahí lo calentaban los perros atraídos por el olor de la carne; ahí la pasaba hasta que llegaban, por casualidad, los gordos amigos y lo llevaban a su casa donde los esperaba el baúl que guardaba el retrato de Eulalia.

Pero los lunes era otro Toni, uno bañado a medias, con el traje desmanchado a medias y los zapatos sin bolear; la corbata ladeada, pasada de moda y los rojizos ojos mirando el “Diario y el Mayor” hasta que sonaban las cinco y cinco de la tarde y los gordos amigos llegaban a él, a su mesa de cantina para jugar dominó, hasta que alrededor de las diez de la noche arribaba Toni a su casa, a persignarse delante del retrato de Eulalia.

Se enamoró de otra libélula, una de treinta años, con los ojos igual  de azules que Eulalia y la sonrisa fingida, enmielada de sufrimiento, sonrisa de cinco centavos a tres pesos. Trabajada en el mismo lujoso hotel y se encontraban en los pasillos, en el comedor de empleados, en la sala de juntas…. ella siempre le reacomodaba la corbata, mirándolo a los ojos y reprochándole las manchas de los trajes que cumplieran los menos quince años.

Tony la miró y comenzó a admirarla; la admiró y comenzó a dedicarle sus versos, sus sentimientos nuevos:

 

TE PIENSO AHORA

Piéride o luciérnaga de vida

lóbrego camino me iluminas

pétrea mi faz, dulce te mira

incógnita das día con día.

 

Tórrida y serena es tu balsa

cándida y sonriente amiga linda

pálida y doliente ánima mía…

cósmico ser, tu ilusión me arrastra.

 

Cánticos elevo amor ignoto

lúcida Bonita que mi camino

plácido haces y tu destino

ámolo cual si fuese dios remoto.

 

Súbito amor te daré otrora

réplica darás de él, me halagas

dulcísima eres, me agradas

cálido ser en el que pienso ahora.

 

Le decían “La Bonita” por su andar altanero, por su prominente busto y sus piernas lampiñas que casi reventaban las caras medias.

Comenzó La Bonita por llegar a casa de Toni, revisar el ropero, sacar todos los trajes arrugados, manchados y sin botones, con los forros rotos; los llevó a la tintorería; tiró toda la ropa interior, tomó dinero de la cartera de Toni, recién cobrada la quincena, y le compró seis camisetas de algodón peinado, calzoncillos listados, calcetines de colores sobrios; tres pares de zapatos y lo llevó a la Capital, con el modisto, al décimo piso del edificio donde atendían a su clientela los grandes creadores de elegancias y, lo esperó en el recibidor mientras le tomaban medidas.

El día iluminaba, calor no, frío tampoco, sólo las ansias de hacer feliz a la pareja. Pero aún no había pareja y eso era lo más gratificante, que la Bonita debería convencer a Toni de que una pareja debía constituirse. Toni, ya aburrido de la solitaria conmiseración ideaba lo mismo, le gustaba la Bonita y no pensaba en emparejar por los sentimientos sino por los ánimos. Tenían los dos el plan de emparejar y de dejar el pasado arrumbado en algún basurero despreciable.

Toni Loresca entró en la sala de pruebas, en donde el sastre aquel, lo haría ver presentable, en donde su imagen resurgiría armónicamente con dos o tres finos trajes.

Con el corazón deseando una pasión y con la boca deseando una botella de licor que, estaba seguro, ya rechazaría todos los días de su vida, entró en la sala de pruebas.

Allí, en esa sala, estaba Eulalia, metamorfoseada, con la cinta de medir en las manos, con la cabellera larga salpicada de pintura a rayas; con la boca que explicaba que ella era la esposa del modisto y que le daba mucho gusto verlo después de tantos años. Eulalia tenía el busto fofo, colgado sobre el prominente vientre, los ojos metidos tras los espejuelos y la cadera jamona de prematura menopáusica.

Toni se echó para atrás corriendo, horrorizado; llegó al ventanal huyendo de la visión y de espalda cayó,… oyó cuando su madre lo llamaba y deseando olvidarse de su inútil vida que como película se le representaba…murió…   

 

MORALEJA: Cuando una libélula, no le da luz suficiente a la vida, hay que buscar una luciérnaga.

 

 

Autora: HUGOLINA G. FINCK Y PASTRANA

                         

Soy terapeuta, profesora y pedagoga de Educación Especial; mi maña es escribir y envío mis creaciones a diferentes certámenes. Ya tengo publicadas 327 obras porque quedé seleccionada; en tres de ellas quedé finalista y en dos, vencedora.

 

Facebook: Hina Finck

 

Imagen tomada de

https://misanimales.com/las-libelulas-todo-sobre-este-gran-insecto-alado/

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266