Mi pistola de agua

Tenía yo nueve años cuando mi tío Frank me trajo de Miami una hermosa pistola de agua, que había que observar con detenimiento para notar que no se trataba de un arma de fuego de verdad, sino de un inofensivo juguete infantil.

Aquella pistola despertó una gran envidia familiar. El resto de regalos que trajo el tío Frank a los demás sobrinos no se comparaban ni en belleza ni en precio a aquella hermosa pistola que, desde la primera vez que la tuve en mis manos, cuidé tanto como creí que debía hacerlo.

Pero tristemente descubrí un día que no me preocupé lo suficiente por ella, que no supe guardarla de las manos envidiosas que la sustrajeron del lugar en el que yo solía esconderla.

Noté su ausencia un día entresemana, poco después de regresar del colegio. Y cuando me convencí de que no estaba allí  donde la había dejado; cuando me convencí de que alguien debía haberla tomado sin avisarme, me dirigí corriendo hacia mi mamá y le pregunté si había sido ella  quien, quizá siguiendo aquella obsesión suya de imponer siempre su propio orden, había cambiado de lugar mi hermosa pistola de agua. Apenas mirándome me dijo que ella no había tocado nada, mucho menos ese horrible juguete que su cuñado se había atrevido a regalarme.

Pese a su respuesta, yo insistí, insistí varias veces, hasta ganar toda su atención, hasta sacarla de sus ca­bales, haciendo que me repitiera lo que ya me había dicho, repitiéndolo a grito herido, or­de­nán­dome de paso no volverle a hablar de aquella maldita pistola de agua ni de nada que tuviera que ver con ese condenado juguete, que si no aparecía era porque así Dios había decidido que debía ser.

Mi madre fue, entonces, mi primera sospechosa. Pero no fue, por mucho, la única. Mi desconfianza se extendió a todos; llegué, incluso, a pensar que se trataba de una conspiración familiar en mi contra, fruto natural de la envidia, que había logrado alejar de mí el mejor regalo que me habían dado en la vida, mi hermosa pistola de agua, desaparecida misteriosamente, sin que nadie, ninguno de los miembros de la familia, supiera darme siquiera una pista que me condujera a su paradero o al ladrón que se había atrevido a hurtármela.

Tuvieron que pasaron largos meses antes de que se descubriera quién había sido el autor del robo. Pero las cosas ocurrieron de forma tal que nadie prestó mayor atención al hurto de mi pistola; por el contrario, lo único que pareció importarle a la familia fue lo que el ladrón –que no era otro sino mi hermano mayor– había hecho aprovechando la semejanza que existía entre mi pistola y un arma de verdad.

Mi hermano no había sido, en ningún momento, mi principal sospechoso. Cuando recibí el regalo del tío Frank, él había sido uno de los que menor interés había demostrado por el juguete; tampoco demostró, más que cualquier otro, la envidia generalizada. Incluso, había sido él quien me había recomendado guardarla de las manos que deseaban apropiarse de ella. Pero fue él quien la extrajo del escondite; fue él quien, por razones que jamás terminaré de entender, la usó para atracar a unos cuantos en el barrio, sembrando cierto pánico en el vecindario, al regarse la voz de los atracos cometidos a mano armada.

Fue a él a quien, en mitad de uno de sus atracos, se le disparó el arma –que, por razones que tampoco comprendo, llevaba el tanque lleno de agua–; fue él quien le mojó el rostro a su asaltado, un hombre de unos treinta y tantos que, al notar que el arma no era de fuego sino de agua, arremetió contra mi hermano, rompiéndole la cara a medias, pateándolo en el piso hasta que apareció de repente la policía –que, de no haber aparecido, probablemente mi hermano habría sido asesinado a golpes allí mismo–; el hombre dejó de patearlo al ver que la autoridad había llegado. Aún alterado, les contó que el tipo que se hallaba en el piso había intentado atracarlo, intimidándolo con una pistola de agua; y que él, al darse cuenta de eso, había tomado la ley en sus manos –y en sus piernas– y le había propinado al ladrón la golpiza que se merecía por haber querido robarlo.

Por su parte, desde el piso y entre lamentos, mi hermano se defendió diciendo que aquel hombre mentía, que lo había empezado a golpear brutalmente porque, sin querer, le había echado un chorrito de agua en la cara.

La policía evitó complicarse y a ambos montó en la patrulla rumbo a la estación. Allí les tomó la declaratoria y autorizó a mi madre –que se había enterado, quién sabe cómo, de que su hijo mayor estaba encerrado y maltrecho– a que se lo llevara a un hospital cercano, para que pudiesen atender las numerosas contusiones que se había ganado fruto de la golpiza.

Al casi atracado lo dejaron esa noche en la estación y lo soltaron al día siguiente. Mi hermano, por su parte, permaneció un par de días en el hospital, más por miedo a salir de nuevo a la calle que por cualquier otra razón. Nadie levantó cargos contra él; ni siquiera el hombre que lo golpeó se animó a hacerlo. Así que, al salir del hospital, mi hermano regresó a la casa y allí se mantuvo prácticamente en permanente encierro, consciente del riesgo que ahora corría al haberse descubierto que era él quien había estado tras los atracos que habían sembrado el miedo entre la gente del vecindario.

Durante aquellos días, fui en varias ocasiones a la estación de policía, con la ilusión de que alguien me devolviera lo que me pertenecía, mi hermosa pistola de agua que había sido decomisada por la autoridad –según lo que mi propio hermano me confesó en algún momento–; pero nadie supo darme razón de ella. Era como si nunca hubiese existido; como si yo, poseído por una locura enfermiza, hubiese imaginado toda aquella historia de la que no pocos en aquella estación se rieron hasta convencerme de que jamás la volvería a ver.

Nunca supe más de mi hermosa pistola; como nunca se logró aclarar quién estuvo tras lo que ocurrió unos dos meses después de que mi hermano saliera del hospital cuando, luego de estar desaparecido durante tres días, su cuerpo fue hallado en un potrero lejano, con tres tiros en el pecho y uno en la frente, en avanzado estado de descomposición.

 

 

 

 Autor: Juan Biermann López.

 

Nacido en Bogotá (Colombia) en 1980. Historiador y magíster en Estudios Culturales de la Universidad Nacional de Colombia. Fundador de Jübilo editorial independiente.


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