El tiempo del Gran Reloj

10/08/2018

En la ruta, corriendo hacia delante, tras mi destino, con mi brújula averiada y los sentimientos en un balde, aceleré un poco mi ansiedad pisando el pedal de la velocidad. El tablero indicaba un número elevado. Me había atolondrado la idea de cruzar por el maldito pueblo ese que tenía un peso muy especial para mí. La ruta se iba transformando mientras avanzaba, como si el devenir tuviera esa forma o imagen. Siempre que uno avistaba el pueblo, desde la lejanía, lo primero que asomaba era la punta del Gran Reloj, como una postal de bienvenida, una marca indeleble del lugar. Finalmente, los carteles que apuntaban desacelerar, aminorar el paso por la cercanía de la urbe. El umbral, el cartel de la ruta que recibía a las personas de más allá del límite territorial, asesinó de un disparo certero lo que hasta entonces era mi auto particular. El motor se silenció y los relojes de la pantalla desaparecieron. Como un aviso, los kilómetros andados que figuraban en el tablero volvieron a cero. No podía entender que habiéndole surtido nafta apenas unos momentos atrás, de repente, todo se silenciaba.

 

Miré mi reloj y también estaba muerto. Las agujas meneaban todas juntas como un péndulo, yendo y viniendo desde el seis hacia ambos costados. Con la última velocidad y el empujón que la inercia acompañó, mi auto quedó varado a las puertas de mi pasado. Pregunté la hora a una señora de vestido azul que cruzaba el parque. Una moda que no entendí. Inmediatamente después de ahogar esa curiosidad aceleré mis pasos y fui dejando huellas en el suelo pedrusco, escribiendo mi propia historia, como siempre. En ese apuro, olvidé la hora que indicó con seguridad aquella señora y tuve que hacerle la misma pregunta a un señor, esta vez, vestido de frac, un poco anacrónico o salido de una moda de otro tiempo, diría yo. No pudo contestar mi pregunta, su apuro lo mantenía ido, solitario. Crucé la Plaza Mayor como la llamaban y me percaté de una torre a media altura con una respuesta a mi pregunta sobre el tiempo; una hora casi horizontal. Era el Gran Reloj, supe después.

Era una torre de no menos de diez metros que se destacaba por sobre los demás edificios. Imprecisa en estilo. Me animé a pensar que se trataba de una torre románica, con algo de época colonial, pero con un reloj más bien isabelino. Un mosaico con injertos o parches de historia pegados. También blancos como aquel, todas las pequeñas construcciones se parecían a ellas mismas, como si hubiesen sido concebidas y construidas al mismo tiempo. Sólo el reloj y su torre habían sufrido las modificaciones que mencioné. Algo de importancia se había ganado entonces. Quizás sólo una idea fue suficiente, en un solo momento, para que la traza se dispusiera por encima del suelo de esa forma. También noté que todo el poblado (quisiera aclarar que aquí estoy de paso) parecía vivir en paz, pero distante. Acaso eso piensa un forastero cuando se aproxima a un lugar desconocido.

Entré a un almacén en donde creí poder encontrar alguien que pudiera ayudarme con mi problema. Mi auto tenía dificultades de índole desconocidas por mí. No había nada fuera de lo normal, tenía al menos esos conocimientos. Lo inesperado, o lo misterioso tenían una cita conmigo esta vez. En el almacén, me sugirieron que preguntara en la esquina. Un señor llamado Ulises. Cuando encontré el sitio, saludé al tal Ulises y le conté de mi problema e inmediatamente nos dirigimos hasta el auto que estaba postrado en un costado de la acera, vencido por las circunstancias, a dos cuadras exactamente. Cuando Ulises levantó el capot desestimó problemas básicos. Frunció el ceño extrañado y supuso elocuente acercarse al taller. Yo lo miraba y asentía con la confianza que me inspiraba aunque estaba nervioso, tenso.

 

-Es un tema extraño –dijo el mecánico.

 

-Genial –le dije yo invocando una ironía.

 

Acercamos el auto esos pocos metros que lo separaban del taller y empezó a trabajar con tranquilidad y orden. Me sirvió sin preguntar un poco de su mate que, como se veía, estaba recién hecho y esperaba por nosotros. Acepté. Habían pasado unas cuantas horas de mi viaje. 

Tardaría un rato en terminar con el arreglo, pensé, así que solté una pregunta para estirar la conversación.

 

-¿Ese es el Gran Reloj? -le sugerí curioso, mientras señalaba.

 

-Claro, -contestó él- dando por hecho que yo debería conocerlo como todos allí.

 

Esa era la razón por la que yo no quería detenerme en el pueblo de William Morris. Anduve 10 kilómetros, poco más, poco menos. Quería pasar a toda marcha, con los ojos cerrados por allí, pero el destino me tendió una emboscada. Conocer la historia del edificio que le costó la vida a mi padre, quien fuera obrero y se había echado a volar como el trabajador golondrina que era a aquella ciudad que necesitaba en tiempo record tal vez, crear un reloj, no me resultaba sencillo. Pero un reloj grande. Exactamente eso, un Gran Reloj. Poseía en sí una historia hermosa para todos excepto para mí.

 

-Es raro que no sepa mucho de él -siguió conversando Ulises. No debe ser de por aquí usted.

 

-No, pero tiene que ver con mi familia -contesté.

 

Por un buen tiempo, intenté no tocar el tema, pero por alguna razón Ulises me fue convenciendo de que no tenía entre manos otro tema de conversación. Ese bendito reloj parecía tener las de ganar.

 

Le resumí mi relación con el pueblo, y Ulises detuvo su trabajo para escuchar. Me dijo que conocía la historia de ese reloj de pies a cabeza. Si quería algo de él, pues él me lo contaría con mucho gusto. “Cada vez que llega alguien, necesito contar una historia. Esta es la que mejor conozco”, refirió finalmente el mecánico.

 

-Su historia, le decía, es hermosa. Un amigo la escribió –dijo Ulises.

Ulises era un hombre gris. Vivía en el pueblo hacía demasiados años ya, ni siquiera lo recordaba. Tenía su taller y vivía de una pensión que recibía del Estado debido a la muerte de su señora esposa hacía ya tres años. El taller, era su excusa diaria para seguir en la sociedad. Había olvidado por un tiempo mi apuro, supongo que lo juzgué innecesario.

Ya no sabía hacia dónde me dirigía en verdad.

 

-Yo soy una persona olvidadiza, pero esta historia en particular la tengo bien aprendida -me dijo.

 

A partir de allí, dudé de la veracidad de sus palabras, pero seguí escuchándolo. Tenía la breve sensación de conocerlo de otro lugar.

Quizás, reconocí su voz o su forma de contar historias.

 

-El reloj fue modificado, como le decía, a lo largo del tiempo (justamente como una metáfora del devenir) -dijo el hombre gris-. Fue una Clepsidra pero eso fue un problema porque luego de una escasez de agua, por falta de lluvias y apenas unas cuantas raciones para que sobrevivan las personas, el reloj se detuvo, como si las tristezas hubieran detenido el progreso del pueblo. Una lágrima puede secar los corazones, dijo como un poeta. En la construcción demoraron unos cuantos años. Antes, el tiempo no era una preocupación. Nos las arreglábamos. 

 

Cada vez que se metía a escarbar o trabajar en el auto perdía el hilo conductor. Cuando se acercaba a tomar un mate, retomaba desde donde había terminado y proseguía con una manera propia de alguien conocedor de los detalles. Yo seguía pensando en la suerte. Venir hasta aquí, averiar el auto y encontrarme con Ulises, una fuente histórica más interesante que cien libros.

 

-Unos años después –continuó Ulises- lo modificaron por otro de sol.

Pero claro, los días se acababan y el tiempo parecía tener la misma desdicha. Entonces, un inglés bastante embustero por cierto, trajo de Europa un reloj con péndulo y números romanos. La gente daba por sentado de que si el reloj venía desde tan lejos era porque debía ser excelente. Sí, había costado mucho dinero. El gobierno no tardó en sumarle a los impuestos convencionales un aporte especial por la incorporación de tan sofisticado aparato. De esta forma, todos parecían saber en qué tiempo estaban con sólo inclinar apenas la cabeza hasta la pequeña torre del reloj. Parecían tener la necesidad diaria de consultarlo. Admiraban su belleza, organizaban sus días, sus actividades… en fin, todo parecía funcionar mecánicamente, como un reloj, diría yo -y reímos.- Allí obtuvo el galardón de Gran Reloj, como muestra de su crecimiento. El progreso se acordaba del pueblo esta vez.

 

Ulises hacía comentarios sobre el pueblo en general también. Justo a tiempo, decía, a las doce del mediodía recuerdo, se echó a andar el tren. Otra forma de pensar en el futuro, se creía. El primero era a leña.

También vino de Inglaterra. El Reloj, La Estación de Tren, La Catedral y la Escuela. De eso se trataba el pueblo en ese entonces. Hace unos pocos años, el reloj se modificó por ese digital que se ve ahora. Todos los anteriores están en el Museo de la esquina. La Historia del pueblo tiene la forma de un reloj, aunque claro, nadie cree lo mismo.

 

-Siempre me dio curiosidad cómo funcionan los relojes… -dije de improviso.

 

-Es más interesante lo que simbolizan -me interrumpió- Su mecánica es simple. Lo primero es encontrar una fuente de energía. Si bien podemos hablar de la inercia, el agua, un resorte y otras, me parece que el primer motor somos las personas curiosas por saber qué es tal o cuál cosa, por ejemplo, el movimiento. Sin energía no hay impulso, bien. Sin movimiento no hay acciones, o sea, las cosas no suceden. Si las cosas no suceden no hay tiempo, y sin él, no hay historia. Uno podría decir, y con esto caer en una trampa, que si me mantengo quieto el tiempo simplemente no transcurriría ¡Terrible error! Es muy simple el problema: Siempre encontraremos movimiento, mismo en la quietud.

Hay cosas que no podemos detener. Nuestros pensamientos y nuestra ansia por comunicarlos son la prueba más eficaz. Por eso existe la historia, porque alguien la cuenta.

 

-Usted parece un sabio -atiné a decir luego de su perfecto monólogo- El problema de la historia es que sin recuerdos acaso no tiene valor –dije tristemente-. Si no puedo recordar, todo esto que hablamos es absurdo.

 

-¿Qué quiere decir? –desplegó Ulises.

 

-Tengo Alzheimer, no voy a recordar ni esta conversación ni nada más, así que, me gustaría poder cruzarlo alguna vez, si no le molesta.

Quisiera que me cuente esta y otras historias. Como si acaso fuera mi memoria, tan frágil pero tan valiosa… esta historia que usted cuenta vale la pena escucharla todos los días… o escribirla.

 

-Claro -me contestó- aunque, y esto se lo digo sin ánimo de ofenderlo, espero que no lo olvide. Anótelo, para eso sirve escribir…

 

-Mi padre vivió muchos años aquí. Durante mi infancia era mi héroe, siempre estaba allí para solucionar todos los problemas del universo, parecía saberlo todo. Cuando se marchó para trabajar en la construcción de este bendito reloj lo odié hasta hoy. Ya tengo cuarenta años y entendí que sólo vivió para trabajar. Supongo, o a veces me gusta pensar, que todo lo que hizo, lo hizo para que al menos su familia pudiera vivir en verdad.

 

La conversación se detuvo un instante. Ambos tragamos saliva y solté una nueva pregunta. Perdón que le pregunte pero ¿puede ser que yo a usted lo conozca?

 

-Claro, yo siempre estuve aquí. Estaba esperando que lo preguntara de una buena vez. En el medio de todos los tiempos o todos los lugares, por encima de ellos, siempre estuve yo. En el bar con Nicola y El Pescador, por ejemplo. Pero también fui jesuita en las selvas sudamericanas. Escuché cantar al Pardo Wilson, presté café en el ambiente de la Justicia. Entregué la carta del suicidio. Escribí tu nombre en este libro…

Los dos nos miramos sin confusión alguna, y luego de unos breves segundos, estallamos en una risa ruidosa. El Gran Reloj, sin avisar nada, al mismo tiempo que nosotros, se frenó, y con él, el pueblo desapareció… aquellas personas, su Plaza Mayor, su Gran Reloj, sus recuerdos… desaparecieron en el olvido de aquel señor olvidadizo, como si hubiese pestañado algunas veces y cerrado los ojos al fin. La memoria es una máquina del tiempo, eso es claro, supe leer alguna vez.

Por un tiempo, se dijo que el Gran Reloj se detuvo, como si pudiera ser concebida la idea en sí, y el pueblo, padeció la misma patología inexplicable. ¿Por qué se detuvo? ¿Una amenaza de los dioses? ¿Un error de la física? Una crisis tal vez. El tiempo siempre estuvo allí, al igual que el bendito Gran Reloj. Nadie recordará el futuro, por eso tenemos al reloj y su museo. El tiempo tiene su propia historia. Los antiguos creían que aquí estábamos y aquí estaríamos siempre pero ¿qué hubo antes del principio? ¿Qué habrá luego del fin? Seguramente un Gran Reloj o un libro como este.

 

Autor: Ignacio Belsito

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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