Antes de las nueve

10/08/2018

     Se despertó en la madrugada con la sensación de estar con alguien más en la cama.  Estiró el brazo para palpar el lado izquierdo. Cerró los ojos con fuerza, volvió a dormir y otra vez  apareció  la misma fachada de ladrillos viejos y verdosos de moho. Sonó el despertador, no se había levantado y ya estaba cansada. 

     Durante la mañana  se ocupó lento de la rutina. Las imágenes borrosas de la pizzería  le quitaban concentración. Rompió el recipiente del gato, quebró el tallo de la camelia trasplantada, dejó la canilla abierta  del lavadero; cuando se cortó el dedo gritó  ¡Basta!  Decidió no cocinar. Picoteó las sobras de la noche anterior  y se tiró en la cama para descansar mientras esperaba  la novela de las dos de la tarde.  El gato se ovilló a sus pies como siempre. Dormitó durante todo el programa, las imágenes del sueño se repetían y  la fachada del local recuperaba su nitidez. Se levantó  convencida de que tenía que pasar por el lugar.

     Camino diez  cuadras por el boulevard, respirando con fuerza el olor a tilo,  había aprendido a  guardar el aroma y a soltarlo  junto a los recuerdos.  En la vereda, justo frente a la ventana de su pieza habían tenido un árbol  añoso que  florecía tupido y perfumaba la casa. Dobló a  la derecha, el  barrio  no había cambiado excepto por el supermercado chino y algunas viviendas imponentes, cuadradas. Llegó a la diagonal para subir hacia el centro, prácticamente no quedaban construcciones bajas… “pensar que nos  parecía el culo del mundo”. Caminó otra cuadra.“¡Allí está!” exclamó señalando  una pizzería  con la puerta vaivén de madera, la manija de bronce y los vidrios del ventanal decorados con filigranas  gastadas.  Cruzó la calle y entró, el olor de la levadura le resultó familiar. Parada en el umbral repasó el local: el piso de pinotea  y la barra del fondo  estaban intactos,  la vieja caja registradora convertida en lámpara; aún pendía el reloj de lata esmaltado,  apenas se le había borrado la marca del fernet,  sus números se leían desde lejos. ..¡las siete menos cuarto, ya! Las mesas y las sillas no habían cambiado demasiado, las paredes de ladrillos sí, ahora estaban cubiertas  con un centenar de  fotos de   personalidades con firmas y dedicatorias… ¿Cuántos años pasaron?  Sin embargo el tiempo parecía  detenido,  hasta el mozo  que se aproximaba aparentaba  ser el mismo, aunque ahora más gordo y pelado.

-¿Es muy temprano para comer?

- Señora siempre se está a tiempo para saborear nuestra pizza – respondió el mozo con una sonrisa -¿prefiere con vista a la calle?

-Sí, por favor.  

    Se sentó  en dirección  a la puerta de entrada. Resabios que le habían quedado desde los  tiempos  en que  una discreta esperanza la mantenía alerta.  Pidió una porción de napolitana, faina, agua sin gas y un vasito de moscato. Menos el agua, es lo que él ordenaría. Frente al vidrio se  acomodó el cabello gris, peinó las  cejas con los dedos  y  pintó sus labios  con un brillo rosado. Quitó la chalina del cuello para no mancharla.  Si mantenían el estilo, le traerían la porción chorreando salsa y mozzarella. No estaba en sus planes salir a comer  sola, no acostumbraba a hacerlo, le entristecía,  pero estaba allí dispuesta  a   disfrutarlo.                                 

    Se miró las  uñas  prolijamente pintadas, las manos  huesudas y los dedos flacos. Para no perder la alianza se había colocado un anillo más chico en el mismo dedo, jugaba con ellos mientras esperaba la comida. ¿En qué momento me salieron estas manchas oscuras?                                                                                         Llegó el mozo con la bebida y la tabla con la napolitana y  el fainá. “Buen provecho” dijo el mozo,   ella agradeció con un gesto.

     Aquella  noche dejaron  a los chicos en la casa con el pijama puesto y los cuentos de la abuela. Fueron caminando  a  la  pizzería de la diagonal para poder hablar tranquilos.  Armando alcanzó a contarle que estaba preocupado,  habían corrido la voz de que circulaban  listas negras en el Astillero y  que  Tincho  hacía dos días que faltaba, que no estaba por ninguna parte.  Ella se levantó para ir al baño, entraron  y se lo llevaron,  todo fue rápido, confuso. Conservó nítida la imagen del reloj de la pared del fondo con sus agujas  marcando las nueve.      

     Probó el vino dulce, le gustó. Mordió la pizza, efectivamente conservaban el estilo. Terminó el moscato de un trago y pidió otro. El murmullo comenzó a  perturbarla. Miró por la ventana, las luces de la calle se encendieron de golpe, cerró los ojos y se apretó  el oído con el índice derecho  para espantar el zumbido que la aturdía.  Al  abrirlos se   quedó tiesa  frente al muchacho alto, morocho, de unos treinta y tantos  años. Intentó tomar agua, pero no le alcanzaron las fuerzas para levantar el vaso.

-¿Puedo? - preguntó él señalando una silla. Catalina no respondió.

-¿Puedo?- insistió y  se sentó.

-¿Armando?– preguntó-  ¡Dios mío! Armando – dijo  y  se ahogó con sus  lágrimas.

-No llores,  no tenemos tiempo, sólo  un  instante - dijo firme y extendió sus brazos sobre la mesa para secarle las mejillas.

- ¿Qué  pasó?¿Que te hicieron?

- Ya ni me acuerdo.

- Mentís… tenías razón aquella noche se llevaron a los seis- Catalina respiró profundo-te busqué  por todas partes, por todos los rincones te buscamos por años ¿Qué te hicieron?-

- Lo de siempre, ya sabes, golpes,  el baúl…reconocí el camino de Ensenada por el olor ¿Te acordás? Era insoportable y cuando se me aflojó la venda pude ver  los adoquines de la prefectura. 

- Les  seguimos el rastro hasta allí; todos estos años preguntando, esperando  que   alguien nos dijera que te había visto, que había  escuchado tu nombre, que nos contara algo, cualquier cosa.

- ¡Caty, no perdamos tiempo! Faltan segundos para las nueve- dijo Arturo señalando el viejo reloj de la pared

- No te vayas, los chicos están…

- Shhh – le puso el dedo sobre los labios- sé todo, los criaste bien, los  tres   haciendo su camino ¡buenos chicos!...  lo de  chicos es una manera de decir, tienen más edad que yo-  rió.

-Armando nunca te abandonamos.

- Yo tampoco  ¿Quién te parece que te abrazó las noches que temblabas de miedo? ¿Nunca sentiste un pellizcón en el culo? - rieron los dos.  Catalina estiró el brazo para acariciarlo,  tiró el vaso con un resto de moscato sobre la mesa, el tenedor al piso y se encontró con las manchas de su mano. Se asustó.

-¿Qué  me está pasando?

 -  Dejá que ocurra, linda. Linda  como siempre.

- ¿Linda? Estoy  vieja, puro hueso.

- Puro hueso – sonrió -  ¿Querés que te cuente? – preguntó  jocoso.

- Siempre con ese humor, no cambiás más.

- Y, no- volvió a bromear-   son casi las nueve, dale, regalame una sonrisa- dijo y se puso de pie.  Catalina lo miró con desesperación - Vine para contarte que los jodí Caty ¡los jodí!  Me fui antes, sin dolor, me fui quedando como dormido…       

 -Por favor no te vayas- le pidió entre sollozos.  Él le acercó la cara.            –Me tengo que ir ¡Mirame! 

     Catalina entró en sus ojos, las arrugas de su cara se esfumaron; la melena, ahora oscura, le creció hasta los  hombros y sus manos, libres de toda mancha, se entrelazaron  con las de él y pudo decir su nombre sin llorar.

 

Autora: Patricia Chabat

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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