Un instante distinto

 Yo tocaba el violín como lo hago siempre, en un cruce cualquiera, donde más gente pudiera escucharme. Donde más gente pase en verdad, eso de escucharme es otro tema. Uno hace lo que hace más por el goce que le produce hacerlo que por el beneficio económico. Aunque no voy a negar que algunas monedas se juntan, más que ganancia por un trabajo artístico es algo así como una retribución pequeña por la voluntad de entregar una parte de uno a los demás. Y en el fondo, eso creo que fue exactamente lo que pasó aquella tarde, que ya ni recuerdo de qué día era. Estoy seguro que no era fin de semana ni vísperas de uno, era un día laboral, de entresemana, un martes o miércoles. Un día bien cargado de la rutina y la furia que el mundo tiene cotidianamente, con la gente pasando apurada, con sus bolsas, sus mochilas, sus compras para la cena, sus abrigos bien aferrados, porque hacía frío, de eso me acuerdo. También recuerdo los trenes pasar, de norte a sur y de sur a norte, desde los trabajos y hacia los mismos, desde las obligaciones hacia los placeres, o los escasos descansos prometidos por estos tiempos. Eran las  seis de la tarde, justo ese espacio donde el sol solo está en algunos edificios altos, lejos de nuestros pies y nuestros pasos, como si parpadeara y solo alumbrara algunas piedras, algunas ventanas cerquitas del cielo. Donde yo tocaba ya no había sol, la luz de los faros y carteles luminosos ya lo habían reemplazado. Y allí estaba yo, una vez más, parado en mitad de la indiferencia del mundo, empuñando mi instrumento, sacándole melodías para la nada misma, o para mí mismo, para ese ser interior que me invita a seguir haciéndolo tarde tras tarde, junte o no dinero, reciba o no aplausos.

 

Yo tocaba el violín como lo hago siempre. No miraba nada en particular, casi que solo miraba mis manos tocando la molestia de la tarde bulliciosa. Y de pronto llegó él, primero observándome a unos pasos de distancia, más cerca del cordón de la vereda, luego acercándose hasta detenerse a mi lado. Se contuvo de decirme algo, o eso me pareció percibir, y se dejó caer lentamente hasta quedar casi casi sentado en el piso. Codo a codo con el estuche de mi Stradivarius. Yo tocaba y él escuchaba, movía mis dedos concentrados en su memoria ensayada, él alternaba su mirar en mi violín y en algo que no podría decir qué era, si un objeto, una mujer, un hombre, la propia estación de trenes, los colectivos doblando en la avenida, o todo ello junto, como un remolino en el interior de su cabeza. Nunca nadie había hecho algo así cuando toco. Prestarme tanta atención, embebiéndose tan profundamente con mi desempeño, utilizando la música para construir un instante distinto, porque eso creo que hizo él en esa tarde. Huir a través de mis acordes, y viajar, evocar vaya a saber qué rincón de su vida. Haciendo un esfuerzo por regresar yo mismo a aquella tarde, recuerdo que las pocas veces que me di la posibilidad de mirarlo, de refilón, y como espiándolo, lo vi llorando sin lágrimas. No sabría decir si de alegría o de pena. Nunca sabré si le di vida a alguna parte muerta en su existencia, o si terminé de sepultar algún resto de esperanza en sus días venideros.

 

Poco antes de las siete de aquel atardecer, y con más decisión que nostalgia, se incorporó dejándome un billete en la funda semivacía. No me había mirado al llegar, tampoco lo hizo al irse. Lo observé yéndose, sin ninguna señal de haber dejado algo más que dinero junto a mí, caminando despacio; creo, juraría, que llevándose algo de lo que pude sacarle a mi violín, como si realmente hubiese pagado por algo tangible guardado en el bolsillo, como si realmente yo le hubiese dado, a cambio de su billete de cien pesos, algo valioso e inestimable. Me gusta pensar que sí. Si así fue nunca daré otro concierto igual a ese, y jamás tendré otro público como ese.                       

 

Autor: Gabriel Rodríguez 

 

 

 

 

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