Metrónomo

05/04/2018

 

     Una cosa es mirar un clavo, mirar un martillo, y entender cómo clavarlo. Otra es mirar un clavo, mirar un martillo, y sentir en cada nervio el dolor incomparable en tu cabeza mientras los golpes, secos y definitivos, te entierran en la madera.

     Jamás olvidaré los jadeos de Alejandro contra mis oídos aquella noche bajo la autopista, mientras me clavaba contra la pared del estacionamiento. Esos jadeos nunca me abandonarán. Regresan a mí mientras me desvisto para la ducha, o al bajar del colectivo, o cuando percibo un movimiento tras de mí en la noche. Mi memoria malherida los ha ido desfigurando en pasos, pasos que me siguen por todas las calles de esta ciudad sorda y sin compasión. Marcan el ritmo de mis días y constituyen para mí el mismo paso del tiempo. Un tiempo sin esos pasos es ya inconcebible. La vida sin Alejandro también, aunque renuncié a ella y la vivo sin concebirla. No consigo creer su ausencia y es por eso que guardo silencio. Pero los pasos de esa noche siguen reproduciéndose en mi cabeza. Mi silencio es la única respuesta que puedo dar a ello. Temo una transmutación peor: en tambor. Que los pasos se tornen tambor y el tamborilero, al frente de la tropa, dé por iniciada la guerra. Una guerra de la que yo no tengo esperanzas de salir con vida. Mis supuestxs  aliadxs elegirán sin duda la vía de la neutralidad. Alejandro era un buen pibe, Alejandro era muy inteligente, ¿y por qué cortaste con Alejandro? Si estaba re bueno. Ese murmullo tenue, apenas un rumor distante, no me salvará de mi destino atroz. Sin ejército propio, sin tambor que tocar, el tambor enemigo acallará mi muerte. Así que silencio. Silencio para prevenir el tambor. No ser detectadx por el radar, que infaltablemente marca a cada segundo mi paradero. Presiento dentro mío que él sabe mi ubicación. Cada segundo la señal confirma que él me ve, que él me sigue, pero no me busca. Espera que cometa un error, que camine en falso. Y allí, en cuanto emita un único sonido fuera del compás prefigurado para mí, donde rompa el orden establecido para mi existencia, todas las alarmas sonarán al unísono. Todas las tormentas, los estruendos, los jadeos, pasos, tambores y radares, todos cayendo sobre mí a la vez, clavándome en la muerte que no por muerte es calma. Solo una vez que me entierre por completo, quizás mi dolor pueda expandirse y acalle este ritmo que hoy rige mi cuerpo.

 

 

Autor: Iván Polasek

 

Nací en Buenos Aires. Estudio Licenciatura en Matemática y eso se trasluce en lo que escribo, en algunos textos más que en otros.

 

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Imagen de Felix Toranzos

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266