¿Felicidad?

05/04/2018

     Entró a la cocina y la vio. Estaba sentada, apoyado el codo en la mesa, la cara en la mano. Fue directo a la heladera sin hacer siquiera contacto visual. La respiración de ella se vio afectada por su irrupción en la quietud del aire. Intentó seguirlo con la mirada pero no le interesó lo suficiente como para separarse de su mano. El sonido de la puerta de la heladera abriéndose la hizo girar para investigar simultáneamente qué había. Las caras de ansiedad y sorpresa fueron tan similares que podría haberse puesto un espejo en frente de cada une y hubieran sido la misma persona. Arrastrando los pies, él se acercó a ella por detrás. Ella ya se había vuelto a la posición original y sólo escuchaba. Si le acaricio el pelo capaz me perdona.

    Ella nunca había llegado tarde, siempre fue una persona puntual, hasta cuando salía con las amigas. Si decía que a las cuatro de la mañana llegaba, a las cuatro de la mañana el sonido de la llave en el cerrojo lo despertaba. Si decía que para el almuerzo estaba, él, muy seguro, ponía el plato, y ella estaba. Nunca le fallaba en este aspecto. Capaz era desordenada, no cocinaba tan rico ni le gustaba barrer pero su puntualidad era tal que emparchaba cualquier imperfección que tuviera. Por esta misma razón, en su trabajo ella era muy valorada y requerida, y por esta cualidad que la resaltaba en el mercado laboral, él, decidió hacerse cargo de la casa. Limpiaba con una ansiedad insoportable, cocinaba con  obsesión y precisión, ordenaba todo en su preciso lugar todos los días y amaba con locura a su hija. Su mayor falencia era su carácter, era amo de casa por excelencia pero paciencia no le pidas. Si algo no le gustaba del accionar de otre, lo decía, sí, no de la mejor manera, pero lo decía, y sólo una vez, porque para él ya era suficiente como para que le otre persona entienda. A la segunda vez que creía tener la necesidad de hacerlo, en su frente se notaba la ira de la repetición. En sus mejores momentos no era un dictador del comportamiento pero cuando se enojaba el mundo debía girar en la otra dirección si es que él lo pedía, y no quiero tener que repetirlo. Ella, fanática de Racing, lo pensaba como un árbitro que nunca saca roja directa, pero que si tiene que sacarte la segunda amarilla, sea el momento del partido que sea, te la saca sin dudarla.

     Bianca ya tenía 3 años y hablaba. Él podía pasarse horas jugando y conversando con ella, después de haber ordenado, mientras que su hija miraba la tele. Diez minutos antes que mamá llegue, Bianca ya estaba bañada y siempre bien predispuesta para recibirla con muchos abrazos y preguntas, así como él, listo con todo para tomar unos mates. Ella llegaba y la felicidad no disminuía con el paso de los días, ni de las semanas ni del tiempo mismísimo. Desde que Bianca podía moverse por su cuenta, este momento del día se transformó en el mejor, tanto para ella como para él. La misma secuencia de imágenes, las mismas sonrisas, los mismos abrazos, las mismas miradas y el aumento de la felicidad por el crecimiento de la niña, cada vez más alegre y expresiva. Cuánto más feliz era, más inteligente parecía. Siempre le acercaba a la mamá todo lo que había encontrado en el patio en el día que pasó, para que ella seleccione un elemento y se lo agregue a la colección que su hija comenzó a delinear en su mesita de luz. Caracoles, hojas secas de miles de colores, florcitas y flores, y hormigas muy rojas formando un espiral cada vez mayor en el centro del mueble, que con el paso de las semanas iría ocupando más y más. Siempre le mostraba todo lo que había leído en el día y le señalaba particularidades en sus libros tan vivos que descubrió en su infinito afán de aprender, leyendo sobre tigres, margaritas e iguanas. Siempre les tres, en la mesa de la cocina, acogedora, llena de mermeladas como para abastecer a una familia numerosa, pan, galletitas, mate y la taza de la niña, riéndose y disfrutando la merienda como si fuese la última de toda la vida, con el foco puesto en la pequeña, que deslumbraba por la verborragia, lucidez y una infinita curiosidad por las cosas de la vida. La cocina iluminada directamente por la luz cálida que entraba desde el patio y se colaba en el ambiente con los rayos, con las últimas luces del día, constituyó así el lugar favorito de la familia durante meses, siendo no sólo el lugar donde comían: era el lugar donde la felicidad se incorporaba a cada une, transformándoles en partes individuales de una misma sonrisa. 

 

     Si la cotidianeidad descubre los puntos esenciales y necesarios de la vida, también vela los monstruos de la personalidad individual. La costumbre de la puntualidad a él lo colocó en un lugar tan cómodo como feliz. La seguridad de ese minuto no lo hacía moverse de donde estaba. Les actores de una obra saben que comienza en un instante determinado, que el desarrollo llega hasta un punto, cuando el nudo comienza y hace su aparición la resolución del conflicto. ¿Pero qué pasa si se quita a une de les integrantes de esta obra y se agrega a otre que no tiene idea de la dinámica de este grupo, que aparece y simplemente lee el guión, no se entiende con les demás, y además siempre llega tarde o demasiado temprano? El hombre[1] es un animal de costumbres puede escucharse a cierto grupo de académicos intelectualoides afirmar. Entonces, sin las costumbres, ¿el hombre es simplemente un animal más? ¿pierde ese algo que lo convierte en la especie que de cierta manera desobedece al instinto?. Él cayó en la cotidianeidad, donde la burbuja no es rompible desde dentro y únicamente un objeto fuertemente punzante la puede hacer estallar. Este objeto fuertemente punzante fue ella -¿fue ella?-.

 

     Días antes del veintitrés de mayo la niña y él comenzaron a pensar una sorpresa para su madre. Su cumpleaños estaba cerca y querían que ella sonría como nunca había sonreído. Como nunca, él salió de su casa con la niña más que para hacer lo que hacía siempre, las compras. Salieron en busca de una panadería cuya vidriera los convenza de que ese es el lugar donde hacen las mejores tortas del mundo. Se perdieron en el camino, guiades por los gestos de asombro de la niña, que encontró un mundo nuevo, diferente al patio gris del jardín y al limonero diario de su patio. Llegaron a una plaza donde ella observó cómo les demás niñes se divertían. No pudo resistirse. El padre le soltó la mano y le dijo: ‘’un ratito’’.  Sin perder su nervioso cuidado la seguía a todos lados con la mirada, con una felicidad ciertamente verdadera, tan verdadera como su preocupación por la altura, como la sensación de estar siendo aguijoneado en la espalda. Un tiempo después la niña se cansó y acudió a su padre, que ya se había acostumbrado al peligro aunque festejando por dentro la continuación del paseo. Ella estaba cansada y feliz, así que en hombros de su padre comandó el paseo con una sonrisa.

     Como el final de un arcoíris, la panadería apareció, con tortas llenas de frutas y chocolate y dulce de leche que hacían agua la boca. Diez minutos antes de que la madre llegue, Bianca ya estaba lista con un paquete escondido tras su espalda, bañada y vestida para después de la merienda ir a la cena familiar. Sin embargo, los diez minutos pasaron y el sonido de la llave en la puerta no se oyó. Él, impaciente, ya estaba corriendo hacia el lugar de la falta con la mano en el bolsillo. El celular vibró y vio el mensaje de ella, que le decía que se vengan para acá, que la madre la invitó recién y que fue directo para ahí. Menos mal que ya estaba listo sentenció en su cabeza. Dejaron la torta sobre la mesa de la cocina, el termo, el mate con la yerba nueva y la bombilla esperando al lado de la tarjeta amarilla.

     Llegó a la casa de la suegra con el mejor humor del mundo, porque no iba a ir a hacer papelones ahí, saludó a cada presente con una sonrisa muy cariñosa y a la madre de su hija le deseó un muy feliz cumpleaños acompañado de un abrazo y un beso en la mejilla. Se sentó a su lado, construyó una pared imaginaria en su costado y empezó a hacerse el gracioso con todo el mundo. La cena continuó y nunca mostró señales de enojo, solo ella sintió la incomodidad de estar a su lado. La niña, siempre tan molesta, no paraba de llamarlo a jugar, propuesta que siempre era rechazada con una mirada de evidente molestia por él. Bianca no entendía por qué y reiteraba la propuesta, su madre tampoco lo entendía. Les demás, entre el alcohol, la comida y la felicidad, ni se percataron de la situación. Eran les tres actores en el nudo de la obra en un escenario lo suficientemente brillante como para que nadie quiera levantar la vista por el miedo a encandilarse. Ella sin la puntualidad no era ella, y eso generó en él la irrupción de una nueva actriz que no sabía cómo encajar en el grupo ya creado. Ella se sentía tan fuera de todo que no entendía.

     La niña continuó en la insistencia al punto de llegar al reclamo, al punto de hacer que él se moleste, a pesar de haber creído ser explícito en el no quiero. Lo peor que podría haber sucedido es que la madre intervenga en el pedido para intentar convencerlo. Y sucedió. Sin ni siquiera separar los dientes para hablar él respondió con un rotundo "callate’’. A la niña le susurró con una dulzura categórica: "Hija, estoy cansado, prefiero quedarme sentado al lado de mamá. Andá a decirle al tío’’. Les demás, en la espesura de la luz, no pudieron ver cómo la hija se alejaba de la situación de incomodidad, compuesta por la posición relajada del hombre, atravesando un brazo por detrás del hombro de la mujer, sin tocarla siquiera, que lo miraba sin entender qué pasaba, cruzada de piernas, de brazos, frente al tamaño de él, enormidad que nunca había notado, que ocupaba todo su espacio personal, tanto con piernas como con brazos, casi empujándola al borde de su silla al tiempo que con el abrazo la arrastraba a él.

     La cena terminó sin que intercambien ninguna otra palabra. El momento de los saludos la rescató de la profunda oscuridad de la mente en la cual aquella situación la sumió, percibiendo la sonrisa falsa de él así como su invasión y poder. Por el contrario, él no recapacitó ni por el amor familiar, ni por la radiante sonrisa de la madre de su hija (que al lado suyo no había aparecido en ningún momento de la noche, hecho que lo enojó aún más) y sólo fingió, como cuando llegaron, la calidez. Desde la puerta de la casa de su madre hasta la puerta de su dormitorio hubo silencio, distancia y miedo. Ella seguía sin entender por qué.

     Cuando entraron a su casa él llevó a Bianca a la cama. Ella saludó a su madre y fue al cuarto. Allí se vistió para dormir mientras el padre fue al baño. Él fue a arropar a su hija, salió de este cuarto, gruñó un "Hasta mañana’’ y de un suave pero violento portazo entró a su habitación. En este instante, casi como si hubiera estado guionado, ella entró a la cocina.  El termo, el mate, la bombilla y la torta seguían ahí. "Cuando llegues metela en la heladera inmediatamente que está muy pesado y va a quedar horrible’’ sonaba en su cabeza mientras se sacaba la ropa. Linda piba la de la panadería, cómo me la hubiera chamuyado, yo pensando en esta boluda. Lástima que estaba Bian, cómo le hubiera sacado el número la puta madre. Con los ojos cerrados, imaginándose a la chica del mostrador, metió una mano por debajo del cobertor, después por debajo del pantalón, empezó a tocarse. La envoltura que le habían hecho quedó en el piso, destruida por el enojo, junto al dibujo de Bianca, donde caían unas gotas blancas que no habían logrado quedarse en la mesa junto a la otra mitad de la cobertura de la torta. La bombilla, al lado del mate, estuvo a minutos de ser tragada por el líquido blanco que chorreaba desde esa masa amorfa derretida. El sonido del agua de la canilla contra la pileta rompió el silencio, sonido que se escuchó hasta el interior de la habitación, lo despertó del éxtasis en el que él estaba y casi como un reflejo, cerró los ojos de vuelta para ocultar en el sueño lo que estaba haciendo. Después de haber colocado la torta en la heladera, limpiado la mesa y el piso, y haber intentado rescatar el dibujo de la niña, entró al cuarto. Con él dormido y la tarjeta amarilla en su mano, se acostó. Se durmió instantáneamente.

     El animal de costumbres perdió su humanidad. Si antes estaba dentro de una burbuja, ahora es un robot, que limpia, barre y cocina. Y está enojado. Y sólo limpia, barre y cocina. No ríe, no juega ni espera. Bianca perdió a su padre ahogado en el enojo. Cualquier hecho que esté por fuera de este éter inmovilizador es como un pinchazo al sistema nervioso que lo hace reaccionar. Lo peor de todo es la especie humana, que actúa y encima se equivoca. Y encima, la segunda advertencia, siempre, en todo el mundo, en toda la galaxia, es adiós.

 

     Bianca en penitencia por no estar quieta en todo el día. Él arrojado en el sillón iluminado sólo por el brillo de la tele. Ella, en la cocina, después de haber llegado a la misma hora de siempre, atada a los movimientos de él, enojado, atento a cada puto movimiento que haga, posible motivo de enojo, efectivo motivo de miedo, es una marioneta. El titiritero está enojado y la coloca en posiciones extrañas mientras él está en el sillón, moviendo con una mano a la niña y con la otra a su mujer. A la primera siempre la esconde, mirá si va a estar todo el día de acá para allá, jodiéndome, rompiéndome las pelotas. A la segunda la estira contra natura desde la puerta del trabajo al supermercado, no te voy a dejar hacer otra cosa que este recorrido ¿me escuchaste? me hiciste meterme la torta en el orto y la nena se fue llorando de acá esperándote porque a vos se te ocurrió hacer lo que querías, demasiado que te ayudo limpiando y cocinando, me banqué que me humilles tirándome adentro de esta casa para que haga todo lo que tenés que hacer vos, y sabés por qué hago eso, porque vos no podés hacer ni arroz pasado ¡inútil!.

     Con la vista clavada en la tele, las piernas sobre la mesita y las manos, la escucha moverse en la cocina, espero que haya comprado todo lo que le dije. Pero me avisó, medio con lo justo pero me avisó, yo no puedo ser tan cabrón viejo, si la querés y tus mejores recuerdos son con ella hermano y Bianquita la puta madre como me gusta escucharla correr en el patio. por qué la metí en el cuarto. voy a empezar yoga. no puede ser que explote por una boludez. no puede ser. un día me va a agarrar un bobazo y chau, las dejo en pampa y la vía y qué carajo hacen sin mí, me tengo que calmar. no puede ser que cuando el mundo actúa cuando y como yo quiero está todo bien y después me ponga así, les hago mal viejo. no puede ser. Último momento. El jefe de una banda de piratas del asfalto fue atrapado tras un operativo realizado en Villa Devoto.

     Se levantó del sillón y fue a abrir la puerta del cuarto de Bianca. Ella estaba sentada en su cama viendo el libro de las plantas que le regaló la abuela. Desde la puerta, él le sonrió dulcemente y ella le respondió saludándolo feliz con la mano. Dejó la puerta abierta, se dirigió al interruptor de la luz del living y lo prendió. Dudando, fue a la cocina con la idea de cocinar algo rico para preparar la reconciliación. Entró a la cocina y la vio. Estaba sentada, apoyado el codo en la mesa, la cara en la mano. Fue directo a la heladera sin hacer siquiera contacto visual. La respiración de ella se vio afectada por su irrupción en la quietud del aire. Intentó seguirlo con la mirada pero no le interesó lo suficiente como para separarse de su mano. El sonido de la puerta de la heladera abriéndose la hizo girar para investigar simultáneamente qué había. Las caras de ansiedad y sorpresa fueron tan similares que podría haberse puesto un espejo en frente de cada une y hubieran sido la misma persona. ¿Es pelotuda? No fue a comprar un carajo y no hay nada, ¿qué hora será?. Arrastrando los pies, él se acercó a ella por detrás. Ella ya se había vuelto a la posición original y solo escuchaba. Si le acaricio el pelo capaz me perdona y podemos ir a comprar algo rápido, pero mirá que yo intento estar bien pero ella no hace un carajo, no me ayuda, yo así no puedo. El silencio era peor que una discusión gritándose. Una bandita elástica totalmente estirada hubiera tenido menos tensión que ese ambiente. Toser era imposible, ella era una estatua, y este líquido congelado en el que ambes estaban sumergides era controlado por él. Solo él decidía cuándo y por qué desaparecería, ella estaba atada a su decisión. Y así fue. ¿No compraste nada?, no disculpá pensé que había fideos estaba demasiado cansada, pero a la mañana te di una lista de lo que necesitaba para cocinar hoy, estoy cansada perdón mañana compro todo, bueno está bien.

     No me voy a enojar de vuelta, viejo habías recapacitado. Abrazala y pedile perdón. Ella sintió la presencia de él detrás. Cuando él le preguntó sobre las compras, ella cambió de posición y ahora se encontraba con ambos brazos sobre la mesa y la frente apoyada sobre ellos. Desde ese punto sólo podía verle la parte de abajo del cuerpo, las piernas pegadas a la silla. La espalda toda curvada sobre la mesa hubiera parecido predispuesta a recibir el latigazo sabiéndose culpable del error pero él no quería enojarse. Ella sintió la proximidad de la mano acercándose al hombro. Sintió la calidez con la que la agarró. Mientras la invitaba a darse vuelta con el objetivo de la reconciliación, la presión sobre el hombro aumentó. Los dedos se clavaban sobre la carne. Disculpá ya sé que te tendría que haber avisado antes pero no te lo podes tomar así, ya lo sé disculpá vos (no te enojés), pero pará que me está doliendo soltame. Ella se paró, se dio vuelta y logró verlo. Se fijó en sus ojos, no te enojés no te enojés no te enojés no te enojés no te enojés no te enojés no te enojés no te enojés, no los tenía abiertos, estaba haciendo fuerza con los párpados para mantenerlos cerrados, le vio la cara roja, casi a punto de llorar, sintió tristeza por él, llegó a sentirse muy culpable por hacer lo que hizo, le pidió perdón de vuelta, que la próxima avisaría, que él sabe que ella es una obsesiva por el tiempo y que sabe que si él le hiciera eso a ella se enojaría tanto como él lo está, pero mirá si va a haber próxima pelotuda no te enojés. Todavía haciendo fuerza, la abrazó y se apoyó en su hombro para llorar, pero no lloró. Desde afuera de la cocina se hubiera podido escuchar su respiración agitada, y si Bianca hubiese estado atenta a lo que pasaba en la cocina, su curiosidad la hubiera guiado allí, pero el libro de las plantas era hipnótico.

     Casi sollozando y en su hombro, le propuso cocinar algo pero antes de terminar se acordó que no había nada. No te enojés vamos a comprar y listo no te enojés. Se separó de su hombro, estaba muy rojo, ella se asustó, capaz le estaba pasando algo más. ¿Todo bien? Antes de contestarle le puso las manos en los brazos, casi atándola, inmovilizándoselos, pero ella estaba muy preocupada por su color. A vos te parece que puede estar todo bien, te vivís cagando en mí primero me encerraste durante años acá haciendo lo que vos tendrías que hacer solo porque calentás a tu jefe y te paga bien, ¿qué decís? ¿qué te pasa?, y si yo quiero trabajar ¿qué onda? me banco todo por vos y una puta vez que te pido algo no lo podés hacer porque decís que estás cansada, ey dale calmate ya sé que me equivoqué y te pedí perdón no es para tanto, ¿no es para tanto? qué egoísta hija de puta. Las manos fueron subiendo con el discurso violento hasta llegar al cuello, inmovilizándola, pero ella ni se dio cuenta de las posiciones, tenía miedo frente a la enormidad del monstruo enfrente, desde el cuello para abajo su cuerpo no reaccionaba, como si fuese ropa y nada más, como si estuviese sedada. Te quise dar una oportunidad más, quise perdonarte pero no colaborás. Ni él mismo controlaba su cuerpo, cada vez más sangre en sus brazos, en sus dedos, en su cabeza. Sus latidos podrían haberse escuchado desde afuera de la cocina. No colaborás y yo así no puedo, no me dejas ser, estoy encerrado acá, y vos cagándote de risa afuera, en tu laburo y encima llegas acá y tenés todo servido, que pelotudo que soy. Su cuerpo, liviano ya, tenía espasmos en el intento de defenderse. Las piernas, en el piso, hubieran parecido que colgaban, no tenían fuerza para mantenerse estables.

     Perdón no va a pasar más se llegó a oír antes de que la niña suelte el libro que traía para mostrarle una flor a la madre después de verla como un muñeco de trapo que su padre sostenía por el cuello, todavía temblando, en los últimos atisbos de vida, mientras él, ciego en la oscuridad total, no controlaba sus manos en el infinito aumento del ritmo de la sangre, con los ojos penetrando la mirada perdida de la mujer en frente, casi levantándola a su altura.

     El golpe del lomo contra el suelo lo alumbró. Vio a la madre de su hija y a su hija, ambas teniendo los ojos igual de abiertos, ambas igualmente paralizadas. Aflojó las manos y cayó de rodillas junto al cuerpo.

 

 

 

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[1] En este caso, con "el hombre’’ me refiero a la especie humana.

 

 

 

 

Autor: Anónime

 

Otro texto él mismo: https://www.revistaextranasnoches.com/single-post/2017/11/01/La-tuya-miasonrisa-y-el-fuego

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266