¿Dónde andará Dulce?

                                                                                 Cuesta este mundo, ya lo sé.

Susy Shock

 

Aunque en la guerra usara varios alias, el nombre de pila de Jandaíra era Dulce. Supe eso a dos años de habernos conocido. Yo había ido una noche en compañía de un amigo a bailar en la Toca del Zico. Era temprano (en el interior de Amazonas el horario de la joda no es como en Buenos Aires). Estábamos por ahí moviéndonos, tomando Malt 90, de repente alguien llegó abrazándome por detrás y me tapó los ojos. Le toqueteé las manos, la cabellera ondulante, la cara… No adiviné. Al destaparse mis ojos, no me lo podía creer. Lucía mucho más femenina que en el tiempo en que éramos salvajes de la noche, cuando ella no pasaba de un chico que se vestía de chica. Ahora estaba más guapa que Roberta Close. Yo no paraba de chamuyarla mientras girábamos y girábamos remecidos por el baile…

 

Exta sí, exta no, exta sí, exta no…

No no no no-no no-no no sí-sí-sí no no no-no no-no hoo ha!…

            Lamentablemente, no demoró en decirme que tenía que irse a laburar. Insistí en acompañarla. Fuimos caminando hacia la calle Almirante Tamandaré, hacia un antro donde ella encontraba algunos clientes. En el trayecto, en un matorral por detrás de la escuela Virgilia Maddy, matamos la nostalgia. Supongo que era un sábado o feriado, yo no había podido llevarla otro día pues estudiaba por la noche y era un alumno ejemplar. Si no podía llevarla, en adelante fui a buscarla todas las noches durante los cuatro meses que estuvimos juntos. Antes de ir a la escuela José Mota, pasaba por su casa para preguntarle dónde estaría esa noche. Terminadas mis clases, me iba con la bici a donde ella estuviera. En general estaba en esa boîte a la que me referí o en la Plaza 16 de Julio, esa que queda cerca del muelle. Me sentaba en los bancos de cemento o en algún otro lugar a esperarla terminar con algún cliente. Con excepción de algunas noches de innombrable lascivia, pasada un poco la medianoche acababa su jornada. No teníamos mucho tiempo uno para el otro porque estábamos cansados y tendría que levantarme temprano al otro día. Pero era divertido. Ella compraba una cerveza e íbamos tomándola de regreso a casa. Pasa que una noche en que se pinchó el neumático de la bici, volvíamos los dos caminando alrededor de la una. En una ciudad chiquita, a estas horas no hay nadie en la calle. No había peligro. Las pandillas habían sido diezmadas por la mano del capitán Afranio, quien había aprovechado la notoriedad para elegirse concejal de Manacapurú. Por consiguiente habíamos agarrado el trayecto más corto que pasaba por el barrio San Francisco. Un tanto recelosos de transitar como si nada por el no tan antiguo territorio de los Ángeles de la Muerte, caminábamos callados, mirando hacia el frente y hacia atrás. Dulce se descalzó los tacones que tanto la favorecían pero que eran demasiado ruidosos para la silenciosa noche tropical. Hasta la birra tragábamos en muy pequeños sorbos, el miedo nos hacía sudar frío… No pasó nada ahí. Y no imagino que lo que pasó pocos minutos después haya sido la arremetida de alguno de los antiguos ángeles poniendo en práctica alguna acción extemporánea contra dos salvajes. Habiendo pasado el puente del Cai n’água, Dulce se puso otra vez los tacones. Pudimos restablecer el ritmo de nuestra respiración, beber la birra en grandes tragos, reír en medio de la calle, frotarnos en los muros, lo que nos diera la gana, como si sintiéramos que nada era imposible bajo el señorío solitario de la luna.

            ― ¿Cuál es la diferencia entre Chaparral y los otros barrios de Manacapurú?

            ― Es una ciudad completamente diferente.

Nada podría interponerse a nuestra disposición de amar, esa noche, no fuera por el inesperado encuentro con cinco tipos salidos desde la nada. Íbamos subiendo la inclinación de la calle C antes de llegar a la Av. Gilberto Mestrinho y de golpe los vimos viniendo en nuestra dirección. Como veníamos tan entretenidos en nuestros juegos, nos habían visto mucho antes de que nos percatáramos de ellos. No había posibilidad de esconderse, de volver y doblar en la calle D o de correr. Instintivamente, Dulce volvió a descalzar los tacones y puso el brazo izquierdo sobre mi hombro, como una novia que confía en su muchacho. Yo seguí caminando en el centro de la calle como si no les tuviera miedo. Y no lo tenía. En esa época no me temblaban las rodillas en situaciones reales como esas. Cerca de nosotros se dividieron para los costados, tres para un lado, dos para el otro. Parecía que nos iban a tener respeto, ya que no eran de nuestro barrio. Con todo, en el último segundo uno de los que pasaba al lado de Dulce le golpeó la mano derecha en que colgaban los tacos. Salieron pateándolos de uno a otro como si fueran pelotas. No soporté ver la mirada impotente que ella lanzó a sus calzados rojos. Como no pensaron que íbamos a tener coraje de reclamarlos ni se daban el trabajo de mirar atrás, de modo que tomaron con sorpresa la potente patada voladora que le di al que iba de último y que derrumbó dos que iban frente a él. Vinieron los otros dos y yo intenté el increíble golpe de una pulgada en uno de ellos. No me salió. Resumiendo la contienda: me sujetaron y uno de los que se levantaban vino y me reventó con un puño americano. Dos dientes se cayeron (esos en los que se ven el armazón de metal). La sangre rodaba de mi boca. En eso llegaba Dulce para salvarme de la saña de los malos. No fue posible. Aunque les pegara certeros golpes con uno de los tacos que había recogido, no tuvieron dificultades en tirarla al suelo y empezaron a patearla por todo el cuerpo. Yo intentaba levantarme, pero en ese momento el mundo giraba demasiado veloz para mí. Después de que la patearan repetidas veces, uno le pegó un puntapié mortal en los testículos. Sin lograr ponerme de pie, los vi arrancando palos de un cercado. Nos iban a empalar vivos, si no fuera por el estampido que se oyó y que les hizo salir caminando hacia atrás, temerosos, y arremeter en desenfrenada carrera. Nuestro salvador era el sereno de la escuela Regina Fernandes. Guardando el revólver con el que había tirado rumbo al cielo, me ayudó a levantarme. En medio del dolor en mi boca, le oía como si un ovni de lejos me estuviera hablando de costumbres que yo no conocía. Creo que me preguntaba qué hacíamos a tan altas horas en la calle o cosas así. De pie, mareado, logré llegar a donde estaba Dulce, en ovillo, gimiendo en el suelo. Con el sereno, intentamos erguirla. Le costaba, le dolía demasiado en la entrepierna. Yo le explicaba que tenía que levantarse y erguir los brazos.

            ― Como no futebol ―me acuerdo que le dije.

           No sé si ella me entendió. Las palabras no salían claras de mi boca llena-llenándose de sangre debido a la hemorragia. Igual no le era posible realizar la acción que yo le ordenaba. El sereno sí me entendió, porque agarró el brazo de ella y empezó a tirarlo para arriba, entre tanto yo la sostenía para que no se cayera. Después de levantarle los brazos una y otra vez, el sereno dijo que lo mejor sería que fuéramos hasta la escuela. Entre los dos medio que arrastramos a Dulce hacia la entrada del edificio, la sentamos en un banco que había ahí cerca del portón. Él entró al establecimiento. Mientras tanto yo la revisé porque estaba muy ensangrentada. Pese a que la hubieran pateado fuerte, no había sangrado. La sangre que había sobre ella era mía. Iba a rasgar la manga de la remera para ponerla en mi boca cuando el sereno llegó trayendo una botella de agua y un botiquín de primeros auxilios. Pasó el agua a Dulce y me extendió un frasco de violeta y una venda de gasa. Usé una parte de la gasa para intentar aplacar la salida de la sangre. Dulce gemía con las piernas entreabiertas. Como si dijera que más no podía hacer, el sereno nos aconsejó ir a ver un médico. Le dijimos que íbamos. Le agradecimos por todo y nos fuimos.

           Bajamos por la Av. Gilberto Mestrinho muy lentamente. Yo la sostenía con una mano y en la otra llevaba sus tacones. Paramos varias veces para descansar. Yo aprovechaba para tirar el trozo de gasa empapado de sangre y poner uno nuevo con violeta en mi boca. De a poco la hemorragia se fue atenuando. Quedó solo el intenso dolor como de quien extrajo un diente o dos y la sensación de que mi labio superior estaba enorme. Por la dificultad de Dulce en caminar, nos llevó como dos horas recorrer las seis cuadras desde la escuela hasta su casa. Así que entramos, le ayudé a recostarse en la cama. Con mucho cuidado pero diligente, me puse a desvestirla: el vestidito color tango, la bombacha negra, la tanguita trucadora beige. Ella gemía un poco. Sus testículos estaban muy hinchados. Le dije que mantuviera las piernas abiertas. Ella empezó a lloramingar, no solo por el dolor, sino más por el miedo de que sus testículos se quedaran abultados para siempre. La intenté tranquilizar diciéndole que no, que me había pasado algo semejante en el fútbol. Fui a la heladera a buscar hielo y con un pañuelo, muy suavecito, empecé a hacerle compresas en los testículos hinchados. Me daba mucha pena. Yo no sabía si realmente iban a disminuir de tamaño. Nunca me había pasado algo tan grave en el fútbol. Para ayudar con el calor, puse el ventilador sobre el taburete del tocador y direccioné el viento a sus genitales. Entre quejidos, me preguntó si yo estaba bien. Miré mi boca en el espejo oval de su viejo tocador. Parecía que ya no sangraba de ninguna manera. Los dos dientes estaban rotos: uno por la mitad, cortado un poco en diagonal, y el otro casi al ras de la encía. El labio estaba partido, si bien no estaba tan enorme como se sentía. Me detuve mirando el color violeta que dominaba mis órganos bucales.

          ― Sim, estou bem ―le contesté.

          No dejaba de acordarme de que ella envidiaba mucho que mis testículos fueran más chicos que los suyos, y ahora entonces… Al final se durmió. Le di un beso en la frente y fui a forrar el suelo con una manta. Medio que descerró los ojos y me preguntó qué estaba haciendo. Le expliqué que era mejor para que se acostara con las piernas abiertas, pero susurró que me quería al lado suyo. Antes de juntarme a ella en su camita de una plaza, fui hacia el aparatito de radio y lo encendí. Al acostarme a su lado, se acurrucó pichona en mi pecho y la consentí acariciando y oliendo su pelo siena teñido. Fuimos adormeciendo al sonido lírico cebollero de For making love, como siempre hacíamos en los días que su mamá no estaba y acabábamos la noche juntos.

           ― Feche seus olhos.

           ― Dê-me sua mão, querido.

           En la habitación de sombras y penumbras, la analgésica voz de F. Cavalcante nos apagó antes de que la noche cerrara sus labios. En mi caso, no por mucho tiempo. Me dormí por lo máximo unas tres horas muy mal dormidas. Me desperté con la boca doliéndome intensamente. Buscando no hacer ruido, me levanté. Luego de apagar la radio que ya transmitía cualquier cosa, fui a preparar una infusión de agua salada para hacerme gárgaras. Volví y me senté al borde de la cama. Dulce respiraba pesado, como si estuviera teniendo una pesadilla. Pasé los dedos por su pelo y ella agarró mi mano. Después de algunos minutos haciendo gárgaras, el dolor se fue amortiguando un poco y volví a acostarme a su lado. Al despertarme definitivamente la vi contorsionándose para poder mirarse los testículos en el espejito de un estuche de rubor. Al verme despierto, empezó a refunfuñar sobre sus “testículos de dinosaurio”. Entre bostezos, me levanté y fui a mirarlos y le garanticé que habían disminuido. Ella no me creía y no paraba de lloriquear. Le dije que no se preocupara, que iba a preparar una sopa para alimentarnos un poco y enseguida iba a llamar a mi madrina para que me enseñara algún remedio casero. Preparé una sopita aguachenta con fideos y una que otra verdura que era lo que había de comer en la casa. Al tiempo que se enfriaba, Dulce se levantó de la cama y fue al baño caminando con las piernas abiertas. Empezó a lloriquear otra vez porque le dolía al orinar. Yo le ayudé a volver y nos pusimos a comer. Aunque estaba liviana, me costaba ingerir la sopa. Yo ponía los fideos con bastante líquido cerca de la garganta y los sorbía sin rozar la encía superior. Aun así era incómodo. Mientras comíamos, Dulce me contó la pesadilla que tuvo. Era la continuación de la biaba que nos dieron sin la intervención de nuestro ángel de la madrugada. A pesar de la mucha hambre que tenía, pude comer muy poco. Fui a casa a cambiarme de ropa y del teléfono público ahí cerca llamé a mi madrina. Como empecé a hablarle con dificultad por la situación de mi boca y con rodeos por el tema, me dijo que le hablara sin vueltas. Le narré que un amigo había recibido un fuerte golpe en los testículos jugando al fútbol y quería saber qué podía hacer porque le daba vergüenza ir al hospital. Mi madrina me explicó que tenía que ir a ver un doctor, si no iba lo mejor sería poner una compresa helada. Le dije que eso ya lo había hecho. Entonces me dijo que le dijera para descansar, tomar dos aspirinas al día durante una semana, beber agua de garbanzos, nada de comer huevos… y no recuerdo qué más recomendó. Antes de colgar, quiso saber por qué mi voz estaba tan rara. No sé qué cuento le mandé, estoy seguro de que no le dije que había perdido los dos dientes. Volví a la casa de Dulce y no nos despegamos todo el fin de semana: mirando la tele, comiendo helado, completando palabras cruzadas, oyendo For making love para cerrar en paz sedante la noche. Al poco tiempo sus testículos volvieron al tamaño normal. Ella nunca paró de decir que habían quedado enormemente mayores que antes. En la siguiente semana su mamá regresó del interior y no pude ir a visitarla más en casa, pero siempre encontrábamos la forma de vernos. Todavía una vez, sin saber que era nuestra despedida, saltamos los muros de la escuela José Mota y ahí en los fondos…

             ― Agora sim são verdadeiros boquetes os teus ―me dijo, refiriéndose a la falta de mis dos inmensos incisivos centrales.

            Ella no volvió a ir a los puntos de prostitución de Manacapurú. Algunas semanas después de lo que nos pasó, agarró sus cositas y esperanzosa se fue a Manaos con una amiga. Si de la ventana del micro me hubiera dicho algo como: “¡Tal vez no te vuelva a ver, prenda de mi corazón!”. Pero no: me dijo que volvería con dinero para que yo me pusiera los dientes. Durante meses esperé que llamara al teléfono cerca de mi casa. Desde entonces nunca más me gustó el verde. Cinco años más tarde, ya viviendo en Manaos, fui convocado como miembro de mesa electoral y volví a Manacapurú. Pasé por la peluquería del Mendes, donde la había acompañado un par de veces a hacerse el pelo y él me dijo que la única cosa que sabía de ella era que se había ido a las Guayanas. No creo que lo que las chicas dicen a sus amantes está escrito en agua corriente o en el aire, creo que a lo mejor quiso volver conmigo pero no pudo por alguna razón. No tengo dudas de eso porque en nuestras andanzas en muchas ocasiones nos poníamos a caminar en silencio, no tanto por miedo a alguien en concreto sino por una especie de incomodidad. La misma incomodidad que a veces hacía que Dulce sin más se volviera una lágrima viva. En esos momentos yo le plantaba incontables besitos en la mejilla y, pasado un ratito, ella enjugaba la cara en mi hombro y volvía a sonreír. Más de una vez tuvimos conversaciones aparentemente banales y que, emergiendo hoy a la superficie, adquieren una pesada carga ontológica. Como en un nostálgico domingo a las orillas del Mirití cuando me preguntó qué iba a hacer cuando completara mis dieciocho años:

           ― Vou mudar de vida ―le dije con confianza.

           Al devolverle la pregunta, ella, que llegaría a esa edad dentro de pocos meses, me contestó con otra pregunta y un dejo de congoja:

           ― O que que pode esperar uma bicha da vida?

            Y las aguas se enturbiaron con la cortina de vacío que afelpó el instante.

           Además de la saudade que me invade… me gustaría que dónde quiera que esté, en estos momentos en que me acuerdo de ella, de repente se sintiera amada. ¡Porque eres y serás para mi alma un día de sol, eso eres tú! No obstante no puedo dejar de enturbiar mi ternura porque al mismo tiempo se me presenta y superpone este mundo de mierda donde todavía se hace difícil imaginar a una chica trans celebrando sus 40 años.

 

 

 

 

Autor: Mauricio Collares

 

Escritor y traductor. Ha publicado los libros: Caléndula blanca (2016) y el Tambor de la memoria gira (2017), con la editorial Ojo de Poeta.

 

 

 

 

Please reload

Todos los textos de está página pertenecen a sus autores, así como la mayoría de las imágenes. 

Si algún visitante siente vulnerados sus derechos de autor puede escribirnos a revistaextranasnoches@gmail.com  

que de inmediato retiraremos el material.

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266