Adiós, Niño Raúl (Cuentos de la Gringuita)

01/12/2017

 

 Nos cruzamos a mitad de camino entre su casa y la mía. Nos miramos a los ojos y nos sonreímos por primera vez, o nos reímos mejor dicho.

 

-Chau, René, suerte.

 

-Chau,  suerte vos también.

 

Creo que es la primera vez también que nos dirigimos la palabra, aunque cursamos juntos sexto y séptimo grado.

 

 René está yendo a mi casa porque quiere que mi mamá le dé clases de cerámica. Yo estoy yendo a la suya, porque mis padres le propusieron a la mamá de René que en vez de pagar, me dé clases de telar a mí a cambio.

 

-¿Viste que René no es como los demás chicos de la escuela? Mi hijo es bueno, no es un guarango como los otros- Me dice doña Leda.

 

Tengo que hacer un esfuerzo para recordar cómo era René en la escuela, aunque acabo de egresar. Para mí era parte de la masa uniforme de pequeños seres humanos crueles y libidinosos con los que compartí los últimos dos años de mi niñez.

 

 Pero ahora que doña Leda lo dice, me doy cuenta de que es verdad, que él no es como los demás. No tengo recuerdos de René haciendo gestos obscenos, ni diciéndonos guarangadas a  las chicas, ni estigmatizándome como los otros.

 

La vez que me tocó llevar la horneada a la escuela y  Cacho me gritó delante de todos: -¡Guarda, Jipa, no le vayas a poner marihuana al pan!- René no festejó la ocurrencia con los otros.

 

El día que los chicos apedrearon a la hermana de Cacho, René no estaba entre los agresores.

 

René es harina de otro costal, pero jamás lo registré hasta ahora. En cambio, por lo que me va contando la madre, él me tuvo presente siempre.

 

-Dice René que hacés  unos títeres re lindos, que para el 25 de mayo, armaste vos sola una obra para el acto escolar, con el guión y todo, que fue un cago de risa.

 

 Se me hace un nudo en la garganta. Nadie me hizo ningún comentario de la obra de títeres en su momento y el recuerdo que tengo de ella es haber llegado a mi casa con un  sentimiento de culpa, porque se me ocurrió que tal vez había sido  irreverente con la fecha patria.

 

 La casa de René parece una galería de arte.

 

 Las frazadas y los tapices  son muy distintos entre sí, pero todos tienen el alma de doña Leda puesta en su individualidad.  En su casa, puedo imaginar un mundo artesano perfecto, sin los tres últimos siglos de revolución industrial. Pienso qué pasaría con los valores de intercambio. Tal vez se mantendrían estables como las clases de cerámica y telar que estamos intercambiando, y no estaríamos hambreados por la hiperinflación.

 

El que más me llama la atención es uno que tiene en el medio un ciervito. La particularidad es que está tejido en dos piezas que luego fueron cosidas, con una mitad del ciervo en cada una y coinciden perfectamente las dos mitades.

 

 A medida que pasan las semanas, en esta galería de arte particular se van sumando las piezas de cerámica de René. Mi mamá dice que es un artista increíble, que aprende rapidísimo.

 

Doña Leda me dice que elija los colores de las lanas que quiero usar. Me llaman la atención las  rosas, azules, verdes y violetas. Me voy a dar cuenta de mi propio mal gusto demasiado tarde. Ella carga las lanas hiladas gruesas para telar en una bolsa y su tejido a dos agujas en una canasta.

 

-¿Qué llevo, doña Leda?

 

-Llevame la radio, me gusta escuchar la radio novela mientras tejo.

 

Cruzamos la calle y caminamos un par de hectáreas por el terreno de enfrente, donde tiene el telar. La ayudo a armar los hilos, me indica cómo empezar el tejido, prende la radio y se pone a tejer a dos agujas.

 

Es la primera vez que escucho una radio novela. En el pueblo no hay tele, pero en mi casa ni siquiera tenemos radio.

 

Me llama la atención y me causa gracia, la r tucumana. Yo aprendí a usarla para no desentonar, pero en la radionovela está más marcada.

 

-Niño Shhhaúl.

 

Dice llorosa María, la protagonista.

 

-¿Qué es ésto, María?

 

-Su shhhegalo, niño shhhaúl, su shhhegalo de casamiento.

 

-Es hermoso, María.

 

-Adiós, niño Raúl, adiós para siempre,  que sea muy feliz.

 

 María llora y a mí me dan ganas de llorar también por ese personaje de ficción que se despide de su amor imposible con una r que me da risa

 

-¡Pero qué regalo de mal gusto te hizo la sirvienta!

 

Gruñen  las tías malvadas de Raúl

Van pasando los días, va avanzando el tejido y los capítulos de la radio novela con la que ya  estoy enganchadísima

 

-A veces pienso que sería lindo ver una novela en televisión- Dice doña Leda- Pero la radio me gusta, porque puedo hacer cosas mientras escucho.

 

Me sigo cruzando con René todos los días tan callado como siempre, pero ahora me entero de que habla por lo que me cuenta su mamá.

 

 

-Dice René que escribís unas poesías re lindas, me dijo: “no sabés, mamá, qué linda poesía le escribió al señor maestro para su despedida, lo hizo llorar”.

 

-No, no lloró por mi poesía, estaba emocionado con el acto en general…

 

-Pero René me dijo que lloró justo después de que vos leíste la poesía.

 

Otra vez me invade un sentimiento de culpa.

 

La poesía la escribí porque la señorita directora  me lo sugirió.

 

A la directora la amo, es el único ser por el que me siento comprendida y no juzgada en este páramo de gente endurecida como las piedras que lo cubren.  No le podía decir que no.

 

 Hacia el señor maestro tengo sentimientos encontrados.

 

Mi último año en la escuela, fue también el suyo. Según me explicó la señorita directora, decidió irse de la escuela, a pesar de que cobraba más que en su Santa María natal, por ser zona  inhóspita, porque a su hijo le estaba yendo mal en sus estudios. Pasando toda la semana en esta zona inhóspita y sólo los fines de semana en Santa María con su familia, no podía ayudar al hijo con la tarea.

 

 Supongo que debe ser un buen padre, pero si para ayudar a su hijo usa los mismos métodos que con mis compañeros, no sé sí va a agradecer mucho su regreso a la paternidad de tiempo completo. Ya en mis primeros días de clase, vi estrolarles la cabeza contra el pizarrón a un par que no se habían aprendido una poesía. Yo no sabía que había que llevarla estudiada de memoria, pero me la memoricé ahí mismo por las dudas que fuera a ligar un golpe también. Pero el señor maestro a mí nunca me puso una mano, ni un puntero encima.

 

-Estás pasando mucho tiempo en casa de René y René está pasando mucho tiempo en tu casa.

 

 Me dicen los hermanitos Gutiérrez con los que iba a la escuela y jugaba a la pelota hasta el año pasado. Ahora el menor está en segundo grado.

 

 -Pasé a gatas- Me dijo cuando le pregunté cómo le había ido.

 

 Siempre me impresionaron las verrugas de sus manos, pero hoy  me dan más aprehensión que nunca. Él y sus hermanos están torturando escarabajos que tratan de escapar corriendo entre sus verrugas.

 

 -¿Qué andan haciendo tanto tiempo juntos vos y René?

 

 -No andamos juntos, cuando él está en mi casa, yo estoy en la suya.

 

 -Mirá, éstos son vos y René- Me dice colocando un escarabajo encima de otro. Los aplasta con el dedo.

 

 Veo mi posible amistad con René manchada con ese pasticho de escarabajos asesinados.

 

 

 

-Lástima que nos hicimos amigos recién ahora que se van- Dice doña Leda.

 

-Sí, lástima- Digo yo.

 

René, que ese día está en su casa, no dice nada.

 

-Tomá, ésto es para para vos- Me dice doña Leda y me da una bolsa con la frazada que tejí con ella, que siempre pensé que iba a deshacer al terminar mi práctica, para recuperar la lana.

 

 -No, es demasiado, doña Leda.

 

 -Es tuya. René me dijo que no es justo que no te quedes con tu frazada porque él se quedó con todas  las piezas de cerámica que hizo con tu mamá.

 

 Agradezco la frazada de dos plazas, de colores horribles elegidos por mí. Me despido de doña Leda y de René para siempre.

 

 Camino a casa, me detengo a despedirme de la acequia. Tomo agua y respiro profundo, sabiendo que nunca voy a volver a tomar un agua tan rica ni respirar un aire tan puro.

 

 Miro hacia el cerro donde se lee en letras gigantes formadas con piedras blancas BIEN VENIDO MENEM, y me despido de las bien venidas también.

 

 Paso delante de la casa de los Gutiérrez. Debajo de la arcada quedan aún restos de la masacre de escarabajos del otro día, pero los tres hermanos menores no están, está sólo el de 16, o 18 o 19, o 20, no sé bien porque siempre me mintió con la edad y con muchas cosas más. Según mis cálculos, cumple años dos veces a al año, así que ahora  debe tener 21.

 

 No pensaba despedirme de él, pero en el fondo quería verlo al pasar por última vez delante de su casa.

 

 -No te vayas, me dice con los ojos llenos de lágrimas.

 

 Recuerdo que él fue el primer hombre que vi llorar y también que vi mentir llorando. Así que sus lágrimas ya no me toman por sorpresa.

 

-Mis padres decidieron irse.

 

-Que se vayan ellos, vos quedate.

 

-Tengo catorce años, no me puedo quedar sola.

 

-Quedate conmigo.

 

-Vos te vas a casar.

 

-No, la voy a dejar.

 

-Siempre decís lo mismo y después te aparecés con ella en mi casa.

 

 Sigo camino cuesta arriba, con la bolsa que me pesa cada vez más, pero vuelvo sobre mis pasos enseguida y lo abrazo.

 

-¿Te vas a quedar?

 

-No, volví para darte esto- Le digo y le entrego la bolsa con la frazada.

 

-¿Qué es esto?

 

-Tu regalo, tu regalo de casamiento. Adiós, que seas muy feliz.

 

 Sigo caminando, esta vez sin mirar atrás. Cuando se que ya no puede verme, me río y lloro al mismo tiempo.

 

 

 

Autora: Teodora Nogués

 

Nací en septiembre de 1975 en Buenos Aires, Argentina. De chica viví en un velero que zarpó de San Isidro en 1983 y naufragó  cuatro años después en el mar Caribe, luego de recorrer lentamente toda la costa de Brasil, la Guayana Francesa, las Pequeñas Antillas y Puerto Rico. El resto de mi infancia y parte de mi adolescencia las pasé en tierra, pero llevando con mi familia una vida bastante aislada y desarraigada. Viví en los Valles Calchaquíes tucumanos, donde terminé mis estudios primarios, a los trece años de edad,  en una escuelita rural de tan sólo cincuenta alumnos. Luego vivimos en distintas localidades cercanas a Orán, provincia de Salta. También en algunos  pueblos de Bolivia y en una comunidad wichi. Una desgracia familiar nos trajo de regreso a Buenos Aires donde puede empezar mis  estudios secundarios a los 17 años en un Centro de Estudios de Nivel Secundario acelerado para adultos y terminarlos a los 20. Desde entonces, no volví a mudarme fuera del radio de Capital Federal y Conurbano, ni tengo planes de hacerlo.

Por haber tenido una infancia y adolescencia tan “viajada”, mucha gente me sugirió que tendría que escribir mi historia. La verdad es que siempre me gustó escribir, pero las anécdotas de viaje pintorescas por sí solas no tienen mucho interés. Es más la búsqueda interna que vino después lo que me moviliza. El darme cuenta de que en todas partes hay infancias desamparadas y abusos de poder.

Soy coautora, junto con mis compañeros de elenco y mi directora, la mexicana, Sol Ulacia Fernández de la obra teatral Ex Niñas de la compañía Teatro Horizontal

 

 

 

Facebook:  Teodora Nogués

 

Dibujo de Eduardo Sobico

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266