Abstracta soledad

Al igual que las cinco noches anteriores, la extraña figura se posó frente a la casa de  Úrsula Invenenato. Ella la espiaba a través de la cortina pero no lograba divisar ningún rasgo que le dé personalidad a la oscura silueta, era como una sombra. Su presencia le quitaba el sueño y solo conseguía dormir al salir el sol y el extraño se esfumaba. Eran casi las siete y estaba oscureciendo en el Oeste, su papá golpeó varias veces la puerta pero la joven roncaba sobre la alfombra como si no existiera un mañana. Se despertó por repentino cosquilleo en los pies que le produjo el pelaje de su abultada mascota. Hortensia era su coneja confidente, muy bien alimentada, y juntas pasaban la mayor parte del tiempo a solas en su habitación, leyendo sobre conspiraciones o mirando documentales sobre extraterrestres. Úrsula saludó a su padre, a quien no se animaba a contarle su problema, y él le dio el dinero para los mandados y pidió que se apure, aunque nadie más que ella querría regresar a su refugio antes de que el cielo ennegreciera. El cuerpo de la tímida Úrsula no pasaba desapercibido al caminar por el barrio, su larga cabellera negra, ojos verdes y su piel pálida destacaban aun más sus grandes senos – Hola mamu, hace cuánto que no te veo! – le gritó alguien al pasar. En el supermercado chino compró fideos instantáneos de distintos sabores, sus favoritos, la comida para el resto de la semana y las latas de energizante que la ayudaban a mantenerse en vela. Su padre trabajaba como sereno en una fábrica y por lo que ella quedaba sola en casa y con la extraña figura acechándola no se animaba a cerrar los ojos. Salió desesperada del súper pero olvidando poner la vista al frente y chocó contra alguien dejando caer sus lentes – Cuidado mamu! ¿Estás bien? – le preguntó ayudándola a colocarse las gafas. Al verla no pudo contener el rubor, era Lara Corazones, mejor conocida como la Pitu, una ex compañera de curso. Aunque de baja estatura, era bastante pendenciera y busca roña, solía sentarse en la esquina a escuchar cumbia con sus amigos. Nadie por aquellos lados se atrevía a hacerle frente y su nombre era señal de respeto, era el polo opuesto a Úrsula y también su amor no confeso. Como agradecimiento por ayudarla, la Pitu se sirvió una lata de cerveza y la acompañó hasta la casa mientras conversaban sobre las épocas en la escuela media. Entre una cosa y la otra Úrsula le contó sobre su problema nocturno y ella le anotó su celular para que la llame si algo ocurría.

 

Era tarde y su padre ya se había ido a trabajar, Úrsula y Hortensia comían pochoclos mirando la tele en el comedor cuando la luz se cortó. Sin entrar en pánico buscó una vela en la cocina y agarró una escarchada lata de energizante, tomó a la felpuda coneja y juntas se atrincheraron en la habitación. Los posters con naves espaciales y aliens las observaban mientras se acurrucaban en el futón. Iluminando el libro con el flash de su celular leyó en voz alta sobre predicciones mayas, sintiéndose así menos sola. De tanto en tanto ojeaba el número de la Pitu pensando en escribirle pero no estaba segura. De pronto un brusco ruido en la ventana la obligó a lanzarse bajo la cama. Temblaba de miedo abrazando a su coneja y un par de golpes se repitieron sobre el vidrio y vio a la sombra alzarse cubriendo toda la ventana – Dale abrime mamu! – gritó al lado. Saltó rápidamente sobre el pestillo de la ventana ya que la Pitu estaba parada sobre las resbalosas tejas del frente. Luego de que entrara, Úrsula observó la vereda de enfrente pero ni rastros de la extraña figura. Una dulce caricia en su pelo bajó hasta su espalda tomándola por sorpresa mientras cerraba la cortina.

 

– Estás llena de pelusas mamu ¿estabas abajo de la cama o qué?

– Algo así – dijo muerta de vergüenza

– Vine para hacerte compañía. Bah, así podes dormir... además te quedan como cinco cervezas ¿no?

 

La Pitu tomó una cerveza tras otra mientras la otra se preparaba un café y luego se recostaron en el futón a charlar. Úrsula le contó sobre sus aficiones respecto al universo, le habló de cientos de teorías y conspiraciones sobre alienígenas, ocultismo, masones y tantas otras cosas que jamás llamaron la atención de la Pitu. Ella por otra parte le contó sobre su destreza en el kick boxing, lo que justificaba el temor que le tenían en la zona, también le habló sobre una relación tormentosa de la que decidió alejarse y ahora se dedicaba a disfrutar, salir a bailar y, por qué no, meterse en alguna riña si el momento lo ameritaba. Úrsula se sentía tan relajada y segura con ella que sus párpados se cerraron y su mente voló por el cosmos hasta quedarse dormida. Navegando en sueños sintió un agradable roce en sus labios mientras el calor trepaba por sus piernas – Vos me haces volar... – dijo medio dormida. – Shhh! – reprimió la otra. Abrió los ojos desconcertada y se encontró con Hortensia sobre su rostro, inoportuno y peludo animalito. La Pitu estaba pegada a la cortina observando con cautela el exterior. La espectral silueta había aparecido y ella intentaba divisar quién era – Conozco a todos los pintas del barrio pero éste no me suena... – susurró. El extraño acechaba desde las sombras del callejón y no había manera de ver de quién se trataba. Un bocinazo las sobresaltó y los faroles de una motocicleta de delivery entraron por el callejón iluminándolo. El sujeto vestía una campera oscura y su cabeza estaba cubierta con una grisácea capucha – Vamos a agarrar al gil ése! – gritó valiente la Pitu y abriendo la ventana saltó hacia el pasto. Úrsula intentó detenerla pero ante la insistencia de su compañera agarró a Hortensia y la acompañó.

 

Sus torpes pasos intentaban seguir el ritmo a los tirones mientras la Pitu sujetaba  su mano. La zona seguía en penumbras y las oscuras nubes bloqueaban la luz de la luna. El encapuchado las condujo por turbios rincones y peligrosas esquinas, abultadas de figuras que las contemplaban mientras la botella de vino giraba. Audaces gatos las seguían por los techos mirando con cariño a la coneja y cada tanto pateaban alguna rata de manera accidental. Úrsula estaba desorientada y muy agitada, la Pitu en cambio estaba animada y deseosa de capturarlo. Al llegar a la esquina donde reposaba el altarcito a la virgen María se detuvieron, lo habían perdido de vista, intentó recuperar el aliento pero la Pitu avistó a su presa – Ahí esta! – grito señalando el paredón del viejo cementerio parque << Mierda, mierda, mierda! >> Pensó Úrsula. La guerrera la tomó de la mano y continuaron la persecución. La Pitu trepó el paredón y luego la ayudó a subir. Al caer sobre el suelo santo las nubes se abrieron dando paso a la luz blanca que bañó las lápidas. Hortensia se espantó y huyó entre las tumbas pero la Pitu vio al encapuchado ocultarse tras una vieja ermita y quiso apurarla pero Úrsula se aferró fuertemente – Pará!... No puedo seguir sin mi coneja – su llanto rompió el sepulcral silencio y entonces la Pitu bajó un cambio. Le rodeó el cuerpo con sus brazos y le limpió las lágrimas conteniendo su temor – Tranquila mamu – le dijo y se sentaron sobre un viejo tronco caído. Úrsula la abrazó con fuerza y sus miradas chocaron hasta que el peligroso magnetismo enlazó sus labios. Se sentía más tranquila aunque su corazón bombeaba pura adrenalina. Juntaron sus manos y buscaron a la coneja entre las tumbas caminando un largo rato por el campo sagrado pero solo vieron al encapuchado sentado junto a una lápida. El tono de su voz era muy suave y aniñado, estaba leyendo un librito de Simbad el Marino mientras la coneja lo miraba con atención. Ellas oían desconcertadas y al concluir la historia, la Pitu se arrojó encima suyo reduciéndolo en el suelo y decenas de hojas volaron desde dentro de su campera – ¿Por qué estabas espiando a la piba vos?! – lo increpó apretándole el rostro contra el pasto. Úrsula apretujó felizmente a Hortensia pero las hojas del encapuchado llamaron su atención. La Pitu se acomodó sobre él, quien parecía abstraído en otra dimensión, y se puso a beber de una petaca que encontró entre las hojas.

 

– Mmm... Coñac! Vos si que sabés sátrapa! –  dijo dando un largo sorbo – ¿Qué es eso hermosa?

– Son notas pero... no tienen sentido. Hay listas de mandados, horarios de trenes, pensamientos... Soltalo Pitu.

 

Una de las notas, fechada años atrás, rezaba “Solo mejor, solo mejor, solo mejor...”   mientras que otra cuestionaba “¿Qué es el Asperger?”. Aun libre se quedó allí tranquilo mirándolas, regalándoles una débil sonrisa y una triste mirada. Úrsula le preguntó si estaba perdido pero él dijo que no, solo vivía en las calles. Dijo haber olvidado quién era cuando su mente quedó capturada en aquellos parajes suburbanos y su memoria no era más que un compilado de notas sobre las personas que habitaban el Oeste, en quienes fijaba gran atención, viviendo sus vidas a través de sus pupilas como si se tratase de la propia.

 

 

 

 

 

Autor del texto y de la imagen: Leandro Martín Rodríguez

 

Mi nombre es Leandro Martín, nací en San Carlos de Bariloche, provincia de Río Negro, aunque viví en varios rincones del Conurbano como Laferrere, Temperley y Morón. tengo 25 inviernos encima y además de escribir me gusta dibujar material relacionado a mis historias como personajes o lugar y demás arte conceptual.

 

 

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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