Los suicidas

I

Estábamos en el país de la vida.

La poesía era nuestro refugio.

Buscábamos el mutuo goce con desesperación.

Éramos crueles y después nos avergonzábamos

de nuestros juegos de amantes terribles.

 

No se trataba tan solo de ser felices

sino de arriesgar y perdernos

y gozar intensamente en la caída.

 

Sometíamos nuestros sentidos

a situaciones extremas,

y descendíamos, afiebrados,

a la intensidad del orgasmo.

 

Tejíamos nuestra guirnalda de secretos.

Llevados por el alcohol y el éxtasis

viajábamos a paraísos imaginarios.

 

Deseábamos estar ya en ese otro mundo

parecido a aquel poema nuestro

en que creábamos imágenes exaltadas y atroces,

metáforas dolorosas del amor.

 

Lamentábamos nuestro exilio

y sentíamos miedo y aún terror.

Nos mirábamos en el cristal de nuestros sueños

a ver si descubríamos el secreto de la locura.

 

Salíamos a caminar por la ciudad

llevados por la ansiedad y la angustia.

Jugábamos con la idea del fin.

Imaginábamos bellas formas del suicidio.

 

¿Qué tipo de muerte era más patética?

¿Quizás el veneno, como Romeo y Julieta?

¿O un balazo en un cuarto de hotel

como Enrique y Delmira Agustini?

 

Sabíamos del vértigo, la velocidad,

que mueve a nuestro tiempo.

Soñábamos con una avalancha de amor

y la liberación de los sentidos.

Creíamos en la muerte violenta

que sella con sangre

el pacto final de los amantes.

 

Un día nos detuvimos en la barrera del tren

con la idea de arrojarnos.

Juramos así coronar nuestro amor

ofreciendo los maderos de la cruz

al hierro de los clavos.

 

Aún recuerdo el vértigo

cuando pasó el tren

a centímetros de nuestros cuerpos

y nos abrazamos palpitantes

creyendo que quizá el otro se animara

a dar el salto final, unidos.

 

Queríamos escapar del vacío de la existencia

para salvar el amor y la juventud.

Defendíamos nuestros símbolos:

el placer, el deseo del otro y la poesía.

Buscábamos la eternidad y el martirio.

No aceptábamos vivir sin heroísmo.

 

Recuerdo aquel día en que estábamos desnudos en tu cuarto

cerca del goce, casi sofocados por el esfuerzo,

cuando de pronto, terrenal y ridícula, se abrió la puerta y entró tu madre.

Recuerdo nuestra sorpresa y tu declaración solemne:

“No vamos a casarnos”.

 

Cómo nos reímos de eso luego,

y claro que no podíamos casarnos.

 

Queríamos descender por la noche

a los túneles subterráneos de Buenos Aires

y descubrir lo más monstruoso, lo más abyecto.

 

Queríamos matar la mediocridad

que destruye lo sagrado, que odia a dios.

 

Queríamos pasearnos por las cloacas de la eternidad

y ver caídos a nuestros hermanos, los ángeles.

Sabíamos que lo más elevado y lo más bajo

se unen en el corazón de los amantes.

 

No hay amor ni poesía sin ritual.

Había que encender los altares del sacrificio.

 

¿Cómo separar al amor, del mal y de la muerte?

¿Cómo renunciar al egoísmo, que todo lo salva,

y sin el cual la vida no es posible?

 

Perdidos en nuestro laberinto

tratábamos de lacerar el espacio que nos circundaba

y abrirlo con nuestro sexo.

Buscábamos someter la ciudad, poseerla,

degradarla, corromperla y amarla.

Queríamos un amor bello y terrible

que se pareciera a nosotros.

No aceptábamos falsificaciones ni substitutos.

 

¿Cómo podíamos casarnos

y abandonar nuestra rebeldía,

nuestro amor a la revolución universal?

Buscábamos consagrar el mundo,

no reproducirlo. Buscábamos ser los únicos y los últimos

y no dejar en el tiempo a nadie que se nos pareciera.

 

Queríamos ser inmortales

y cortar el ciclo de la vida y de la muerte.

 

Queríamos que nuestro poema

fuera el último

antes que la vida estallara en la eternidad

y nos integráramos al sol

o a las estrellas de la noche.

 

Queríamos imponer nuestra ley

y desafiar a todos.

Nos burlábamos de la sociedad adquisitiva y vulgar

que nos rodeaba. La juzgábamos con desprecio

porque nos creíamos más allá de todo eso.

Queríamos elevarnos al momento más sublime de la poesía

y confundirnos con los símbolos de la totalidad deseada.

 

Éramos los rebeldes, los amantes,

a nada le temíamos.

 

Ése fue el momento más cercano a la inmortalidad

que conocimos.

Recuerdo una noche en que tomamos ácido

y rezamos nuestra locura de amor a las estrellas.

Recuerdo aquel sueño tuyo, en que cabalgabas en un río

que descendía al abismo,

te llevaba a lo más sagrado del orgasmo

y te lanzaba en una lluvia de estrellas

a la mañana.

 

Soñábamos con estar muertos

y contemplar el universo

desde el paraíso

inmortal de los amantes.

 

Queríamos asimilar la vida a nuestro goce

y ser crueles como ella es cruel.

Sentíamos la burla y la condena de los otros

y eso nos gustaba. Nos lastimaban

con su mezquindad. ¿Quién podía comprendernos?

¿Quién podía saltar al abismo de la poesía?

 

Secretamente sabíamos, sin embargo,

que errábamos indefensos por un laberinto

del que no podíamos escapar.

Sólo la ilusión de las metáforas

y los símbolos que trascienden los límites del cuerpo

podían darnos una sensación de eternidad.

 

 

II

 

El tiempo, mortal, ha pasado

y de todos aquellos momentos sublimes del amor

solo han quedado los recuerdos.

Lo que se ha ido es la realidad de la vida,

el cuerpo, la solidez del lenguaje.

 

Así guardo esta carencia,

esta gran ausencia que crece día a día

y es ausencia de amor

y ausencia de poesía.

 

Siento que las imágenes ya no transportan

y no podemos, como antes,

buscar sensaciones nuevas

en aquella caída maravillosa

en que nos hundía nuestro amor.

 

Si un día, por azar, nos encontráramos

qué difícil sería poner en palabras

la prosa de nuestras vidas,

qué poesía distinta escribiríamos

ante la crudeza de las cosas.

 

Cómo nos golpearía la realidad el rostro.

Qué podríamos decir de aquellos gestos, de aquél perfume,

cómo podríamos cortejar el fin.

 

Dónde han quedado el más allá y la eternidad.

Qué distinta se nos presenta ahora la idea de dios

y la imagen del amor.

 

Ya no hay quien nos salve.

Hemos caído indefinidamente y hemos perdido

lo que más amábamos en la vida.

 

Aquel gran poema

fue poema de amor

y quedó escrito en el paraíso de los amantes.

 

Nada pudimos guardar

más allá del recuerdo y las palabras.

Quizá porque no supimos morir a tiempo

estamos condenados a morir solos.

 

No entendimos la inmortalidad.

Qué poco faltaba para ser dioses.

 

Qué cerca estaba nuestro poema

de ser la suma y el fin de la poesía.

 

No sé si lo que buscábamos con nuestro sacrificio

era salvar el amor o salvar la poesía.

En nuestro recuerdo son inseparables.

 

 

III 

 

¡Ay dios mío, deja que, al menos como un juego,

se repita nuestra historia!

¡Permite que la literatura

vista de sangre

el espacio azul de nuestras esperanzas!

Haz el milagro. ¡Danos otra vez la oportunidad

de morir de amor y vivir para siempre!

Déjanos visitar el paraíso donde los amantes

sueñan unidos la poesía y el amor.

La nuestra era poesía de vida.

 

¡Mira, amiga, si dios lo consintiera,

y en nuestra desolada madurez

nos encontráramos un día,

y volviéramos a ser jóvenes y a amarnos!

¡Experimentaríamos otra vez el éxtasis

que sentimos cuando estábamos juntos!

¿Te acuerdas? El amor puede, como la metáfora,

asociar a los seres en una unidad nueva.

 

Sabemos que la vida está dispuesta a quitarnos todo

y el amor a darnos la vida para siempre.

En nuestra existencia condenada

damos vuelta la página del libro.

 

Como en los relatos maravillosos

Se ha detenido el tiempo.

Nuestra aventura se repite.

La renuevan las luces del arte.

Volvemos a esperar, como aquella vez,

junto a la barrera, el tren de la muerte.

 

Soñamos que llega con la fuerza de un torrente.

Sentimos  que va a unir nuestra materia a lo divino.

Su furia sublime nos arranca del suelo e impulsa hacia el vacío.

Abrazados, nos elevamos al espacio sideral.

 

El tren de oro sube, como un símbolo, con nosotros, hacia el sol.

Vuela vertiginosa la máquina refulgente.

Nos observamos en el espejo de las cosas mágicas

que están a nuestro alrededor

y nos transmiten su hermosura.

Nos sabemos por siempre jóvenes.

 

El tren llega al paraíso de los amantes suicidas.

Nos aguardan aquellos que buscaron, antes que nosotros,

en la muerte, la eternidad del amor.

 

Sus cuerpos bellos, expectantes,

entre las nubes flotan,

esculturas delicadas de formas llenas.

Como en los cuadros sagrados, vemos,

en la parte superior de la escena,

a Dios rodeado de ángeles.

 

Nos reclinamos en el prado de nubes

junto a los otros amantes

y extendemos nuestras manos hacia Dios

hasta tocar, sensuales,

con las puntas de nuestros dedos

los dedos de las manos de sus ángeles.

 

Un rayo de luz divina nos atraviesa.

 

Hemos ganado nuestro lugar en el paraíso.

Permanecemos abrazados

bajo la mirada redentora del Dios padre.

 

Vuelan sobre nosotros nubecitas de formas caprichosas,

celestes y rosas. Desde ellas, los Amores

nos lanzan sus dardos mágicos. Flota

delante nuestro, como una pequeña nave,

la urna de marfil de nuestra alianza.

Nada podrá separarnos.

 

En nuestro sueño redentor

Dios nos ha perdonado. Ha salvado nuestro amor

y ya nunca tendremos

que enfrentar la vejez, el dolor y la muerte.

 

Bañados de eternidad, en el espacio andamos,

jóvenes de amor, por siempre ángeles.

 

Imaginemos que, como en los cuentos maravillosos,

esto verdaderamente ha pasado y somos sus personajes.

 

Ten compasión, Señor, de estos amantes arrepentidos

de haber vivido una larga vida separados.

 

La nostalgia del pecado martirizaba mi alma.

Mejor hubiera sido morir juntos.

La eternidad estaba a nuestro alcance.

 

El paraíso es tierra fértil para aquellos

que mueren por amor y llevan a Dios su pequeño poema.

Laurel que la paloma no pudo cargar en su pico

y ellos transportan en su espíritu transparente.

 

Santo, santo, es el señor, rey del cielo y de la tierra,

que su nombre sea loado para siempre.

 

 

Epílogo

 

Lector amigo, ha concluido nuestro viaje.

Peregrinos somos de un mundo transitorio.

Di, por favor, ¿nos guardarás en tu memoria?

Abraza y protege nuestras sombras.

Contigo estamos, en el amor unidos,

y en el horror de la literatura.

 

 

 

 

Autor: Alberto Julián Pérez

 

Alberto Julián Pérez es un ensayista, poeta y narrador argentino. Entre sus publicaciones se cuentan la historia satírica, La Maffia en Nueva York, 1988, los ensayos críticos Modernismo Vanguardias Posmodernidad, 1995; Los dilemas políticos de la cultura letrada, 2002; Revolución poética y modernidad periférica, 2011; Literatura, peronismo y liberación nacional, 2014. En el año 2015 publicó "Cuentos argentinos"," La sensibilidad y la pobreza" y la novela "El valor de una mujer". En 2017 apareció Poemas argentinos en Ediciones Ruiseñor.  

Sus ensayos y sus obras de ficción han tomado como temas centrales la poesía hispanoamericana, la historia y la política argentina, y los mitos y creencias populares.

 

 

 

 

 

Please reload

Todos los textos de está página pertenecen a sus autores, así como la mayoría de las imágenes. 

Si algún visitante siente vulnerados sus derechos de autor puede escribirnos a revistaextranasnoches@gmail.com  

que de inmediato retiraremos el material.

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266