El otro cielo azul

No parecía el cielo de Buenos Aires. A las 10 de la mañana las nubes, pocas y lejanas, formaban ligeros grumos, aisladas constelaciones de espuma. A medida que bajaba a la altura humana, en cambio, el celeste se tornaba cada vez más oscuro, cada vez menos fundido con el blanco, hasta alcanzar la contundencia del primario azul brillante.

 

Apenas se cubrió con el delantal blanco de médico residente, a Teófilo le tembló el cuerpo; como el sacudón de un sismo de 6 segundos, como si otro cuerpo, también suyo, lo hubiera zarandeado.

 

El cielo celeste devenía una neblina azulada a la altura de sus ojos. Agarrado del asiento ocupado, en el 107, recorrió con la mirada el interior del colectivo. La niebla azul solo cubría como un aura a los que estaban sentados. Los parados, él y 6 hombres más, no. Se agachó, miró a través de la ventanilla, donde se habían secado los confites sucios y pegajosos de la lluvia, y afuera el mundo era azul. La multitud corría con carpetas, bolsas, changos, encapuchada por los designios de este otro cielo de Buenos Aires.

 

Teófilo estaba dormido todavía. Quizás era ese espejismo de los ojos abiertos apenas media hora antes. Obviando el pronóstico de la radio, en el departamento, había salido al balcón para decidir si llevaba paraguas, abrigo o remera. No había notado más que un cielo normal de otoño, el de Buenos Aires a las 9.30 de la mañana, cargado de una humareda gris del que emergía el incendio de los años que oscurecieron los barrios convirtiéndolos en suburbios comunales.

 

Volvió a mirar a los viajeross sentados. Un ciego dormía amarrando el bastón plegado al pecho. La señora, que le había asaltado el asiento de la ventanilla llevándoselo puesto en el pasillo, instruía a la niñera desde el teléfono acerca de las prescripciones médicas para menguar el semblante amarillo de su beba. Un hombre revisaba papeles y tachaba con lapicera azul números y números y números. Al lado, una mujer se ponía sombra y delineador en los párpados cuando el colectivo se detenía en las paradas. Tenía calculado el sacudimiento que le agrandaría los labios rojos. Tenía el hábito, seguramente, de ponerse base líquida en la cara sin ensuciarse el pelo suelto. Los otros estaban más lejos, sentados como quienes miran una película aburrida, arrojados al abismo de los respaldos.

 

Teófilo quería sentarse y dormir, pero nadie bajaba. Los parados, que se habían congraciado con él, ya estaban en la puerta del medio tocando el timbre con insistencia. Ahí sí, cuando se abrió la puerta, el cielo azulado los arremolinó en el vicio caprichoso de esa mañana porteña.

 

            Por los movimientos y los gestos (se paraba y se sentaba una y otra vez) intuyó que la abuela del fondo bajaría, que estaba buscando la altura y que, a pesar de los anteojos de lentes gruesos, no llegaba a ver las chapas municipales. Era bastante lógico: el cielo azul tan bajo las borraba. Teófilo se amarró a su costado. El respaldo estaba frío. Incluso sin querer rozó el pelo de la mujer, entrecano, teñido y celeste, y ella estaba fría también. Muy fría. Se arrepintió de no haber optado por el polar cuando salió al balcón.

 

Pronto comprendió que las bocas de todos los pasajeros exhalaban vapor helado al grabar audios en el celular, al estornudar, suspirar o bostezar. Raro. Muy raro porque afuera el cielo era azul. Era de un azul en bajada que, de tanto en tanto, el sol teñía volviéndolo verde pastel.

 

El médico residente ya no sabía cómo pararse. Alzó el brazo derecho, se amarró al caño empuñándolo con fuerza y se recostó sobre el hombro. Cerró los ojos. Otros días, de cielos normales, había intentado dormir parado. No pudo. Esta vez, entre estar despierto o dormido, se entregó a una duermevela: en el campo, los abuelos cosechaban las moras y los higos en canastas de mimbre. Las manos teñidas de bordó. “Yo riego, abu”, decía Teófilo. Y regaba la albahaca, el cilantro, el perejil, la lechuga, el romero, la lavanda. Le encantaba el olor que emanaba de las hierbas cuando las rozaba el agua, sentir las cosquillas en los pies descalzos sobre el pasto y la tierra húmedos. Las palmas de los abuelos eran de un borravino aliviado: se higienizaban friccionando las manos con las frondosas ramas de los robles. Se despertó cuando se le helaron los párpados. Sentía como si los maquillaran con sombras de esquirlas de hielo que se derretían en los lagrimales y se congelaban ahí donde semejaba una lágrima estanca y reprimida.  Enseguida, ese olor a hierbas frescas, las moras en el paladar, la lengua recorriendo la boca sin desperdiciar los ripios de las frutas. Tragó saliva. Se le heló la garganta. Ahora, eran cubitos atragantados, la saliva burbujeaba gélida en el esófago, volviéndose líquida, fría pero líquida en el estómago. Desde el ombligo, desde el diafragma, como traspuesto, emergía el vapor de la helada. No podía respirar bien. “¿Señora, podría por favor abrir la ventanilla? Estoy un poco mareado”, le dijo a la vieja afortunada que amarró la cartera contra el pecho, se reacomodó erguida y se deslizó en el asiento como si fuera de un coche cama. El señor de atrás lo miró, se enrolló una bufanda en el cuello, se puso manteca de cacao en los labios, y abrió su ventanilla. “Unos segundos nomás. Hace frío. No sé si viajó antes, pero acá siempre hace mucho frío”, dijo.

 

Faltaban tres paradas para que el 107 llegara a la otra terminal, en la provincia. Durante el trayecto, habían subido decenas de personas que nunca pudieron sentarse y que ya habían bajado, recogidas por el azul del cielo nuevo. Teófilo seguía alternando entre los caños de los asientos deletreando y mal intuyendo las intenciones de bajar de los mismos pasajeros de la salida. Nadie bajó. En la terminal, nadie bajó.

 

El colectivo se detuvo. El chofer se subió el cierre de la campera, prendió un cigarrillo y bajó: el inspector, desde abajo, le había levantado el trinche con que despejaba las hojas del pasto, en señal de que tenía que hablar muy seriamente con él.

 

El cielo azul estaba abajo. Más abajo ahora. Más azul donde el inspector. Como si el viaje no hubiera terminado, la gente, azulada, continuaba con sus rituales. El chofer hablaba con el inspector, pitando y exhalando burbujas blancas que contrastaban con la iridiscencia que había enriquecido el cielo nuevo de Buenos Aires. El chofer tiró el cigarrillo, lo aplastó con el borceguí, y asentía con la cabeza frente al inspector. Había demorado más de 6 minutos el recorrido y el jefe se lo hizo notar con insultos y ademanes de la mano desnuda y de la extensión de la otra, con tres dedos filosos. 

 

Aunque afuera y adentro no había más que hedor a campera sucia, desde arriba Teófilo aspiró el recuerdo del romero y espiró con un largo suspiro. Cuando con la mano férrea el inspector señaló el colectivo, el chofer subió, lo puso en marcha y retrocedió lentamente. Desde la terminal, el inspector saludó con la mano libre. El chofer tendió a levantar la suya, pero enseguida miró hacia atrás. Desde el fondo, Teófilo, todavía parado, devolvió el saludo.

 

 

Autora: Gisela Vanesa Mancuso

 

Escribo hace muchos años poesía, narrativa, ensayos. He autoeditado varios libros, entre ellos, el poemario Mientras velaba que te quería y el ensayo (tesis) Septiembre sin p no es primavera. La construcción narrativa del acontecimiento autobiográfico. Soy redactora permanente de notas de opinión y crónicas literarias de dos periódicos zonales de edición impresa. Coordino talleres de escritura creativa y asisto en la redacción de textos. 

 

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