Mujer

01/08/2017

Llovía. Nuño se acercó a la puerta. Era la única casa en bastantes kilómetros a la redonda, o al menos así se lo parecía a él. Llamó a la puerta. Esperó.

   —¡Nadie hay! —exclamó impaciente uno de sus acompañantes—. Mejor, amigo Nuño, que regresemos a Árdales, aquí estamos muy cerca de Alora.

   —¿Tenéis miedo del moro, vuecencia Joanot? —preguntó irónico el joven Tirante, que si nos fiáramos de lo que en su día contó su bisabuela, era bisnieto del homónimo que visitó Constantinopla.

     —¡A fe de mi señora Isabel os digo… que no he de dejar sin visitar esta casa, pues el súcubo podría esconderse en ella! —ordenó Nuño.

      —¡Y no hemos de ser menos los vasallos de Fernando! —replicó el joven—, o acaso vos sois beltranejo, maese Joanot?

      — ¡Voto a tal! —escupió, físicamente al suelo y verbalmente contra el joven, el caballero Joanot—, que si el mismo duque Borja no me hubiera encomendado vuestro cuidado y aprendizaje… os daría tal somanta de palos que no podríais montar a caballo en un mes. ¡Y haced el favor de respetar mis canas!

    —Salám Alikum —se oyó la voz atiplada de un joven detrás de la puerta—. ¿Quien llama?

   —Siga la pau —respondió uno del sequito de Joanot.

   —Hay que ver como sois en el norte —le increpó Joanot—, que aquí estamos en tierras castellanas. ¡Dejad hablar a Maese Nuño!

    —Gente de paz —tradujo Nuño a la persona que se hallaba tras la puerta—.  Caballeros de Castilla —y tras una pausa prosiguió—… y Aragón.

    —¿Y qué buscáis en estas tierras? —inquirió la voz tras la puerta y sin pausa prosiguió—, ¿y en esta casa?

    —Perseguimos un súcubo —explicó Nuño—, que nos han dicho ronda por estas tierras. Pero ahora, de esta casa, desearíamos cena y alojamiento por esta noche.

   Se abrió la puerta. No se veía a nadie.

   —Pasad, pasad —se oyó—, pues el profeta nos dice que hay que alojar al caminante.

   »¿Quieren vuestras mercedes un caldito de verduras?

   —Mejor sería —repuso el caballero del sequito de Joanot— una buena tajada de jamón...

   —Mas no os la puedo ofrecer  —atajó la voz que, a la luz de la vela, pudieron ver pertenecía a una mujer—, pues el profeta nos prohíbe el cerdo. Aunque lo permitiera nuestra parca situación lo impediría.

Los hombres contemplaron a la mujer. Vestida con tules y rasos, trasparentes o casi, cuyo precio contradecía la última frase, y portando un velo en cara y cabeza que más resaltaba que tapaba.

   —Sopa de verduras está bien —cortó un fraile mercedario, del sequito de Nuño—, damisela. Y vosotros, mequetrefes con gula, os recuerdo que además de respetar las creencias de la dama debéis hacerlo con las vuestras: ¡estamos en cuaresma! ¡Y dejad de mirar tan fijamente! ¡Qué el sexo también es carne!

   Nuño le dio unas monedas como pago. Cenaron, los hombres, en paz y silencio hasta que el joven Tirante preguntó:

    —¿No podríais quitaros el velo y comed con nosotros, gentil dama?

   —Me es imposible —respondió ella—, pues me han echado una maldición y sólo puede de quitarme el velo quien se bañe conmigo y me haga mujer.

   —Haceros mujer podría —bromeó Nuño—, mas bañarme… ¡votó a bríos! ¡Eso nunca! ¿Acaso lo hacéis vos?

   —Como buen súbdito de Muley Hacen y buena creyente, cinco veces al día para la oración, pues debéis saber que esto es Alora, ya no estáis en Castilla.

   —¡Pues digo que no! ¡No me baño! —replicó Nuño mientras alargando el brazo le cogió el velo de la cara y estiró—. Aunque os quite el velo.

   —Antes del amanecer —vaticinó ella— yaceremos en el agua.

Tras acabar de cenar les ofreció el desván para dormir; y allá subieron los siete: seis caballeros y el clérigo.

   A media noche, sin poderlo evitar, Nuño bajó para aliviarse. Vestía solo la camisa y, en la oscuridad, antes de salir tropezó y cayó en el interior de una tina de agua. Sin apenas tiempo para reaccionar la mujer, su anfitriona, se abalanzó sobre él con una fuerza de la que no parecía capaz y le sumergió completamente, hasta mojarle el pelo. De un tirón le quitó la camisa y salió corriendo hacía el fondo de la casa.

Nuño salió, chorreando, de la tina y la persiguió. Entró a un cuarto iluminado por cinco velas formando un pentáculo, aunque solo vio las velas, no la figura que formaban. Alguien le empujó de espaldas sobre la cama. Poco después sintió la mujer a horcajadas, sobre él, sujetándolo a la vez que, mediante prácticas que Nuño estaba seguro condenaba la Santa Madre Iglesia, ponía en uso su virilidad. Y dándose rápidamente la vuelta la introducía en su ser.

   Alarmados por el ruido, los compañeros despertaron y aprestando sus armas bajaron. Se sorprendieron al ver, a la luz de las velas, un monstruo sobre su compañero. Similar a una mujer, con una cabellera de serpientes, de piel oscura y rojiza, cuatro pechos, en dos filas, goteando leche, cuatro largos brazos que sujetaban las extremidades de su jefe y una cola, naciendo del final de su espalda y terminada en un hueso en forma de flecha. Todos permanecieron quietos hasta que el fraile gritó:

    ¡Es el súcubo!

    Y mientras él iniciaba una letanía, los cinco hombres de armas se acercaron. Un brazo más le salió, con su correspondiente espada, para cada uno de los cuatro oponentes que le atacaron espada en mano, mientras el joven Tirante permanecía en retaguardia... hasta que vio el hueco. Aprovechando que dos de los caballeros se habían separado para atacarle por lados distintos cuando el súcubo girado de cadera mostraba su pecho hacia la derecha de Nuño y la espalda a la izquierda. Tirante se movió, desde los pies hacia la cabeza, como si fuera a auxiliarle, pero al llegar a la altura del súcubo sacó la espada y con suma rapidez lanzó una estocada a fondo. Era una antigua espada, bendecida, según decía su abuela, por druidas y hasta por un Papa. El tajo impactó en el pecho, directo al corazón.

    El súcubo desapareció en una especie de humo negro y de fuerte olor a azufre, dejando sólo a Nuño, tendido de espaldas sobre la cama. Este bajó la cabeza y empezó a llorar.

    —No lloréis —consoló el clérigo—, pues si bien vuestra debilidad os llevó a caer en la tentación del pecado y de la fornicación, también nos permitió identificar y vencer al súcubo.

—¡No lloro por eso! ¡Maldito clérigo! Pues de fornicación seguro que vos sabéis más que yo —le espetó Nuño—. ¡Lloro porque el maldito súcubo me ha robado la virilidad!

Todos se fijaron en lo que acaba de decir Nuño, esperando ver una mancha de sangre. Fue Tirante el único que reaccionó, lo miró dos veces de pies a cabeza para terminar riéndose a carcajadas y diciendo:

   —Mas me parece vuestra vuecencia que en el futuro os llamaran Nonia, pues lo que de un sitio os ha quitado, aun más, os está creciendo más arriba… bajo no hay herida sino aquello que todos los hombres queremos conseguir, pero que sobre nosotros no queremos tener.

 

 

 

 

Autor: José Bau

 

Nacido en 1968, cursó estudios de la Licenciatura de Informática, actual Ingeniería Informática en la Universidad Politécnica de Valencia (UPV).

Desde 2006 a 2017 escribe dos revistas temáticas en forma de blog: itecnicos.es, dedicada al bricolaje y las reparaciones caseras, y fanfiction.es dedicada principalmente a la literatura de fantasía y ciencia ficción.

Varios artículos sobre ciencia ficción para la revista Imaginarios y su participación en la revista Reservoir Sheeps y las antologías Descubriendo Nuevos Mundos II, Primeros Exiliados, Livia, Isla Alejandría y Un Aniversario preceden la publicación de la primera novela de ciencia Al borde del Caos y el recopilatorio de cuentos de fantasía Cuentos de Khrandilhah. Con posterioridad participa en las antologías Mañana a la misma hora y Un día de fiesta.

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266

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