Acerca del edificio sin rostro

01/08/2017

      Voy en el bondi leyendo a Weber, no me queda otra, es semana de parciales. El sólo hecho de pensar en la burocracia moderna de la que habla cuando la denomina  jaula de hierro, me hace bajar la presión, perder el sentido y desmayarme como causa de la claustrofobia, inmersa en la noche polar de helada oscuridad.

     Se entiende que el mundo como lo concebimos hoy sería imposible sin este fenómeno de burocratización de todo, pero a mí particularmente no me parece que el mundo tal como lo concebimos valga gran cosa, por lo que en mi opinión, lo impersonal y lo frío de todo esto, bien podría desaparecer dando paso a cosas mejores.  

      Habitualmente la gente en las ciudades coincide en que el sistema burocrático, si bien a nadie hace feliz, es necesario. Por supuesto no estoy de acuerdo, pero es de puro libertaria que soy. 

     La burocracia aporta el orden y el sentido a la forma que adopta la sociedad con la revolución industrial. Este orden y sentido son los que se desprenden del modo racional de pensamiento, una racionalidad capitalista definida. Racionalidad que mide pérdidas y ganancias, y que hace que de los individuos partes operativas de un sistema productivo, jurídico y normativo.

     Las personas son partecitas en un todo gigante y ajeno dominado por la nada misma, porque la burocracia no tiene cara, la burocracia es nadie. Es un edificio gris y oscuro que siempre tiene un piso más arriba, un piso inaccesible al sujeto común, sólo conocido por los burócratas, entidades sin forma que dominan el destino de todos.

 

     Hoy es jueves, es el día anterior al Día de la Bandera.

     Es de mañana, voy a mi trabajo en una ONG que se dedica a ayudar a mujeres migrantes.

      No trabajo ahí todos los días así que estoy un poco desactualizada.

     Ayer no fui.

     Ayer fue un caos porque a la mañana llegó una mujer de unos veinte años acompañada por el marido con un asunto urgente por resolver. Los dos son de origen boliviano y viven en Argentina, los dos lloraban. La historia de ellos es triste y dura. Una historia más entre millones de historias que se pierden entre los registros de los archivos, una historia más que a nadie le importa.  Una historia de gente triste que no impide que todo siga funcionando eficientemente.

     La burocracia es eficiente, esa es su característica principal; es racional, eficiente y deglutidora de gente.

      La mujer estaba internada con su bebé desde hacía tres meses en un hospital. El niño todavía no tenía diagnóstico. Como tienen otra chiquita que no tenía con quién quedarse, la mujer pasaba el día en la sala cuidando al bebé enfermo y a la otra niña mientras el padre trabajaba para pagar las cuentas.

     Después de un tiempo la madre empieza a inquietarse porque los médicos siguen sin proporcionarles ningún diagnóstico, no sabe qué hacer, nadie le contesta, nadie le dice nada. Pregunta cada vez más desesperada pero no hay respuestas. Está en una institución, un lugar despersonalizado y dirigido por alguien a quien ella no conoce, con reglas que ella no conoce en una cultura que ella no conoce. La vida de su hijo depende de un sistema que ella no entiende y que le es hostil.

     Es de mañana y baja un rato al patio del hospital con la nena más grande a tomar aire. Cuando vuelve, nota que el bebé está helado, subieron el aire acondicionado y hace frío. La madre lo agarra y lo pone en su regazo para calentarlo, lo acuna, lo mece y lo abraza fuerte.

     Entran médicos y enfermeras, le sacan al niño de los brazos y la acusan de haberlo querido matar, de haberle querido sacar el aire, de asfixiarlo. Ella intenta explicar las costumbres de su país, lo que pretendía hacer… nadie la entiende, nadie la oye. Se siente hundir en un mundo que no deja de girar porque todo esté al revés y ella triste, vulnerable y sola. 

     Llega la policía.

      La mujer es trasladada a una comisaria, la fichan, le hacen un expediente, no le asignan un abogado de oficio, después la dejan en medio de la calle sola, sin plata, sin tarjeta SUBE y de madrugada.

     Vuelve al hospital caminando no sé cuántas cuadras pero no la dejan entrar. Ella reclama pero nadie la escucha, a nadie le importa quién es o lo que tenga para decir. Ahora es un número más, un expediente más en una enorme pila de expedientes perdido en alguna sala de los tribunales de nuestra hermosa Nación.  Mientras el caso se resuelve, -si algún día se resuelve- ella no puede acercarse a menos de trescientos metros de sus dos hijos que ahora se encuentran bajo la custodia del estado.

     Qué será eso del estado, tampoco lo sabemos. ¿Quiénes son el estado, quiénes son las personas reales que en este momento están con esos niños? Son nadie, gente sin rostro que obedece órdenes que provienen de algún superior que cumple con lo que dice algo que escribió algún otro alguien en circunstancias que no podemos especificar pero que se consolidaron como lo legítimo a hacer en casos como éstos… Cómo son estos casos, también es una incógnita.

     Instituciones, casos, números, expedientes, orden, organización… No sé cómo sería el mundo sin todo eso pero si sé cómo es así como está y la verdad es que apesta.

 

 

 

Texto extraído del libro De fauces al subsuelo -historias bajo el pie de la noche- publicado por Ediciones Frenéticos Danzantes. El libro puede descargarse acá, en nuestra biblioteca de descarga gratuita. 

 

Autora: Marina Klein

 

Soy autora de De Fauces al Subsuelo y de Danzando entre la Nada y la Furia, ambos editados por Ediciones Frenéticos Danzantes. También dirijo esta revista y la editorial recién mencionada. 

Nací en Buenos Aires en el 74, viví en esta ciudad hasta más o menos los 20 años y desde ahí hasta el 2012 anduve por el mundo viajando y quedándome largos períodos  en distintos lugares de América Latina. En ese tiempo realicé un tour por distintos oficios, escribí para varios medios crónicas de viaje, limpié casas, hice gorritos de hilo y hasta llegué a tener una pequeña fábrica de joyería artesanal. Desde que volví, además de colaborar con varias publicaciones de habla hispana, hacer libros y revistas, coordino algunos selectos talleres de escritura. 

 

Facebook: Marina Klein

 

 

 

 

Imagen de O. Guaysamin

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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