La atracción de la náusea

01/07/2017

Se me había hecho rutina. Sentarme en esa mesa, pedir un cortado uruguayo, remover la espuma y desparramar los papeles en abanico caótico. Pruebas a corregir, trabajos prácticos con un rehacer intuido, y mi tesis. El sumun de la procrastinación neurótica, allí, casi a punto caramelo.

El tipo me miraba con sonrisa ancha. Siempre predispuesto, con su trapito colgando del antebrazo y la bandeja reluciente. Tomaba el pedido que ya sabía de memoria y se iba detrás del mostrador o circulaba por el salón atendiendo otros clientes. A veces nuestras miradas se cruzaban. A mí me parecía repulsivo. Un pelado rechoncho y  barrigón, de la edad de mi padre. Cuando se reía fuerte dejaba al descubierto el hueco de su muela superior izquierda y yo imaginaba que de esa ventana bucal salía un aliento putrefacto.

Cuesta arriba la tesis se volvía una cumbre que me agotaba subir. Estaba muy cansada. El café, varios cafés sostenían con hilos invisibles a la marioneta inventada por el afán de la licenciatura.

El tipo con traje de mozo me servía la dosis diaria que necesitaba para mantener la vigilia y la atención para concentrarme.

Un día me guiñó el ojo. Fue después de que yo deslizara una puteada tímida. Me había volcado media taza en la remera salmón. Me ofreció un trapo limpio, no el que usaba para su metier, otro, más limpio aún con olor a lavandina. Amagó pasármelo por la mancha mirándome las tetas con ojos de animal en celo. Lo retuve antes de que el ademán fuera un acto.

Esa noche lo soñé. Tenía la cara de mi viejo, y el cuerpo de mi ex, pero era él. Yo sabía que era él. No sólo por la chaqueta característica, sino porque al sonreír le faltaba la misma pieza dentaria. 

La gripe con la que desperté me recluyó una semana en cama. Aproveché el tiempo ocioso para continuar redactando la tesis. Escribía y tachaba, reescribía y dejaba espacios en blanco. Un mosaico de ideas.

A los diez días volví a sentarme en la mesa del fondo, no quería estar en la vidriera de las mesas cercanas a la calle. La concentración huía al ver pasar a la gente y sus historias de vida por mí fantaseadas.

Esperé que viniera a servirme. Ese día tenía hambre, ganas de un tostadito y un café con leche. Se acercó un pibe de unos veinte años a tomar mi pedido. Un lindo chico con sonrisa Colgate. Quise preguntar por el mozo de siempre pero me pareció desubicado.

Mi tutora de tesis extraoficial, una amiga de hacía 20 años, llegó después. Pidió lo mismo y me dijo que el camarero parecía un modelo. Sin embargo, como un secreto inconfesable,  yo esperaba que Pepe me atendiera.

Supe su nombre días atrás, cuando ya me sentía congestionada pero aún no cargaba fiebre.

En una servilleta escribió su apodo y su mail, y me dijo que estaba ojeada, que él sabía curar a distancia pero que para ello necesitaba algunos datos, por eso me daba su correo.

En esos días de reclusión febril, infiel a mi escepticismo, le escribí. Creo que fue después de haberlo soñado por segunda vez en una semana.

Estaba vestido con guardapolvo, llevaba tizas en la mano y me decía que desde ahora sería el único tutor posible. No recordé más. Mi mamá estaba renovando en mi frente los trapos de agua fría cuando me desperté. Una vuelta a la infancia.

Pepe: mi fecha de nacimiento es 12/12/1992. Nací a las 01.50 am según me comentó mi madre.

Muchas gracias por su ayuda. Analía.

 

Esa noche recibo su mail. Es breve y con bastantes faltas de ortografía. Lejos de desilusionarme me atrae la idea de comunicarme con un hombre tan rústico.

Mi amiga se retira dejando cinco pesos de propina. Con esto es suficiente, me dice. Me da un beso y la veo achicarse mientras cruza Rivadavia. Como un rompecabezas que no termino de armar y cuyas piezas no asocio dónde pueden ir, la tesis me desorienta.  En la tele cercana al toilette de mujeres comienza a sonar el himno y me doy cuenta de que son las 12. No entiendo por qué sigo allí, trasnochando, hasta que lo veo. 

Apoyado en una columna escondida entre los dos baños y un pasillo angosto, con la camisa desabrochada por la mitad, se cierra la bragueta y se acomoda el cinturón. Cuando intuyo que puede llegar a mirarme bajo la vista y revuelvo el tercer café de la noche. Siento una tensión en el cuerpo que me incomoda. Me transpiran las manos y al levantar la taza derramo otra vez lo poco que queda de mi infusión.

De pronto, veo ante mí un trapo limpio y la bragueta semiabierta que permite entrever un calzoncillo abultado de color azul francia. Es ahí cuando me hiperventilo. Hacía tiempo que no me pasaba. Lo había podido controlar con técnicas de psicoterapia cognitiva. Pero esa noche volvió la sensación de asfixia.

La seco, me dijo, y aunque yo entendí “la saco”, asentí con un gesto sin mirarlo a los ojos.  Su mano era tosca, de dedos gordos. No pude reaccionar cuando rozó mi pezón derecho. Cuando se retiró a tomar otros pedidos me levanté de golpe, fui al baño y vomité restos del tostado y una espuma blanca parecida a la del cortado uruguayo.

 

 

Eran casi las 2 de la madrugada cuando metí llave. En el sofá, mamá dormía con Minina a los pies. Apagué la tele y me fui a mi cuarto. Di vueltas y vueltas en la cama hasta dejar un remolino de sábanas calientes y decidí bañarme.

“Sagitario es signo de fuego. Es pasional impulsiba. Su asendente en Virgo que es de tierra la frena, si no aría todo lo que siente”

Bajo la ducha tibia sentí el perfume barato de Pepe, camuflando su transpiración. Imaginé que él también se bañaría al llegar a su casa y en ese instante me lavé los dientes, intentando sacarme el gusto ácido que persistía pese a los chicles de menta.

Me desperté a las 04:20 sudorosa y con la sensación vaga de haberlo soñado. Como un acto reflejo toqué mi entrepierna y por debajo de la bombacha. Recién cuando vi filtrarse por la persiana los primeros rayos de sol pude dormirme. Segundos antes, me detuve a sentir la viscosidad de mis dedos mojados y el fuerte olor que había inundado mi cuarto. Pensé en el vaho que emanan los locos encerrados, la adrenalina del miedo y/o la del deseo.

 

 

Autora: Jimena Cano

 

Nace en Montevideo en 1975. Desde 1980 reside en Buenos Aires. Ha participado de talleres y encuentros literarios. Integra la Antología de Poetas y Narradores Contemporáneos 2016. Autora del libro “Poemas de orillas y otredades”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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