Taller literario

10/06/2017

             No es cuestión de innovar dijo el jefe.

            En la recorrida del contingente de la mañana por Avenida de Mayo y a la tarde por Corrientes, el guía es Paredes.

            No es simpático, pero lleva cinco años haciendo lo mismo. Además maneja la combi, nos ahorramos el chofer, pesca portugués y se las arregla con el inglés.

            A la noche labura en la remisería. Tiene un autito de cuarta bien mantenido que le quedó de la indemnización de cuando lo despidieron de la constructora.

            No tiene vacaciones y no se queja. El flaco es fuerte, tiene aguante. Qué se yo… alguna culpa debe estar pagando. En fin, no es mi problema.

            Con más empleados así tendríamos inversión de verdad. No es que sea gil, pero qué otra opción tenía un tipo de cincuenta años desocupado. Y no es bruto. Dejó por la mitad una de esas carreras que no sirven para nada. No sé… Sociología… Letras… no sé muy bien. La dejó. Le quedó su fuerza de trabajo. Que no es poco.

            Debe ser duro, un verdadero castigo para él, pero por ahora parece soportar la carga. No se quejó nunca. Y las quejas son como otra tortura. Así que es lo que hay. Suficiente, no se discute más.

            Brasileños, canadienses, ingleses y estadounidenses descubrían la París de Sudamérica, con el doblaje de la voz de Paredes. Nadie sabía nada de Paredes y sabían de la ciudad lo que Paredes les decía y poco más.

            Repetía una vez más el catecismo turístico del papel histórico de la Avenida de Mayo. El estilo ecléctico del Congreso de la Nación, con la cúpula más grande de la ciudad, emulando a la de Washington, y seguía contando.

            Donde se detenía con más interés era en el Palacio Barolo.  Lo impresionaba la construcción del arquitecto, con la Divina Comedia de Dante en la cabeza y esa división de la obra en infierno, purgatorio y cielo. Cierta mueca se le dibujaba en la cara cuando veía que, en los círculos del infierno, se retorcían los poderosos de su época.

            “El Teatro Avenida –seguía contando–, donde se estrenó La Casa de Bernarda Alba, con Margarita Xirgu…”.

            Micrófono cerrado, mensaje de texto: qué te falta? Contesta: Tortoni, Casa de Gobierno y Catedral. Después se los paso a la tetona para que los lleve a la Manzana de las Luces –y seguía contando– y me voy a comer. Chau.

            “Las doce columnas de la Catedral representan los doce apóstoles. El altar barroco…”.

            Otra vez se detenía especialmente. Los restos de San Martín, por su condición de masón, fuera de los muros de la Catedral.

            Las preguntas que no podía responder con la lectura en cada idioma, pero reiteradas, se concentraban en Maradona y el Papa Francisco. El primer pontífice latinoamericano y jesuita, el Papa de los Pobres, seguía contando. Maradona, el gol a los ingleses.

            Por su mente pasaban las imágenes sinfónicas del pibe de Villa Fiorito desparramando ingleses. Aunque siempre recordaba con más cariño el primero y reivindicativo, imposible de hacer con un garfio. Come on, Diego, carajo.

            Y sí, a veces tenía esas reacciones.  Por alguna razón el humor de Paredes no era compartido por muchos interlocutores. Pero cualquier queja de los turistas, duraba menos que la estadía y se defendía con el argumento de la barrera idiomática.

            So long, adeus, chau.

            Ya estaba solo en el Refuerzo de Chacabuco y Estados Unidos. Una botella chica de cabernet, medio vacío y el infaltable café con el diario.

            Llegó la hora y, esta vez, los rusos y alemanes fueron presentados a Gardel, Discépolo, el  Luna Park y, en un desvío, al Teatro Colón.

            La música de fondo era Julio Sosa: qué me van a hablar de amor. Esto no pensaba explicarlo. Las librerías, los teatros, las pizzerías. Seguía, como siempre. Siempre hacia delante. Pero nada de explicarles a Julio Sosa.

            Misión cumplida, finalmente: noka, tscüss, chau. Todo robado de Google, seguro, pero con la personal pronunciación de Paredes. Cuando el turismo afloja –y afloja, lo sabe– hay tiempo para esas pavadas.

            Hora del café, otra vez solo y para terminar de escribir algo y someterlo a la crítica de las criaturas de ficción del taller literario. ¿Por qué? ¿Para qué? Por alguna extraña inercia, aquello representaba un desafío al que no se podía resistir. De hecho, su única noche libre era esa, la del taller. Y nunca faltaba.

            Se bancaba el frío, la lluvia, el sueño. Para él, una necesidad inexplicable. Algunas criaturas del taller pensaban que Paredes nació para molestar. Está bien, no se trata de ser complaciente, pero él es un inadaptado. Este tipo habla sin punto y coma. Todo lo que escribe son parodias. Sus personajes son estereotipados, no son seres vivientes: son de juguetería.

            Vaya y pase, que trate de dudosos a los que prenden el fuego para el asado con el secador de pelo. Pero también se ensaña con las mujeres, a veces, solamente porque no cuentan chistes.

            Siempre alguna reacciona en estos casos: ¿Y Maitena, dinosaurio? Acompañado por unas ginebras que se cargó antes de llegar, susurró: locas de mierda. Esa es de Malena Pichot. Quiero retruco.

            Lo más desagradable y machista es la descripción de las brasileñas que con sus culos vencieron la ley de gravedad y si mal no recuerda, también tienen dos ojos. ¡Por favor! No se para qué viene al taller: es grosero y solamente busca escandalizar, pero lo intolerable, lo verdaderamente intolerable es que se burla incluso del maestro. Ya es demasiado. Aún así podemos rescatar que… también se burla de sí mismo. Algunos aspirantes disciplinados estaban alarmados. El maestro, autor de varios libros bendecidos por la crítica, no le puede dar el pasaporte literario a cualquiera, mucho menos al hombre de Neanderthal.

            Hay que disculpar este desorden de voces. Estamos en una maravillosa galería de personajes en busca de un autor en un conventillo literario del barrio de San Telmo. No corresponde estereotiparlos, pero Paredes resolvió clasificarlos arbitrariamente y aproximarnos a la descripción. Paredes siempre clasifica:

            Solas y solos, socios vitalicios del club del levante.

            Aburridos de nada, jubilados prematuramente de la vida.                             Revolucionarios congénitos, intelectuales imperturbables, poetas desesperados, tímidos o   torturados.

            Otro grupo es el de los camaradas de El Federal de San Telmo, más borrachos que Bukowski, Faulkner y Hemingway juntos.

            Siguen la doctrina de Cacho Castaña: nadie compuso un tango tomando un yogurt. También hay un par de ratones adictivos de biblioteca, empeñados en la disimulada idea de repetir arquetipos.

            Juegos formalistas del lenguaje, apego elitista. En fin, todo por un palco en el universo cultural discursivo. La crítica y el genoma literario los ampare. Hay que reconocer que el maestro tiene convocatoria. En un silencio lacaniano, todos escucharon a la celebridad, en algunos casos con una suerte de encantamiento.

            Como si no tuvieran conciencia de sí mismos, muchos estaban convencidos de que en cada una de sus palabras se cifraba el destino.

            No se hubieran opuesto si calificaba sus escritos de vulgares, ordinarios, demasiado directos, sin ningún misterio que desentrañar. Como para que los entendiera la criatura más ignorante.

            Seguramente después de sentirse disminuidos, se volcarían a otros oficios dignos como la Podología.

            En algunas ocasiones, el maestro se quedaba en silencio y se paraba frente al gran ventanal, comprobando el estado del universo para prestar su conformidad. Al rato, su mirada volvía sobre el grupo como si supiera quiénes eran.

            Tenían claro que nadie podía enseñarles la inspiración. Simplemente esperaban las armas para disparar cuando apareciera. La cita sucesiva de frases célebres y la mención de calles europeas llevaba a parte del auditorio a un íntimo festejo orgásmico.

            Paredes se angustiaba al verlos asentir sistemáticamente y apurarse para encontrar dudosos significados especiales en sus palabras. No debe ser fácil bajar del pedestal: es más sencillo estar en la tribuna.

            Terminado el monólogo lírico, la reunión se abrió al debate y a la crítica de los trabajos y a las motivaciones de sus autores. Una mujer flaca, muy alta, con ojos de loca, atravesó al maestro con la mirada.

            Estaba desencantada con la humanidad, sentía desprecio por la raza humana y dijo: ya no miro más mis sueños viejos… Somos pequeños destinos con enormes pretensiones… Solamente tiramos botellas al mar para que alguien nos encuentre…

            Alguno se sintió en la obligación de aclararle que el taller no era para terapia, otros compartieron su desprecio por la versión capitalista de esa misma raza. Ideología y literatura. Todo entraba en la discusión. Y todo junto.

            No tardaron en responder que el arte más valioso es el que trasciende a su tiempo.  Son obras con fuerza estética y belleza artística. En fin, una cuestión de estilo.

            Quedaba exonerado el panfleto, junto al compromiso. Enseguida llegaba el ejemplo de los griegos y Paredes empezaba a bostezar y desperezarse como su gato Caruso.

            Como para romper el hielo, pidió que se dejaran de joder con las usinas dominantes del pensamiento, las que dictaron el estatuto de la palabra. Cualquier otro lenguaje es ajeno. Son las mismas usinas que no le dan cabida a Jauretche. Entonces alguien, para chicanear, gritó: ¡Viva Perón, Carajo!

            Era un murmullo de voces superpuestas: ya saltó el gorila. Tilingo, tenés que descolonizar la mente. Hay que fundar la Embajada Argentina en Buenos Aires. La chicana seguía con humor y no aflojaba: Así lo hubiera querido el general. Aunque hubo quienes se molestaron, también, por la pérdida de tiempo. Primero terapia, después ideología y finalmente no se llevaron las herramientas para convertirse en best sellers.  Con este método, nunca llegaría el momento mágico.

            Sin embargo, por su expresión, el maestro disfrutaba del contrapunto. Era como si la noche hubiera cobrado vida.

            Las caras estaban encendidas y fueron vanos los esfuerzos para tratar de explicar que la forma hace el contenido. Además, ya era demasiado tarde.

            Igualmente, al despedirse les recordó que escribir no era una fuga, no sustituye la vida. También los invitó, más allá del debate, a no olvidar otras pulsiones.

            Paredes no pudo evitar pensar en el sexo y hubo algunos intercambios de miradas. Al terminar la reunión, fue a buscar el auto y salió por Perú, estaba cansado. Cuando paró en el semáforo de Independencia, no los vio.

            Un pibe delante del auto le impedía el paso y el otro por la ventanilla abierta lo amenazó con una navaja y le robó el reloj y la billetera. Lo miraban con odio, podía sentirlo. Era un odio puro, visceral, de quienes no formaban parte de la sociedad.

            Fueron los minutos más largos de su vida. El miedo, la confusión, la impotencia...  

            No podía conjugar el verbo razonar, manejar sus contradicciones contra los pibes, contra sí mismo. No los vi, no los vi…

            Cuando se alejaron, inspiró profundo y siguió su camino a casa. Nunca los había visto, hasta ese momento no formaban parte de la raza humana.

            Llegó a su casa. Estaba cansado. Se desplomó en el sillón. El gato Caruso se trepó a sus piernas y le acarició su piel eléctrica.

            Por un momento sintió un flujo de humanidad, como si tuviera alma. Simone estaba en la cocina.

            El aceite chirriaba y se sentía el olor a cebollas fritas. La fragancia lo llevaba a un inexplicable placer.

            La besó y se sirvió un vaso de tinto.

            Se sorprendió mirándola. Su anatomía se insinuaba sin que se lo propusiera.

            Su acento portugués traía un aire musical. Por un momento lo ganó la ternura.

            Después de la cena, Simone fue a darse un baño.

            Paredes entreabrió apenas la puerta para espiarla. Sintió el sexo erecto, endurecido.

            Al salir, envuelta en una toalla, se sobresaltó y retrocedió torpemente, frente a un desconocido.

            La hostilidad del cazador, con su arma de guerra de regular calibre, se reflejaba en su mirada.

            Se acostó sobre ella y la besó. Los senos de Simone se alzaban y bajaban con su respiración agitada.

            Estaba rígida, sorprendida por el asalto. Paredes, con una frialdad injuriosa, buscó con sus dedos hasta que descubrieron el clítoris por un estremecimiento intenso.

            Penetrándola suavemente, siguió cada vez con mayor intensidad a medida que sus ojos se lo pedían y lo atrapaban dentro de sí.

            La respuesta muda de su cuerpo, gritos íntimos, violencia, libertad…

            Repitió la operación empecinado.

            Lloró y ella por primera vez lo abrazó. No lo había visto, nunca lo había visto…

En pocos momentos toda la complejidad humana, la angustia, el síntoma, la soledad, la enfermedad, las miserias, la locura…

Estaba en el Palacio Barolo, perdido en las tinieblas. En una travesía épica, atravesó paisajes y circunstancias, arduas, oscuras y terribles.

Sufrió la violencia, la malicia y el desprecio. Las fieras lo acecharon.

Beatriz Portinari con su dulzura lo esperó en el cielo.

Finalmente todos somos víctimas de los mismos espejismos.

Pensó en llenar un libro con este silencio, acostado, mirando el techo.

El Congreso de la Nación, y seguía contando. El Teatro Avenida, y seguía contando…

 

Autor: Alfredo Belasio

 

Autor de SOLOS Y SOLAS –con el seudónimo de Malbec-: EL PRECANDIDATO y LA MAGICA LOCURA, en los tres casos de EDICIONES LUMIERE

 

Foto tomada de

http://vshostelclub.blogspot.com.ar/2014/05/el-palacio-barolo.html

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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