Georgina Orellano, Puta Feminista

10/06/2017

    Una tarde con Revista Extrañas Noches nos fuimos de putas y conseguimos una entrevista jugosísima a Georgina Orellano, secretaria general de AMMAR (*).

   Fue un sábado de mayo en su casa de Uriburu y Córdoba en esta ciudad de Buenos Aires.    Contábamos como excusa perfecta, el lanzamiento de su primer libro.

   El lugar, un departamento con un ventanal que se morfa el cielo.

   Tomamos mate dulce, ella sentada en un puf, y yo en el sillón al lado de su hijo Santino.

   Antes, mientras calentábamos el agua en la pava eléctrica me contó que cerró contrato con una importante editorial y que antes de eso, otra, una de las más grandes, quiso comprarle los derechos del libro a condición que el relato se centrara en “historias de clientes”. Georgina se negó porque, si bien el libro incluye “historias de clientes”, es fundamentalmente un libro sobre la lucha de las trabajadoras sexuales -y de ella en particular- por el reconocimiento de derechos, por la apropiación del espacio público, por la defensa de una postura ante la vida, en las relaciones de trabajo, el cuerpo, y no un libro para satisfacer el morbo barato de algunos fisgones.

   En todos esos temas nos adentramos y los exploramos en una charla alucinante.

   Cada una de un lado de la mesa ratona, yo con mi grabador, ella cebando. Somos dos mujeres que elegimos el lugar que ocupamos en el mundo; cada uno igual de válido, cada uno igual de libre (contemplando en esta afirmación todas las discusiones en las que nos podemos sumergir al enunciar cualquiera de las conjugaciones del vocablo LIBERTAD dentro del capitalismo, del patriarcado y/o de las relaciones de dominación existentes entre los cuerpos).

 

Marina Klein: ¿El libro se llama Puta Feminista?

Georgina Orellano: Sí. Tiene 50 capítulos y lo cerraron en 613 páginas. Hay capítulos que tienen dos hojitas nomás, que son súper cortos, y hay otros que son muy intensos, como de siete u ocho páginas porque explica el tema de la organización o del proyecto de ley de AMMAR. Esos son más extensos. Y otros que son menos porque tienen más que ver con historias, con clientes, o como cuando yo le conté a Santino que era trabajadora sexual.

 

M.K: ¿El libro tiene un orden cronológico, biográfico?

G.O: Sí, empieza cuando yo estaba trabajando como niñera y la chica a la que le cuidaba los chicos era trabajadora sexual. Entonces arranca ahí, cuando yo empecé a trabajar. Arranca desde que terminé el secundario y como toda chica de esa edad quise empezara trabajar, pero más que nada por una cuestión de consumismo, como para tener pilcha, celular… Y después intentar emanciparse y tener algo propio, salir de la institución familiar y tener más libertad.

Entonces empecé a ser niñera porque no me gustaba el trabajo al que mis hermanos habían accedido. Como somos de Pilar y allá está el parque industrial, la gran mayoría cuando sale del colegio empieza a trabajar ahí.

 

M.K: ¿En la fábrica, de operarios?

G.O: Claro. Ellos me habían dicho cómo tenía que hacer el circuito para dejar los CV. Y lo que no me gustó es que las empresas no contratan directamente al trabajador sino que están como intermediarias las agencias de trabajo. Y lo que pasaba era que las agencias te contratan de tres a seis meses y se quedan con un porcentaje de tu trabajo, y son ellos los que te pagan el salario, no la empresa directamente. El salario va para la agencia y la agencia te descuenta, se quedan con un porcentaje de tus ganancias. Entonces mis hermanos siempre me decían que si por seis meses vos tenés un buen desempeño la empresa te toma como planta permanente y ya no interviene la agencia. Pero bueno, tenía que estar como seis meses… Yo vi que mi hermano laburaba en turnos de doce horas, después hacía horas extras… Todo para demostrarle al supervisor que él era un buen producto del mercado y que la empresa lo tome.

Y después no es que le pagan un re salario, estás como esclavizado adentro de la fábrica doce horas y haciendo horas extras los sábados.

Cuando vi eso me dije a mí misma que no quería eso. Yo quería un trabajo que me de ciertas horas como para poder terminar la universidad.

 

M.K: ¿Qué estudiabas?

G.O: En ese momento, psicología.

Lo que quería era un trabajo que me diera tiempo para estudiar y así no iba a tener tiempo para la universidad, sobre todo porque no tenían horarios fijos sino que cada semana se iban rotando, había semanas en las que había que trabajar de noche. Entonces dije, ese tipo de trabajo no puede ser para mí porque no voy a poder estudiar, no voy a tener tiempo ni siquiera para un ocio ni nada.

Entonces dejé de tirar CV. Y después una chica del barrio me dijo que había alguien que estaba buscando a una niñera para sus hijos y que por qué no iba a hablar con ella.

Entonces fui y me dijo que sí. Que necesitaba una niñera que estuviera en el horario escolar de los chicos, hasta las cuatro de la tarde que era cuando ella venía.

Cuando me dijo lo que me iba a pagar, me ofreció un re buen salario por pocas horas y me daba tiempo de ir a cursar a la noche.

 

M.K: ¿Y ella al toque se presentó como trabajadora sexual?

G.O: No, no, ella me dijo que era empleada de un hotel. Y yo pensaba que era empleada de un hotel porque en la casa había un montón de champús, de cremas de enjuague, de jabones… todo de hoteles.

Nunca pensé que ella era trabajadora sexual. Pensé que trabajaba en hoteles y traía las cosas de los hoteles. Había peines, gorras de baño, tenía batas… El baño tenía una mesita en un rincón con todas las cosas que te dan en los telos. Pero en algunos no decían los nombres de los telos sino que los jaboncitos eran blancos, los champús eran de marcas, no decían el nombre de los hoteles.

Y trabajé todo un año con ella hasta que llegó noviembre y terminó la cursada y yo me podía quedar hasta más tarde, no me tenía que ir a las cuatro para tomar el tren de cuatro y veinte para venir a capital.

Ahí empezamos a hablar… ella empezó a llegar un poco más tarde, me dijo que no me preocupe que me iba a pagar más. Y después hablando más en confianza ella me empezó a preguntar qué es lo que estaba estudiando, si me gustaba la universidad, cuáles eran las materias… Y después que qué me gustaría hacer cuando sea más grande. Y ahí yo le dije que me gustaría tener un trabajo como el que tenía ella. Porque más allá de si era o no era empleada de hotel, a mí me gustaba la libertad que tenía. Era un trabajo de muy pocas horas, se iba a las doce y a las cuatro ya volvía. Y el dinero que ganaba, porque se notaba que tenía una buena calidad de vida. Un estatus económico muy bueno en comparación a otras mujeres de su edad. Ella era mamá soltera de tres chicos… Me parecía que estaba re bueno su trabajo así que le dije que me gustaría tener un trabajo como el de ella.

Y ella se empezó a reír y ahí me dijo que en realidad no era empleada de hotel sino que era prostituta. Yo pensé que me estaba haciendo un chiste y me empecé a reír. Pero me dijo que era en serio, que era prostituta pero que no lo contaba, no lo decía por miedo a  que la familia la rechace, por miedo a que los hijos se enteren, que no la quieran…

 

M.K: ¿Y vos tenías algún pensamiento sobre la prostitución, habías conocido antes a alguna prostituta?

G.O: No, esa era mi primera vez.

 

M.K: ¿Y qué pensaste de la mina?

G.O: No sabía. Cuando llegué a mi casa empecé a buscar por internet la palabra Prostituta, Prostitución, y empecé a leer algunos artículos pero que eran re pesados, con palabras de esas difíciles, un vocabulario muy difícil.

Y después vi algunos videos como del programa Calles Salvajes… Todo lo que vi, eso y algunos documentales, otras cosas en algunos portales, cosas de España y de otros países, y con lo que vi que había escrito hasta ese momento -te estoy hablando del 2005- en prostitución, eran todos artículos académicos pero que en su gran mayoría no representaban lo que yo veía todos los días. Yo lo que veía todos los días era una mina re liberal que se iba a las doce del mediodía, venía a las cuatro de la tarde… No veía una mina sufrida sino re presente con sus hijos. Como que todo lo que hacía tenía que ver con darle cosas a sus hijos que seguramente ella cuando fue chica no tuvo.

O sea, yo lo que veía era eso, que hacía un montón de programas con sus hijos, iba al cine, cada fin de semana iban a un lugar distinto… Y eso no me lo mostraba nada de lo que yo leía.

Entonces al día siguiente cuando volví a ir le pregunté algunas cosas. Como esas cosas de si no tenía miedo, si nunca le pasó nada, si alguna vez algún cliente le pegó, o cómo hacía para ir a trabajar y tenerlo oculto. Y ahí me empezó a explicar un montón de cosas y a decirme que ella no tenía miedo, que los clientes que le habían tocado en su gran mayoría eran buenos clientes, que la habían ayudado. Entonces me empezó a mostrar como cosas de la casa que tenía y me decía esto me lo regaló el cliente tal, esto me sacó a crédito mi cliente tal y le estoy pagando porque me prestó la tarjeta…

Entonces ahí como que vi otra cosa, no tan victimaria como leía en los artículos, no tan marginal como veía en algunos programas periodísticos como en Calles Salvajes. Eso re marginal de la prostituta que se droga.

 

M.K: Aparte, drogarse, se droga todo el mundo, no hace falta ser prostituta; y hombres malos hay en todos lados, clientes o no clientes. ¿Y la ves todavía?

G.O:No, ella falleció de leucemia. Cuando yo me mudé de Derqui perdí el contacto. Después cuando volví a trabajar a Villa del Parque la volví a encontrar pero la encontré con una salud súper deteriorada y ella me dijo que iba a trabajar solamente para hacerse un fondo económico y ponerse un kiosco en su casita y no tener que ir a trabajar más. Después también volví a ver a la madre cuando iba a visitar a mi mamá y ella me dijo que estaban con el kiosco, que los chicos estaban como súper grandes. Después me avisó una compañera que había fallecido y bueno… Y después no quise ir a ver a los chicos porque ellos eran re chiquititos…

 

M.K: Y no sabés qué saben.

G.O: Claro. No sé qué saben y aparte ir ahora es como reconstruirles a ellos la historia de su mamá. Porque parte de lo que yo cuento tiene que ver con la historia de su mamá, no sé cómo se lo irán a tomar, no sé si saben, o qué saben…

 

M.K: ¿Pusiste su nombre en el libro, está el nombre de ella de verdad?

G.O: No, está Silvana. El nombre de pila nada más, sin el apellido. Pero yo creo que ellos tienen que saber, como que si me vieron en algún lado les tiene que cerrar. No sé qué es lo que ella le contó a sus hijos, por ahí no tuvo la posibilidad de contarlo.

 

M.K: Ahí arranca la historia del libro y hasta dónde va?

G.O: Termina en la participación de AMMAR en el Encuentro Nacional de Mujeres del año pasado (2016). Por eso la idea era presentarlo a fines de julio o los primeros días de agosto para que sea en el Encuentro Nacional de Mujeres

 

M.K: Veo que leés un montón (tiene una suculenta biblioteca de libros apilados prolijamente en el piso). ¿Leés ficción o más que nada material feminista, libros académicos, ensayos…?

G.O: Más que nada material feminista. Ficción también leí, leí un par de novelas pero no me atrapa.

Desde que era muy chica me gustaba escribir un montón. De hecho me traje de la casa de mi mamá todos mis cuadernos. Todas las veces que mi mamá me retaba, cuando no me dejaba salir, me encantaba escribir, escribir, escribir.

Para los concursos que se hacían en la escuela de poesía y demás, yo siempre armaba una poesía y me presentaba, siempre era seleccionada… Entonces como que siempre estuvo eso de la escritura, del leer, desde que era muy chica.

Para mí leer es como un hobbie. Así como algunos hacen yoga para desestresarse, para mí leer es el mejor programa para la noche antes de dormirme o a la mañana.

 

M.K: ¿Pensás que después que salga el libro vas a seguir escribiendo o es este libro y ya?

G.O: No, creo que es este libro y ya. Nunca pensé en escribir un libro porque no tenía resueltas cosas conmigo ni con mi entorno familiar, entonces cuando resolví cuestiones con mi mamá…

Eso fue en el 2012 más o menos. Lo resolví con charlas profundas. Y después de eso sí. Ahí me metí en la militancia más profunda en AMMAR y después con el tiempo empecé a escribir algunas cosas en el Facebook pero más que nada por revelarme ante todo eso que se decía de nosotras. Si nosotras íbamos a un espacio, estábamos como parte del público, sentadas, y las que estaban exponiendo decían cosas re desagradables de nosotras; poniéndonos no solamente en el lugar de mujer víctima sino de mujeres idiotas. Mujeres incapaces, mujeres indefensas.

Entonces desde ese lugar fue que yo empecé a pensar que hay que contar lo que se da realmente en el trabajo sexual, no solo para contestarles a aquellas que quieren posicionarse en el discurso victimista y el discurso de la mujer incapaz, sino para que un montón de gente rompa con esos prejuicios que tiene con respecto al trabajo sexual y vean que hay mujeres que deciden, que hay arreglos económicos… Que hay personas que van no solamente buscando lo sexual… Porque también está toda esa imagen de la mujer que se tiene que bancar a tal cliente que va y le hace de todo, y en realidad hay pocos clientes que vienen y te piden de todo. En realidad hay más clientes que piden cosas súper sencillas para nosotras pero que no son sencillas de resolver en su historia de vida, como escuchar, contarnos sus problemas, hacernos parte de su compañía porque son personas muy solas…

 

M.K: ¿Vos ves a los clientes como personas que sufren una profunda soledad, como personas rechazadas o que no encuentran calidez en su vida cotidiana?

G.O: Sí, para mí sí. Para mí son personas muy solas que en su entorno son rechazadas. No encuentran el compartir o el hablar de las cosas que le gustan con personas que forman parte de su entorno. Son personas que se sienten como aisladas dentro de su círculo, entonces buscan en la trabajadora sexual todo eso que no le pueden dar las personas de su entorno. Nosotras no le vamos a decir no me hables de eso porque eso no me gusta, si es un cliente le tenemos que seguir la corriente, nos tenemos que mostrar interesadas, que lo que a él le interesa también nos interesa.

O también que nos cuenten sus problemas. Esta cosa de venir y confiar en nosotras cuestiones que les pasan que no van y lo ponen sobre la mesa con su familia.

 

M.K: Como que terminaste siendo psicóloga igual

G.O: Claro, yo pienso que es una función social.

 

M.K: ¿Y vos le das tu opinión o lo escuchás y fin?

G.O: Antes tenía un poco más de inocencia como de hacerme la tonta y decirle a todo que sí, que tenía razón. Ahora ya no, ahora si él quiere escuchar mi opinión, se la doy, pero primero le pregunto si está seguro que quiere escuchar mi opinión. Algunos me dicen que no, que solamente me lo quieren contar, otros me dicen que sí.

Antes cuando era más chica era muy inocente, creía que la vida era como me la contaban. Después, cuando vas teniendo tu propia historia te vas dando cuenta de que no, de que en todas las situaciones en las que ellos se muestran como indefensos o como los que nadie les da bola, son así. Porque bueno, algo hiciste para que tu propio entorno te aísle. A algunos, cuando empezás a conocer su historia es como que bueno, si fuiste un padre castrador seguramente tus hijos no van ir a visitarte los fines de semana ni van a traerte a tus nietos.

 

M.K: ¿Qué son las “historias de clientes” que piden las editoriales? ¿Cuáles tratás?

G.O: Cuando decidí que tenía que haber alguna que otra historia con los clientes ahí adentro, elegí historias puntuales. No voy a contar todas sino las que hoy por hoy todavía me acuerdo. Unas de cuando era adolescente, de cuando tenía diecinueve y empecé a trabajar. Hay algunas que todavía me acuerdo, como que me marcaron. No que me hayan marcado de mala manera sino que me quedó.

Una de esas es de un cliente que a los pocos meses de haber empezado a ejercer el trabajo sexual, me había ofrecido dinero como para que yo salga del trabajo sexual y pase a ser la exclusiva de él. Yo tenía diecinueve años y él tenía setenta. Entonces había algunas situaciones que me incomodaban, por ejemplo, ir a cenar con él porque todo el mundo se daba cuenta. Porque yo tenía diecinueve, él setenta, y él queriéndome abrazar, entrando de la mano… Era como que cada vez que entrabamos a un lugar todas las miradas estaban puestas en la mesa nuestra. Es como que él pensaba que lo hacía juvenil mostrarse con una joven. Entonces por no bancar ese tipo de situaciones a los tres meses le dije que no, que no soportaba la negociación que habíamos hecho, no soportaba el qué dirán, no podía fingir amor ni demencia donde había un contrato. Porque él también me ponía en un lugar donde en esos lugares yo tenía que demostrarle cariño y la verdad que no podía, no podía. No podía porque no había un cariño real, era un negocio.

Estuvimos como tres meses, él me pagó y después de eso volví a ejercer el trabajo sexual. Tiempo después, cuando lo tuve a Santi y volví a ejercer el trabajo sexual, lo volví a ver, ya mucho más grande… Y verlo desde otro lugar. Porque una cosa es cuando yo empecé con diecinueve años con re poca experiencia y con un montón de cosas que resolver con mi propia sexualidad y después ya era otra cosa, habiendo transitado un montón de procesos, como el ser mamá por ejemplo, separarme, hacerme cargo sola de Santino.

Hubo un antes y un después. Una cosa era lo que yo creía del trabajo sexual cuando tenía diecinueve años. Cuando yo empecé a ejercer no era un TRABAJO. Era una experiencia que estaba teniendo yo en el mercado sexual, pero nunca para mí misma consideré que estaba trabajando; sino que estaba experimentando mi propia sexualidad y a través de eso recibía remuneración económica que era como un plus, pero lo viví como desde otro lugar.

 

M.K: ¿Hasta ese momento eras sexualmente medio santita?

G.O: No tenía tanta experiencia sexual. De hecho un montón de cosas las aprendí en el trabajo sexual.  Entonces para mí fue una cuestión de aprendizaje, de incursionar para que me dé experiencia y tomaba el dinero como algo extra. No lo tomaba como un trabajo sino más como una picardía.

 

M.K: ¿Y qué pasó, te casaste?

G.O: No me casé, me junté, quedé embarazada y después me separé cuando Santino tenía un año y medio.

 

M.K: Y en ese rato paraste de laburar

G.O: Sí.

 

M.K: ¿Y el chabón sabía?

G.O: Sí, yo lo conocí a él en el trabajo sexual pero fue como un pacto de no decirlo. Ni él decírselo a mi familia ni yo decírselo a la de él que nos habíamos conocido en el trabajo sexual. Habíamos inventado una historia como que nos conocimos en un baile.

Después los problemas empezaron cuando nos empezamos a llevar mal, cuando no soportaba la convivencia, entonces muchas veces me quería ir, quería terminar con esa relación y aparecía esa amenaza: le voy a contar a tu familia que vos eras prostituta.

Entonces como yo no ejercía más el trabajo sexual ahí y era para mí una historia cerrada, lo sufría a horrores porque jugaba con algo del pasado, sacarlo siempre a la luz, y yo ya no estaba sola. Tenía a Santino que era re bebito y entonces tenía ese miedo, ese temor.

Después, cuando decidí que tenía que separarme, cuando ya Santino tenía un año y medio, ahí ya no me importó. Ya no me importaba si iba y se lo contaba a mi familia. De hecho una hermana de él le contó a mi mamá y yo lo negué rotundamente.

Pero ahí puse las cosas en la balanza, o era seguir en esa cadena de violencia y que mi hijo creciera en esa cadena de violencia, o romper con eso y empezar de cero sin importar si mi familia me aceptaba o si él iba y contaba.

Como que no podía estar atada a él por miedo a que mi familia se entere que fui prostituta.

 Ahí volví a ejercer el trabajo sexual y ahí sí lo tomé como un trabajo.

 

M.K: ¿Dónde empezaste a trabajar?

G.O: Volví de vuelta a la misma esquina, en Villa del Parque. Por supuesto la mayoría de las compañeras me reconocieron, me dieron la bienvenida, les conté lo que me había pasado… Y ahí sí lo tomé como un trabajo, tenía horario. Antes no, antes vivía en el aire. Iba cuando me quedaba sin guita, cuando quería ir a bailar, cuando me quería comprar una remera.

Después ya no. Había que pagar el alquiler, el jardín…

 

M.K: ¿Qué horario hacías?

G.O: Ahí Santino entraba al jardín ocho y veinte y salía cuatro y media. Entonces lo que hacíamos era que yo lo llevaba al jardín, me tomaba el colectivo y me iba a trabajar. Entonces trabajaba desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, de lunes a viernes.

Y después, a la tarde cuando lo iba a buscar a Santino, íbamos a la plaza.

Después me subieron el alquiler y empecé a tener más gastos, entonces empecé a trabajar sábado de por medio.

 

M.K: ¿Los sábados se factura más?

G.O: Los sábados van hombres puntuales a buscar servicios. Por ahí los días de semana no todos los que se acercan quieren salir sino que hay más gente que va a preguntar, que te preguntan en que horario estás porque justo en ese momento están trabajando… Los sábados no pasa eso porque los pocos autos que pasan, pasan directo a buscar chicas, entonces como que te ahorrás toda esa cosa de ir, contar…

Ahí sí lo empecé a ver como un trabajo porque con todo lo que hacía pagaba el alquiler, las expensas, el jardín de Santino.

 

M.K: ¿Y cuánto facturabas por día?

G.O: En ese momento eran más o menos $300 por día pero yo pagaba $400 de alquiler…

Ahora está $ 500 la francesa y $ 800 la salida. Ya no voy todos los días pero los días que voy hago

$ 3.000 .

 

M.K: ¿Entonces este es tu primer y último libro?

G.O: Sí, no tengo pensado sacar otro. Las chicas sí pensaron en hacer un libro de ellas como que sea una recopilación de historias de trabajadoras sexuales, como un libro de AMMAR.

 

M.K: ¿Qué pensás del morbo de la gente que quiere leer historias de clientes?

G.O: Para mí que surge del desconocimiento. Hay mucha gente que desconoce lo que le sucede a la trabajadora sexual, la vida cotidiana de la trabajadora sexual, porque parece que no tenemos vida cotidiana, que las veinticuatro horas del día estamos en la esquina trabajando. Entonces todo lo que sale por fuera de ese parámetro, lo quieren conocer.

Conocer por ejemplo por qué decidimos ejercer el trabajo sexual, conocer cómo se lo contamos a nuestras familias, cómo es la vida de la trabajadora sexual porque parece ser que es una vida muy diferente a la vida de ellas… Piensan que es una vida muy diferente a la vida de otras mujeres.

Me parece que en el tema de los clientes también. Hay mucha gente que piensa que los clientes nos piden a nosotras muchas cosas que no se llevan a cabo en la vida habitual de las personas, entonces cuando una le empieza a contar lo que los clientes nos piden, empiezan a ver que es igual a la relación sexual y afectiva que aparece en otras relaciones y que nuestros clientes no son marcianos, son personas.

Porque también parece eso, que el cliente es el que te pide diez mil cosas en el sexo, como que busca cosas re distintas. Entonces cuando empezamos a contar lo que le pasa al cliente de la trabajadora sexual, es lo mismo que le pasa con su pareja, con relaciones que tuvieron.

 

M.K: ¿Vos creés que es una función social el trabajo sexual?

G.O: Hay clientes que nos dicen que llegan a su casa y que su mujer está cansada, agotada… Claramente nosotras lo entendemos porque qué ganas va a tener la mujer de tener un momento de placer, de relax, cuando sobre el cuerpo de ella recaen un montón de obligaciones que a los tipos  no les recaen. O sea, el tipo se para de la cama y tiene la ropa limpia, el baño limpio, el desayuno preparado, sale, se va a trabajar. Y en los trabajos también tienen otras mujeres que les hacen el café, que son sus secretarias, que les preparan la agenda… O sea, hay un montón de cosas que recaen sobre la mujer y cuando él llega tiene la toalla preparada, las pantuflas, la cena preparada… con los pibes cero relación más que preguntarles cómo les fue en la escuela, pero ese chico está bañado por la madre, la madre le saca los piojos, la madre le ayuda a hacer la tarea, le lava la ropa del colegio, prepara la vianda…

Toda la estructura de la familia recae sobre la mujer entonces claramente cuando el hombre tiene ganas, la mujer va a estar agotada.

Hay algunos que te dicen: mi mujer me dice que vaya y me pague una puta y la deje de joder. Y entonces vienen como con esa cosa de la gracia de “mi mujer me dijo que vaya y me pague una puta”.

A veces nos reímos y a veces no. Yo les digo a veces “tu mujer te está diciendo eso porque vos no estás comprendiendo que toda la función de mantener el hogar recae sobre ella”. Y claramente, llegan las diez de la noche y lo que quieren es dormir después de hacer todo lo que hacen.

Es como que para ellos tiene que ser cuando ellos quieren y no se ponen en los zapatos de la mujer y ven que la mujer está agotada. ¿Qué ganas va a tener de tener una relación sexual cuando laburó el doble o el triple de lo que labura él?

 

M.K: ¿Vos ves en el libro algo de trascendencia más allá de lo coyuntural?

G.O: Sí, lo veo como trascendente porque los años pasan y la gente se acerca y sigue preguntando lo mismo: por qué elegimos ejercer el trabajo sexual, cómo se lo contamos a nuestras familias, por qué AMMAR pide una ley de trabajo sexual, cómo se construyó la ley de trabajo sexual, cuestiones relacionadas con los clientes, con la familia.

Durante mucho tiempo hubo otras personas que escribieron sobre nosotras pero nada fue escrito por una trabajadora sexual. Éste tiene ese condimento extra.

Se habla de la maternidad, del acoso callejero, del hacer uso del espacio público.

 

M.K: ¿Vos desde que tenés este laburo te sentís más empoderada con los tipos cuando te dicen cosas por la calle?

G.O: Sí. El trabajo este lo primero que te enseña es a adueñarte de la calle. Eso es algo que no nos enseñan en nuestras casas ni en la escuela, y el trabajo sexual te enseña que sí o sí lo tenés que hacer.

Primero porque tenés que elegirte una esquina y la esquina que te elijas tiene que ser donde te sientas más segura, tenés que tener todo un conocimiento del espacio. Después tenés que tener un montón de ojos, no solo para ver los autos que vienen sino ver si alguien está llamando a la policía, si a alguien le está molestando tu presencia…

Yo cuando empecé, cuando fui a la calle, tenía miedo porque no sabía dónde iba a ir, no sabía cómo era pararse en una esquina. La primera vez caminé dos cuadras y tuve la suerte que un cliente me levantó y nos fuimos pero después cuando vos tenés que estar treinta minutos en una esquina exhibiéndote, tenés una actitud que es la de estar parada, mirar a todos los autos, reconocer a un auto y ver si es un cliente… tenés que estar muy atenta a todo.

Como que te vas curtiendo. Cuando pasa un colectivero y te toca bocina, después te mira todo el colectivo, entonces si después pasa un flaco y te grita “puta”, es lo de menos. No estamos sumisas, todo el tiempo estamos contestando a las agresiones. Todo el tiempo estamos en el espacio público, negociando el servicio en el espacio público, haciendo uso del espacio público para ofrecer nuestro servicio. Negociando también el uso del espacio público con algunos porteros que se enojan porque usamos la vereda por ejemplo. Entonces hay un montón de cosas que aprendés que de otra manera no aprenderías.

Y no lo digo sólo del trabajo sexual sino de todo aquel trabajador o trabajadora que esté en el espacio público. Yo les pregunté a las compañeras manteras y es lo mismo porque ellas al poner una manta también tienen que estar viendo todo, tener la manta preparada por si viene la policía, negociar el espacio con otro que vende al lado…

 

 

M.K: ¿Cómo fue tu relación con AMMAR?

G.O: Yo conocí AMMAR cuando tenía 19 años, cuando empecé a ejercer el trabajo sexual. Yo no lo veía como un trabajo y las veía como “las minas esas que vienen a romper las bolas, a hablar de derechos”. Lo único que me interesaba de ellas es que me den los preservativos pero por una cuestión de que me iba a ahorrar de tener que pagar preservativos. Después fui al sindicato como sindicato cuando tuve un problema puntual. Tuvimos un problema puntual en nuestra zona de trabajo y llamamos al sindicato después de que nosotras tratáramos de arreglarlo y que nos haya salido mal.

 

M.K: ¿Qué problema fue?

G.O: Un problema con los vecinos y la policía. Como no lo pudimos arreglar nosotras con los vecinos ni con la policía y no podíamos ir a denunciar el abuso policial o la violencia y la discriminación que sentíamos de los vecinos ¿a dónde lo íbamos a denunciar, a la misma comisaria? ¿Y si no es en la comisaria, a dónde? En cualquier dependencia estatal teníamos que decir que éramos prostitutas y la verdad es que en ese momento en el que nosotras estábamos completamente atravesadas por el estigma y nuestras familias no sabían que éramos trabajadoras sexuales, era algo que se descartó. No nos íbamos a exponer a que nos pregunten qué estábamos haciendo en la calle, entonces lo descartamos. Cuando apareció la organización no era como una dependencia del estado, no les tuvimos que decir a ellas que éramos trabajadoras sexuales, de qué trabajábamos, lo comprendieron porque eran pares.

Fuimos directamente con el problema puntual, ellas nos dijeron que les diéramos una semana a ver cómo hacían y nos dieron una respuesta rápida, efectiva que a nosotras nos generó un alivio porque podíamos volver a trabajar tranquilas. Y también nos hizo sentir que no estábamos solas. En ese momento pensábamos ¿Quién se va a preocupar por los derechos de las trabajadoras sexuales? Casi nadie.

Ahí vimos que hay una organización que se preocupa y que esa organización tiene ese plus que es que son iguales a nosotras. Ahí nos ahorrábamos de explicar qué era lo que estábamos haciendo o por qué los vecinos se habían enojado.

 

M.K: ¿Esta composición actual de AMMAR que incluye a las trabajadoras sexuales pero que también tiene gente que proviene de la academia como antropólogas, sociólogas, abogados… eso lo generaste vos o cuando ingresaste ya era así?

G.O: No, no era así. Era una organización por y para trabajadoras sexuales. Sigue siendo así pero nosotras vimos que se acercaba un montón de gente con una perspectiva a favor del trabajo sexual con ganas de ayudar (no desde el lugar de te vengo a ayudar, te vengo a salvar), gente que venía a poner su valor agregado. Entonces después de renegar un montón de tiempo de qué hacíamos con eso nos pusimos a pensar que nosotras solas no vamos a conseguir una ley de trabajo sexual, que nosotras solas no vamos a ganar esa gran batalla. Necesitamos de las antropólogas, las sociólogas, los abogados, para que en el espacio en el cual ellos habitan puedan llevar la palabra de las trabajadoras sexuales, poder contar los problemas. Son lugares que nunca nos convocarían a nosotras, como las universidades.

Entonces estábamos perdiendo la oportunidad de buscar a esos aliados para que lleven a esos espacios la mirada a favor del trabajo sexual.

Ahí entonces hicimos toda una discusión con las compañeras, qué lugar iba a ocupar esa gente. Ahí armamos el FUERTSA, Frente Unidad Emancipatorio por el Reconocimiento de las Trabajadoras Sexuales. Es un frente de trabajadoras sexuales con aliados que lucha por el reconocimiento del trabajo sexual.

Esa gente se sumó en 2015 y fue por eso, por sentir que nadie logra sola nada. Los compañeros que lucharon por el matrimonio igualitario se tuvieron que aliar con un montón de otra gente.

 

M.K: ¿Vos sentís que te sumó tener a toda esta gente alrededor?

G.O: No es que me sumó a mí, le sumó al movimiento de trabajadoras sexuales.

 

M.K: ¿Y te parece que les restó algo?

G.O: Lo que pasa es que desde el principio estuvo la cuestión de que más allá de que sea un frente que nuclea aliados, las que van a bajar las líneas generales siempre van a ser las trabajadoras sexuales. Las que vamos a conducir siempre vamos a ser nosotras.

Como que se comparte un espacio con gente que tiene un montón de saberes pero las compañeras también tienen que saber que ellas también tienen un montón de saberes. Eso es algo que muchas veces no tenemos presente.

Es como que ellos vienen, nos escuchan y se van. Y eso es porque nosotras tenemos un saber que ellos no tienen, que la academia no les da. Nosotras les hablamos en primera persona de la calle, de lo que pasa. Entonces hay que saber capitalizar ese saber.

En el libro lo que se cuenta es cómo se armó el FUERTSA. Ellos siempre venían pero había una mirada desde la desconfianza, estábamos a la defensiva. Como que esas personas se acercaban para sacarnos todo nuestro contenido, hacer su trabajo, su tesis, y no volver nunca más.

Siempre los veíamos así, hasta que un día un compañero de la CTA, mientras estábamos sentadas tomando mate, sonó el teléfono de mesa de entrada diciendo que venía un estudiante, y nosotras seguíamos tomando mate. Ahí el compañero nos dice ¿no hay alguien que las está buscando? Ahí nosotras le dijimos no, que espere porque es un estudiante y viene a hacernos las mismas preguntas de siempre y se va.

Entonces el compañero nos dijo que nosotras nos estábamos perdiendo la oportunidad de capitalizar eso porque en lugar de que se vayan a otros lugares, que seamos nosotras las que le generemos toda una sensibilidad y otra postura con respecto al trabajo sexual. Que ellos el día de mañana en el lugar que ocupen, sean antropólogos, sociólogos, trabajadores sociales o abogados... y por ejemplo, si un abogado tiene que litigar una causa de trabajo sexual, tenga la perspectiva nuestra y no otra.

Cuando nos explicó eso nos cayó la ficha. Por algo también estaban viniendo y querían escucharnos, si no hubieran hecho como yo cuando puse en google y se hubieran quedado con eso.

Y vimos eso, que nos estábamos perdiendo la posibilidad de abrirnos, de contar quienes éramos y capitalizarlo.

 

M.K: ¿Pero se dan ruidos de comunicación al haber pibes que están haciendo su doctorado y compañeras que por ahí no terminaron la primaria o la secundaria?

G.O: No nos gusta que nos hablen con palabras difíciles. Lo que sí hay es mucho insumo para que las compañeras quieran terminar sus estudios. Hay dos compañeras que están terminando la secundaria ahora, otra empezó para terminar la primaria.

También hay unos compañeros que van a empezar a hacer todos los sábados un taller de alfabetización para las trabajadoras sexuales que no saben leer ni escribir. 

 

M.K: ¿En algún sentido vos esperas que el libro cambie de alguna manera la visión del vecino botón que llama a la policía?

G.O: No sé… porque a ese vecino no sólo le molesta la trabajadora sexual. Le molesta el que duerme en la calle, le molesta el cartonero, el mantero… Le molesta que los pobres se vayan de vacaciones.

De todas formas el enemigo principal es la policía.

 

Paramos la entrevista acá, con esa última frase sobre la naturaleza humana y todas las batallas que todavía deben librarse.

Pasaron un par de horas y la visita termina. Me llevo de regalo un prendedor que dice PUTA FEMINISTA y que me ahora me adorna la campera.

Cuando salí la  Avenida Córdoba se incendiaba a lo lejos y el mundo ardía, era la tarde que bailaba en fuego y furia.

 

 

 

 

(*) Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina. Toda la info se puede ver acá http://www.ammar.org

Autora: Marina Klein

 

Soy autora de De Fauces al Subsuelo y de Danzando entre la Nada y la Furia, ambos editados por Ediciones Frenéticos Danzantes. También dirijo esta revista y la editorial recién mencionada. 

Nací en Buenos Aires en el 74, viví en esta ciudad hasta más o menos los 20 años y desde ahí hasta el 2012 anduve por el mundo viajando y quedándome largos períodos  en distintos lugares de América Latina. En ese tiempo realicé un tour por distintos oficios, escribí para varios medios crónicas de viaje, limpié casas, hice gorritos de hilo y hasta llegué a tener una pequeña fábrica de joyería artesanal. Desde que volví, además de colaborar con varias publicaciones de habla hispana, hacer libros y revistas, coordino algunos selectos talleres de escritura. 

 

Ambos libros pueden descargarse acá, en la Biblioteca.  

 

Facebook: Marina Klein

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266