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En este momento estoy pensando que todo viaje implica un recorrido tanto interior como exterior y también un ir hacia los otros. Porque está bien conocerse, recorrer el mundo y además compartir pareceres distintos a los nuestros. Ser gente del mundo es viajar aceptando que ni somos todos iguales ni pensamos todo lo mismo.

Se debe tratar de caminar sin discrepar con lo diferente, porque todo viaje es un aprendizaje. Aún si el camino o el paisaje no nos resulta atractivo hay que seguir caminando. Viajar hacia el otro para conocer su mundo suele ser la travesía más difícil y más bella. Y todo esto ahora sé que lo pienso porque voy en colectivo rumbo a Posadas y te recuerdo ... y apenas salí de trabajar, caminé sólo dos cuadras y me subí al micro. Estoy viajando. Y vos viajaste mucho, vos sabías del mundo. Sabías bien ir a distintas partes y mostrarte tal cual eras sin importar las circunstancias ni los lugares. Antes cuando viajaba y arribaba temprano a tu casa con la intención de, ni bien llegaba, acostarme hasta mediodía, vos me tentabas con unos mates y a pesar de que ya se me insinuaba mi gastritis yo me quedaba despierto mateando, oyendo las novedades familiares y tu visión de las últimas noticias que habías oído en la radio o leído en el diario (porque para las 7 de la mañana seguro ya te habías leído casi todo el diario). En algunas ocasiones debido a algún motivo que no podía deducir ni adivinar se te daba por contarme cómo habías cruzado el Paraná en una balsa, bueno ...quizás deba decir cómo te habían cruzado por que vos eras muy pequeña. Contabas que venían tus padres de Villa Rica, Paraguay, quizás escapando de algún dolor o alguna miseria. De la miseria, sí, de aquella de la que vos supiste escapar y con tu esfuerzo diario ibas, lentamente, sembrando una vida próspera. En verdad no estoy seguro si se puede escapar del dolor (creería que no), claro que no hablo del dolor físico, sino del dolor que todos elegimos o nos elige y que a veces se ciñe despiadado sobre nosotros. Ese dolor que nos recuerda que amar a los seres humanos más allá de sus satisfacciones también suele generarnos mucho sufrimiento sobre todo en la pérdida de dichos seres. Con el tiempo es un dolor que llevamos como una marca que nos identifica, como un puntito en la piel que es tan nuestro que no queremos que nadie vea porque es íntimo pero, en ocasiones, ese puntito se hace tan inmenso que nos abarca todo y no hay parte que no duela y es imposible guardarlo o esconderlo. Tal vez por eso me contabas algunas de esas cosas, porque te era imposible no exteriorizar tu dolor por algo que te estaba sucediendo, tal es así que mientras narrabas esas historias se te caían algunas lágrimas. Misterioso y desconocido mundo de las lágrimas, donde yo intuía, por momentos, algunos motivos, algunos indicios, como esos días donde se corta la luz, se produce un apagón repentino y luego vuelve la luz pero con baja tensión y las lámparas iluminan variando su intensidad de manera intermitente. Sucede algo así: viene la luz y creemos en la falacia de entenderlo todo, tener todo claro, ver mejor al otro, reconocerlo. Y entonces sucede lo imprevisto, se va la luz y no lo vemos, sabemos que está ahí porque oímos su voz, pero ya no tenemos las mismas certezas de todo lo que acontece y menos de lo que pueda suceder. Hasta que una lágrima en los ojos de la persona que está con nosotros nos ilumina una verdad, y no es tan sólo nuestro parecer. El mundo también funciona en su interior aunque no lo veamos. En ocasiones construimos muros entre un mundo y otro, pero en oportunidades extremadamente fortuitas construimos puentes y sucede la magia del encuentro. Yo no sabía todo de vos, de tu mundo y ahora que sé que tristemente te ocurría con frecuencia, ahora, quisiera saber más, preguntarte más. Acaso de algún modo al escribir lo esté haciendo porque en cierta manera dejaste las respuestas en nosotros, los que cuidabas amabas y protegías.

Sé que con tus enseñanzas dejaste muchas respuestas en nuestro interior y que tan sólo nos basta ahora tener el valor de interrogarnos a nosotros mismos y además tener el valor de oír las respuestas de dicha introspección. Sobre todo no hay que olvidar que la vida es un viaje y que si hoy nos toca un tramo difícil del camino es menester seguir caminando, no detenerse, seguir hacia adelante y seguro (lo dicen las esperanzas) que nos esperan días felices. Recuerdo que te hice una canción que, a veces, cuando estoy solo tomo la guitarra y te la canto. Y aunque canto desafinado y no sé bien las notas invento rasgueos para acompañar la letra. A veces también intento escribirte algo y pienso: no importa si al escribir me invade el llanto al recordarte porque todos tenemos un jardín en nuestro corazón y esas lágrimas servirán para regar una bella flor color lavanda que mi corazón guarda. Y llegó el momento en que ya no hubo quien llenara esa mesa larga de casi todos los fines de semanas, mesa que a veces eran dos y en ocasiones tres, donde se juntaban hasta 4 generaciones. Recuerdo que siempre proponías brindis para celebrar estos momentos, también decías palabras de agradecimiento hacia la vida por lo que te tocaba vivir y además nos regalabas un consejo a cada uno de los presentes, consejo que muchas veces me sonaba a pesado sermón pero que hoy tendría el valor de una maravillosa perla que sirva a su vez de brújula para orientar nuestros pasos en la incertidumbre de los caminos. Caminos que supiste recorrer con valentía. Maravilloso recorrido que compartimos, y donde tú eras nuestra guía. Estábamos tan acostumbrado a tu luz que después que partiste quedamos mucho tiempo caminando a tientas. Una triste primavera, repentinamente, se silenció tu voz y así terminaste tu discurrir por esta vida e iniciaste tu trayecto hacia el más allá. Te fuiste. Viajaste al más allá pero siempre serás una flor en el jardín de mi vida. Una bella orquídea de color lavanda. Viajera...te fuiste con los brazos abiertos como quien sabe que ha alcanzado la meta.

Triunfante.

 

Autor: Juan Marcelo Vivanco

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