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Esta vez los fines de Magnolia eran más altruistas. Se la conocía como veterinaria, aunque nunca había estudiado y ninguno de los afligidos que recurrían a sus servicios le habían pedido el diploma. Magnolia se limitaba a apoyar la oreja en el corazón del perro, el gato, el loro o el hámster, y dictaminaba: “Está sufriendo. Hay que sacrificarlo”. Los dueños lloraban sobre el parque del fondo de la casa, donde inoculaba la inyección letal. Cuando el animal dejaba de sufrir, ofertaba unos metros cuadrados para la sepultura. Con los años, el jardín era una constelación de cruces ensimismadas, donde los dueños, por un tiempo, solo por un tiempo, visitaban con flores a sus compañeros fieles.

La experiencia, sin embargo, la aburrió. Sintió que había alcanzado un techo en su vocación. Un día, meciéndose en la silla, en el borde cementoso del parque, miró las cruces, entre las que crecían rosas, jazmines y limoneros, y decidió abandonar la tarea veterinaria. Conservaría el canon mensual de las sepulturas, que ella mantenía en buen estado, incluso lijando y barnizando las cruces de Tomy, Lola, Lucero y Mostafá, los primeros perros que había matado, a los que ya nadie visitaba, porque sus allegados también habían muerto. Un cartel en la puerta y listo, se dijo.

El tiempo de ocio, que no llegaba a colmar con el cuidado del jardín y el cementerio, la deprimió. La vocación estaba intacta, pero necesitaba superarse, y eso ya no lo conseguía con mascotas doloridas, que seguían en esta vida sin otro fin que la agonía y la molestia a los demás. De qué les servía vivir con lagrimales atestados de engrudos, los ojos llorosos, el ladrido sin fuerza, la quietud y la parsimonia cuando ella los auscultaba con la oreja.

Como seguían tocándole el timbre, ella siguió abriendo la puerta. Rechazaba a los que se acercaban con sus labradores en los brazos y dejaba pasar a los que visitaban a sus muertos. Pronto creyó que valió la pena vivir en el silencio y con tristeza.

Un día, dispuesta a cambiar el cartel para que se leyera más rotunda su renuncia al trabajo, abrió la puerta y una mujer de un conventillo cercano, que paseaba un carrito de bebé sin bebé, le pidió algo para comer, algo de leche para la criatura. Al mirarla, enseguida, sintió esa misma adrenalina con que había iniciado sus artes veterinarias. Con la sola intención de acercársele al corazón, le dijo que la esperara: “Ya le traigo”.

Ya conocía a esa mujer, a quien habían demandado algunos vecinos, por sus inventos, por las denuncias que había presentado en la comisaría del barrio, según las cuales tal o cual señora o señor la habían apuñalado, insultado o endilgado una prostitución de que no era capaz. Todas falsas, según se comprobaba.

En una bolsa metió dos panes, dos porciones de pizza y una leche en cartón, cerrada, para el bebé.

Tal vez por el compromiso con el sacrificio animal, nunca le había importado mucho el sufrimiento de la mujer. Mientras ojeaba las cruces desde la ventana de la cocina, se decía con convicción lo bien que hace renunciar a lo que aburre y llena el tiempo muerto, para que nos renovemos y le demos lugar a un nuevo quehacer, que nos apasione y nos supere.

Detrás de la señora, un anciano le pidió por favor que hiciera una excepción y atendiera a su gato sarnoso. El “no” fue rotundo, y lo reiteró con un grito cuando miró los ojos exaltados de la mujer que inventariaba las cosas que Magnolia traía en la bolsa. “No sé cómo darle las gracias por mí y por mi chiquita”, dijo la señora del conventillo. “¡Venga un abrazo grande!”, contestó Magnolia, “y pase cuando quiera”. Magnolia se agachó, apoyó la oreja más sensible cerca del corazón de la vecina y entrelazó los brazos sobre los omóplatos de la mujer que la correspondió como pudo. En el abrazo Magnolia detectó el ritmo cardíaco. Ese corazón latía con taquicardia, en ese pecho sobraban vidas, como si llevara más de un corazón. Mucha carga para una sola persona, pensó. “Pase cuando quiera. ¡Qué bonito bebé tiene!”.

La señora tocó el timbre todos los días, hasta que el último día Magnolia cerró las cortinas que daban al jardín, donde ya había hecho un huequito, y la hizo pasar. Supo que de ahora en más haría el bien en gran escala. Nadie merecía vivir así.

 

Autora: Gisela Vanesa Mancuso

Escribo hace muchos años poesía, narrativa, ensayos. He autoeditado varios libros, entre ellos, el poemario Mientras velaba que te quería y el ensayo (tesis) Septiembre sin p no es primavera. La construcción narrativa del acontecimiento autobiográfico. Soy redactora permanente de notas de opinión y crónicas literarias de dos periódicos zonales de edición impresa. Coordino talleres de escritura creativa y asisto en la redacción de textos.

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